58
La luna volvía a brillar en el cielo, un poco menos hinchada que la noche anterior. La Bruja no se sentía lo bastante sobria como para volar en la escoba, de modo que empezó a zigzaguear erráticamente por el prado. Pensaba encontrar un lugar donde dormir un poco, lejos de la claustrofobia de una guarida de la alta sociedad.
Se encontró con la construcción de que le había hablado Avaric. Era un viejo artefacto tiktokista, de los primeros que se habían fabricado, una especie de pagoda portátil hecha de madera tallada, con figuras demasiado variadas y numerosas para que esa noche la Bruja pudiera abarcarlas. Quizá hubiera un suelo de tablas donde ella pudiera echarse a descansar, una plataforma a sólo cinco o seis centímetros por encima del nivel del suelo húmedo. Miró con atención y avanzó.
—¿Adónde crees que vas?
Un munchkin… no, un enano se interponía en su camino. Empuñaba un garrote en una mano, con el que golpeaba rítmicamente la gruesa y correosa palma de la otra.
—A dormir, si puedo —respondió ella—. ¿Así que tú eres el enano y ésta es la cosa de que me habló Avaric?
—El Reloj del Dragón del Tiempo —dijo él— abrirá al público mañana por la noche y no antes.
—Mañana por la noche estaré muerta y me habré marchado —declaró ella.
—Nada de eso —replicó él.
—Bueno, en cualquier caso me habré marchado.
La Bruja miró el artefacto, enderezó la espalda y de pronto recordó algo.
—Me pregunto cómo conocerías tú a Yackle —dijo.
—Oh, Yackle. ¿Quién no conoce a Yackle? No es para asombrarse tanto.
—¿Ha muerto hoy? —preguntó la Bruja—. ¿Por casualidad?
—Ninguna casualidad —respondió él.
—¿Quién eres?
De pronto, después de tanto embriagarse de dolor y violencia, la Bruja sintió miedo.
—Oh, el más pequeño y menos importante —respondió el enano.
—¿Para quién trabajas?
—¿Para quién no he trabajado? El diablo es un ángel muy grande, pero un hombre muy pequeño. No tengo nombre en este mundo, así que no te molestes conmigo.
—Estoy bebida y confusa —dijo ella—, y no acepto más adivinanzas. Hoy he matado a una persona y también podría matarte a ti.
—No la has matado, ya estaba muerta —dijo el enano con calma—. Y a mí no puedes matarme, porque soy inmortal. Pero como te esfuerzas mucho en la vida, te diré una cosa. Soy el guardián del libro y he sido enviado a este país pavoroso y desamparado para vigilar la historia del libro y evitar que vuelva al lugar de donde procede. No soy bueno, ni tampoco malo, pero estoy atrapado aquí, condenado a una vida sin muerte, para vigilar el libro. No me importa lo que te pase a ti ni a nadie más, pero tengo que proteger el libro. Es mi misión.
—¿El libro?
La Bruja se debatía por comprender; cuanto más oía, más ebria se sentía.
—Lo que tú llamas la Grimería. Tiene otros nombres, da lo mismo.
—¿Entonces por qué no vas a buscarlo, por qué no lo guardas?
—Yo no trabajo así. Soy el acompañante silencioso. Trabajo a través de los acontecimientos, vivo en los comentarios marginales, juego con las causas y los efectos, observo cómo viven su vida las desdichadas criaturas de este mundo. Interfiero solamente para conservar el libro a salvo. En cierta medida, puedo ver lo que vendrá, y, en esa medida, intervengo en los asuntos de hombres y bestias. —Comenzó a brincar como un trasgo—. Ahora estoy aquí, ahora estoy allá. Ser clarividente es una gran ventaja en el negocio de la seguridad.
—Trabajas con Yackle.
—A veces tenemos las mismas intenciones y otras no. Sus intereses parecen ser diferentes de los míos.
—¿Quién es? ¿Cuáles son sus intereses? ¿Por qué permanecéis los dos suspendidos en los alrededores de mi vida?
—En el mundo de donde vengo, hay ángeles de la guarda —dijo el enano—; pero por lo que he logrado entender, ella es todo lo contrario y está interesada en ti.
—¿Por qué merezco esa enemiga? ¿Por qué me acosan tantas plagas? ¿Quién le ha dado el poder de influir sobre mi vida?
—Hay cosas que sé y cosas que no sé —dijo el enano—. ¿A quién o a qué responde Yackle? Eso es algo que escapa al dominio de mi conocimiento y de mi interés. ¿Por qué tienes que ser tú? Eso deberías saberlo. Porque tú —prosiguió el enano, en tono brillante y frívolo— no eres ni una cosa ni la otra, ¿o quizá debería decir que eres a la vez una cosa y la otra? A la vez de Oz y del otro mundo. El viejo Frex siempre ha estado equivocado; tú nunca has sido un castigo por sus faltas. Eres una híbrida, una nueva raza, una extremidad injertada, una anomalía peligrosa. Siempre te han atraído las criaturas hechas de múltiples partes, las cosas rotas y recompuestas, porque es lo que tú eres. ¿Eres tan lerda como para no haberlo advertido?
—Muéstrame algo —pidió ella—. No sé lo que quieres decir. Muéstrame algo que el mundo no me haya mostrado aún.
—Para ti, con mucho gusto. —El enano desapareció y se oyó un ruido de partes mecánicas a las que estaba dando cuerda y que se movían unas contra otras, el chirrido de unos engranajes lubricados, el chasquido de unas correas de transmisión y el sonido de un péndulo balanceándose—. Una audiencia privada con el mismísimo Dragón del Tiempo.
En lo alto, rondaba una bestia, flexionando sus alas en una danza de gestos que eran a la vez de bienvenida y de rechazo. La Bruja la miró fijamente.
A media altura había un pequeño escenario iluminado.
—Una función en tres actos —se oyó la voz del enano desde las profundidades—. Primer acto: «El nacimiento de la santidad.»
Más adelante, la Bruja no podría haber dicho cómo supo lo que era, pero lo que vio, en abreviada pantomima, era la vida de santa Aelphaba, la santa mujer, la mística, la ermitaña que desapareció para rezar detrás de una cascada. La Bruja se estremeció cuando vio a la santa caminando directamente a través de la cascada (una tubería por encima de sus cabezas derramaba agua auténtica sobre una bandeja escondida debajo). Esperó a que la santa mecánica volviera a salir, pero no lo hizo, y al final las luces se apagaron.
—Segundo acto: «El nacimiento del mal.»
—¡Espera! La santa no ha vuelto a salir, como cuenta la leyenda —dijo la Bruja—. Por favor, quiero verlo todo o nada en absoluto.
—Segundo acto: «El nacimiento del mal.»
Las luces se encendieron en otro pequeño escenario. Había paisajes pasablemente similares a los de Colwen Grounds pintados sobre un fondo de cartón. Una figurita que representaba a Melena se despidió con un beso de sus padres y se marchó con Frex, un apuesto títere de corta barba negra y andar garboso. Los dos se detuvieron delante de una pequeña cabaña y Frex la besó, sin dejar de predicar. Durante el resto de la escena, el clérigo permaneció a un costado, sermoneando a unos campesinos, que mientras tanto copulaban por el suelo delante de sus narices, se hacían picadillo mutuamente y se comían sus partes íntimas, acompañadas de una salsa auténtica (se percibía el olor a ajo y a champiñones salteados). Melena, en casa, bostezaba y esperaba, jugueteando con su preciosa cabellera. Entonces llegó un hombre que la Bruja no pudo identificar. Llevaba un maletín negro del que extrajo un frasco de vidrio verde. Se lo dio a Melena, para que bebiera un sorbo, y la mujer cayó en sus brazos en cuanto hubo bebido, quizá embriagada y confusa, como estaba la Bruja esa noche, o quizá liberada. No quedaba claro. El viajero y Melena hicieron el amor con el mismo ritmo saltarín que los parroquianos de Frex, quien también se puso a bailar al mismo ritmo. Después, cuando el acto amoroso hubo concluido, el viajero se apartó de Melena y chasqueó los dedos. Entonces, del cielo sobre sus cabezas, bajó un globo con una cesta colgando. El viajero se montó. Era el Mago.
—¡Qué absurdo! —dijo la Bruja—. ¡Son sólo tonterías!
Las luces se atenuaron. La voz del enano resonó desde el interior del artefacto.
—Tercer acto —dijo—: «El matrimonio del Sagrado y la Malvada.»
Se quedó esperando, pero no se iluminó ningún escenario, ni se movió ningún títere.
—¿Y bien? —dijo.
—¿Y bien qué? —replicó él.
—¿Dónde está el final de la función?
El enano asomó la cabeza por una trampilla y le hizo un guiño.
—¿Quién ha dicho que el final ya esté escrito? —respondió, y cerró la puerta de un golpe.
Después se abrió otra puerta, justo al lado de la mano de la Bruja, y una bandeja se deslizó hacia afuera. Sobre la bandeja había un espejo ovalado, el que ella solía utilizar cuando imaginaba que podía ver la Otra Tierra, cuando aún creía en esas cosas. La última vez que recordaba haber visto el espejo ovalado había sido en su escondite en la Ciudad Esmeralda. Dentro del espejo vivían reflejos de un Fiyero joven y apuesto, y de una joven y apasionada Fae. La Bruja cogió el espejo, lo escondió en su delantal y se marchó.
* * *
Los periódicos de la mañana no traían nada de la muerte de la señora Morrible. Con un terrible dolor de cabeza, la Bruja decidió que ya no podía esperar más. O bien Avaric y sus desagradables amigos difundían el rumor, o no lo hacían. No había nada más que pudiera hacer.
«¡Ojalá la noticia llegue a oídos del Mago! —se dijo la Bruja—. ¡Ojalá fuera yo una mosca en la pared de su cuartel general cuando eso suceda! ¡Ojalá piense que yo la maté! ¡Ojalá se cuente así la noticia!»