LA OSCURIDAD DESATADA

8

Cada dos o tres días, Nana cogía a Elphaba de la mano y recorría con ella, con andares de pato, el umbrío camino que conducía a Rush Margins. Allí Elphaba se codeaba con los niños mugrientos, bajo la mirada huraña de Gawnette. Frex había vuelto a marcharse (¿por confianza o por desesperación?), para ir a intimidar a los habitantes de caseríos miserables con su barba frenética y una recopilación de sus opiniones sobre la fe. Solía estar fuera unos ocho o diez días. Melena practicaba arpegios de piano en un falso teclado sin sonido que Frex le había tallado, para perfeccionar sus escalas.

Corazón de Tortuga pareció marchitarse y resecarse con la proximidad del otoño. Sus tardes de esparcimiento comenzaron a perder el calor de la urgencia, para ganar en tibieza. Melena siempre había apreciado las atenciones de Frex, pero de algún modo el cuerpo de su marido no era tan dúctil como el de Corazón de Tortuga. Ella solía deslizarse hacia el sueño con la boca de Corazón de Tortuga en uno de sus pezones y sus manos —sus grandes manos— vagabundeando por su cuerpo como sensitivos animalitos. Melena imaginaba que el cuerpo de Corazón de Tortuga se dividía cuando ella cerraba los ojos: su boca deambulaba; su miembro se alzaba, empujaba y se inclinaba; su aliento se disociaba de su boca y le susurraba con elegancia al oído, sin palabras, y sus brazos eran como estribos donde apoyarse.

Aun así, ella no lo conocía de la misma manera que conocía a Frex; no podía adivinar sus intenciones como adivinaba las de la mayoría de la gente. Ella lo atribuía a su actitud majestuosa; pero Nana, siempre atenta, observó una tarde que sus maneras eran simplemente las maneras de un quadling y que Melena ni siquiera estaba dispuesta a reconocer que Corazón de Tortuga procedía de una cultura diferente de la suya.

—Cultura, ¿qué es cultura? —replicó Melena desperezándose—. Las personas son personas.

—¿No recuerdas aquellos versos de tu infancia?

Nana apartó su labor de costura (con alivio) y recitó:

Los niños estudian, las niñas ya saben;

es de la vida la clave.

Los niños aprenden, las niñas olvidan,

es la lección de la vida.

Los de Gillikin son agudos,

los munchkins son muy peludos.

Los del Glikkus son violentos

y los winkis no están contentos.

Pero los quadlings, ¡ay, cómo son!,

son una auténtica maldición.

A los niños se los comen,

a los viejos los maltratan,

te lo diré de nuevo

si me das un trozo de tarta.

—¿Qué sabes de él? —preguntó Nana—. ¿Está casado? ¿Por qué se marchó de Villa Fangal o de donde sea que venga? Ya sé que no me corresponde hacer preguntas tan personales…

—¿Desde cuándo te preocupas por lo que te corresponde o no te corresponde?

—El día que Nana se extralimite, Melena, te aseguro que lo sabrás —respondió la anciana secamente.

Una noche de comienzos del otoño, por divertirse, encendieron un fuego en el jardín. Frex estaba en casa, de buen humor, y Nana estaba pensando en regresar a Colwen Grounds, lo cual también ponía a Melena de buen humor. Corazón de Tortuga improvisó la cena, un repulsivo gulash de manzanitas amargas, queso y panceta.

Frex se sentía expansivo. Los efectos de aquel maldito artefacto tiktokista, el Reloj del Dragón del Tiempo, por fin empezaban a desvanecerse (gracias al Dios Innominado) y los toscos campesinos volvían a presentarse para oír sus arengas. La estancia de dos semanas en Three Dead Trees había sido un éxito. Sus esfuerzos se habían visto recompensados con un monedero lleno de monedas de cobre y vales de trueque, y con el resplandor de la devoción e incluso del deseo sexual en el rostro de más de una penitente.

—Quizá nuestros días aquí estén contados —dijo Frex, suspirando con satisfacción, mientras entrelazaba los dedos detrás de la nuca.

La típica respuesta masculina a la felicidad, pensó Melena: predecir su final. Su marido prosiguió:

—Es posible que el camino que parte de Rush Margins nos conduzca a posiciones más elevadas, Melena, a jalones más importantes en la vida.

—¡Oh, por favor! —replicó ella—. Mi familia se levantó de unos orígenes humildes, a lo largo de nueve generaciones, para que hoy yo esté aquí, con los tobillos hundidos en el barro, en medio de la nada. Yo no creo en posiciones más elevadas.

—Me refiero a las altas ambiciones del espíritu, y no a tomar por asalto la Ciudad Esmeralda y convertirme en confesor personal del regente de Ozma.

—¿Por qué no te postulas para confesor de Ozma Tippetarius? —preguntó Nana. Podía imaginarse a sí misma ascendiendo en la elegante sociedad de la Ciudad Esmeralda, si Frex alcanzaba esa posición—. ¿Qué importa que la real criatura no tenga más de dos o tres años y que volvamos a estar gobernados por un regente? Será sólo por un período limitado, como la mayoría de los compromisos de los hombres. Tú eres joven todavía. Ella crecerá y tú estarás bien situado para influir en política…

—No me interesa ser director espiritual de nadie de la corte, ni aunque esta Ozma llegara a ser conocida como la Fanáticamente Devota. —Frex encendió una pipa de madera de sauce cabruno—. Mi misión es estar junto a los oprimidos y los humildes.

—Buen señor debería viajar a País Quadling —dijo Corazón de Tortuga—. Allí oprimidos.

Corazón de Tortuga no solfa hablar de su pasado y Melena recordó que Nana le había criticado su falta de curiosidad. Aventando con la mano el humo de la pipa, preguntó:

—A propósito, ¿por qué te fuiste de Owels?

—Horrores —dijo él.

Elphaba, que había estado buscando hormigas para ponerlas sobre el esmeril y machacarlas con una piedra, levantó la vista. Los otros aguardaban a que Corazón de Tortuga continuara. Melena sintió que el corazón le latía, inquieto, con la súbita premonición de que las cosas iban a cambiar allí mismo, en ese preciso instante, durante esa noche tan agradable y espléndida, con la sensación de que las cosas se iban a torcer justo cuando acababan de asentarse.

—¿Qué clase de horrores? —quiso saber Frex.

—Tengo frío. Iré a buscar un chal —dijo Melena.

—¡O también podrías ser confesor de Pastorius! ¡El regente de Ozma! ¿Por qué no, Frex? —dijo Nana—. Con los contactos que tiene la familia de Melena, estoy segura de que podrías conseguir una invitación…

—Horrores —dijo Elphaba.

Era su primera palabra y fue acogida en silencio. Incluso la luna, un cuenco brillante entre los árboles, pareció callar.

—¿Horrores? —repitió Elphaba, mirando a su alrededor.

Aunque su boca conservaba una expresión seria, sus ojos resplandecían. Había advertido el alcance de su hazaña. Tenía casi dos años. Los grandes dientes afilados de su boca ya no podrían mantener las palabras encerradas en su interior.

—Horrores —probó a decir en un susurro—. Horrores.

—Ven con Nana, cariño. Ven a sentarte en mi regazo y quédate un rato callada.

Ella obedeció, pero se sentó echada hacia adelante, lejos del mullido pecho de Nana, sin más contacto que los brazos de la mujer en torno a su cintura. Miraba fijamente a Corazón de Tortuga, esperando.

Entonces el hombre dijo, con admiración en la voz:

—Corazón de Tortuga está pensando que pequeña niña hablando por primera vez.

—Así es —replicó Frex, exhalando un anillo de humo—, y te ha preguntado por los horrores. Aunque quizá tú no quieras hablarnos al respecto…

—Corazón de Tortuga hablando poco. Corazón de Tortuga trabajando vidrio y dejando palabras para Buen Señor, para Señora y para Nana. Y ahora para Niña.

—Cuéntanos un poco, ya que tú mismo has sacado el tema.

Melena se estremeció; no había ido a buscar el chai. No podía moverse. Se sentía pesada como una roca.

—Ingenieros de Ciudad Esmeralda y otros sitios viniendo a País Quadling. Ellos mirando y probando y estudiando el aire, el agua y la tierra. Ellos haciendo planes para camino. Quadlings sabiendo que ellos perder el tiempo, perder el esfuerzo. Pero nadie escuchando voces de quadlings.

—Los quadlings no son ingenieros de caminos, me temo —dijo Frex sin inmutarse.

—Tierra delicada —dijo Corazón de Tortuga—. En Owels, casas flotando entre los árboles. Cultivos creciendo en plataformas pequeñas atadas con cuerdas. Niños buceando en agua llana buscando perlas vegetales. Cuando árboles son muchos, demasiados, entonces luz no suficiente para cultivos y para salud. Cuando árboles son pocos, entonces agua sube y raíces de plantas que flotan no pudiendo llegar a la tierra. País Quadling es país pobre, pero país de gran belleza. Sólo pudiendo sostener vida con muchos planes y gran cooperación.

—Entonces la resistencia al camino de Baldosas Amarillas…

—Eso sólo parte de historia. Quadlings no pudiendo convencer a constructores del camino. Ellos queriendo levantar diques de barro y de piedra para cortar País Quadling en trozos. Quadlings discutiendo, rogando, explicando, pero no pudiendo convencer con palabras.

Frex sujetaba la pipa con las dos manos, contemplando a Corazón de Tortuga mientras éste hablaba. Se sentía atraído por él; a Frex siempre lo atraía la intensidad.

—Quadlings pensando en luchar —prosiguió Corazón de Tortuga—, porque ellos pensando que ahora sólo principio. Cuando constructores probando suelo y filtrando agua, entonces ellos aprendiendo cosas de quadlings, pero quadlings callados.

—¿Cosas que tú sabes?

—Corazón de Tortuga hablando de rubíes —dijo él con un gran suspiro—, rubíes en el fondo del agua. Rojos como sangre de paloma. Ingenieros diciendo: corindón rojo en bandas de piedra caliza cristalina bajo la ciénaga. Quadlings diciendo: la sangre de Oz.

—¿Como el vidrio rojo que fabricas? —preguntó Melena.

—Vidrio rubí haciéndose con cloruro de oro —dijo Corazón de Tortuga—, pero País Quadling estando encima depósitos reales de rubíes auténticos. Y constructores llevando noticia a Ciudad Esmeralda. Después de eso, viniendo horror y más horror.

—¿Cómo lo sabes? —le espetó Melena.

—Mirar vidrio —dijo Corazón de Tortuga, señalando el círculo de vidrio que había fabricado para que jugara Elphaba— es ver futuro en sangre y rubíes.

—Yo no creo en ver el futuro. Todo eso me huele a culto del placer —dijo Frex con fiereza—. El fatalismo del Dragón del Tiempo… ¡Bah! No, el Dios Innominado tiene una historia innominada para todos nosotros, y las profecías no son más que miedo y conjeturas.

—Entonces miedo y conjeturas siendo suficientes para irse Corazón de Tortuga de País Quadling —añadió el vidriero quadling, sin intentar excusarse—. Quadlings no llaman su religión con nombre culto del placer, pero siempre escuchando señales y prestando atención a mensajes. Igual que agua volviendo roja con rubíes, igual volviendo agua roja con sangre de quadlings.

—¡Tonterías! —estalló Frex, él mismo enrojecido—. Lo que necesitan es un buen rapapolvo.

—Además, ¿no es Pastorius un bobalicón? —apuntó Melena, que entre los presentes era la única capaz de ofrecer información de primera mano de la casa real—. ¿Qué puede hacer él hasta que Ozma sea mayor de edad, excepto cazar, comer pastelitos munchkins y acostarse de vez en cuando con alguna doncella?

—Peligro viniendo del extranjero —dijo Corazón de Tortuga—. No rey ni reina del país. Ancianas, chamanes y moribundos, todos viendo rey extranjero, cruel y poderoso.

—Y después de todo, ¿para qué querrá el regente de Ozma construir caminos y carreteras en esos andurriales fangosos? —preguntó Melena.

—Por el progreso —repuso Frex—, lo mismo que el camino de Baldosas Amarillas que atraviesa el País de los Munchkins. Progreso y control. Movimiento de tropas. Recaudación de impuestos. Defensa.

—¿Defensa contra quién? —dijo Melena.

—¡Ah —replicó Frex—, ésa es la pregunta!

—Ah —dijo Corazón de Tortuga, casi en un suspiro.

—¿Adónde te diriges, entonces? —preguntó Frex—. Con esto no quiero decir que tengas que irte de aquí, claro que no. Melena está encantada de tenerte en casa. Todos estamos encantados.

—Horrores —dijo Elphaba.

—Cállate ya —le ordenó Nana.

—Señora muy amable y Buen Señor muy amable con Corazón de Tortuga. Primero, Corazón de Tortuga no pensando quedarse más de un día. Estando en camino a Ciudad Esmeralda, con esperanza pudiendo hablar a Ozma…

—Al regente de Ozma, querrás decir —lo interrumpió Frex.

—… y rogar clemencia para País Quadling y avisar peligro extranjero brutal…

—Horrores —repitió Elphaba, aplaudiendo con deleite.

—Niña recordando deber a Corazón de Tortuga. Cuando hablar de cosas, deberes volviendo a aparecer entre dolores del pasado. Corazón de Tortuga olvidando. Pero cuando palabras hablando en el aire, necesitando actuar.

Melena lanzó una mirada de odio a Nana, que había dejado a la niña en el suelo y se disponía a recoger los platos de la cena. ¿Ves, Nana, lo que hemos ganado con tu curiosidad y tu fisgoneo? ¿Lo ves? Nada más que la disolución de la única felicidad que he conocido en este mundo, nada más que eso. Melena desvió la vista de su horrenda niña, que parecía estar sonriendo, ¿o sería una mueca de dolor? Miró a su marido con desesperación. ¡Haz algo, Frex!

—Quizá sea ésta la ambición más elevada que buscamos —estaba murmurando su marido—. Deberíamos viajar al País de los Quadlings, Melena. Deberíamos renunciar al lujo del País de los Munchkins y someternos a la prueba de fuego de una situación de auténtica indigencia.

—¿El lujo del País de los Munchkins? —dijo Melena con voz estridente.

—Cuando el Dios Innominado habla a través de un cauce humilde —comenzó Frex, señalando con un gesto a Corazón de Tortuga, que volvía a parecer desesperado—, podemos decidir prestarle oídos o endurecer nuestro corazón…

—Presta oídos entonces a lo que voy a decirte —dijo Melena—. Estoy embarazada, Frex. No puedo viajar. No puedo moverme. Y con otro niño que cuidar, además de Elphaba, sería demasiado pedir que me vaya a recorrer el Gran Fangal.

Cuando el silencio resultante perdió parte de su intensidad, Melena prosiguió:

—Bueno, no pensaba decírtelo de esta manera.

—Enhorabuena —dijo Frex fríamente.

—Horrores —le dijo Elphaba a su madre—. Horrores, horrores, horrores.

—Ya ha habido suficiente parloteo irreflexivo por esta noche —decidió Nana, asumiendo el control—. Te vas a resfriar, Melena, si sigues sentada aquí fuera. Las noches de verano se están volviendo frescas. Entremos y terminemos con esto.

Pero Frex se puso de pie y fue a darle un beso a su esposa. Nadie sabía con certeza si Frex sospechaba que Corazón de Tortuga podía ser el padre de la criatura, ni tampoco Melena sabía con certeza a cuál de los dos correspondía la paternidad, si a su marido o a su amante. Tampoco le importaba. Simplemente, no quería que Corazón de Tortuga se marchara, y lo aborrecía ferozmente por el repentino sentimiento de deber moral que lo había invadido al recordar a su pueblo desgraciado.

Frex y Corazón de Tortuga estaban hablando en voz baja y Melena no distinguía lo que decían. Estaban sentados junto al fuego, con las cabezas bajas y juntas, y Frex rodeaba con un brazo los hombros temblorosos de Corazón de Tortuga. Nana preparó a Elphaba para irse a dormir, la dejó un momento fuera con los hombres y entró a sentarse en la cama de Melena, con un vaso de leche caliente en una bandeja y un cuenco pequeño de cápsulas medicinales.

—Bueno, ya lo esperaba —dijo Nana con calma—. Bébete la leche, cariño, y deja de lloriquear. Vuelves a comportarte como una chiquilla. ¿Cuánto hace que lo sabes?

—Unas seis semanas —respondió Melena—. No quiero leche, Nana, quiero mi vino.

—Beberás leche. No más vino hasta que nazca el bebé. ¿Quieres otro desastre?

—Beber vino no cambia el color de los embriones —dijo Melena—. Puede que sea una tonta, pero al menos sé ese poco de biología.

—Es malo para tu actitud mental, ni más ni menos. Bébete la leche y toma una de estas cápsulas.

—¿Para qué?

—He hecho lo que te dije que haría —dijo Nana en tono conspirativo—. El otoño pasado estuve husmeando por los Barrios Inferiores de nuestra bonita capital y lo hice por ti…

De pronto, la joven pareció muy interesada.

—¿De verdad, Nana? ¡Qué lista eres! ¿No estabas muerta de miedo?

—Claro que sí. Pero Nana te quiere, por muy estúpida que seas. Encontré una tienda marcada con los signos secretos del gremio de los alquimistas. —Arrugó la nariz, recordando el hedor a jengibre podrido y orines de gato—. Me atendió una mujer de Shiz con aspecto de vieja prostituta, una arpía llamada Yackle. Bebimos té y volcamos la taza, para que ella pudiera leer las hojas. A la vieja bruja le costaba distinguir su propia mano, conque no sé si vería muy bien el futuro.

—Una auténtica profesional —dijo Melena secamente.

—Tu marido no cree en predicciones, así que más te vale no levantar la voz. Como te decía, le hablé de la piel verde de tu primera hija y de la dificultad de averiguar su causa exacta. No queremos que se repita, le dije. Entonces, Yackle molió unas hierbas y unas piedras, después lo coció todo en aceite de gomba, recitó unas plegarias paganas y creo que escupió dentro, aunque no puedo asegurártelo, porque yo no estaba muy cerca. De todos modos, compré provisiones para nueve meses, para que empezaras a tomar la medicina en cuanto estuvieras segura de haber concebido. Llevamos quizá un mes de retraso, pero será mejor que nada. Confío ciegamente en esa mujer, Melena, y tú también deberías hacerlo.

—¿Por qué? —preguntó Melena, mientras tragaba la primera de las nueve cápsulas, que sabía a tuétano hervido.

—Porque Yackle ha augurado grandes cosas para tus hijos —declaró Nana—. Ha dicho que Elphaba llegará a más de lo que imaginas y que tu segunda criatura seguirá su estela. Ha dicho que no des tu vida por perdida. Ha dicho que la historia espera a ser escrita y que tu familia está llamada a tener un papel relevante.

—¿Qué ha dicho de mi amante?

—Eres incorregible —replicó Nana—. Ha dicho que descanses y que no te preocupes. Te envía su bendición. Es una sucia zorra, pero sabe lo que se dice.

Nana no mencionó que Yackle estaba segura de que el segundo bebé también sería una niña. Era demasiado alto el riesgo de que Melena intentara abortar, y Yackle parecía convencida de que la historia pertenecía a dos hermanas y no a una sola niña.

—¿Y volviste a casa sin novedad? ¿Nadie sospechó nada?

—¿Quién podría sospechar que la inocente y vieja Nana trafica con sustancias ilegales en los Barrios Inferiores? —rió la nodriza—. Yo no hago más que tejer y ocuparme de mis asuntos. Ahora duerme, mi corazón. Nada de vino por unos meses, no olvides tomar esta medicina y ya verás cómo Frex y tú tenéis una criatura decente y saludable, que será como un bálsamo para tu matrimonio.

—Mi matrimonio está perfectamente bien —repuso Melena, haciéndose un ovillo entre las sábanas (la cápsula tenía un efecto embriagador, pero no quería que Nana lo supiera)—, y así seguirá, mientras no tengamos que marchar de la mano hacia el crepúsculo entre los cenagales.

—El sol se pone en el oeste, no en el sur —dijo Nana en tono conciliador—. Ha sido una jugada maestra sacar el tema de tu embarazo esta noche, cariño. Te aseguro que yo ya no vendría a visitaros si os perdierais en el País de los Quadlings. Como sabes, este año cumpliré los cincuenta. Nana ya está demasiado vieja para algunas cosas.

—Espero que nadie tenga que ir a ningún sitio —dijo Melena, que ya empezaba a quedarse dormida.

Nana, satisfecha consigo misma, volvió a mirar por la ventana mientras se disponía a irse a dormir. Frex y Corazón de Tortuga seguían enfrascados en su conversación. Nana era más espabilada de lo que dejaba traslucir. Había visto la cara de Corazón de Tortuga cuando éste recordó la amenaza que pesaba sobre su pueblo; se había abierto como un huevo de gallina, y la verdad había salido a trompicones de su interior, tan inocente como un polluelo amarillo. E igual de frágil. No era de extrañar que Frex estuviera sentado más cerca del atormentado quadling de lo que Nana hubiese considerado decente. Pero en esa familia las rarezas no parecían tener fin.

—Mandadme a la niña para que la acueste —dijo en voz alta desde la ventana, en parte para interrumpir su intimidad.

Frex miró a su alrededor.

—Ya está dentro, ¿no?

Nana miró. La niña no era dada a jugar al escondite, ni en casa, ni con los gamberrillos del pueblo.

—Aquí no está. ¿No está con vosotros?

Los hombres se volvieron y miraron. Nana creyó ver una figura borrosa moviéndose entre las sombras azules del tejo silvestre. Se irguió y se apoyó en el antepecho de la ventana.

—¡Vamos, buscadla! Es la hora de las fieras.

—Por aquí no hay fieras, Nana. Tienes demasiada imaginación —dijo Frex con voz pausada, pero los dos hombres se levantaron prestamente y se dispusieron a buscar.

—Melena, cariño, no te duermas todavía. ¿No sabes dónde puede estar Elphaba? ¿La has visto alejarse? —dijo Nana.

Con mucha dificultad, Melena se apoyó en un codo para levantar medio cuerpo y miró a Nana a través de su pelo y de su embriaguez.

—¿De qué estás hablando? —preguntó con voz pastosa—. ¿Quién se ha alejado?

—Elphaba —dijo Nana—. Ven, será mejor que te levantes. ¿Dónde podrá estar? ¿Dónde podrá estar?

Empezó a ayudar a Melena a levantarse, pero todo era demasiado lento y el corazón de Nana comenzaba a desbocarse. Ayudó a Melena a apoyar las manos en los pilares de la cama y le dijo:

—¡Por favor, Melena! Esto no está bien.

Se puso a buscar su rama de endrino.

—¿Quién? —preguntó Melena—. ¿Quién se ha perdido?

Los hombres estaban dando voces en el crepúsculo violáceo:

—¡Fabala! ¡Elphaba! ¡Elphie! ¡Ranita!

Andando en círculos, se apartaron del jardín y de las brasas moribundas del fuego de la cena, buscando y golpeando las ramas bajas de los arbustos.

—¡Viborita! ¡Lagartija! ¿Dónde estás?

—¡Ha sido la cosa! ¡Esa cosa, sea lo que sea, ha bajado de las colinas! —exclamó Nana.

—No hay ninguna cosa, vieja tonta —dijo Frex, pero comenzó a saltar con más vigor de roca en roca, detrás de la cabaña, partiendo las ramas para apartarlas.

Corazón de Tortuga estaba inmóvil, con las manos orientadas al cielo, como intentando recibir la tenue luz de las primeras estrellas en la palma de las manos.

—¿Es Elphaba? —preguntó desde la puerta Melena, que finalmente había vuelto en sí y salía al exterior en camisón—. ¿Se ha ido la niña?

—Se ha marchado, se la han llevado —dijo Nana con fiereza—. ¡Estos dos imbéciles estaban coqueteando como colegialas, cuando la bestia de las colinas anda suelta!

Melena se puso a gritar, con palabras que sonaban cada vez más agudas y aterrorizadas:

—¡Elphaba! ¡Elphaba, escúchame! ¡Ven aquí ahora mismo, Elphaba!

Sólo el viento respondió.

—No estando lejos —dijo Corazón de Tortuga al cabo de un momento. En la creciente oscuridad, era casi invisible; mientras que Melena, con su blanco camisón de muselina, resplandecía como un ángel—. No estando lejos. Sólo que no estando aquí.

—¿Qué diablos quieres decir con tus adivinanzas y tus juegos? —preguntó Nana, sollozando.

Corazón de Tortuga se volvió. Frex había vuelto con él, para rodearlo con un brazo y sostenerlo, y Melena se le estaba acercando por el otro lado. Por un instante pareció que el quadling iba a desmayarse. Melena gritó, asustada. Pero Corazón de Tortuga se repuso, empezó a caminar y todos se dirigieron hacia el lago.

—¡El lago no puede ser! ¡Ya sabéis que la niña aborrece el agua! —exclamó Nana, pero para entonces iba corriendo, utilizando la rama de endrino para sentir los desniveles del suelo y no tropezar.

Esto es el fin, pensaba Melena. Tenía la mente demasiado nublada para pensar en cualquier otra cosa, y lo repetía una y otra vez, como para impedir que su temor se cumpliera.

Esto es el principio, pensaba Frex, pero ¿de qué?

—Ella no estando lejos, pero no estando aquí —volvió a decir Corazón de Tortuga.

—Es el castigo por vuestra desvergüenza, ¡hedonistas bifrontes! —gritó Nana.

El terreno bajaba hacia la quieta orilla retirada del lago. Primero bajo sus pies y después a la altura de sus cinturas e incluso más alto, el muelle que se adentraba en la margen seca del lago parecía un puente a ninguna parte, que terminaba en el aire.

Bajo el muelle, en la sombra seca, había unos ojos.

—¡Válgame Lurlina! —susurró Nana.

Elphaba estaba sentada bajo el muelle, con el espejo que le había fabricado Corazón de Tortuga. Lo sostenía con las dos manos y lo contemplaba con un ojo cerrado. Miraba intensamente, forzando la vista. Su ojo abierto parecía distante y vacío.

Sería el reflejo de las estrellas en el agua, pensó Frex, deseando que así fuera, pero sabía que no era la luz de las estrellas lo que iluminaba el ojo brillante de mirada vacía.

—Horrores —murmuró Elphaba.

Corazón de Tortuga cayó de rodillas.

—Ella viendo venir —dijo con voz pastosa—. Ella viendo venir a él por el aire, ya llegando. Globo del cielo, color burbuja de sangre. Enorme globo púrpura, globo rubí cayendo del cielo. El regente cayendo. Casa de Ozma cayendo. Reloj cierto. Minuto menos para el juicio final.

El hombre cayó de bruces, casi sobre el pequeño regazo de Elphaba, que no pareció reparar en él. Detrás de ella se oyó un gruñido grave. Había una bestia, un tigre de las montañas, o algún extraño híbrido de tigre y dragón de brillante mirada anaranjada. Elphaba estaba sentada sobre las patas delanteras flexionadas de la bestia, como en un trono.

—Horrores —dijo una vez más, mirando sin visión binocular, contemplando fijamente el espejo, en el que Nana y sus padres no distinguían más que oscuridad—. Horrores.