54
Durante el funeral, Glinda y sir Chuffrey se situaron en el palco reservado a los dignatarios y los embajadores. El Mago envió a un representante, esplendoroso en su traje rojo, con la cruz esmeralda marcando los cuadrantes de su pecho y rodeado en todo momento de una cuadrilla de atentos guardaespaldas. La Bruja se sentó abajo y no cruzó la mirada con Glinda. Frex lloró hasta provocarse un ataque de asma, de modo que la Bruja tuvo que sacarlo por una puerta lateral, para que pudiera recuperar el aliento. Después del servicio religioso, el emisario del Mago abordó a la Bruja.
—Está usted invitada a una audiencia con el Mago, que viene en camino a lomos de un Pfénix, en virtud de su especial inmunidad diplomática, para presentar sus condolencias a la familia. Tendrá que estar preparada para reunirse con él esta noche en Colwen Grounds.
—¡No puede venir aquí! —dijo la Bruja—. ¡No se atreverá!
—Los que ahora toman las decisiones no piensan lo mismo —repuso el emisario—, sobre todo teniendo en cuenta que viene oculto por las sombras de la noche y con el único propósito de hablar con usted y su familia.
—Mi padre no está en condiciones de recibir al Mago —dijo la Bruja—. No lo permitiré.
—Entonces lo verá usted —replicó el emisario—. Me ha pedido que insista. Hay algunas preguntas de carácter diplomático que desea plantearle. Pero no deberá hacer pública esta visita, porque de lo contrario las consecuencias podrían ser muy malas para su padre y para su hermano. Y también para usted —añadió, como si no fuera ya evidente.
La Bruja pensó cómo utilizar esa obligada audiencia en su propio beneficio: Sarima, la seguridad de Frex, la suerte de Fiyero…
—De acuerdo —dijo por fin—. Lo veré.
Y a su pesar, se alegró de que los zapatos mágicos de Nessarose estuvieran a salvo, lejos de allí.
Cuando las campanas tocaron a vísperas, una doncella munchkin fue a buscar a la Bruja a su habitación.
—Tendrá que someterse a un registro —dijo el emisario del Mago cuando se reunió con ella en la antecámara—. Debe comprender cómo funciona el protocolo.
La Bruja se concentró en su propia furia, mientras los oficiales que rodeaban la sala de espera la examinaban y la registraban.
—¿Qué es esto? —dijeron, refiriéndose a la hoja de la Grimería que encontraron en su bolsillo.
—¡Oh, eso! —respondió ella, intentando pensar con rapidez—. Su Alteza querrá verlo.
—No puede llevar nada encima cuando entre —le advirtieron, mientras le retiraban la hoja.
—Por mi linaje, podría volver a instituir ahora mismo la dignidad de Eminente Thropp y ordenar que arrestaran a su líder —les dijo—. ¡No me digan lo que puedo o no puedo hacer en esta casa!
Sin prestarle atención, la hicieron pasar a una pequeña sala, sin más mobiliario que un par de sillas tapizadas, colocadas sobre una alfombra con dibujos de flores. La corriente hacía rodar unas bolas de polvo junto a las tablas del rodapié.
—¡Su Alteza el Mago Emperador de Oz! —anunció un asistente, y se retiró.
La Bruja se quedó sola por un momento. Después, el Mago entró en la habitación.
No llevaba disfraz. Era un hombre entrado en años, de aspecto corriente, vestido con camisa de cuello alto y gabán. Del bolsillo del chaleco le colgaba la cadena de un reloj. Tenía la cabeza rosa, con manchas, y mechones de pelo le sobresalían por encima de las orejas. Se enjugó la frente con un pañuelo y se sentó, indicándole a la Bruja que se sentara también. Ella no lo hizo.
—Buenas noches —dijo el Mago.
—¿Qué quiere de mí? —inquirió ella.
—Dos cosas. En primer lugar, está lo que yo he venido a decirte y, después, lo que tengas que decirme tú.
—Hable —pidió ella—, porque yo no tengo nada que decirle.
—No hace falta que nos andemos con rodeos —dijo el Mago—. Quisiera conocer tus intenciones respecto a tu posición como última Eminencia.
—Si tuviera alguna intención, no sería asunto suyo —repuso la Bruja.
—Desgraciadamente, sí lo sería, porque la reunificación está en marcha —replicó el Mago—, ahora mismo, mientras estamos hablando. Tengo entendido que lady Glinda (¡bendita sea su bienintencionada necedad!) ha tenido el buen sentido de enviar fuera de aquí tanto a la niña como a los totémicos zapatos, lo cual facilitará en gran medida la anexión. Me gustaría tener esos zapatos en mi poder, para impedir que te den ideas. Así que ya ves, necesito conocer tus intenciones al respecto. He oído que no profesabas gran simpatía por el estilo de tiranía religiosa de tu hermana, pero espero que no tengas previsto instalarte aquí. Si lo haces, tendremos que llegar a un pequeño acuerdo, algo que nunca conseguí hacer con tu hermana.
—Muy pocas cosas me interesan aquí —dijo la Bruja—, y no soy la persona adecuada para gobernar a nadie, ni siquiera a mí misma, por lo visto.
—Por otro lado, está el pequeño asunto del ejército en… ¿Red Windmill, se llama, ese pueblecito debajo de Kiamo Ko?
—¿Así que por eso han estado allí todos estos años? —dijo la Bruja.
—Para tenerte controlada —replicó el Mago—. Es un gasto, pero ya ves.
—Para fastidiarlo, debería reclamar el título de Eminencia —dijo la Bruja—, pero me importa muy poco este pueblo de idiotas. Lo que hagan ahora los munchkins no tiene el menor interés para mí, mientras mi padre no sufra ningún daño. Si eso es todo…
—Hay algo más —dijo el Mago. Su actitud se volvió más animada—. Has traído una página de un libro. Me gustaría saber de dónde la has sacado.
—Es mía y sus hombres no tienen derecho a quedársela.
—Lo que quiero saber es dónde la has conseguido y dónde puedo encontrar el resto.
—¿Qué me dará si se lo digo?
—¿Qué puedes querer de mí?
Para eso había aceptado la Bruja entrevistarse con él. Inspiró hondo y dijo:
—Saber si Sarima, la Princesa Viuda de los Arjikis, aún vive. Y dónde puedo encontrarla, y cómo negociar su libertad.
El Mago sonrió.
—¡Cómo coinciden todas las cosas! ¿No te parece interesante que yo haya sido capaz de adelantarme a tu preocupación?
Unos asistentes que la Bruja no veía, del otro lado de la puerta abierta, hicieron pasar a un enano con túnica y pantalones blancos.
Pero no, no era un enano. Era una mujer joven agachada. Unas cadenas cosidas al cuello de su túnica recorrían toda la ropa hasta los tobillos, obligándola a permanecer encorvada, ya que sólo medían ochenta o noventa centímetros de largo. La Bruja tuvo que forzar la vista para asegurarse de que era Nor, que para entonces tendría unos dieciséis o diecisiete años, la edad que tenía Elphie cuando llegó a Crage Hall, en Shiz.
—Nor —dijo la Bruja—. Nor, ¿eres tú?
La chica tenía las rodillas mugrientas y sus dedos se curvaban en torno a los eslabones de sus cadenas. Llevaba el pelo corto, y sobre la piel, debajo de las irregulares trenzas, se adivinaban verdugones. Inclinó la cabeza como si estuviera escuchando música, pero no desplazó la mirada hacia Elphaba.
—Nor, soy yo, la Tiíta Bruja. Por fin he venido a negociar tu liberación —improvisó la Bruja.
Pero el Mago indicó a los invisibles asistentes que se llevaran a Nor fuera de su vista.
—Me temo que eso no será posible —dijo—. La chica es mi protección contra ti.
—¿Y los otros? —preguntó la Bruja—. Tengo que saberlo.
—No hay nada documentado —respondió el Mago—, pero tengo entendido que Sarima y sus hermanas están muertas.
A la Bruja se le congeló el aliento en el pecho. Sus últimas esperanzas de perdón se habían esfumado. Pero el Mago seguía hablando:
—Debió de ser algún subalterno sin autoridad en la materia, pero con sed de sangre. Es muy difícil encontrar ayudantes dignos de confianza en las fuerzas armadas.
—¿Irji? —dijo la Bruja, agarrándose los codos.
—Bueno, él tenía que morir —contestó el Mago en tono de disculpa—. Estaba destinado a ser el próximo príncipe, ¿no?
—Dígame que su muerte no fue cruel —dijo la Bruja—. ¡Dígamelo, por favor!
—Ejecución con collar de parafina —admitió el Mago—. Bueno, era un asunto público; había que actuar con firmeza. Ya ves, contra mi propio criterio, te he dicho todo lo que querías saber. Ahora es tu turno. ¿Dónde puedo encontrar el libro del que procede esta hoja?
El Mago sacó el papel del bolsillo y lo desplegó sobre sus rodillas. Le temblaban las manos. Miró la página.
—Un sortilegio para la Administración de Dragones —dijo con expresión inquisitiva.
—¿Es eso? —preguntó ella, sorprendida—. Yo no podría haberlo sabido con certeza.
—Claro que no. Debe de costarte mucho entenderlo —replicó él—. No es de este mundo, ¿lo sabías? Es del mío.
Estaba loco, obsesionado con otros mundos. Como el padre de Elphaba.
—No está diciendo la verdad —replicó la Bruja, con la esperanza de tener razón.
—¡Qué importa la verdad! —dijo él—. Pero da la casualidad de que soy sincero.
—¿Por qué iba a querer usted esa hoja? —preguntó la Bruja, intentando ganar tiempo mientras pensaba cómo hacer para salvar a Nor—. Ni siquiera sé lo que es, ni tampoco creo que usted lo sepa.
—Pero lo sé —repuso él—. Es un antiguo manuscrito de magia, generado en un mundo muy lejano. Durante mucho tiempo se creyó que era sólo una leyenda, o que había sido destruido durante los tenebrosos ataques de los invasores del norte. Se lo llevó de nuestro mundo, por motivos de seguridad, un mago mucho más capaz que yo. Por eso vine a Oz —añadió, hablando casi consigo mismo, como suelen hacer los viejos—. La señora Blavatsky lo localizó en su bola de cristal y yo hice los sacrificios apropiados y también los arreglos necesarios para viajar hasta aquí, hace cuarenta años. Yo era un hombre joven, lleno de ardor y fracasos. No era mi intención gobernar un país, sino únicamente encontrar ese documento, devolverlo a su mundo y estudiar allí sus secretos.
—¿Qué clase de sacrificios? —dijo ella—. Aquí no se detiene ante ningún asesinato.
—«Asesinato» es palabra propia de mojigatos —replicó el Mago—, una expresión conveniente para condenar todas las acciones valerosas que no alcanzan a comprender. Lo que he hecho y lo que hago no puede calificarse de asesinato, porque al ser de otro mundo, no se me puede juzgar con las tontas convenciones de una civilización bobalicona. Estoy por encima de la retahila de lo que está bien y lo que está mal, desgranada por un niñito ceceante.
Sus ojos no centelleaban mientras hablaba. Estaban hundidos detrás de un velo frío y azul de desapego.
—Si le doy la Grimería, ¿se irá? —dijo ella—. ¿Me entregará a Nor, se llevará su particular forma de maldad y nos dejará por fin en paz?
—Soy demasiado viejo para viajar —respondió el Mago—. Además, ¿por qué iba a renunciar a lo que me ha costado tantos años conseguir?
—Porque si no lo hace, usaré ese libro para destruirlo —respondió ella.
—No puedes leerlo —dijo él—. Eres de Oz y no puedes entenderlo.
—Puedo leer más de lo que imagina. No lo entiendo todo. He visto páginas sobre la liberación de las energías ocultas de la materia. He visto páginas sobre la manipulación del transcurso normal del tiempo. He visto disquisiciones sobre armas demasiado ruines para ser utilizadas, sobre cómo envenenar el agua, sobre cómo criar una raza de súbditos más dóciles… Hay diagramas de instrumentos de tortura. Aunque los esquemas y las palabras se nublan ante mis ojos, puedo seguir aprendiendo. Yo no soy demasiado vieja.
—Son ideas de gran interés en nuestro tiempo —dijo el Mago, aunque parecía sorprendido de que ella hubiera entendido tanto.
—Para mí no —replicó la Bruja—. Usted ya ha hecho suficiente. Si le doy el libro, ¿me entregará a Nor?
—No deberías confiar en mis promesas —dijo él, suspirando—. Te lo digo de veras, pequeña. —Pero mantuvo la vista fija en la hoja que le había traído—. Podría aprender a subyugar a un dragón para mis propios fines —murmuró, mientras volvía la página para leer el reverso.
—Por favor, creo que nunca he suplicado nada en toda mi vida, pero ahora le estoy suplicando. No es justo que usted esté aquí. Suponiendo por un momento que a veces diga la verdad, vuelva a ese otro mundo, váyase a cualquier parte, pero renuncie al trono. Déjenos en paz. Llévese el libro y haga con él lo que quiera. Déjeme que al menos consiga eso en mi vida.
—Ya te he dicho qué ha sido de la familia de tu amado Fiyero —le recordó el Mago—; ahora dime dónde está el libro.
—No lo haré —le respondió ella—. Mi oferta ha cambiado. Entregúeme a Nor y le daré la Grimería. El libro está tan bien escondido que jamás conseguirá encontrarlo. Carece del talento necesario —añadió, esperando ser convincente.
El Mago se puso en pie y guardó la hoja.
—No te mandaré ejecutar —declaró—, al menos no en esta audiencia. Conseguiré ese libro, de un modo u otro. No puedes atarme con una promesa, estoy más allá de los compromisos asumidos con las palabras. Pensaré en lo que has dicho. Pero mientras tanto, conservaré a mi lado a mi pequeña esclava, porque ella es mi defensa contra tu ira.
—¡Démela! —exigió la Bruja—. ¡Ahora mismo! ¡Actúe como un hombre y no como un charlatán de feria! ¡Démela y le enviaré ese libro!
—Yo no regateo —dijo el Mago, pero no parecía ofendido, sino simplemente deprimido, como si estuviera hablando consigo mismo y no con ella—. No regateo, pero pienso. Esperaré a ver cómo se desarrolla la reunificación con el País de los Munchkins y, si no te entrometes, quizá esté amablemente dispuesto a considerar lo que me has propuesto. Pero no regateo.
La Bruja inspiró profundamente.
—Nos hemos visto antes, ¿sabe? —dijo—. Una vez me concedió una audiencia en el salón del trono, cuando yo era una estudiante en Shiz.
—¿Ah, sí? —replicó él—. ¡Oh, sí, por supuesto, tú debiste de ser una de las queridas niñas de la señora Morrible, esa estupenda ayudante y colaboradora! Ahora está medio senil, ¡pero cuánto me enseñó, en sus buenos tiempos, sobre la forma de doblegar a las jovencitas tercas! Seguramente vendrías a verme con ella, como las demás.
—Intentó reclutarme para servir a algún amo. ¿Era usted?
—¡Quién sabe! Siempre estábamos tramando alguna conspiración. Me divertía mucho con ella. Nunca habría sido tan tosca como para hacer algo así —añadió, indicando la puerta abierta, a través de la cual aún se veía a la pobre Nor, canturreando para sus adentros—. Era mucho más sutil para manejar a sus estudiantes.
El Mago estaba a punto de abandonar la sala, pero se volvió cuando ya había llegado a la puerta.
—¡Ah, ahora lo recuerdo! Fue ella quien me advirtió que tuviera cuidado contigo. Me dijo que la habías traicionado, que habías rechazado sus ofertas. Fue ella quien me aconsejó que te tuviera vigilada. Gracias a ella, nos enteramos de tu pequeño romance con el príncipe de los rombos tatuados.
—¡No!
—¿De modo que me habías visto antes? Lo había olvidado. ¿Con qué forma me presenté?
Elphaba tuvo que apretarse el estómago para no vomitar.
—Como un esqueleto con los huesos iluminados, bailando en una tormenta.
—Ah, sí. Ingenioso, sí, muy ingenioso. ¿Quedaste impresionada?
—Señor —dijo ella—, siempre lo he considerado un pésimo mago.
—Y tú —respondió él, herido— no eres más que la caricatura de una bruja.
—Espere —dijo ella, mientras él franqueaba la puerta—, espere, por favor. ¿Cómo recibiré su respuesta?
—Te enviaré un mensajero antes de que termine el año —respondió el Mago. La puerta se cerró tras él con un golpe.
Elphaba cayó de rodillas, con la frente casi apoyada en el suelo. Tenía los puños apretados a los lados del cuerpo. No pensaba entregar la Grimería a semejante monstruo, nunca. Si era preciso, moriría para evitar que llegara a sus manos. Pero ¿sería capaz de orquestar un engaño para que antes liberara a Nor?
* * *
Se marchó unos días más tarde, tras asegurarse de que a su padre no lo expulsarían de su habitación en Colwen Grounds. El anciano no quiso irse con ella al Vinkus; estaba demasiado viejo para hacer el viaje. Además, pensaba que Caparazón volvería en cualquier momento a buscarlo. La Bruja sabía que Frex no viviría mucho tiempo, pues era muy profunda su pena por la muerte de Nessarose. Intentó dejar de lado su enfado, para ir a despedirse de él por lo que pensaba que sería la última vez.
Mientras recorría a grandes zancadas la explanada delantera de Colwen Grounds, volvió a cruzarse con Glinda. Pero las dos mujeres desviaron la vista y se dieron prisa en continuar en direcciones opuestas. Para la Bruja, el cielo era un gran peñasco que la oprimía. Para Glinda, era más o menos lo mismo. Pero Glinda se giró en redondo y gritó:
—¡Oh, Elphie!
La Bruja no se volvió. Nunca más volvieron a verse.