LA RAÍZ DEL MAL
1
Desde la cama arrugada, la esposa dijo:
—Creo que hoy será el día. Mira cuánto me ha bajado.
—¿Hoy? Sería típico de ti: perverso e inoportuno —replicó en tono de broma su marido, de pie en la puerta, mirando hacia afuera, al lago, los campos y, más allá, las laderas boscosas. Apenas conseguía divisar las chimeneas de Rush Margins, que exhalaban el humo de los desayunos—. El peor momento posible para mi ministerio. Como es natural.
La esposa bostezó.
—No hay muchas posibilidades de elegir. O al menos, eso dicen. El cuerpo se te pone así de grande y entonces ya no decides tú. Si no te cabe dentro, cariño, entonces tendrás que apartarte de su camino. Se ha puesto en marcha y ya no hay nada que pueda detenerlo.
Se levantó un poco para otear sobre la montaña de su vientre.
—Me siento como una rehén de mí misma. O del bebé.
—Intenta controlarte —dijo él, acercándose a ella y ayudándola a sentarse en la cama—. Considéralo un ejercicio espiritual. Vigilancia de los sentidos. Continencia física y a la vez ética.
—¿Controlarme? —se echó a reír ella, desplazándose centímetro a centímetro hacia el borde de la cama—. ¿Cómo voy a controlarme si ya no soy yo? No soy más que el huésped de un parásito. ¿Dónde habrá quedado mi identidad? ¿Dónde me habré dejado mi vieja y cansada identidad?
—Piensa en mí —dijo él. Su tono había cambiado. Ahora hablaba en serio.
—Frex —replicó ella, yendo hacia él—, cuando el volcán está listo para estallar, no hay sacerdote en el mundo capaz de aquietarlo a base de plegarias.
—¿Qué pensarán los otros ministros de la Iglesia?
—Se reunirán y dirán: «Hermano Frexspar, ¿has permitido que tu esposa pariera a tu primer hijo cuando tenías problemas por resolver en la parroquia? ¡Qué falta de consideración por tu parte! Es la prueba de que careces de autoridad. Quedas destituido de tu cargo.»
Le estaba tomando el pelo, porque no había nadie para destituirlo. El obispo más cercano estaba demasiado lejos para prestar atención a las peculiares circunstancias de un clérigo unionista de la periferia.
—¡Es un momento tan terriblemente inoportuno!
—Después de todo, la mitad de la culpa de que suceda en este momento es tuya —replicó ella—. ¿No crees, Frex?
—Se supone que sí, pero no acabo de estar seguro.
—¿No acabas de estar seguro?
Ella rió, echando la cabeza hacia atrás. La línea desde su oreja hasta el hueco de su garganta le recordó a Frex un elegante cucharón de plata. Incluso desarreglada como estaba por la mañana y con una barriga como una gabarra, era de una belleza majestuosa. Su pelo tenía el brillante aspecto lacado de las hojas húmedas de roble, caídas en el suelo, a la luz del sol.
La culpaba por su origen aristocrático, pero admiraba sus esfuerzos por superarlo y, al mismo tiempo, también la amaba.
—¿Quieres decir que no estás seguro de ser el padre? —preguntó mientras se agarraba al marco de la cama; Frex la cogió por el otro brazo y la izó, hasta conseguir que quedara medio erguida—. ¿O dudas de la paternidad de los hombres en general?
De pie, era colosal, una isla ambulante. Mientras salía por la puerta a paso de caracol, se iba riendo de semejante idea. Él la oyó riendo aún en el retrete exterior, cuando él empezaba a vestirse para la batalla del día.
Frex se peinó la barba y se aceitó la calva. Después se prendió en la nuca un broche de hueso y cuero sin curtir, para apartarse el pelo de la cara, porque era preciso que ese día sus expresiones pudieran interpretarse desde lejos. No podía haber ambigüedad en su discurso.
Se aplicó polvo de carbón en las cejas, para oscurecerlas; se untó cera roja en las chatas mejillas, y se sombreó los labios. Un sacerdote apuesto atraía más penitentes que uno feo.
En el patio de la cocina, Melena flotaba blandamente, no con el peso normal del embarazo, sino como inflada, como un globo enorme arrastrando los hilos por el polvo del suelo. Llevaba una sartén en una mano y, en la otra, unos huevos y los hirsutos cabos de unos cebollinos. Iba cantando para sus adentros, pero sólo en frases cortas. No era para que Frex la escuchara.
Con la sobria túnica abotonada hasta el cuello y las tiras de las sandalias atadas sobre las calzas, Frex sacó de su escondite, debajo de un arcón, el informe que le había enviado su colega, el ministro del poblado de Three Dead Trees, y disimuló las hojas de papel marrón en su ceñidor. Se las había ocultado a su mujer, por temor a que quisiera acompañarlo para ver la gracia, si era divertido, o para experimentar el estremecimiento, si era aterrador.
Mientras Frex respiraba hondo, preparando sus pulmones para un día de oratoria, Melena agitaba una cuchara de madera sobre la sartén, para hacer un revuelto con los huevos. El tintineo de los cencerros resonaba del otro lado del lago. Ella no prestaba atención, o en realidad sí que lo hacía, pero a algo que estaba en su interior. Era un sonido sin melodía, como una música soñada, que se recuerda por su efecto, pero no por sus yerros o aciertos armónicos. Imaginó que sería el bebé en su interior, canturreando de pura dicha. Supo que iba a ser un niño cantarín.
Melena oyó a Frex dentro de la casa; su marido empezaba a improvisar, a modo de calentamiento, produciendo las frases vibrantes de su alegato y convenciéndose una vez más de su probidad.
¿Cómo decía aquella cancioncilla, que años atrás le canturreaba Nana, en la habitación de los niños?
Un bebé por la mañana,
aflicción asegurada.
Cuando llega a mediodía,
te afligirá sin medida.
Nacimiento vespertino,
un desastre en el camino.
Y cuando viene de noche,
de desgracia habrá derroche.
Pero ella la recordaba con alegría, como una broma. La aflicción es el final natural de la vida, y aun así seguimos teniendo bebés.
«—No —dijo Nana, como un eco en la mente de Melena (y corrigiendo sus ideas, como de costumbre)—. Nada de eso, mi bonita y mimada chiquilla. No seguimos teniendo bebés, eso es bien evidente. Sólo tenemos bebés cuando aún somos demasiado jóvenes para saber lo triste que se vuelve la vida. Cuando de verdad nos damos cuenta de hasta qué punto llega a ser triste (y piensa que las mujeres tardamos en aprender), entonces nos secamos por dentro de puro disgusto y, con mucha sensatez, detenemos la producción.
»—Pero los hombres no se secan —objetó Melena—; ellos pueden ser padres hasta que mueren.
»—Ah, es que nosotras tardamos en aprender —replicó Nana—, pero ellos no aprenden nunca.»
—¡El desayuno! —dijo Melena, pasando con una cuchara los huevos revueltos a un plato de madera. Su hijo no sería tan obtuso como la mayoría de los hombres. Ella le enseñaría a desafiar el progresivo avance de la aflicción.
—Es tiempo de crisis en nuestra sociedad —recitó Frex.
Para ser un hombre que condenaba los placeres mundanos, comía con elegancia. A ella le encantaba contemplar el arabesco de sus dedos y sus dos tenedores. Sospechaba que, bajo su probo ascetismo, él acariciaba anhelos ocultos de una vida regalada.
—Para nuestra sociedad, cada día es una crisis —replicó ella.
Le estaba tomando el pelo, respondiéndole en los términos que emplean los hombres. Pero su querido Frex, obtuso como era, no distinguió la ironía en su voz.
—Nos encontramos ante una encrucijada. La idolatría amenaza. Los valores tradicionales están en peligro. La verdad asediada y la virtud abandonada.
Más que hablarle a ella, estaba practicando su diatriba contra el espectáculo de magia y violencia que estaba por llegar. Frex tenía una faceta que lindaba con la desesperación; pero a diferencia de la mayoría de los hombres, sabía canalizarla en beneficio del trabajo de su vida. Con cierta dificultad, Melena se agachó para sentarse en un taburete. ¡Coros enteros cantaban sin palabras dentro de su cabeza! ¿Sería eso corriente en el trabajo de parto y en todos los partos? Le habría gustado preguntárselo a las arrogantes vecinas que la visitarían esa tarde, murmurando comentarios por lo bajo acerca de su estado. Pero no se atrevía. No podía deshacerse de su bonito acento, que a ellas les sonaba afectado, pero podía evitar que la creyeran ignorante de las cosas más básicas.
Frex advirtió su silencio.
—¿No estarás enfadada porque hoy te dejo sola?
—¿Enfadada? —respondió ella arqueando las cejas, como si ni siquiera reconociera el concepto.
—La historia avanza reptando sobre las patas de palo de las pequeñas vidas individuales —dijo Frex—; pero, al mismo tiempo, convergen fuerzas eternas de mayor alcance. No puedes atender los dos frentes al mismo tiempo.
—Quizá nuestro hijo no tenga una vida pequeña.
—No es momento de discutir. ¿Quieres distraerme hoy de mis deberes sagrados? Nos enfrentamos a la presencia del mal verdadero en Rush Margins. No podría tolerar mi propia vida si no hiciera nada al respecto.
Lo decía en serio, y por esa intensidad, ella se había enamorado de él; pero también por eso lo odiaba, naturalmente.
—Las amenazas vienen hoy… y seguirán viniendo mañana —dijo ella para concluir el tema—. Pero tu hijo sólo nacerá una vez y, si este cataclismo acuoso que tengo dentro es una señal, creo que será hoy.
—Habrá otros hijos.
Ella se volvió para que él no viera la rabia en su rostro.
Pero era incapaz de mantener la ira contra él. Quizá fuera un defecto moral suyo. (Por regla general, no era muy dada a cavilar sobre defectos morales; le parecía que tener a un ministro de la Iglesia por marido ya era suficiente reflexión religiosa para los dos.) Se sumió en un silencio malhumorado. Frex masticaba su desayuno.
—Es el demonio —dijo Frex, con un suspiro—. El demonio viene en camino.
—¡No digas algo así cuando nuestro hijo está a punto de nacer!
—¡Me refiero a la tentación en Rush Margins! ¡Y tú lo sabes, Melena!
—¡Las palabras son palabras, y lo dicho dicho está! —replicó ella—. ¡No te pido que me dediques toda tu atención, Frex, pero necesito un poco!
Ella dejó caer la sartén, que se estrelló con estrépito sobre el banco arrimado a la pared de la cabaña.
—Y además —prosiguió él—, ¿sabes a lo que tengo que enfrentarme en el día de hoy? ¿Cómo puedo convencer a mi rebaño para que se aparte del abigarrado espectáculo de la idolatría? Probablemente, esta noche volveré vencido por una diversión más deslumbrante. Quizá tú consigas un hijo este día. Yo, en cambio, presiento un fracaso.
Sin embargo, aun diciendo eso, parecía orgulloso. Fracasar en la persecución de un fin moralmente elevado era gratificante para él. Ni comparación con la carne, la sangre, la suciedad y el alboroto de tener un bebé.
Finalmente, se puso en pie para marcharse. Sobre el lago se había levantado un viento que emborronaba la cima de las columnas de humo de las cocinas. Melena pensó que parecían remolinos de agua, bajando por los desagües en espirales cada vez más estrechas y concentradas.
—Cuídate, amor —dijo Frex, aunque ya llevaba puesta, de la cabeza a los pies, la grave expresión que adoptaba en público.
—Sí —suspiró Melena, sintiendo una patada del bebé en lo profundo de su vientre y la repentina necesidad de volver al excusado—. Cuídate tú también, que yo estaré pensando en ti, mi espina dorsal, mi escudo protector. Y también intenta que no te maten.
—Que se haga la voluntad del Dios Innominado —replicó Frex.
—Y también la mía —blasfemó ella.
—Dedica tu voluntad a aquello que lo merece —respondió él. Ahora él era el ministro, y ella, la pecadora, un reparto de papeles que no apreciaba particularmente.
—Adiós —dijo ella, que prefirió el hedor y el alivio del excusado exterior a la posibilidad de quedarse saludándolo con la mano hasta que se perdiera de vista por el camino en dirección a Rush Margins.