11
Una noche (la primera noche de nieve), la señora Morrible organizó una velada poética. Los chicos de Three Queens y de Ozma Towers estaban invitados. Galinda sacó su vestido de satén color cereza, con chal y zapatitos a juego, y un abanico antiguo de Gillikin, herencia de familia, pintado con un pfénix y un motivo de heléchos. Llegó temprano, para apoderarse de la silla tapizada que sirviera de mejor marco para su indumentaria, y la arrastró hasta situarla junto a la librería, para que la luz de las velas colocadas sobre los estantes se derramara suavemente sobre ella. El resto de las chicas (no sólo las de primer año, sino las mayores) entraron como un bisbiseante ramillete y se situaron en sofás y canapés, en el salón más bonito de Crage Hall. Los chicos que acudieron fueron en cierto modo una decepción; no eran muchos, parecían aterrados y no hacían más que intercambiar risitas entre ellos. Después, llegaron los profesores y los doctores, no sólo los Animales de Crage Hall, sino los profesores de los chicos, que en su mayoría eran hombres. Sólo entonces se alegraron las chicas de haberse arreglado, porque si bien los chicos eran una pandilla llena de granos, los profesores eran señores de porte grave y sonrisa encantadora.
Incluso acudieron algunas de las amas, pero se sentaron detrás de un biombo, al fondo de la sala. Por algún motivo, el sonido de sus agujas de punto trabajando a ritmo acelerado le resultaba tranquilizador a Galinda. Sabía que Ama Clutch estaba ahí.
El mismo cangrejo mecánico de bronce que Galinda había visto durante su primera noche en Crage Hall abrió de par en par la doble puerta del extremo de la sala. Lo habían aceitado y pulido especialmente para la ocasión; todavía se percibía el olor acre del lustre para metales. Después hizo su entrada la señora Morrible, severa e imponente, con una capa negra como el carbón que dejó caer al suelo (el artefacto la recogió y la apoyó sobre el respaldo de un sofá). Su traje era de un naranja encendido, con conchas de abalón lacustre cosidas por todas partes. A su pesar, Galinda reconoció que el efecto era admirable. En un tono aún más untuoso de lo habitual, la señora Morrible dio la bienvenida a los invitados y solicitó un aplauso para el concepto de la Poesía y sus Efectos Civilizadores.
A continuación habló de la nueva forma poética que triunfaba en los salones y los cafés poéticos de Shiz.
—La llaman «qüell» —dijo la señora Morrible, haciendo gala de una impresionante colección de dientes en su sonrisa de directora—. Un qüell es un poema breve, de tema edificante, compuesto por una sucesión de trece versos cortos y un apotegma final sin rima. El valor del poema reside en el contraste revelador entre el argumento rimado y la conclusión, dos elementos que a veces se contradicen, pero siempre iluminan y, como toda la poesía, santifican la vida. —La señora Morrible resplandecía como un faro en medio de la niebla—. Esta noche, en particular, un qüell puede servir de bálsamo contra las desagradables disrupciones cuyas noticias nos llegan desde la capital.
Los chicos parecieron prestar atención y todos los profesores asintieron con la cabeza, pero Galinda estaba segura de que ninguna de las chicas tenía la menor idea de cuáles podían ser las «desagradables disrupciones» de que hablaba la señora Morrible.
Una alumna de tercer año, sentada al clavicordio, enhebró un par de acordes, y los invitados se aclararon la garganta y se miraron los zapatos. Galinda vio a Elphaba que llegaba por el fondo de la sala, vestida con su habitual traje rojo, con dos libros bajo el brazo y un pañuelo anudado a la cabeza. Se hundió en la última silla libre y se llevó una manzana a la boca, justo cuando la señora Morrible tomaba aliento aparatosamente, para empezar.
¡Canta un himno a la rectitud,
oh, progresista multitud!
Siente humilde gratitud,
pues hay rigor para la juventud.
Por el bien común elevamos
nuestra voz de buenos hermanos.
Celebramos la autoridad,
la unión, el bien y la verdad.
Con decisión y valentía,
impedimos la libertad excesiva.
No hay mayor luminosidad
que ver la generosidad
con que el Poder aplasta la atrocidad.
Enarbola el palo y corrige al crío.
La señora Morrible bajó la cabeza para dar a entender que había terminado. Hubo un rumor sordo de comentarios indiferenciados. Galinda, que no entendía mucho de Poesía, pensó que quizá fuera ésa la manera establecida de apreciarla. Le gruñó un poco a Shenshen, que estaba sentada a su lado con expresión edematosa, en una silla de respaldo recto. La cera de la vela estaba a punto de caer sobre uno de los hombros del vestido de Shenshen, que era de seda blanca, con festones de organdí de color amarillo limón. Probablemente lo arruinaría, pero Galinda decidió que la familia de Shenshen tenía suficiente dinero para comprar más vestidos, de modo que se quedó callada.
—Otro —dijo la señora Morrible—. Otro qüell.
Se hizo el silencio en la sala. ¿Había cierta incomodidad?
¡Contra la falta de corrección,
caiga el peso de la religión!
Para sanar la sociedad,
no te permitas la veleidad
de reír con desparpajo
y aceptar el agasajo.
Piensa siempre en la deidad
que se acerca en su gran verdad
y recíbela con entusiasmo,
sin que la risa se torne espasmo.
Recuerda las actitudes
que ejemplifican las virtudes
y son para el Bien aptitudes.
Animales: mejor verlos sin oírlos.
Volvieron a oírse murmullos, esta vez de diferente naturaleza y en un tono más áspero. El doctor Dillamond se aclaró ruidosamente la garganta, golpeó una pezuña contra el suelo y se lo oyó decir:
—Eso no es poesía; es propaganda, y ni siquiera es buena propaganda.
Elphaba se situó furtivamente al lado de Galinda con su silla bajo el brazo y la dejó caer entre su compañera de habitación y Shenshen.
Apoyó su huesudo trasero sobre las tablas del asiento, se inclinó hacia Galinda y le preguntó:
—¿Qué conclusión sacas?
Era la primera vez que Elphaba se dirigía a Galinda en público y ésta se sintió muy mortificada.
—No lo sé —respondió Galinda en voz casi inaudible, mirando para otro lado.
—¡Qué habilidad! ¿No crees? —comentó Elphaba—. Me refiero al último verso. Con ese acento tan extraño, era imposible saber si hablaba de Animales o de animales. No me extraña que Dillamond esté furioso.
Y lo estaba. El doctor Dillamond recorría la sala con la vista, como intentando organizar la oposición.
—Esto es una ofensa, ¡una ofensa! —exclamó—. ¡Una gran ofensa! —añadió, antes de marcharse de la sala.
El profesor Lenx, un Jabalí que enseñaba matemáticas, también se retiró, pero antes aplastó accidentalmente un antiguo aparador dorado, para no pisar la cola de encaje amarillo del vestido de la señorita Milla. El señor Mikko, el Mono que enseñaba historia, permaneció sentado con expresión lóbrega en la penumbra, demasiado confuso e incómodo para moverse.
—Bien —dijo la señora Morrible con exaltación—, es de esperar que la poesía, cuando es Poesía, sea ofensiva. Es el Derecho del Arte.
—Creo que está majara —dijo Elphaba. A Galinda le parecía demasiado horrible. ¿Y si uno de los chicos llenos de granos, aunque sólo fuera uno, veía que Elphaba le estaba susurrando al oído? Nunca volvería a levantar cabeza en sociedad. Su vida quedaría destrozada.
—¡Chis! Estoy escuchando, me encanta la poesía —replicó Galinda en tono severo—. No me hables, me estás arruinando la velada.
Elphaba se recostó en la silla, terminó la manzana y las dos siguieron escuchando. Los murmullos y los gruñidos fueron volviéndose más sonoros con cada poema, y los chicos y las chicas empezaron a relajarse y a mirarse entre ellos.
Cuando hubo recitado el último qüell de la noche (que culminaba con el críptico aforismo «bruja oportuna salva la bruma»), la señora Morrible se retiró entre desiguales aplausos e indicó a su sirviente de bronce que sirviera té a los invitados, después a las chicas y finalmente a las amas. Hecha un cúmulo de seda crujiente y chasqueantes conchas de abalón lacustre, recibió los cumplidos de los profesores hombres y de algunos de los chicos más valientes, a quienes rogó que se sentaran a su lado para disfrutar mejor de sus críticas.
—Díganme la verdad. Estuve excesivamente histriónica, ¿no es cierto? Es mi condena. Los escenarios me llamaban, pero elegí una vida de Servicio a las Alumnas.
Bajó las pestañas con modestia, mientras su público cautivo murmuraba tibias protestas.
Galinda aún estaba intentando deshacerse de la embarazosa compañía de Elphaba, que seguía empeñada en hablar de los qüells, lo que significaban y si eran buenos o no.
—¿Cómo puedo saberlo? ¿Por qué habría de saberlo yo? Somos alumnas de primer curso, ¿recuerdas? —dijo Galinda, deseando salir como una flecha hacia donde Pfannee, Milla y Shenshen estaban echando chorritos de limón en las tazas de té de un grupo de chicos azorados.
—Pues yo creo que tu opinión es tan buena como la de ella —dijo Elphaba—. Para mí, ése es el auténtico poder del arte. No amonestar, sino provocar y desafiar. De otro modo, ¿para qué molestarse?
Un chico se acercó a ellas. A Galinda no le pareció particularmente atractivo, pero cualquier cosa era mejor que la sanguijuela verde que tenía al lado.
—Hola —lo saludó Galinda, sin esperar a que él superara su nerviosismo—, encantada de conocerlo. Usted debe de ser de…
—Bueno, ahora vengo de Briscoe Hall —dijo el chico—, pero soy del País de los Munchkins. Como ya habrá notado.
Claro que lo había notado, porque apenas le llegaba al hombro. A pesar de eso, no tenía mal aspecto: algodonosa mata de pelo rubio mal peinado, sonrisa de grandes dientes y piel más tersa que la de muchos chicos. La túnica formal que vestía era de un provinciano color azul, pero llevaba entretejidas algunas hebras de hilo de plata. Su aspecto era agradablemente pulcro. Tenía las botas bien lustradas y, cuando se ponía de pie, las piernas le quedaban ligeramente arqueadas, con las puntas de los pies hacia afuera.
—¡Esto es lo que me encanta! —exclamó Galinda—. ¡Conocer extranjeros! ¡Esto es Shiz en su mejor expresión! Yo soy gillikinesa.
Tuvo que contenerse para no añadir «por supuesto», porque lo consideraba evidente por su atuendo. Las chicas munchkins solían vestir con más sobriedad, tanto que en Shiz no era raro que las confundieran con sirvientas.
—Bueno, hola —dijo el chico—. Me llamo Boq.
—Yo soy Galinda de los Arduennas de las Tierras Altas.
—¿Y usted? —dijo Boq, volviéndose hacia Elphaba—. ¿Usted quién es?
—Me marcho —dijo ella—. Dulces sueños.
—No, no te vayas —pidió Boq—. Me parece que te conozco.
—Tú no me conoces —repuso Elphaba, haciendo una pausa mientras se giraba—. ¿Cómo ibas a conocerme?
—Eres la señorita Elphie, ¿verdad?
—¡La señorita Elphie! —exclamó Galinda alegremente—. ¡Qué tierno!
—¿Cómo sabes quién soy? —inquirió Elphaba—. Yo no te conozco. No conozco a ningún señor Boq del País de los Munchkins.
—Tú y yo jugábamos juntos cuando eras pequeñita —explicó Boq—. Mi padre era el alcalde del pueblo donde naciste, o eso creo. ¿No naciste en Rush Margins, en Wend Hardings? Eras hija del clérigo unionista, no recuerdo cómo se llamaba.
—Frex —dijo Elphaba. Sus ojos parecían sesgados y su mirada, huidiza.
—¡Frex el Devoto! —exclamó Boq—. Eso es. ¿Sabes que todavía se habla de él y de tu madre, y de la noche en que el Reloj del Dragón del Tiempo llegó a Rush Margins? Yo tenía dos o tres años y me llevaron a verlo, pero no lo recuerdo. En cambio, sí recuerdo que jugaba contigo cuando aún llevaba pantalones cortos. ¿Te acuerdas de Gawnette? Era la mujer que nos cuidaba. ¿Y de Bfee? Es mi padre. ¿Recuerdas Rush Margins?
—Humo y conjeturas —dijo Elphaba—. Imposible contradecir nada. Ahora déjame que te diga lo que te sucedió a ti en tu vida, antes de donde alcanza tu memoria. Cuando tú naciste, eras una rana. —Fue una desconsideración decirlo, porque Boq tenía cierto aire anfibio—. Te sacrificaron al Reloj del Dragón del Tiempo y entonces te convertiste en niño. Pero en tu noche de bodas, cuando tu novia abra las piernas, volverás a transformarte en renacuajo, y entonces…
—¡Señorita Elphaba! —exclamó Galinda, abriendo de golpe el abanico para contener la oleada de rubor que le avanzaba por la cara—. ¡Esa lengua!
—Oh, bueno, yo no tuve infancia —dijo Elphaba—, así que puede decir lo que quiera. Crecí en el País de los Quadlings, con la gente de las ciénagas. Chapoteo cuando camino. No te conviene hablar conmigo; habla con Galinda, que sabe comportarse mucho mejor que yo en sociedad. Ahora tengo que irme.
Elphaba se despidió con una inclinación de la cabeza y salió huyendo, casi a la carrera.
—¿Por qué ha dicho eso? —preguntó Boq, sin que en su voz hubiera turbación, sino sólo curiosidad—. ¡Claro que la recuerdo! ¿Cuánta gente verde hay por ahí?
—Es posible que no le guste que la reconozcan solamente por el color de su piel —consideró Galinda—. No lo sé con seguridad, pero quizá sea sensible al respecto.
—Tiene que entender que la gente siempre la recordará por eso.
—Bueno, por lo que yo sé, no se equivoca usted en cuanto a su identidad —prosiguió Galinda—. Tengo entendido que su bisabuelo era el Eminente Thropp de Colwen Grounds, en Nest Hardings.
—Sí, es ella —dijo Boq—. Elphie. Nunca pensé que volvería a verla.
—¿Le apetece más té? Llamaré al servidor —dijo Galinda—. Sentémonos aquí, para que me lo cuente todo acerca del País de los Munchkins. Me estremezco de curiosidad.
Volvió a aposentarse en la silla con tapizado a juego, presentando su mejor imagen. Boq se sentó y sacudió la cabeza, como desconcertado por la aparición de Elphaba.
* * *
Cuando se retiró esa noche a su habitación, Elphaba ya estaba en la cama, con la cabeza tapada por las mantas y roncando de una manera manifiestamente teatral. Galinda se acostó refunfuñando, contrariada por ser ella quien tuviera que sentir el rechazo de la muchacha verde.
* * *
A lo largo de la semana siguiente, la velada de los qüells dio mucho que hablar. El doctor Dillamond interrumpió su clase de biología para pedir a sus estudiantes que reaccionaran. Las alumnas no entendían cómo podía reaccionar la biología contra la poesía, por lo que se limitaron a guardar silencio ante las intencionadas preguntas del profesor, que finalmente estalló:
—¿Acaso nadie ve relación alguna entre la expresión de esas ideas y lo que está sucediendo en la Ciudad Esmeralda?
La señorita Pfannee, que no podía creer que le gritaran cuando estaba pagando una matrícula y unas mensualidades, respondió, irritada:
—¡Nosotras no tenemos ni la más remota idea de lo que está sucediendo en la Ciudad Esmeralda! ¡Deje de jugar a las adivinanzas y, si tiene algo que decir, dígalo de una vez! ¡Deje de dar balidos!
El doctor Dillamond se puso a mirar fijamente por la ventana, intentando controlarse. Las estudiantes estaban excitadas con el pequeño incidente. Entonces la Cabra se volvió y, en un tono de voz más suave del que esperaban, les explicó que el Mago de Oz había proclamado unas Interdicciones a la Movilidad Animal, que habían entrado en vigor varias semanas antes. Eso no significaba solamente que los Animales tuvieran restringido el acceso a los transportes, los alojamientos y los servicios públicos. La movilidad a la que se refería también era laboral. Todo Animal que llegara a la mayoría de edad tenía prohibido ejercer una profesión liberal o trabajar en el sector público. En la práctica, los estaban empujando a las zonas rurales y más apartadas, si querían trabajar a cambio de un salario.
—¿Qué creen ustedes que quiso decir la señora Morrible cuando terminó aquel qüell con el epigrama «Animales: mejor verlos sin oírlos»? —preguntó la Cabra abruptamente.
—Bueno, cualquiera se preocuparía —dijo Galinda—, al menos cualquiera que fuese un Animal. Pero su puesto de trabajo no corre peligro, ¿verdad? Después de todo, sigue aquí, enseñándonos.
—¿Y mis hijos? ¿Qué me dice de mis cabritos?
—¿Usted tiene hijos? No sabía que estuviera casado.
La Cabra cerró los ojos.
—No estoy casado, señorita Galinda. Pero podría estarlo. Puedo estarlo. O quizá tenga sobrinos y sobrinas. En la práctica, ellos ya no pueden estudiar en Shiz, porque no pueden empuñar un lápiz para escribir en un examen. ¿Cuántos Animales ha visto usted estudiando en este paraíso de la educación?
Era cierto; no había ninguno.
—De hecho, me parece bastante horrible —comentó Galinda—. ¿Por qué querrá el Mago de Oz hacer una cosa así?
—Eso digo yo. ¿Por qué?
—No. De verdad se lo pregunto. Yo no lo sé.
—Yo tampoco lo sé.
El doctor Dillamond volvió a su plataforma, estuvo cambiando unos papeles de sitio y finalmente lo vieron tanteando con la pata un pañuelo para sonarse la nariz.
—Mis dos abuelas eran Cabras lecheras en una granja de Gillikin. Con su trabajo y toda una vida de sacrificios, pagaron a un maestro de pueblo para que me instruyera y escribiera para mí al dictado en los exámenes. Todos sus esfuerzos están a punto de irse al garete.
—Pero ¡usted todavía puede dictar clases! —replicó Pfannee en tono desafiante.
—Pendiente de un hilo, mi estimada señorita —contestó la Cabra, dando por terminada la clase antes de tiempo.
Galinda se sorprendió buscando con la mirada a Elphaba, que tenía una expresión extraña y reconcentrada. Cuando Galinda salió, Elphaba se acercó al frente del aula, donde el doctor Dillamond permanecía de pie, sacudido por incontrolables espasmos, con la cornuda cabeza inclinada.
* * *
Unos días después, la señora Morrible impartió una de sus ocasionales clases abiertas sobre himnos primitivos y cánticos paganos. Cuando abrió el turno de preguntas, todas las presentes quedaron sorprendidas al ver que Elphaba abandonaba su acostumbrada posición fetal, al fondo de la sala, para interpelar a la directora.
—Señora Morrible, si me permite —dijo—, creo que no hemos tenido oportunidad de hablar de los qüells que recitó usted en el salón la semana pasada.
—Hablemos —dijo la señora Morrible, moviendo con un gesto amplio pero intimidatorio las manos cargadas de brazaletes.
—Bien. El doctor Dillamond pareció cuestionar la oportunidad y el buen gusto de los poemas, teniendo en cuenta las Interdicciones sobre Movilidad Animal.
—El doctor Dillamond, lamentablemente —dijo la señora Morrible—, es un doctor. No es un poeta. También es una Cabra, y me permitirán que les pregunte, señoritas, si alguna vez ha habido algún gran compositor de baladas o de sonetos que fuera una Cabra. Por desgracia, mi querida señorita Elphaba, el doctor Dillamond no entiende la convención poética de la ironía. ¿Podría usted definirnos la ironía?
—No creo que pueda, señora Morrible.
—La ironía, según algunos, es el arte de yuxtaponer elementos incongruentes. Requiere cierto desapego. La ironía presupone cierto distanciamiento y, lamentablemente, tratándose de los derechos de los Animales, podemos disculpar la incapacidad del doctor Dillamond para distanciarse.
—Entonces, esa frase a la que puso objeciones, «Animales: mejor verlos sin oírlos», ¿era irónica? —prosiguió Elphaba, consultando sus papeles sin mirar a la señora Morrible.
Galinda y sus compañeras estaban fascinadas, porque era evidente que las dos mujeres situadas en extremos opuestos de la sala habrían disfrutado viendo a la otra fulminada por un repentino estallido del bazo.
—Podríamos considerarla irónica, si así lo decidimos —respondió la señora Morrible.
—¿Y usted qué decide? —preguntó Elphaba.
—¡Qué impertinencia! —exclamó la señora Morrible.
—No es mi intención ser impertinente. Yo sólo intento aprender. Si según usted o cualquier otra persona, esa afirmación es cierta, entonces no hay incongruencia con el pasaje autoritario y aburrido que la precede. Se trata de un argumento y su conclusión. No veo la ironía.
—Hay muchas cosas que usted no ve, señorita Elphaba —dijo lis señora Morrible—. Tiene que aprender a ponerse en el lugar de una persona más sabia que usted y a contemplar las cosas desde su punto de vista. Encerrarse en la ignorancia, recluirse entre los muros de la modesta inteligencia que uno pueda tener, es algo muy triste en alguien tan joven y «brillante» como usted.
La directora escupió las últimas palabras, que de algún modo le parecieron a Galinda una ruin alusión a la piel de Elphaba, que en ese momento estaba verdaderamente reluciente por el esfuerzo de hablar en público.
—Precisamente, estaba intentando ponerme en el lugar del doctor Dillamond —repuso Elphaba, casi gimiendo, pero sin darse por vencida.
—En el caso de la interpretación poética, me atrevería a sugerir que probablemente es cierto. Animales: mejor verlos sin oírlos —dijo abruptamente la señora Morrible.
—¿Lo dice con ironía? —preguntó Elphaba, pero en seguida se sentó, cubriéndose la cara con las manos, y ya no volvió a levantar la vista en todo lo que quedaba de clase.