62

Una tarde, varias semanas después, Liir volvió de un paseo acalorado y nervioso. La Bruja se molestó al enterarse de que otra vez había estado codeándose con los soldados del Mago, en el campamento de Red Windmill.

—Tenían noticias, un despacho de la Ciudad Esmeralda —dijo el muchacho—. Un grupo de desconocidos consiguió una audiencia con el Mago. ¡Y uno de ellos no era más que una niña! Dorothy, dicen que se llama, una chica de la Otra Tierra. Y varios amigos suyos. Hacía muchos años que el Mago no concedía ninguna audiencia a sus súbditos. Dicen que trabajaba a través de sus ministros. Muchos soldados lo creen muerto desde hace años y piensan que todo es una estratagema del Palacio para conservar la paz. Pero ¡Dorothy y sus amigos han entrado, han visto al Mago y han contado cómo es!

—¡Vaya, vaya —dijo la Bruja—, quién lo habría imaginado! Todo Oz, tanto los Territorios Leales como el resto, está parloteando de esa tal Dorothy. ¿Qué más han dicho esos idiotas?

—El soldado que trajo el despacho dijo que los invitados le pidieron al Mago que les concediera unos deseos. El Espantapájaros le pidió un cerebro; Nick Chopper, el Hombre de Hojalata, le pidió un corazón, y el León Cobarde le pidió valor.

—¿Y supongo que Dorothy le pidió un calzador para ponerse los zapatos?

—Le pidió volver a su casa.

—Espero que consiga su deseo. ¿Qué pasó entonces?

Pero parecía que a Liir le costaba hablar.

—¡Oh, vamos! Soy demasiado mayor para que un chismorreo me arruine la cena —dijo la Bruja secamente.

Liir la miró, con las mejillas arreboladas por un placer que le remordía la conciencia.

—Dicen los soldados que el Mago se negó a concederles esos deseos tan extraños.

—¿Y te sorprende?

—Pero el Mago le dijo a Dorothy que se los concedería cuando hubieran… cuando hubieran…

—Hace años que no tartamudeas. No empieces de nuevo o te daré unos azotes.

—Dorothy y sus amigos tienen que venir aquí y matarte —dijo por fin Liir—. Dicen los soldados que es porque mataste a una anciana en Shiz, una señora muy famosa. Dicen que eres una asesina y también dicen que estás loca.

—Soy mucho más creíble como asesina que esos vagabundos incompetentes —replicó la Bruja—. El Mago sólo ha querido quitárselos de encima. Probablemente ha dado instrucciones a sus sicarios de la Fuerza Galerna para que le corten el cuello a la niña en cuanto se pierda de vista.

Y seguramente el Mago le habría confiscado los zapatos. ¡Qué rabia! ¡Pero cuánto la halagaba que la noticia de su ataque se hubiese difundido! Para entonces, estaba convencida de que realmente había matado a la señora Morrible. Cualquier otra cosa carecía de sentido.

Pero Liir sacudió la cabeza.

—Lo curioso —dijo— es que Dorothy se llama Dorothy Gale. Los soldados de Red Windmill dicen que los gales no se atreverían a tocarla. Son demasiado supersticiosos.

—¿Qué sabrán de intrigas esos soldados, estacionados aquí, al borde de la nada?

Liir se encogió de hombros.

—¿No te impresiona que el Mago de Oz te conozca y sepa quién eres? ¿Eres una asesina?

—Ay, Liir, lo entenderás cuando seas mayor. O en cualquier caso, tu falta de comprensión se convertirá en parte de ti y ya no te importará. Jamás te haría daño a ti, si es eso lo que te preocupa. Pero pareces muy sorprendido de que me conozcan en la Ciudad Esmeralda. ¿Sólo porque me desobedeces y me tratas como un desecho crees que todo el mundo lo hace? —Sin embargo, estaba complacida—. Pero ¿sabes, Liir?, si existe la más remota posibilidad de que haya una pizca de verdad en esos rumores, harás bien en no acercarte a Red Windmill por un tiempo. Podrían secuestrarte y retenerte como rehén, hasta que me entregue a esa niña y sus menesterosos compañeros.

—Quiero conocer a Dorothy —dijo él.

—Todavía no tienes edad; por favor, piensa en nuestra seguridad —pidió ella—. Siempre tuve intención de conservarte en vinagre antes de que llegaras a la pubertad.

—Bueno, nadie va a secuestrarme, así que no te preocupes —repuso él—. Además, quiero estar aquí cuando ellos lleguen.

—Preocuparme es lo último que pienso hacer si te secuestran —respondió ella—. Si sucede, será culpa tuya y un gran alivio para mí, porque así tendré una boca menos que alimentar.

—Ah, muy bien, ¿y quién subirá la leña por todas esas escaleras en invierno?

—Contrataré a ese Nick Chopper. Su hacha me ha parecido bastante afilada.

—¿Lo has visto? —Liir se quedó boquiabierto—. ¡No, no lo has visto!

—Sí que lo he visto, ya ves —dijo ella—. ¿Quién ha dicho que no me muevo en los mejores círculos?

—¿Cómo es? —inquirió él, con la cara brillante y expresión ansiosa—. También habrás visto a Dorothy. ¿Cómo es, Tiíta Bruja?

—No me llames Tiíta; ya sabes que no lo soporto.

Él siguió acosándola sin descanso, hasta que finalmente la Bruja tuvo que gritarle:

—¡Es una tontita preciosa que cree todo lo que le dicen! ¡Y si viene hasta aquí y le dices que la quieres, probablemente te creerá! ¡Ahora márchate, porque tengo trabajo que hacer!

Liir se demoró un rato en la puerta y dijo:

—El León quiere valor; el Hombre de Hojalata, un corazón, y el Espantapájaros, un cerebro. Dorothy quiere volver a su casa. ¿Tú qué quieres?

—Un poco de paz y tranquilidad.

—No, de verdad.

No podía decir «perdón»; no podía decírselo a Liir. Empezó a decir «quiero tener al más grande de los soldados», para burlarse del apego del muchacho por los hombres de uniforme, pero se detuvo cuando ya había empezado a decirlo, porque pensó que Liir se ofendería, y al final acabó diciendo algo que los sorprendió a ambos:

—Quiero tener alma… —dijo.

Él parpadeó.

—¿Y tú? —preguntó ella en tono más sereno—. ¿Qué querrías, Liir, si el Mago pudiera concederte lo que pidieras?

—Un padre —respondió él.