57
La Bruja había esperado quince años, pero había llegado cinco minutos tarde. Fue intensa, por tanto, la tentación de volver sobre sus pasos para desmembrar a Grommetik, pero la resistió. No le importaba que la condenaran y ejecutaran por maltratar al cadáver de la señora Morrible, pero no quería que la atraparan por vengarse de una máquina.
Entró a comer en un café y hojeó los periódicos sensacionalistas. Después estuvo paseando por el distrito comercial. Como nunca le había interesado la moda, se aburrió profundamente, pero quería oír hablar de la muerte de la señora Morrible. Era como si estuviera esperando las críticas después de la función. Además, tenía la sensación de que nunca más volvería a Shiz, ni a ninguna otra ciudad. Era su última oportunidad de ver en acción a los Leales Territorios de Oz.
Sin embargo, a medida que avanzaba la tarde, empezó a preocuparse. ¿Y si lo encubrían? ¿Y si la actual directora silenciaba la noticia del ataque para evitar el escándalo, sobre todo tratándose de un delito contra una persona tan próxima al Emperador? La Bruja empezó a inquietarse, pensando que le negarían el reconocimiento por su acción. Se devanaba los sesos, pensando a quién podía confesárselo. Tenía que ser alguien de quien pudiera estar segura que correría a informar a las autoridades. ¿Podría ser, por ejemplo, Crope, Shenshen, o quizá Pfannee? ¿O incluso el marqués de Tenmeadows, el antipático Avaric?
La casa del marqués en la ciudad se encontraba en un coto poblado por ciervos, en los límites de Shiz. Era bien entrada la tarde cuando la Bruja llegó al Parque del Emperador, como ahora se llamaba el coto. Las residencias privadas estaban dispersas por todo el parque, todas ellas protegidas por su propia fuerza de seguridad, grandes muros con vidrios de botellas rotas en lo alto y perros feroces. Pero la Bruja tenía buena mano con los perros, y los altos muros no la preocupaban. Pasó sobre el muro y aterrizó en una terraza, donde una criada que estaba podando una mata de flores de flox sufrió un ataque de histeria y abandonó en el acto su puesto. La Bruja encontró a Avaric en su estudio, firmando unos documentos con una enorme pluma de ganso y bebiendo whisky del color de la miel en un vaso de cristal fino.
—He dicho que no voy a bajar a los cócteles, tendréis que tomarlos sin mí. ¿Es que no me oyes? —empezó, pero entonces vio quién era—. ¿Cómo es posible que haya entrado aquí sin ser anunciada? —dijo—. ¿A usted la conozco, verdad?
—Por supuesto que sí, Avaric. Soy la chica verde de Crage Hall.
—¡Ah, sí, claro! ¿Cómo te llamabas?
—Me llamaba Elphaba.
Avaric encendió una lámpara (empezaba a anochecer o quizá la tarde se estaba nublando) y los dos se miraron.
—Siéntate, entonces. Supongo que si la sociedad se mete por su cuenta en mi estudio, no tengo derecho a rechazarla. ¿Una copa?
—Muy pequeña.
Después de haber sido tan increíblemente apuesto, Avaric era el único de todos ellos que se había vuelto aún más guapo con la edad. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, denso y abundante, del color del níquel pulido, y en él eran evidentes los beneficios de una vida de ejercicio y descanso, ya que su figura era fuerte y esbelta, su porte erguido y su color excelente. Los que nacen con privilegios saben capitalizarlos, observó la Bruja después del primer sorbo.
—¿A qué debo este honor? —dijo Avaric, mientras se sentaba frente a ella con una copa recién servida en la mano—. ¿O es que el mundo entero se dedica hoy a recuperar el pasado?
—¿A qué te refieres?
—Salí a dar un paseo por el parque este mediodía —dijo—, con mis guardaespaldas, como de costumbre, y llegué hasta un sitio donde están montando una especie de aparato de feria. Creo que empezará a funcionar mañana y entonces el parque se llenará de estudiantes, sirvientas, obreros y grasientas familias del Glikkus Menor, hablando su jerga ininteligible. Alrededor del artefacto pululaba el grupo habitual de chiquillos cautivados por la emoción del circo, en su mayoría adolescentes que echaban una mano, sin duda huidos de una familia fastidiosa o de un pueblo aburrido. Pero el tipo que mandaba era un enano mierdoso.
—¿Mierdoso? ¿Qué quieres decir? —preguntó la Bruja.
—Quiero decir repugnante, disculpa mi vocabulario. Todos hemos visto enanos, pero no te lo cuento por eso, sino porque yo ya había visto antes precisamente a ese enano. Lo reconocí después de muchos años.
—Mira qué casualidad.
—No habría pensado más en el tema de no ser porque ahora, por la tarde, te presentas tú, procedente más o menos de la misma zona de la memoria. ¿No estuviste tú también en aquel sitio? ¿No viniste con nosotros al Club de Filosofía aquella noche, cuando nos emborrachamos tanto, cuando hicieron circular un filtro sexual y aquel afeminado de Tibbett se puso completamente ciego y perdió la cabeza y casi pierde también todo lo demás cuando aquel Tigre…? Estabas allí, seguro.
—No, no creo.
—¿No? Boq estaba, el pequeño y retorcido Boq, y también Pfannee, y Fiyero, me parece, y algunos más. ¿No te acuerdas? Había una vieja arpía que decía llamarse Yackle, y estaba el enano, y nos dejaron pasar… ¿Recuerdas el miedo que daban? De todos modos, no importa. Es sólo que…
—Yackle, no —dijo la Bruja, apoyando la copa sobre la mesa—. Estoy demente, padezco alucinaciones auditivas. Tienen razón todos: estoy paranoica. No, Avaric, me niego a creer que seas capaz de recordar un nombre veinte años después, así como así.
—Era una vieja zíngara medio calva, con peluca y ojos castaños, amiga de aquel enano que no sé cómo se llamaba. ¿Por qué no iba a recordarlo?
—¡No te acordabas de mi nombre!
—Tú no me dabas ni la mitad de miedo que ella; de hecho, tú nunca me diste ningún miedo. —Se echó a reír—. Probablemente fui muy antipático contigo. Yo era un imbécil en aquella época.
—Todavía lo eres.
—Bueno, practicando se llega a la perfección, y más de una vez me han dicho que soy un perfecto imbécil.
—He venido a decirte que hoy he matado a la señora Morrible —dijo la Bruja, sintiéndose muy orgullosa de la frase, que dicha en voz alta parecía menos falsa. Quizá fuera verdad, después de todo—. La maté. Quería que lo supiera alguien digno de crédito.
—¡Oh! ¿Y por qué lo has hecho?
—Las razones asumen diferentes configuraciones cada vez que lo pienso, ¿sabes? —dijo la Bruja, enderezando un poco la espalda—. Porque lo merecía.
—¿Ahora resulta que es verde el Ángel Vengador de la Justicia?
—Un buen disfraz, ¿no crees?
Los dos sonrieron con frialdad.
—A propósito de esa señora Morrible, a quien has matado… ¿Sabías que nos reunió a todos tus amigos y asociados y nos dio una pequeña conferencia cuando te marchaste?
—Tú nunca fuiste amigo mío.
—Era demasiado próximo a tu círculo para excusar mi asistencia. Recuerdo la situación. Nessarose estaba humillada y destrozada por todo lo sucedido. La señora Morrible sacó tu expediente y nos leyó un perfil de tu carácter, según tus distintos profesores. Nos advirtió de tu irritabilidad, de tu extremismo… ¿Qué términos utilizó exactamente? No lo recuerdo, no eran palabras memorables. Pero nos dijo que quizá intentaras reclutamos para participar en algún inmaduro intento de sublevación estudiantil. Teníamos que evitarte a toda costa.
—Y Nessarose se sentía humillada, no me sorprende —dijo la Bruja con gesto sombrío.
—También Glinda —dijo Avaric—. Sufrió otra depresión, como la que padeció cuando el doctor Dillamond tuvo aquel accidente con la lente de aumento…
—¡Por favor! ¿Todavía sigue en circulación esa mentira vetusta?
—… de acuerdo, cuando fue brutalmente asesinado por unos desconocidos, si te parece mejor; unos desconocidos que habían asumido la forma de la señora Morrible, si eso es lo que quieres que suponga. ¿Entonces por qué lo hiciste realmente?
—La señora Morrible podía elegir. Nadie mejor situado que ella para asegurarse de que sus alumnas recibieran una educación y no un lavado de cerebro. Al entablar contacto con la Ciudad Esmeralda, traicionó a sus estudiantes, que confiaban en que una carrera universitaria les enseñaría a pensar por sí mismas. Además, era diabólica y maligna, y realmente conspiró para que mataran al doctor Dillamond, por mucho que tú digas lo contrario.
Pero la Bruja se detuvo en seco, oyendo en sus palabras sobre la señora Morrible —«podía elegir»— un eco de lo que le había dicho una vez Nastoya, la princesa Elefanta: nadie controla tu destino; incluso en la peor situación, siempre es posible elegir.
Avaric seguía hablando:
—Y ahora tú la has matado a ella. Una maldad no se arregla con otra maldad, como solíamos decir los chicos en el patío de la escuela, por lo general cuando estábamos tumbados en el suelo, con la rodilla de otro apoyada en nuestra entrepierna. ¿Por qué no te quedas a cenar? Tenemos invitados, un grupo muy agradable.
—¿Para que llames a la policía? No, gracias.
—No llamaré a la policía. Tú y yo estamos por encima de ese tipo de justicia.
La Bruja le creyó.
—De acuerdo —dijo—. A propósito, ¿con quién te has casado? ¿Con Pfannee, con Shenshen o con otra? No logro recordarlo.
—Con una de ellas —respondió Avaric, sirviéndose otro dedo de whisky—. Los pequeños detalles se me olvidan en seguida. Nunca he conseguido retenerlos.
* * *
La despensa del marqués era opulenta, su cocinero era un genio y su bodega no tenía rival. Los invitados atacaron los caracoles al ajillo y las crestas de gallo asadas con cilantro y salsa agridulce de ciernentinas, y la Bruja se permitió una generosa porción de tarta de lima con crema de azafrán. Las copas de cristal nunca estaban vacías. La conversación era animada y frívola, y para la hora en que la marquesa los condujo hasta las confortables butacas del salón, los apliques de escayola del techo parecían girar y arremolinarse como el humo de los cigarrillos.
—¡Oh, pero si tienes color en las mejillas! —dijo Avaric—. Hace tiempo que deberías haberte dado a la bebida, Elphaba.
—No sé si el vino tinto es lo mío —repuso ella.
—No estás en condiciones de ir a ninguna parte. La doncella te preparará una de las habitaciones de la esquina; son muy bonitas y tienen unas vistas fabulosas: se ve hasta la pagoda de la isla.
—No me interesan las vistas preparadas.
—¿No quieres esperar a los periódicos de la mañana, para ver si publican bien la noticia, o ver si simplemente la publican?
—Te pediré que me envíes uno. No, ahora tengo que irme. Necesito respirar un poco de aire fresco. Avaric, señora, amigos, ha sido una sorpresa y supongo que también un placer —pero sentía que no lo estaba diciendo de corazón.
—Un placer para algunos —replicó la marquesa, que no había quedado conforme con los temas de conversación—. No me parece apropiado hablar del mal durante toda la cena. Perturba la digestión.
—¡Oh, vamos! —dijo la Bruja—. ¿Acaso sólo los jóvenes pueden tener el coraje de plantearse ese tipo de preguntas?
—Yo insisto en mi sugerencia —intervino Avaric—. El mal no consiste en hacer cosas malas, sino en sentirse mal después de hacerlas. No hay valores absolutos para el comportamiento. En primer lugar…
—Inercia institucional —lo interrumpió la Bruja—. Pero en cualquier caso, ¿dónde está el gran atractivo del poder absoluto?
—Por eso digo que el mal no es más que un padecimiento de la psique, como la vanidad o la codicia —dijo un magnate del cobre—, y todos sabemos que la vanidad y la codicia pueden producir resultados bastante espectaculares en los asuntos humanos, no todos ellos reprensibles.
—Es la ausencia del bien, eso es todo —dijo la amante del magnate, que tenía un consultorio sentimental en el Informador de Shiz—. El mundo tiende por naturaleza a la calma y a promover y potenciar la vida, y el mal es la ausencia de esa tendencia de la materia a estar en paz.
—Tonterías —replicó Avaric—. El mal es un estadio primitivo o temprano del desarrollo moral. Todos los niños son pequeños demonios por naturaleza. Los criminales entre nosotros son simplemente aquellos que no han progresado…
—Yo no creo que sea una ausencia, sino una presencia —dijo un artista—. El mal es un personaje encarnado, un íncubo o un súcubo. Es el otro. No somos nosotros.
—¿Ni siquiera yo? —dijo la Bruja, desempeñando su papel con más ardor del que esperaba—. ¿Una asesina confesa?
—Oh, usted, usted —dijo el artista—. Todos intentamos mostrar nuestra mejor cara; es sólo vulgar vanidad.
—El mal no es una cosa, ni es una persona; es un atributo, como la belleza…
—Es una fuerza, como el viento…
—Es una infección…
—Es esencialmente metafísico: la corruptibilidad de la creación.
—Entonces la culpa es del Dios Innominado.
—Pero ¿el mal fue creado intencionadamente por el Dios Innominado o fue sólo un error en la creación?
—El mal no está hecho de aire y eternidad, sino de tierra. Es físico; es una descoordinación entre nuestros cuerpos y nuestras almas. El mal es inanemente corpóreo: personas que se causan dolor unas a otras, ni más ni menos.
—A mí me gusta el dolor, cuando me pongo pantalones de cuero y tengo las muñecas atadas a la espalda…
—No, os equivocáis todos. La religión de nuestra infancia estaba en lo cierto: el mal es profundamente moral, la preferencia del vicio por encima de la virtud. Puedes fingir que no lo sabes, puedes racionalizar, pero tu conciencia lo sabe…
—El mal es un acto, no una inclinación. ¿Cuántos no han querido alguna vez cortarle el cuello a algún grosero del otro lado de la mesa del comedor? Exceptuada la presente compañía, naturalmente. Todos tienen esa inclinación. Pero sólo si cedes caes en el acto, que es el mal. La inclinación es normal.
—¡Oh, no! El mal está en reprimir esa inclinación. Yo nunca reprimo ninguna inclinación.
—No permitiré esta conversación en mi salón —dijo la marquesa, próxima a las lágrimas—. Os habéis comportado toda la noche como si una anciana no hubiese sido asesinada en su cama. ¿Acaso no tenía madre? ¿No tenía alma?
Avaric bostezó y dijo:
—¡Eres tan tierna e ingenua! Cuando no es embarazoso, resulta bastante atractivo.
La Bruja se puso en pie, volvió a sentarse rápidamente y una vez más se puso en pie, apoyándose en la escoba.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó la anfitriona con ardor.
La Bruja se encogió de hombros.
—¿Por diversión? Quizá el mal sea una forma del arte.
Pero mientras se tambaleaba en dirección a la puerta, añadió:
—¿Saben qué? Son todos una pandilla de idiotas. Tendrían que haberme denunciado, en lugar de entretenerme toda la noche.
—Tú nos entretuviste a nosotros —dijo Avaric con amplios y galantes ademanes—. Esta cena acabará recordándose como la mejor de la temporada, aunque hayas estado mintiendo toda la velada sobre el asesinato de esa vieja profesora. ¡Qué gran ocasión!
Los invitados estallaron en divertidos aplausos.
—La verdad sobre el mal no es nada de lo que se ha dicho aquí —dijo la Bruja desde la puerta—. Ustedes imaginan un solo lado del mal, el lado humano, pero el lado eterno queda en la sombra. O a la inversa. Es como el viejo dicho: ¿cómo es un dragón dentro de su cascarón? Nadie puede saberlo, porque en cuanto rompes el cascarón para mirar, el dragón ya no está dentro de él. El verdadero desastre de esta indagación es que la naturaleza misma del mal es ser secreto.