LAS PUERTAS DE JASPE DE KIAMO KO

34

—Despierta, Sarima —dijo su hermana menor—. Ya ha pasado la hora de la siesta. Tenemos una persona invitada para la cena y necesito saber si hemos de matar una gallina. Quedan muy pocas y lo que le demos a la viajera lo echaremos en falta nosotros durante el invierno, por los huevos que no tendremos. ¿Qué opinas?

La Princesa Viuda de los Arjikis gruñó.

—¡Detalles, detalles! —dijo—. ¿Será imposible adiestrarte para que decidas por ti misma?

—De acuerdo —replicó secamente la hermana—. Yo decidiré y entonces te quedarás sin tu huevo del desayuno cuando no tengamos.

—¡Oh, Seis, no me hagas caso! —dijo Sarima—. Estoy medio dormida. ¿Quién es? ¿Algún patriarca con mal aliento que piensa aburrirnos con las historias de las cacerías que hizo hace cincuenta años? ¿Por qué lo permitimos?

—Es una mujer… o al menos eso parece —respondió Seis.

—Un comentario innecesario —dijo Sarima, incorporándose—. Tampoco nosotras somos ya las ruborizadas ninfas que fuimos.

A través de la habitación, se vio reflejada en el espejo del armario: pálida como el flan de leche, con el rostro aún hermoso cercado por concentraciones de grasa que caían según las leyes de la gravedad.

—Sólo porque eres la más joven y aún puedes localizar tu cintura, no tienes necesidad de hacer comentarios desconsiderados, Seis.

Seis hizo una mueca.

—De acuerdo, es una mujer. ¿Qué hacemos con la gallina? Dímelo ahora, para que Cuatro pueda cortarle la cabeza y empezar a desplumarla, o de lo contrario no cenaremos hasta la medianoche.

—Tomaremos fruta, queso, pan y pescado. Habrá peces en el pozo de los peces, supongo.

Sí, los había. Seis se volvió para marcharse, pero antes recordó decir:

—Te he traído un vaso de té dulce, si te apetece.

—Bendita seas. Y ahora dime, pero sin sarcasmos, por favor, ¿cómo es de verdad nuestra invitada?

—Verde como el pecado, flaca y encorvada, mayor que cualquiera de nosotras, vestida de negro como una vieja mónaca, pero no tan vieja. Supongo que tendrá unos… treinta o treinta y dos años. No ha querido decir su nombre.

—¿Verde? ¡Qué divino! —exclamó Sarima.

—«Divino» no es precisamente la palabra que me viene a la mente —replicó Seis.

—¿No quieres decir «verde de celos», sino realmente verde?

—Quizá sea por los celos, no podría decírtelo, pero te aseguro que es verde. Auténticamente verde como la hierba.

—¡Oh! Bueno, me vestiré de blanco esta noche, para no desentonar. ¿Está sola?

—Ha venido con la caravana que vimos ayer en el valle. Se bajó aquí, con una pequeña comitiva de bestias: un perro lobo, una colmena de abejas, un niño, varios cuervos y una cría de mono.

—¿Qué hará con todos ellos en las montañas, en invierno?

—Pregúntaselo tú misma —dijo Seis arrugando la nariz—. A mí me da escalofríos.

—A ti te da escalofríos hasta la gelatina a medio cuajar. ¿A qué hora cenamos?

—A las siete y media. Me da asco.

Seis se marchó, habiendo agotado las expresiones de disgusto, y Sarima se quedó en la cama tomando el té, hasta que su vejiga empezó a protestar. Seis había avivado el fuego y corrido las cortinas, pero Sarima las descorrió para ver el patio. Kiamo Ko ostentaba torretas y torreones construidos sobre voluminosos salientes circulares, que brotaban de la piedra de la montaña. Tras arrebatar el edificio a la comisión de obras hidráulicas, el clan de los arjikis le había añadido dentadas almenas defensivas. Pese a las reformas, la planta seguía siendo bastante simple. En líneas generales, la construcción tenía forma de U, con un vestíbulo central y dos alas largas y estrechas, que se proyectaban hacia adelante, alrededor de un patio con un gran desnivel. Cuando llovía, el agua formaba remolinos en torno a las piedras del pavimento, escapaba bajo las puertas de roble labrado con paneles de jaspe y discurría junto a la enfermiza aglomeración de casuchas que se amontonaba sobre la muralla externa del castillo. A esas horas, el patio era de color gris carbón; frío y sucio, con restos de paja y hojas sueltas flotando al viento. Había luz en el viejo cobertizo del zapatero y salía humo de la chimenea, que necesitaba una buena reparación, como casi todo lo demás en la deteriorada plaza. Sarima se alegraba de que no hubiesen hecho pasar a la invitada a la casa propiamente dicha. En su calidad de Princesa Viuda de los Arjikis, gozaba del privilegio de recibir a los invitados en los salones privados de Kiamo Ko.

Después de bañarse, se vistió con una túnica blanca con cordoncillos igualmente blancos y se puso el precioso collar que, cual mensaje de la Otra Tierra, le había llegado de su querido esposo fallecido, varios meses después del Incidente. Por costumbre, Sarima derramó unas lágrimas, mientras admiraba su imagen bajo el plano abrazo del enjoyado y segmentado collar. Si era demasiado elegante para esa vagabunda, siempre podía tapárselo con una servilleta. Pero aun así, sabría que estaba ahí. Antes incluso de que se le secaran las lágrimas, empezó a canturrear, animada por la novedad de recibir a una invitada.

Pasó a ver a los niños antes de bajar. Estaban nerviosos; los extraños siempre les producían sobresalto. Irji y Manek, de doce y once años, tenían casi edad suficiente para querer largarse de aquel nido de palomas venenosas. Irji era blando y lloraba mucho, pero Manek era un pequeño gallo de pelea y siempre lo había sido. Si los dejaba marcharse a las Praderas con el clan, durante la migración estival, podía suceder que les cortaran el cuello a ambos. Había demasiados hombres en el clan dispuestos a reclamar el liderazgo para sí o para sus hijos. Por eso Sarima conservaba a los niños a su lado.

Su hija Nor, una niña de piernas larguiruchas que a los nueve años aún se chupaba el dedo, todavía necesitaba un regazo donde acurrucarse antes de irse a dormir. Vestida como estaba para la cena, Sarima se lo habría impedido, pero al final cedió. Nor tenía un delicado ceceo; decía zubiendo zola, en lugar de subiendo sola. Se hacía amiga de las piedras, de las velas y de las briznas de hierba que crecían contra toda lógica en las grietas de la albardilla de la ventana. La pequeña suspiró, se frotó la cara contra el collar y dijo:

—También hay un niño, mamá. Estuvimos jugando con él en el patio del molino.

—¿Cómo es? ¿También es verde?

—No, es normal. Es un chico grandote, gordo y fuerte. Manek le estuvo tirando piedras contra el cuerpo para ver hasta dónde rebotaban. Y él se dejaba. ¿Será que no te duele si eres así de gordo?

—Lo dudo. ¿Cómo se llama?

—Liir. ¿A que es un nombre muy raro?

—Suena extranjero. ¿Y su madre?

—No sé cómo se llama, y no creo que sea su madre. No quiso decírnoslo cuando se lo preguntamos. Irji le dijo que seguramente era bastardo y Liir dijo que no le importaba. Me cae bien.

Se llevó el pulgar directamente a la boca y comenzó a palpar el vestido de Sarima justo por debajo del collar, hasta que encontró un pezón, y entonces le pasó el pulgar por encima cariñosamente, como si fuera un animalito doméstico.

—Manek le hizo bajarse los pantalones para asegurarnos de que su cosita no era verde.

A Sarima no le pareció bien (aunque sólo fuera por la amabilidad debida a los huéspedes), pero se vio obligada a preguntar:

—¿Y qué visteis?

—Oh, ya sabes —dijo Nor, antes de hundir la cara en el cuello de su madre y estornudar, por los polvos que usaba Sarima para evitar que se le irritara el cuello—. Una estúpida cosita de niño. Más pequeña que la de Manek y la de Irji. Pero no era verde. Yo estaba tan aburrida que ni siquiera miré mucho.

—Yo tampoco lo habría hecho. Ha sido una descortesía.

—Yo no lo obligué. ¡Fue Manek!

—Bueno, ya basta. Ahora te contaré un cuento antes de irte a dormir. Tengo que bajar en seguida, así que tendrá que ser corto. ¿Cuál quieres oír, mi pequeña?

—El de la Bruja y los zorritos.

Con menos intensidad dramática que de costumbre, Sarima desgranó la historia de cómo los tres zorritos fueron atrapados, enjaulados y engordados, con miras a preparar con ellos una cazuela de zorrito al queso, y de cómo la Bruja viajó al sol en busca de fuego para cocinarlos. Pero cuando la Bruja regresó exhausta a su cueva, en posesión de la llama, los zorritos fueron más listos que ella y le cantaron una nana para que se quedara dormida. Cuando la Bruja dejó caer el brazo, la llama del sol hizo arder la puerta de la jaula y los zorritos salieron huyendo. Entonces se pusieron a aullar para que bajara la vieja madre Luna y se situara como una puerta inamovible en la entrada de la cueva. Sarima terminó con la coda tradicional:

—Y allí se quedó la vieja y malvada Bruja, durante mucho, muchísimo tiempo.

—¿Ha salido alguna vez? —preguntó Nor, hablando en un estado casi hipnagógico.

Todavía no —respondió Sarima, al tiempo que se abalanzaba para mordisquear y besar a su hija en la muñeca, de tal manera que las dos se echaron a reír. Después apagó las luces.

La escalera de los salones privados de Sarima bajaba por el torreón central del castillo, sin barandilla, pegándose primero a una pared y después a la otra, tras superar el recodo. Sarima bajó el primer tramo llena de gracia y dominio, con sus blancas faldas ondulando tras de sí. Su collar era un yugo de suaves colores y metales preciosos, y su cara, una cuidadosa composición de bienvenida.

En el rellano vio a la viajera, sentada en el banco de uno de los nichos que se abrían en la pared.

Bajó el segundo tramo, hasta el nivel embaldosado, consciente del cinismo que bullía detrás de su fidelidad al recuerdo de Fiyero, consciente de sus dientes salidos, de su belleza perdida, de su sobrepeso, de la idiotez de ser la dueña y señora de nada, excepto de unos niños irritantes y unas intrigantes hermanas menores, y de la frágil ficción de autoridad que apenas disimulaba su miedo al presente, al futuro e incluso al pasado.

—¿Cómo está usted? —logró decir.

—Usted es Sarima —dijo la mujer, de pie, con la estalactita que tenía por barbilla proyectada hacia adelante como un nabo podrido.

—Así es —respondió ella, feliz de llevar puesto el collar, que ahora le parecía un escudo para protegerse el corazón y evitar que lo pinchara aquella barbilla—. Bien venida, amiga mía. Sí, soy Sarima, la señora de Kiamo Ko. ¿De dónde viene usted y cuál es su nombre?

—Vengo de la espalda del viento —contestó la mujer—, y he renunciado tantas veces a mi nombre que no quisiera sacarlo a relucir una vez más ante usted.

—Bueno, aquí es bienvenida —dijo Sarima con tanta suavidad como pudo—, pero si no tenemos otra manera de llamarla, tendrá que aceptar que la llamemos Tiíta. ¿Quiere pasar a cenar? Pronto se servirá la cena.

—No cenaré mientras no hayamos hablado —repuso la invitada—. No permaneceré con falsos supuestos bajo su techo ni una sola noche. Antes prefiero yacer en el fondo de un lago. La conozco. Fui al colegio con su marido. Hace al menos doce años que oigo hablar de usted.

—¡Naturalmente! —replicó Sarima, para quien las cosas empezaban a encajar, mientras sentía que regresaban tumultuosos los preciados detalles de la vida de su marido—. Fiyero hablaba de usted y también de su hermana… Nessie, ¿verdad? Nessarose. Y de la glamurosa Glinda, de quien creo que estaba un poco enamorado, y de aquellos chicos juguetones y un poco afeminados, y de Avaric, y del viejo y sólido Boq. Me he preguntado más de una vez si aquella época feliz de su vida se quedaría por siempre acotada, suya para siempre y nunca mía… Ha sido muy amable en venir a visitarme. Me hubiese gustado pasar una temporada o dos en Shiz, pero me temo que no tenía la inteligencia necesaria, ni mi familia suficiente dinero. En cualquier caso, me habría acordado de usted. Bueno, el color de su piel… No hay nada parecido, ¿verdad? ¿O estoy siendo demasiado provinciana?

—No, es único —dijo la invitada—. Pero antes de que sigamos intercambiando amabilidades absurdas, Sarima, tengo algo que decirle. Creo que yo fui la causa de la muerte de Fiyero…

—Oh, no es usted la única —la interrumpió Sarima—. Aquí es el pasatiempo nacional: culparse uno mismo por la muerte del príncipe, una oportunidad para la contrición y el arrepentimiento públicos, algo que, en mi opinión, hace disfrutar secretamente a mucha gente.

La invitada se retorció los dedos, como intentando abrir un espacio para sí misma entre las opiniones de Sarima.

—Puedo decirle cómo fue, quiero decírselo…

—No, a menos que yo quiera oírlo, lo cual es mi prerrogativa. Ésta es mi casa y yo decido lo que quiero oír.

—Tiene que oírlo, para que yo pueda ser perdonada —dijo la mujer, sacudiendo los hombros de un lado a otro, casi como si fuera una bestia de tiro con un invisible yugo al cuello.

A Sarima no le gustaba que le tendieran una emboscada en su propia casa. Necesitaba tiempo para considerar todas las repentinas implicaciones y lo haría cuando le apeteciera. No antes. Se recordó a sí misma que ella mandaba y que, por tanto, podía permitirse ser amable.

—Si no recuerdo mal —dijo Sarima, mientras los recuerdos bullían en su mente—, usted es la que… Sí, claro, Fiyero hablaba de usted… Elphaba, la que no creía en el alma. Eso es todo lo que recuerdo. ¿Qué he de perdonar entonces, querida? Ya sé que estará cansada del viaje. Es imposible llegar hasta aquí sin quedar agotada por el viaje. Ahora necesita una cena caliente y unas noches de sueño reparador. Ya volveremos a hablar alguna mañana de la semana próxima.

Sarima cogió del brazo a Elphaba.

—Pero, si lo prefiere, no les revelaré a ellas su nombre —dijo, mientras franqueaba con Elphaba las altas puertas combadas de roble que conducían al comedor.

—¡Mirad quién está aquí! —exclamó—. La Tiíta Invitada.

Las hermanas estaban de pie junto a sus respectivas sillas, hambrientas, curiosas e impacientes. Cuatro tenía el cucharón metido en la sopera y estaba revolviendo. Seis había elegido para vestirse un hostil tono rojo oscuro. Dos y Tres, las gemelas, contemplaban con expresión devota sus tarjetas de oraciones. Cinco estaba fumando y soplando anillos concéntricos en dirección a una bandeja de peces ciegos que habían sido extraídos del lago subterráneo.

—¡Hermanas, alegraos! Una vieja amiga de Fiyero ha venido a compartir los recuerdos que atesora y a iluminar con ellos nuestra vida. Dadle la bienvenida, como me la daríais a mí misma.

Quizá no fue una expresión muy afortunada, porque todas las hermanas despreciaban a Sarima y sentían rencor hacia ella. ¿Por qué había tenido que casarse con alguien que iba a morir tan joven, condenándolas a ellas no sólo a la soltería, sino a las privaciones y el rechazo?

Elphaba no habló en toda la cena ni levantó la vista del plato. Pero devoró el pescado y también el queso y la fruta. Por su conducta, Sarima dedujo que estaba habituada a observar la regla de silencio durante las comidas, y no se sorprendió cuando más tarde la oyó hablar del convento.

Bebieron una copa de valioso jerez en la sala de música, donde Seis las entretuvo con un tambaleante nocturno. La invitada parecía muy desgraciada, lo cual hizo felices a las hermanas. Sarima suspiraba. De la invitada sólo podía decirse que era mayor que Sarima. Quizá en algún momento, durante el breve período de su estancia, Elphaba renunciaría a su expresión miserable y le prestaría oídos a Sarima, que le contaría lo complicada y agotadora que era su vida. A ella le habría gustado conversar con alguien que no fuera de la familia.