16
Una o dos semanas después, en su tarde libre, Boq fue a la plaza del Ferrocarril. Se paró delante de un quiosco, para mirar. Había cigarrillos, hechizos para conseguir sucedáneos del amor, licenciosos dibujos de mujeres a medio desvestir y pergaminos pintados con llamativas puestas de sol e inspiradas frases propagandísticas: «Lurlina vive en cada corazón»; «Vela por las leyes del Mago y las leyes del Mago velarán por ti»; «Quiera el Dios Innominado que reine la justicia en Oz». Boq tomó nota de la variedad de ideas: las había paganas y autoritarias, junto a anticuados impulsos unionistas.
Pero no vio nada abiertamente favorable a los monárquicos, que llevaban dieciséis amargos años actuando en la clandestinidad, desde que el Mago le había arrebatado el poder al regente de Ozma. La dinastía de Ozma era gillikinesa de origen, y probablemente quedarían bolsas activas de resistencia, pero en realidad Gillikin había prosperado bajo el gobierno del Mago, por lo que los monárquicos mantenían un discreto silencio. Además, todos habían oído los rumores de rigurosas acciones judiciales contra los tránsfugas y los peristrofistas.
Boq compró un periódico serio de la Ciudad Esmeralda (con fecha de varias semanas atrás, pero era el primero que veía en mucho tiempo) y se sentó en un café. Leyó que las Milicias Civiles de la Ciudad Esmeralda habían eliminado a varios Animales disidentes que estaban provocando disturbios en los jardines del palacio. Buscando noticias de las provincias, encontró un artículo de relleno sobre el País de los Munchkins, que seguía registrando condiciones próximas a la sequía. Los ocasionales aguaceros inundaban el suelo, pero el agua se escurría o se sumía en las inservibles profundidades arcillosas. Se decía que bajo la región del Vinkus había lagos subterráneos ocultos y que esos acuíferos eran suficientes para cubrir las necesidades de todo Oz, pero la idea de un sistema de canales que abarcara todo el país provocaba la risa generalizada. ¡Un gasto tan enorme! Había grandes desacuerdos entre las Eminencias y la Ciudad Esmeralda respecto a lo que convenía hacer.
«Secesión», pensó Boq sediciosamente y, cuando levantó la vista, vio a Elphaba de pie delante de él, sin ama ni acompañante.
—¡Qué deliciosa expresión tienes en la cara, Boq! —dijo—. Mucho más interesante que el amor.
—En cierto modo, es amor —replicó él, que en seguida recordó las buenas maneras y rápidamente se puso en pie—. ¿Me acompañas? Siéntate, por favor. A menos que te preocupe no llevar acompañante…
Elphaba se sentó, con aspecto algo empalidecido, y aceptó que Boq pidiera para ella una taza de té mineral. Llevaba bajo el brazo un paquete envuelto en papel marrón, atado con un cordel.
—Son unas cosillas para mi hermana —explicó—. Es como Galinda: le encanta el vistoso exterior de las cosas. He encontrado un chal del Vinkus en el mercado, con rosas rojas sobre fondo negro y flecos negros y verdes. Se lo voy a enviar, junto con un par de calcetines de rayas que me tejió Ama Clutch.
—No sabía que tenías una hermana —dijo él—. ¿Estaba ella en nuestro grupo cuando jugábamos juntos?
—Es tres años menor que yo —explicó Elphaba—. Pronto vendrá a Crage Hall.
—¿Es tan difícil como tú?
—Es difícil, pero de otra manera. Mi Nessarose es una inválida de bastante gravedad, de modo que es un problema. Ni siquiera la señora Morrible sabe lo mal que está. Pero cuando venga, yo seré ya una estudiante de tercero y supongo que tendré valor para enfrentarme a la directora. Si hay algo que me infunde valor, es ver que alguien le vuelve difícil la vida a Nessarose. La vida ya es suficientemente difícil para ella.
—¿La cuida tu madre?
—Mi madre ha muerto. Mi padre ha quedado a cargo, nominalmente.
—¿Nominalmente?
—Es un hombre religioso —dijo Elphaba, imitando con las palmas de las manos el movimiento circular de las muelas del molino, para indicar que por mucho que funcionara un molino, era imposible sacar harina cuando no había grano que moler.
—Parece una situación muy difícil para todos vosotros. ¿Cuándo murió tu madre?
—Murió de parto, y aquí termina la entrevista personal.
—Háblame del doctor Dillamond. Me han dicho que trabajas para él.
—Háblame de tu divertida campaña para ganar el corazón de Galinda la Reina del Hielo.
Boq verdaderamente quería oír hablar del doctor Dillamond, pero el comentario de Elphaba desvió su atención.
—¡Seguiré insistiendo, Elphie, te aseguro que seguiré! Cuando la veo, es tan enorme mi anhelo que siento fuego en las venas. No puedo hablar, y las cosas que me vienen a la mente son como visiones. Es como estar soñando. Es como flotar en sueños.
—Yo no sueño.
—Dime, ¿hay alguna esperanza? ¿Qué dice ella? ¿Por lo menos «imagina» alguna vez que sus sentimientos por mí pudieran cambiar?
Elphaba estaba sentada con los codos sobre la mesa, las manos entrelazadas delante de la cara y los dedos índices enfrentados y apoyados sobre sus labios finos y grisáceos.
—¿Sabes, Boq? Lo curioso es que Galinda ha acabado por caerme bien. Detrás de ese inquebrantable amor hacia sí misma, hay una mente que lucha por funcionar. A veces piensa. Cuando su cabeza trabaja, creo que podría, si alguien la dirigiera, pensar en ti… incluso con cierta simpatía. Lo sospecho. No lo sé. Pero cuando recae otra vez en sí misma y vuelve a ser esa chica que pasa dos horas diarias rizándose la preciosa cabellera es como si la Galinda pensante se metiera en algún armario interior y cerrara la puerta. O como si rehuyera histéricamente las cosas que le quedan demasiado grandes. Me cae bien de las dos maneras, pero me parece raro que sea así. A mí no me importaría dejarme a mí misma atrás, pero no conozco la salida.
—Me parece que estás siendo demasiado dura con ella e incluso un poco ofensiva —repuso Boq con seriedad—. Si ella estuviera sentada aquí, creo que se sorprendería de oírte hablar con tanta franqueza.
—Sólo intento comportarme como creo que debería comportarse una amiga, pero evidentemente no tengo mucha práctica.
—Entonces debería cuestionarme tu amistad conmigo, si también consideras tu amiga a la señorita Galinda y la criticas de ese modo a sus espaldas.
Pese a su irritación, a Boq le parecía más animada esa conversación que el tipo de cháchara convencional que había intercambiado hasta entonces con Galinda. No quería ahuyentar a Elphaba con sus invectivas.
—Voy a pedirte otro té mineral —dijo con una voz llena de autoridad, más concretamente, la voz de su padre—, y después me hablarás del doctor Dillamond.
—Olvida el té. Todavía estoy acunando esta taza, y apuesto a que no tienes más dinero que yo —dijo Elphaba—, pero te hablaré del doctor Dillamond, a menos que el sesgo y el ángulo de mis opiniones te resulten demasiado ofensivos…
—Bueno, quizá esté equivocado —repuso Boq—. Mira, hace un buen día, los dos estamos fuera del campus… A propósito, ¿cómo es que has salido sin compañía? ¿No te castiga la señora Morrible por escaparte?
—A ver si lo adivinas —sonrió ella—. En cuanto quedó claro que «tú» podías entrar y salir de Crage Hall por el huerto y el tejado del establo vecino, decidí que yo también podía. Nunca notan mi ausencia.
—Eso me resulta difícil de creer —dijo él con descaro—, porque no eres el tipo de persona que se confunde con el decorado. Ahora háblame del doctor Dillamond. Es mi ídolo.
Elphaba suspiró, apoyó por fin el paquete sobre la mesa y se acomodó, dispuesta a mantener una larga conversación. Le habló del trabajo del doctor Dillamond en el campo de estudio de las esencias naturales, encaminado a determinar por el método científico las diferencias reales entre el tejido animal y Animal, y entre el tejido Animal y humano. La literatura sobre el tema, como Elphaba había podido comprobar realizando las tareas más monótonas de documentación, estaba impregnada de ideas unionistas, como anteriormente lo había estado de ideas paganas, y no resistía el menor escrutinio científico.
—No olvides que la Universidad de Shiz fue originariamente un monasterio unionista —dijo Elphaba—, y que, pese a la actitud abierta de la élite intelectual, aún queda un sustrato de prejuicios unionistas.
—Pero yo soy unionista —replicó Boq—, y no veo el conflicto. El Dios Innominado deja espacio para muchas clases de seres, no sólo humanos. ¿Acaso te refieres a un sutil prejuicio contra los Animales, entretejido en los antiguos tratados unionistas y activo todavía en la actualidad?
—Eso es exactamente lo que cree el doctor Dillamond, y él mismo es unionista. Aclárame esa paradoja y yo también abrazaré la fe. Admiro intensamente a esa Cabra. Pero lo que más me interesa es el aspecto político. Si el doctor Dillamond consigue aislar un fragmento de la arquitectura biológica que le permita demostrar que no hay ninguna diferencia en la estructura profunda e invisible entre la materia humana y la materia Animal, que no hay diferencia alguna entre los dos grupos, o incluso entre los tres, si consideras también a los animales, entonces… bueno, ya te imaginas las implicaciones.
—No —dijo Boq—. No me imagino nada.
—¿Cómo iban a ratificarse las Interdicciones sobre Movilidad Animal si el doctor Dillamond demostrara científicamente que no hay ninguna diferencia entre la naturaleza humana y la Animal?
—Oh, eso es hacer proyectos para un futuro imposiblemente rosa.
—Piénsalo —dijo Elphaba—. Piensa, Boq. ¿Qué fundamento tendría el Mago para seguir promulgando esas Interdicciones?
—¿Y cómo persuadirlo para que no lo haga? El Mago ha disuelto la Sala de Aprobación por tiempo indefinido. Elphie, no creo que el Mago esté dispuesto a escuchar argumentos, aunque procedan de un Animal tan eminente como el doctor Dillamond.
—Pero ¡claro que debe de estar dispuesto! Es un hombre poderoso y le corresponde estar atento a los descubrimientos científicos. Cuando el doctor Dillamond tenga su prueba, le escribirá al Mago y empezará a presionar para que haya un cambio. Además, estoy convencida de que hará lo posible para que los Animales de todo el país conozcan sus intenciones. No es ningún tonto.
—Nunca he dicho que lo fuera —replicó Boq—. Pero ¿tú crees que estará próximo a conseguir esas pruebas?
—Yo soy una simple estudiante que ayuda en las labores manuales —declaró Elphaba—. Ni siquiera entiendo lo que dice. Soy su secretaria, su amanuense. Ya sabes que no puede escribir por sí mismo, porque no puede sujetar una pluma con las patas. Yo escribo al dictado, archivo los papeles y voy corriendo a la biblioteca de Crage Hall para hacer consultas.
—La biblioteca de Briscoe Hall sería un lugar mejor para encontrar ese tipo de material —sugirió Boq—. Incluso la de Three Queens, donde estoy trabajando este verano, tiene montones de documentos de las observaciones sobre la vida animal y vegetal realizadas por los monjes.
—Ya sé que no soy una chica muy corriente —señaló Elphaba—, pero el hecho de serlo me impide el acceso a la biblioteca de Briscoe Hall. Tampoco el doctor Dillamond puede acceder, por el hecho de ser un Animal, al menos por ahora, de modo que esos valiosos recursos están fuera de nuestro alcance.
—Bueno —dijo Boq despreocupadamente—, si sabes exactamente lo que buscas… yo tengo acceso a los fondos de las dos bibliotecas.
—Y cuando el bueno del doctor haya desmentido con sus estudios la diferencia entre personas y Animales, le propondré que aplique los mismos argumentos a las diferencias entre los sexos —dijo Elphaba, que sólo entonces registró lo que acababa de decir Boq y extendió la mano, casi como si fuera a tocarlo—. ¡Oh, Boq, Boq! En nombre del doctor Dillamond, acepto tu generosa oferta de ayuda. Te enviaré la primera lista de las fuentes que queremos consultar a lo largo de la semana. Sólo te pido que no menciones mi nombre. No me preocupa demasiado atraerme las iras de la Horrible Morrible, pero no quiero que descargue su enfado contra mi hermana Nessarose.
Se bebió lo que quedaba de té, recogió su paquete y se incorporó de un salto, casi antes de que Boq consiguiera ponerse en pie. Varios parroquianos que tomaban el refrigerio de media mañana leyendo sus periódicos o folletines levantaron la vista para mirar a la desmañada joven que salía empujando la doble puerta. Cuando Boq volvió a sentarse, sin comprender todavía muy bien dónde se había metido, fue cayendo en la cuenta, poco a poco pero de forma inequívoca, de que esa mañana no había ningún Animal tomando el té en la sala. Ni uno solo.