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Cuando se levantó la tormenta y la Bruja despertó de lo que para entonces identificaba como una resaca terrible, no estaba segura de que siguiera siendo el mismo día. Ni siquiera estaba segura de haberse acercado a ellos. ¿Habría sido capaz de permitir que se le escaparan entre los dedos como si nada? Pero fuera cual fuese la explicación (engaño de los sentidos o memoria borrosa), no se atrevía a seguirlos a la Ciudad Esmeralda. La señora Morrible tenía muchos amigos en ese régimen corrupto y para entonces les habría llegado la noticia. Incluso era posible que hubiesen organizado cuadrillas de búsqueda para atrapar a la Bruja. Que así fuera entonces.
Por mucho que le molestara, tenía que renunciar por el momento a la idea de reclamar los zapatos de Nessa. Prácticamente no descansó durante todo el viaje de regreso a Kiamo Ko, excepto para pararse a recoger una bayas y mordisquear unas nueces y raíces dulces que mantuvieron su energía.
El castillo no había sido incendiado. Las tropas de reconocimiento del Mago seguían acampadas en su base cerca de Red Windmill, en estado de aburrida alerta. Nana estaba muy ocupada tejiendo con ganchillo una gorra para su propio funeral y redactando la lista de invitados, la mayoría de los cuales ya estaban en la Otra Tierra, suponiendo que para Nana existiera la Otra Tierra.
—¡Estoy de acuerdo! ¡A mí también me encantaría volver a ver a Ama Clutch! —exclamó la Bruja, apretando los hombros de Nana—. Siempre me gustó. Tenía más carácter que la tonta y afectada de Glinda.
—Tú adorabas a Glinda —repuso Nana—. Todo el mundo lo sabía.
—Pues ya no —dijo la Bruja—. La muy traidora.
—Hueles a sangre, ve a lavarte. ¿Tienes el período?
—Ya sabes que nunca me lavo. ¿Dónde está Liir?
—¿Quién?
—Liir.
—Oh, por ahí —dijo Nana—. Mira en el pozo de los peces —añadió sonriendo lo que para entonces se había convertido en una broma de familia.
—¿Qué nueva insensatez es ésta? —exclamó la Bruja cuando encontró a Liir en la sala de música.
—Ellos tenían razón —dijo él—. ¡Mira lo que he atrapado finalmente, después de todos estos años!
Era la carpa dorada que durante tanto tiempo había merodeado por el pozo de los peces.
—Oh, reconozco que ya estaba muerta y que la saqué con el cubo, y no con caña ni con red. Pero aun así. ¿Crees que alguna vez podremos contarles que por fin la hemos atrapado?
En los últimos meses, había empezado a hablar de Sarima y de la familia como si fueran fantasmas, como si sólo estuvieran escondidos en la torre detrás de la curva de la escalera de caracol, reprimiendo la risa en un prolongado juego del escondite.
—Esperemos que sí —dijo ella, preguntándose vagamente si no sería inmoral criar a los niños en el hábito de la esperanza. ¿No sería a la postre mucho más difícil para ellos adaptarse al funcionamiento real del mundo?—. ¿Todo lo demás en orden, mientras estuve fuera?
—Todo bien —asintió él—. Pero me alegro de que hayas regresado.
Ella gruñó y se fue a saludar a Chistery y a su alborotadora familia.
* * *
En su habitación, colgó el viejo espejo de una cuerda y un clavo y evitó mirarlo. Tenía la horrible sensación de que en el espejo aparecería Dorothy, y no quería volver a ver a la niña. Le recordaba a alguien. Quizá por su actitud franca e incondicional, por su mirada que no nublaban la culpa ni la vergüenza. Era natural como un mapache, como un helécho o un cometa. «¿Será Nor? —se preguntó la Bruja—. ¿Será que Dorothy me recuerda cómo era Nor a su edad?»
Pero en aquellos años la Bruja no había sentido ningún aprecio por Nor, ningún interés real, aunque su cara fuera una aterciopelada versión en miniatura del rostro de Fiyero. Salvo con Nessarose y Caparazón, la Bruja nunca se había enternecido ante la brillante promesa de un niño. En ese aspecto, se sentía más sola y aislada que en lo referente a su color.
No… pero entonces su mirada cayó sobre el viejo y cansado espejo, pese a sus intenciones. «La Bruja con su espejo —pensó—. ¿Es que alguna vez miramos a alguien que no seamos nosotros mismos? Ahí está la maldición. Dorothy me recuerda a mí misma, a esa edad, a la edad que sea…»
* * *
… La época en Owels. Ahí está la niña verde, tímida, desgarbada y humillada. Para evitar el dolor de los pies húmedos, tiene que chapotear por los pantanos enfundada en pegajosas calzas de piel de ternera de las ciénagas y botas impermeables. Ahí está mamá, embarazada de Caparazón, grande como una barcaza. Mamá, rezando interminablemente durante meses para traer por fin al mundo un niño saludable. Mamá, tirando en el barro las botellas de licor y las hojas de pinlóbulo.
Nana cuida a la pequeña Nessa y la carga a la espalda en su diaria búsqueda de peces carbón, flores aguja y alubias de hoja ancha. Nessa ve, pero no puede tocar, ¡qué maldición de niña! (No es de extrañar que creyera en cosas que no podía ver, ya que por el tacto era incapaz de demostrar la existencia de nada.) Para su propia expiación, papá lleva consigo a la niña verde en una expedición a casa de los parientes de Corazón de Tortuga, una familia muy ramificada que vive en un nido de cabañas y pasarelas colgantes, en lo alto de un bosquecillo de extensos blandárboles medio podridos. Los quadlings, que en cuclillas se sienten más cómodos, agachan la cabeza. Olor a pescado podrido en sus casas y en su piel. Tienen miedo del clérigo unionista que los ha encontrado en su escuálido caserío. No tengo recuerdos firmes de ningún individuo, a excepción de una vieja matriarca, desdentada y altiva.
Tras un momento de timidez, los quadlings se acercan, pero no al clérigo, sino a mí, la niña verde. Ella ya no soy yo, ella fue hace demasiado tiempo, ella sólo es ella, impenetrablemente misteriosa y densa. Está de pie como lo estaba Dorothy, con cierto coraje innato que le endereza la espalda y hace que sus ojos miren con fijeza. Los hombros hacia atrás, las manos colgando a los lados del cuerpo. Dócil al contacto de los dedos en su cara. Inquebrantable por la causa de la labor misionera.
Papá pide perdón por la muerte de Corazón de Tortuga, acaecida tal vez unos cinco años antes. Dice que fue culpa suya. Tanto él como su esposa se habían enamorado del vidriero quadling. Pregunta qué puede darles en compensación. La niña Elphaba piensa que está loco, piensa que los quadlings no lo están escuchando, que están electrizados por su rareza. «Por favor, perdónenme», dice él.
Sólo la matriarca responde a sus palabras, quizá porque es la única que realmente recuerda a Corazón de Tortuga. Tiene el aspecto de alguien que ha sido sorprendido mientras se arriesga a salir de debajo de una roca. En un pueblo con un código moral tan laxo, muy pocas cosas pueden estar mal. Para ella, el encuentro es una misteriosa y complicada transacción.
Dice algo como «¡Nosotros no damos absoluciones, no absolvemos a nadie, no, por Corazón de Tortuga no!», y golpea a papá en la cara con una vara de junco; finas rayas quedan grabadas en su piel. Yo sólo fui testigo, en realidad aún no vivía entonces, pero lo vi. Fue entonces cuando papá empezó a perder el rumbo, todo empezó con aquel golpe.
Lo veo anonadado. En su concepto de la vida moral, no cabe la noción de que algunos pecados sean imperdonables. Se queda pálido, del color blanco de la cebolla, detrás de las perforaciones perladas de sangre que le ha producido el ataque. Quizá ella tenga todo el derecho de hacer lo que ha hecho, pero en la vida de papá se ha convertido en la vieja Kumbricia.
La veo empecinada, orgullosa. En su sistema moral no hay lugar para el perdón y ella está tan aprisionada como él, pero no lo sabe.
Sonríe, toda encías y amenazas, y se apoya el junco sobre la clavícula, donde el extremo plumoso de la vara cae como un collar alrededor de su cuello.
Me señala y dice (no a mí, sino a todos los presentes): «¿No es suficiente este castigo?» La niña Elphaba no sabe ver a su padre como un hombre destrozado. Sólo sabe que le transmite a ella su desgarro. Diariamente, sus hábitos de aversión y autoaversión la paralizan. Diariamente, ella le devuelve su amor, porque no sabe hacer otra cosa.
Allí me veo: la niña testigo, con los grandes ojos de Dorothy. Contemplando un mundo demasiado horrible para ser comprendido, y creyendo (en virtud de la ignorancia o de la inocencia) que debajo de ese inquebrantable contrato de culpa y dolor persiste un contrato más antiguo, capaz de vincular y liberar de una forma más sana, un precedente más antiguo de la redención, que nos permita alguna vez dejar de vivir atormentados por la culpa. Ni Dorothy ni la niña Elphaba pueden formularlo con palabras, pero en nuestras caras puede verse que ambas tenemos esa creencia.
* * *
La Bruja había cogido el frasco de vidrio verde, cuya etiqueta aún rezaba Eli~ Milagro~, y lo había puesto en su mesilla de noche. Tomó una cucharada del antiguo elixir antes de dormirse, esperando algún milagro, en busca de alguna versión de la fabulosa coartada que estaba desplegando Dorothy, el cuento de que procedía de otro país, no de los países reales del otro lado del desierto, sino de una existencia geofísica totalmente separada. Incluso en lo metafísico. El Mago también lo proclamaba de sí mismo, y si el enano estaba en lo cierto, la Bruja también tenía esa ascendencia. Por la noche, intentó acostumbrarse a observar la periferia de sus sueños y a prestar atención a los detalles. Era como tratar de mirar en torno a los bordes de un espejo, pero más eficaz, como pudo comprobar.
Pero ¿qué consiguió? Todo parpadeaba, como la luz temblorosa de una vela, pero de un modo más áspero y estridente. La gente se movía con gestos breves y a sacudidas. Los personajes eran incoloros, insípidos, maníacos; estaban drogados. Los edificios eran altos y crueles. Soplaban fuertes vientos. El Mago entraba y salía de las imágenes, y era un hombre de aspecto sumamente humilde en ese contexto. En el escaparate de una tienda de la que el Mago salía aparentemente triste y abatido, la Bruja logró captar unas palabras e hizo un tremendo esfuerzo de voluntad para despertarse y escribirlas. Pero no tenían ningún sentido para ella. NO SE ACEPTAN IRLANDESES PARA EL PUESTO DE DEPENDIENTE.
Después, una noche, tuvo una pesadilla. También la empezó el Mago. Iba andando por unas dunas de arena, con juncos grises que se doblegaban bajo un viento feroz (miles y miles de juncos semejantes a la vara áspera con que la vieja matriarca quadling le había pegado a Frex), y entonces se detuvo ante una vasta extensión llana. Se despojó de la ropa y consultó el reloj que tenía en la mano, como memorizando un instante histórico. A continuación, echó a andar, desnudo y roto. Cuando la Bruja comprendió adonde se dirigía, intentó retroceder y salir del sueño con un aullido, pero no consiguió zafarse. Era el océano mítico, y el Mago seguía andando con el agua hasta las rodillas, hasta los muslos, hasta la cintura. Hizo una pausa, se estremeció y se echó agua por el resto del cuerpo, como una especie de castigo. Después siguió andando y desapareció completamente en el mar, como santa Aelphaba de la Cascada había desaparecido detrás de su acuático velo. El mar se balanceaba como un terremoto, vomitando contra la orilla arenosa, aporreándola en una conmoción de timbales. No existía el Otro Lado. Una y otra vez arrojaba atrás al Mago, aunque él una y otra vez trataba de internarse en su extensión, cada vez más exhausto. Estoico, resuelto. No era de extrañar que hubiese conseguido doblegar a toda una nación. El sueño terminaba con el Mago arrojado por última vez a la orilla, llorando de frustración.
La Bruja se despertó, medio ahogada y aterrorizada hasta lo indescriptible, sintiendo la sal en la nariz. A partir de entonces, evitó el elixir milagroso. En lugar de eso, preparó una poción para permanecer despierta, combinando el libro de recetas de Nana con las anotaciones marginales de la Grimería. Si se quedaba dormida, volvería a experimentar aquella visión de destrucción terrenal, y antes que eso prefería la muerte.
Nana no tenía mucho que decir sobre las pesadillas.
—Tu madre también las padecía —comentó por fin—. Solía decir que en sus sueños veía la ciudad desconocida de la ira. Estaba tan furiosa por cómo habías salido (me refiero a tu aspecto físico, querida, no me mires así; una niña verde no es algo que una madre pueda explicar fácilmente), estaba tan furiosa que se tomaba esas píldoras como si fueran caramelos cuando estaba esperando a Nessarose. Si Nessarose aún pudiera guardarle rencor a alguien, en cierto modo podría culparte a ti de su deformidad.
—Pero ¿dónde conseguiste el frasco verde? —le preguntó la Bruja a Nana en su oído bueno—. Míralo, Nana querida, e intenta recordar.
—Supongo que lo compraría en algún mercadillo de segunda mano —dijo la vieja—. Sabía estirar los pocos peniques que tenía, créeme.
«Y aún más sabías estirar la verdad —pensó la Bruja, reprimiendo el impulso de estrellar el frasco contra el suelo—. Qué profundamente unidos estamos todos por los lazos del rencor familiar. Ninguno de nosotros ha podido liberarse.»