35

Pasó una semana y finalmente Sarima le dijo a Tres:

—Por favor, ve a decirle a nuestra Tiíta Invitada que mañana me gustaría tomar con ella el refrigerio de media mañana en el solárium. —Sarima pensaba que para entonces Elphaba habría tenido tiempo suficiente para ver las cosas en su justa proporción. La doliente mujer verde era presa de una especie de ataque epiléptico en cámara lenta.

Se movía a sacudidas por el patio del castillo, o entraba al comedor aporreando el suelo con los pies, como si quisiera abrir agujeros en el suelo con los tacones. Llevaba los codos siempre flexionados en ángulo recto y sus manos se crispaban y se aflojaban alternativamente.

Sarima se sentía más fuerte que nunca, lo cual no era mucho. Le hacía bien tener cerca a una persona de su edad, por muy retorcida que fuera. Las hermanas criticaban su cordialidad, pero los pasos más altos de la montaña estaban cerrados para todo el invierno, y sencillamente no era posible mandar a una extraña a que se las arreglara sola en los valles traicioneros. Las hermanas conversaban en su salita, mientras se esforzaban con todo su odio en la confección de agarraderas de punto, para regalárselas a los pobres, que probablemente no las merecían, cuando llegara la fiesta de la Natividad de Lurlina. Está enferma —decían—; es carne inerte y sin terminar (mucho más que la de ellas, corolario inexpresado que les producía inmensa satisfacción); está maldita. ¿Y quién es ese niño gordo como un globo? ¿Su hijo, su esclavo o el asistente que la ayuda en sus brujerías? A espaldas de Sarima, llamaban Tiíta Bruja a la mujer que vivía en el cobertizo del zapatero, como un eco de las viejas leyendas de Kumbricia, mucho más horrendas y persistentes en los Kells que en el resto de Oz.

Manek, el hijo mediano de Sarima, era el más curioso. Una mañana, cuando todos los niños varones estaban de pie sobre una almena, orinando hacia afuera del castillo (un juego por el cual la pobre Nor fingía no sentir ningún interés), Manek dijo:

—¿Y si meáramos a la Tiíta? ¿Gritaría?

—Te convertiría en sapo —dijo Liir.

—No, lo que pregunto es si le haría daño. ¿No habéis visto que le tiene miedo al agua? ¿La beberá alguna vez? ¿O le hará daño por dentro?

Liir, que no era un chico particularmente observador, replicó:

—Creo que nunca bebe. A veces lava alguna cosa, pero usa varas y cepillos. Será mejor que no le meemos encima.

—¿Y qué hace con todas esas abejas y con el mono? ¿Son mágicos?

—Sí —dijo Liir.

—¿Cómo de mágicos?

—No lo sé.

Los chicos se apartaron del vertiginoso abismo de la muralla y Nor se les acercó corriendo.

—Tengo una brizna de paja mágica —anunció la niña, enseñándola—. La he cogido de la escoba de la bruja.

—¿Es mágica, la escoba? —le preguntó Manek a Liir.

—Sí. Barre el suelo a una velocidad increíble.

—¿Habla? ¿Está encantada? ¿Qué dice?

El interés de todos iba en aumento y Liir florecía y se ruborizaba ante tanta curiosidad.

—No puedo decirlo. Es un secreto.

—¿Seguirá siendo un secreto si te tiramos de la torre?

Liir reflexionó.

—¿Qué quieres decir?

—¿Nos lo dirás o no?

—¡No me tiréis de la torre, patanes!

—Si la escoba es mágica, vendrá volando y te salvará. Además, estás tan gordo que probablemente botarías.

Irji y Nor rieron la broma, a su pesar, porque la imagen mental les resultaba muy graciosa.

—Sólo queremos saber los secretos que te cuenta la escoba —dijo Manek con una gran sonrisa—. Así que ya nos los puedes ir contando, o te empujaremos.

—No estáis siendo buenos. Es amigo nuestro —dijo Nor—. Venid, vamos a buscar ratones a la despensa; nos haremos amigos suyos.

—Dentro de un rato. Ahora vamos a empujar a Liir del tejado.

—¡No! —exclamó Nor, que ya empezaba a llorar—. ¡Qué malos sois los niños! ¿Estás seguro de que esa escoba es mágica, Liir?

Pero para entonces Liir ya no quería decir nada más.

Manek arrojó una piedra desde lo alto de la muralla y el tiempo transcurrido hasta que se oyó el pim del impacto pareció tremendamente largo.

En cuestión de segundos, se habían formado en la cara de Liir unas bolsas oscuras bajo los ojos. Las manos le colgaban a los lados del cuerpo, como a un traidor ante una corte marcial.

—La bruja se enfadará tanto con vosotros que os odiará —aseguró.

—No lo creo —dijo Manek, dando un paso adelante—. No le importará. Le tiene más cariño al mono que a ti. Ni siquiera advertirá que has muerto.

Liir abrió la boca, sintiendo que le faltaba el aire. Aunque acababa de orinar, apareció una mancha oscura en la parte delantera de sus holgados pantalones.

—Mira, Irji —dijo Manek, y su hermano mayor miró—. Ni siquiera se le da muy bien estar vivo, ¿lo ves? No creo que vaya a ser una gran pérdida. Venga, Liir, dímelo. ¿Qué te ha dicho esa condenada escoba?

El tórax de Liir se movía agitadamente, como un fuelle.

—La escoba me ha dicho —susurró— que todos… ¡que todos vosotros vais a morir!

—¿Eso es todo? —dijo Manek—. Ya lo sabíamos. Todo el mundo muere. Eso ya lo sabíamos.

—¿Ah, sí? —preguntó Liir, que no lo sabía.

—Venga —dijo Irji—, vamos a la despensa a cazar ratones. Les cortaremos la cola y usaremos la paja mágica de Nor para reventarles los ojos.

—¡No! —gritó Nor, pero Irji ya le había arrebatado la brizna de paja de las manos.

Manek e Irji se descolgaron por el parapeto como marionetas de flojas extremidades y prosiguieron su camino escaleras abajo. Con un suspiro de profundo agravio, Liir se recompuso, se arregló la ropa y fue tras ellos, como un enano condenado a trabajos forzados en las minas de esmeraldas. Nor se quedó atrás, con los brazos cruzados en actitud desafiante y la barbilla luchando contra la frustración. Después, escupió desde lo alto de la muralla y, sintiéndose mejor, corrió detrás de los chicos.

* * *

A media mañana, Seis condujo a la invitada al solárium. Con una sonrisa desdeñosa a espaldas de la Tiíta, depositó una bandeja de galletas cruelmente pequeñas y duras como trozos de pizarra, sobre una mesa cubierta con un tapete que había perdido los dibujos y se había vuelto marrón. Sarima, habiendo cumplido en la medida de lo posible sus diarias abluciones espirituales, se sentía preparada.

—Hace una semana que está aquí y probablemente se quedará más tiempo —dijo Sarima, permitiendo que Seis les sirviera el café de raíz biliosa antes de marcharse—. El camino del norte está cortado por la nieve y no hay un solo lugar seguro entre el castillo y las llanuras. Los inviernos son rigurosos en las montañas y, aunque sabemos sobrellevarlos con nuestras provisiones y nuestra propia compañía, agradecemos un cambio. ¿Leche? No sé exactamente cuál era su intención… una vez que nos hubiera visitado suficientemente, quiero decir.

—Se rumorea que hay cuevas en estos Kells —comentó Elphaba, casi más para sus adentros que para Sarima—. He vivido durante un tiempo en el convento de Santa Glinda, en Shale Shallows, en las afueras de la Ciudad Esmeralda. A veces recibíamos la visita de dignatarios y, aunque muchas habíamos hecho votos de silencio, la gente hablaba de lo que sabía. Celdas monásticas. Había pensado que, una vez aquí, podría buscar una cueva y…

—Y establecerse allí —dijo Sarima, como si fuera algo tan corriente como casarse y tener hijos—. Algunos lo hacen, lo sé. Hay un viejo ermitaño en la falda occidental de Broken Bottle, un pico cercano. Dicen que vive allí desde hace varios años y que ha revertido a una forma más primitiva de la naturaleza. De su naturaleza, quiero decir.

—Una vida sin palabras —dijo Elphie, contemplando su café sin beberlo.

—Dicen que ese ermitaño ha olvidado la higiene personal —señaló Sarima—, lo cual, teniendo en cuenta cómo huelen los chicos cuando pasan un par de semanas sin lavarse, supongo que será la defensa de la naturaleza contra las bestias al acecho.

—No tenía intención de pasar mucho tiempo aquí —dijo Elphie, torciendo la cabeza sobre el cuello como un loro y mirando a Sarima de un modo extraño.

Cuidado —pensó Sarima, aunque en general le caía bien la invitada—. Cuidado, está empezando a controlar el sentido de la conversación y eso no puede ser.

Pero la invitada prosiguió:

—Pensé que me quedaría una noche o dos, o quizá tres, y que luego encontraría un lugar donde instalarme, antes de que empezara el invierno. Pero hice mis planes con el calendario equivocado. Pensaba en las fechas y en la manera en que comienza el invierno en Shiz y en la Ciudad Esmeralda, pero aquí llevan ustedes seis semanas de adelanto.

—El invierno llega con adelanto y la primavera con retraso, desgraciadamente —dijo Sarima, retirando los pies del escabel y apoyándolos planos en el suelo, para indicar que hablaba con seriedad—. Ahora, amiga mía, hay algunas cosas que necesito decirle.

—Yo también —dijo Elphie, pero siguió hablando Sarima.

—Me creerá una persona basta y poco refinada, y estará en lo cierto, por supuesto. Cuando me eligieron para el matrimonio, siendo niña, contrataron a una buena aya de Gillikin para que nos enseñara a mí y a mis hermanas a usar los verbos, los pronombres y los tenedores para ensalada, y en los últimos tiempos he empezado a leer. Pero casi todo lo que sé acerca de las buenas maneras lo aprendí de Fiyero, que tuvo la gentileza de enseñarme cuando regresó de sus estudios. Seguramente cometo errores en sociedad. Tiene todo el derecho de reírse a mis espaldas.

—No suelo reírme de nadie a sus espaldas —replicó Elphaba.

—Como debe ser. Pero aun así, tengo mis opiniones y soy observadora, aunque no tenga educación. Pese a mi vida protegida, pese a que me casaron a los siete años, como usted tal vez sepa, y a haber crecido entre los muros de este castillo, confío en mis opiniones y no me dejo convencer fácilmente. Le ruego, por tanto, que me permita continuar —dijo, como si Elphaba hubiese intentado interrumpirla—. Tenemos mucho tiempo y aquí dentro el sol es muy agradable, ¿no cree? Es mi pequeño refugio.

»Tengo la impresión de que usted ha venido para… ¿cómo decirlo?… aliviarse de alguna tristeza. Lo veo en su aspecto. No se sorprenda, querida. Si hay un aspecto que reconozco es el de una persona que lleva una pesada carga sobre los hombros. Recuerde que paso todo el tiempo, año tras año, escuchando cómo mis hermanas me enumeran amablemente los muchos modos y motivos de su odio hacia mí. —Sarima sonrió, divertida por su propio ingenio—. Usted quiere quitarse ese peso, dejarlo a mis pies o depositarlo sobre mis hombros. Quizá quiera llorar un poco, decir adiós y marcharse. Y cuando salga de aquí, también se marchará del mundo.

—No haré tal cosa —dijo Elphie.

—Sí que lo hará, aunque ahora no lo sepa. Ya no le quedará nada que la ate al mundo. Pero yo conozco mis propios límites, Tiíta Invitada, y sé por qué ha venido. Usted me lo dijo. Me lo dijo en el vestíbulo, me dijo que se sentía responsable de la muerte de Fiyero…

—Yo…

—No. Por favor, no. Ésta es mi casa. No soy más que la nominal Princesa Viuda de la Mierda de Pato, pero tengo derecho a oír y también tengo derecho a no oír. No estoy obligada a oír, ni siquiera para que una viajera se sienta mejor…

—Yo…

—¡No!

—Pero yo no quiero agobiarla con una carga, Sarima, sino aliviarla con la verdad. Si me escucha, se sentirá más grande y ligera. El perdón es una bendición tanto para quien lo da como para quien lo recibe.

—Pasaré por alto ese comentario sobre sentirme «más grande» —dijo Sarima—, pero todavía tengo derecho a elegir, y creo que usted me desea el mal. Me desea el mal, incluso sin saberlo. Quiere castigarme por alguna razón, quizá por no ser una esposa suficientemente buena para Fiyero. Me desea el mal y se engaña pensando que es una especie de tratamiento terapéutico.

—¿Sabe al menos cómo murió? —dijo Elphaba.

—Sé que fue una muerte violenta y que su cuerpo nunca fue hallado. Sé que fue en un nidito de amor clandestino —respondió Sarima, perdiendo por un instante la firmeza—. No necesito saber quién fue exactamente, pero he oído suficiente acerca de ese infame de sir Chuffrey como para tener mi propia opi…

—¡Sir Chuffrey!

—He dicho que no. He dicho basta. Ahora tengo una oferta que hacerle, Tiíta, si quiere aceptarla. El chico y usted pueden instalarse en la torre suroriental, si le parece bien. Hay allí un par de grandes salas circulares, con techos altos y buena luz, y ya no tendrá que vivir en ese cobertizo lleno de corrientes de aire. Estará más abrigada y tendrá una escalera independiente para entrar y salir del salón principal. No molestará a las chicas, y ellas no la molestarán a usted. No pueden quedarse en el cobertizo todo el invierno. El chico está pálido y amoratado, creo que siempre tiene frío. Pero me temo que sólo podrá instalarse en la torre con la condición de que acepte mi palabra como definitiva en estos asuntos. No quiero hablar con usted de mi marido, ni de las circunstancias de su muerte.

La expresión de Elphaba fue de espanto y abatimiento.

—No tengo más opción que aceptar —dijo—, al menos de momento. Pero le advierto que tengo intención de entablar con usted una profunda amistad que le hará cambiar de idea. De verdad creo que necesita oír algunas cosas y que necesita hablar de ellas, lo mismo que yo, y le aseguro que no podré marcharme al bosque o a las llanuras hasta que no tenga su solemne promesa de…

—¡Ya basta! —exclamó Sarima—. Llame al guardián de las puertas y pídale que lleve su equipaje a la torre. Venga, le mostraré el camino. Pero ¡si no ha tocado el café!

Se puso en pie. Durante un incómodo instante, hubo respeto y suspicacia, en igual medida, burbujeando sobre la alfombra, como el polvo en un rayo de sol.

—Venga conmigo —dijo Sarima, en tono más suave—. Como mínimo, intentaremos que no pase frío. Al menos podrá decir eso de nosotros, los ratones de campo de Kiamo Ko.