EL VIAJE DE IDA

30

El día señalado para la partida de la que llevaba siete años siendo mónaca, la hermana tesorera cogió la enorme llave de hierro que le colgaba sobre el pecho y abrió el almacén.

—Ven, entra —dijo.

Después, sacó del baúl tres vestidos negros, seis camisolas, un par de guantes y un chai. Le dio igualmente una escoba y, por fin, para las emergencias, una cesta llena de medicinas: hierbas, raíces, tinturas, hojas de ruda, ungüentos y bálsamos.

También le dio papel, aunque no demasiado: una docena de hojas de diferentes formas y grosores. El papel escaseaba cada vez más en Oz.

—Hazlo durar; úsalo sólo para cosas importantes —le aconsejó la hermana tesorera—. Eres lista, a pesar de tus enfados y tus silencios.

Le entregó también una pluma (era de pfénix, conocida por la resistencia y la fuerza del cálamo) y tres frascos de tinta negra, sellada bajo abultados tapones de cera.

Oatsie Manglehand estaba esperando en el vestíbulo, con la vieja mónaca superiora. El convento le pagaba bien por sus servicios y Oatsie necesitaba el dinero, pero no le gustó el aspecto de la mónaca huraña que acompañaba a la hermana tesorera.

—Aquí está tu pasajera —dijo la mónaca superiora—. Es la hermana Santa Aelphaba. Ha dedicado muchos años a la vida solitaria y al cuidado de los enfermos. Ha perdido el hábito del chismorreo. Pero ha llegado el momento de que siga su camino y así lo hará. No te dará problemas.

Oatsie miró a la pasajera y dijo:

—La caravana de la Senda Herbácea no es garantía de supervivencia, madre. He dirigido dos docenas de viajes en los últimos diez o doce años y ha habido más bajas de las que me gusta reconocer.

—Ella se marcha por su libre voluntad —explicó la mónaca superiora—. Si en algún momento desea regresar, la recibiremos. Es una de nosotras.

A Oatsie no le pareció que fuera una de ellas, ni de ningún otro grupo. Ni carne ni pescado, ni intelectual ni idiota. La hermana Santa Aelphaba no hacía más que mirar al suelo. Aunque aparentaba unos treinta años, tenía cierto aire enfermizo y adolescente.

—También está el equipaje. ¿Podrás con él?

La mónaca superiora señaló el pequeño montón de provisiones, en la inmaculada explanada al frente del convento. Después se volvió hacia la mónaca que se marchaba.

—Dulce hija del Dios Innominado —dijo la mónaca superiora—, te alejas de nosotras para realizar un ejercicio de expiación. Sientes que debes cumplir una penitencia antes de encontrar la paz. El silencio sin preguntas de la clausura ya no es lo que necesitas. Vas a regresar a tu propio ser. Por eso te despedimos con nuestro amor y con la esperanza de que tengas éxito en tu empresa. Que Dios te acompañe, mi buena hermana.

La pasajera mantuvo los ojos fijos en el suelo y no respondió.

La mónaca superiora suspiró.

—Ahora hemos de volver a nuestras devociones.

Separó varios billetes de un rollo de dinero que guardaba en algún recoveco de sus velos y se los entregó a Oatsie Manglehand.

—Con esto te arreglarás, y más incluso —añadió.

Era una suma respetable. Oatsie iba a sacar un buen beneficio de acompañar a esa mujer taciturna a través de los Kells, más que de todo el resto de la partida.

—Es usted demasiado buena, madre mónaca —dijo. Cogió el dinero con la mano sana e hizo un gesto de deferencia con la otra.

—No hay nadie demasiado bueno —repuso la mónaca superiora en tono gentil, antes de desaparecer con sorprendente rapidez tras las puertas de la clausura.

—Ya estás en camino, hermana Elphie. ¡Ojalá todas las estrellas te sonrían durante el viaje! —dijo la hermana tesorera, y también ella desapareció.

Oatsie fue a cargar el equipaje y las provisiones en el carromato. Había un chiquillo regordete y harapiento, dormido en el carro.

—¡Fuera! —dijo Oatsie.

Pero el chico repuso:

—Yo también voy; eso me han dicho.

Al ver que la hermana Santa Aelphaba no confirmaba ni negaba el plan, Oatsie comenzó a entender por qué había sido tan generoso el pago por llevarse a una mónaca verde.

* * *

El convento de Santa Glinda se encontraba en Shale Shallows, a veinte kilómetros al suroeste de la Ciudad Esmeralda. Era una especie de puesto de avanzada, dependiente del convento situado en el centro de la ciudad. La hermana Santa Aelphaba había pasado dos años en el de la ciudad y cinco en el de las afueras, según la mónaca superiora.

—¿Quiere que la sigamos llamando hermana, ahora que ha salido de la sagrada cárcel? —le preguntó Oatsie, mientras hacía restallar las riendas y animaba a los caballos que componían el tiro.

—«Elphie» está bien —dijo la pasajera.

—Y el chico, ¿cómo se llama?

Elphie se encogió de hombros.

El carro se unió al resto de la caravana varios kilómetros más adelante. Había en total cuatro carromatos y quince viajeros. Elphie y el chico habían sido los últimos en incorporarse. Oatsie Manglehand delineó la ruta propuesta: al sur bordeando el lago Kellswater, al oeste por el paso de Kumbricia, al noroeste atravesando las Praderas Milenarias, con parada en Kiamo Ko, y campamento de invierno un poco más lejos, al noroeste. El Vinkus era una tierra sin civilizar —les dijo Oatsie—, y había grupos tribales con los que convenía andarse con cautela: los yunamatas, los scrows, los arjikis… También había animales. Y espíritus. Tendrían que mantenerse unidos. Tendrían que confiar en el grupo.

Elphie no parecía estar escuchando. Jugueteaba con la pluma de pfénix, dibujando garabatos en el suelo, entre sus pies, trazando formas como dragones que se retorcían o humo que se levantaba en el aire. El chico estaba agachado a dos o tres metros de distancia, cauteloso y retraído. Parecía ser su paje, porque cargaba sus maletas y velaba por sus necesidades, pero no se miraban, ni hablaban. A Oatsie le parecía sumamente extraño y esperaba que no fuera un mal augurio.

La caravana de la Senda Herbácea se puso en marcha al atardecer y avanzó sólo unos pocos kilómetros antes de plantar su primer campamento junto a un torrente. Los integrantes de la partida (en su mayoría gillikineses) parloteaban nerviosamente, asombrados de su propio coraje. ¡Había que tener mucho valor para alejarse tanto de la seguridad del centro de Oz! Todos lo hacían por razones diferentes: por negocios, por asuntos familiares, para pagar una deuda o para matar a un enemigo. El Vinkus era una tierra fronteriza, y los winkis, un pueblo atrasado y sanguinario que desconocía las instalaciones sanitarias y las normas de etiqueta, por lo que el grupo se reconfortó un rato cantando. Oatsie participó brevemente, pero sabía que entre ellos no había nadie que no hubiese preferido quedarse donde estaba y no tener que adentrarse en el Vinkus. Excepto quizá esa Elphie, que no se mezclaba con los demás.

* * *

Dejaron atrás la rica periferia de Gillikin. El Vinkus empezó con una malla de guijarros dispersos sobre un suelo pardo y húmedo. Por la noche, la estrella del Lagarto les señalaba el camino: al sur, al sur siguiendo las estribaciones de los Grandes Kells, hasta la peligrosa brecha del paso de Kumbricia. Pinos y negros savistrellas se erguían como dientes en cada terraplén. De día eran acogedores y a veces les brindaban sombra. De noche, se elevaban sobre ellos y albergaban buhos ladrones y murciélagos.

Elphie solía permanecer despierta por la noche. Le estaba volviendo el pensamiento, expandiéndose quizá en la salvaje intemperie, donde las aves chillaban con voces descendentes y los meteoros cosían presagios en el cielo. A veces intentaba escribir con la pluma de pfénix; otras, se sentaba y pensaba palabras, pero no las escribía.

La vida fuera del convento parecía nublarse con infinidad de detalles que ya empezaban a desplazar los siete años transcurridos en la clausura, un largo tiempo indiferenciado, que había pasado fregando suelos de gres sin meter las manos en el cubo de agua. Tardaba horas en fregar una sola habitación, pero nunca ningún suelo había estado tan limpio. Hacía vino, recibía a los enfermos y trabajaba en el ala de la enfermería, que por un breve instante le había recordado a Crage Hall. El uniforme tenía la ventaja de eliminar la necesidad de ser única y singular. ¿Cuántas singularidades podía crear el Dios Innominado o la naturaleza? Era posible sumirse desinteresadamente en la pauta cotidiana, era posible encontrar el camino sin andar a tientas. Los pequeños cambios (el pajarillo rojo que se posaba en el alféizar, y entonces era primavera, o las hojas muertas que había que rastrillar en la terraza, y entonces era otoño) eran suficientes. Tres años de silencio absoluto, dos años de susurros y, después, cuando fue promovida (y trasladada) por decisión de la mónaca superiora, dos años en el pabellón de incurables.

Allí, durante nueve meses —pensaba Elphie bajo las estrellas, describiéndoselo a sí misma como si se lo contara a otra—, atendió a los moribundos y a los demasiado torpes para morir. Creció hasta ver la muerte como una pauta, hermosa a su manera. Una forma humana es como una hoja y, a menos que haya alguna interferencia, muere siguiendo una secuencia: primero esto, después aquello, después aquello otro. Podría haber seguido de enfermera para siempre, acomodando manos en agradables ángulos sobre las sábanas almidonadas y leyendo las absurdas palabras de las escrituras que parecían prestar tanta ayuda a los enfermos. Podía arreglárselas con los moribundos.

Pero entonces, un año atrás, habían traído a Tibbett, pálido e inválido, a la Casa de los Incurables. No estaba tan ido como para no reconocerla, incluso detrás de su velo y de sus silencios. Débil, incapaz de defecar u orinar sin ayuda, con la piel desprendiéndose a tiras de pergamino, estaba más vivo que ella. Egoístamente, le exigía que se comportara como un individuo y se dirigía a ella por su nombre.

Bromeaba, recordaba anécdotas, criticaba a los viejos amigos por abandonarlo y advertía las diferencias en su forma de moverse, de día en día, y en sus pensamientos. Le hizo recordar que ella pensaba. Bajo el escrutinio de su osamenta cansada, ella resurgió, contra su voluntad, como un individuo. O casi.

Al final, Tibbett murió, y la mónaca superiora dijo que había llegado el momento de que ella partiera y fuera a expiar sus errores, aunque ni siquiera la mónaca superiora sabía cuáles eran. ¿Y después? Bueno, todavía era joven. Podía formar una familia. Tenía que coger su escoba y recordar: obediencia y misterio.

—No puedes dormir —dijo Oatsie una noche, estando Elphaba sentada bajo las estrellas.

Aunque sus pensamientos eran ricos y complejos, sus palabras eran pobres, y solamente gruñó. Oatsie hizo algunas bromas, que Elphie intentó reírle, pero Oatsie ya reía suficiente por las dos. Carcajadas redondas y estruendosas. A Elphie la hacían sentirse cansada.

—¡Es increíble ese cocinero! —dijo Oatsie, que a continuación contó un episodio aparentemente sin sentido y se echó a reír de su propia historia.

Elphie intentó divertirse, intentó sonreír, pero por encima de su cabeza las estrellas se volvieron más gruesas, más parecidas a relucientes larvas de peces que a granos de sal. Giraban sobre sí mismas con un sonido que debía de ser chirriante y hostil, si sólo pudiera oírlo. Pero no podía. La voz de Oatsie era demasiado áspera y sonora.

Había demasiado odio en el mundo, y demasiado amor.

Al poco tiempo llegaron al borde de Kellswater, un mortífero cuerpo de agua que parecía arrancado del costado de una nube de tormenta. Era todo gris, sin ningún brillo en la superficie.

—Por eso los caballos no beben de sus aguas —explicó Oatsie—, ni tampoco los viajeros. Por eso no lo han encauzado en acueductos para llevarlo a la Ciudad Esmeralda. Es agua muerta. ¡Y pensar que creemos haberlo visto todo!

Aun así, los viajeros estaban impresionados. Una mole color lavanda se erguía sobre el borde occidental: el primer indicio de los Grandes Kells, las montañas que separaban el Vinkus del resto de Oz. A esa distancia, las montañas parecían gaseosamente tenues.

Oatsie hizo una demostración del uso del conjuro de la niebla, por si eran atacados por una banda de cazadores yunamatas.

—¿Van a atacarnos? —preguntó el chico que parecía ser el paje de Elphie—. Yo acabaré con ellos antes de que nadie sepa lo que está pasando.

El miedo se desprendió de él y contagió a los demás.

—Habitualmente nos va bien —señaló Oatsie—, sólo es preciso ir preparados. Pueden ser amistosos, si nosotros lo somos.

* * *

Durante el día, la caravana avanzaba lentamente, cuatro carromatos acompañados de nueve caballos, dos vacas, un toro, una vaquilla y varias gallinas sin demasiada personalidad. El cocinero tenía un perro llamado Killyjoy, que era un montoncito jadeante y husmeón de pura alegría. Algunos llegaron a pensar que debía de ser un Perro que disimulaba su verdadera identidad, pero al final renunciaron a la idea.

—¡Ja! —les dijo Elphie a los otros—. ¿Han hablado con tan pocos Animales que ya no recuerdan la diferencia?

No, Killyjoy era solamente un perro, pero un perrito fantástico, lleno de manías y exageradas devociones. Era un perro de las montañas, medio linster collie, medio lenx terrier y quizá un poco lobo. El hocico se le levantaba como un rizo de mantequilla, en crestas y surcos de un gris casi negro. No podía dejar de cazar, pero tampoco era mucho lo que atrapaba. De noche, cuando los carromatos se estacionaban formando un cuadrado en torno al fuego de la cena, cuando los animales se quedaban fuera del recinto y por fin empezaban las canciones, Killyjoy se escondía debajo de un carro.

Oatsie oyó una vez al chico diciéndole su nombre al perro.

—Yo soy Liir —le dijo el chico—. Tú podrías ser mi perro, más o menos.

Ella tuvo que sonreír. El niño gordo no hacía amigos con facilidad, y un niño solitario ha de tener un perro.

* * *

Kellswater quedó atrás y se perdió de vista. Algunos se sintieron más seguros lejos del lago. Casi de hora en hora, los Grandes Kells se elevaban y engrosaban, con un color que para entonces recordaba a la corteza marrón del melón azucarado. Aun así, la senda serpenteaba por el valle, con el río Vinkus a la derecha y las montañas en la otra orilla. Oatsie conocía varios puntos donde era posible vadearlo, pero no estaban claramente marcados. Mientras los buscaban, Killyjoy atrapó por fin un grit del valle. Sangró, gimió y recibió tratamiento contra el veneno. Liir le permitió viajar en el carromato, en sus brazos, lo cual hizo que Elphaba se sintiera vagamente celosa. Casi le divirtió notar que experimentaba un sentimiento tan rotundo y anticuado como los celos.

El cocinero se enfadó al ver que Killyjoy prefería la compañía de otro y se puso a agitar el cucharón por encima de la cabeza, como invocando la ira de los chefs angélicos entre las estrellas. Elphie lo consideraba un cocinero carnicero, porque no parecía tener escrúpulos para matar conejos y comérselos.

—¿Cómo sabe que no son Conejos? —le decía, incapaz de probar bocado.

—¡Silencio —gritaba él—, o meteré en la olla a ese chiquillo!

Intentó instilar en Oatsie la idea de echar al cocinero, pero ella no quiso escucharla.

—Nos acercamos al paso de Kumbricia —le respondió— y tengo otros asuntos en que pensar.

Ninguno de ellos podía dejar de sentir el inquietante erotismo del paisaje. Llegando desde el este, el paso de Kumbricia parecía una mujer tumbada de espaldas, con las piernas separadas, acogedora.

Arriba, en las laderas, las copas de los pinos tamizaban la luz del sol y los perales salvajes entrelazaban sus ramas retorcidas como si estuvieran luchando. Una humedad repentina, un nuevo clima privado. Las cortezas de los árboles se mojaban y el aire se pegaba pesadamente a la piel, como una toalla a medio lavar. Cuando se hubieron adentrado en el bosque, los viajeros dejaron de ver las montañas. Todo a su alrededor olía a heléchos y a plantas violín, y en la orilla de una laguna había un árbol muerto. El tronco albergaba una comunidad de abejas, concentradas en su producción de música de cámara y miel.

—Me gustaría llevarlas con nosotros —dijo Elphie—. Les hablaré y veré si quieren venir.

Había abejas en el huerto de Crage Hall y también en el convento de Santa Glinda, en Shale Shallows. A Elphie le gustaban mucho. Pero Liir les tenía pavor y el cocinero amenazó con desaparecer y dejar al grupo expuesto a la traumática experiencia de no poder preparar una bechamel de primera calidad en medio de una tierra salvaje. La discusión prosiguió. Un anciano del grupo, que había decidido ir a morir al oeste a causa de una visión de medianoche, se atrevió a decir que un poco de miel mejoraría la infusión de hojas de gorrión, que no sabía a nada. Una esposa por encargo procedente del Glikkus dijo estar de acuerdo. Oatsie, de inesperados entusiasmos sentimentales, votó a favor de la miel. Así pues, Elphie trepó al árbol y les habló a las abejas, que formaron un enjambre para acompañarla, aunque casi todos los viajeros permanecieron en los otros carromatos, repentinamente asustados de cada mota de polvo que se agitaba cerca de su piel.

Enviaron una solicitud, con tambores y niebla, para atraer la atención de un rafiqi de alquiler, pues no estaba permitido que las caravanas se desplazaran por los territorios de las diferentes tribus del Vinkus sin un guía que negociara los permisos y los peajes. Una noche, aburridos y como respuesta a la tristeza del ambiente, los viajeros cayeron en una discusión sobre la leyenda de la Bruja Kúmbrica. ¿Quién fue primero, Lurlina la reina de las hadas o la Bruja Kúmbrica?

Citando la Oziada, Igo, el viejo enfermo, les recordó a todos cómo había sido la creación: el Dragón del Tiempo creó el Sol y la Luna; Lurlina les echó una maldición y dijo que sus hijos no conocerían nunca a sus padres, y entonces vino la Bruja Kúmbrica y, después, la inundación, la batalla y la dispersión del mal en el mundo.

Oatsie Manglehand no estaba de acuerdo.

—Sois unos tontos —dijo—. La Oziada no es más que un poema romántico y almibarado, basado en leyendas más antiguas y violentas. Lo que pervive en la memoria de la gente es más verdadero que el arte de un poeta para contarlo. En la memoria popular, el mal siempre antecede al bien.

—¿Es cierto lo que dices? —preguntó Igo, interesado.

—Seguramente recordaréis un puñado de cuentos infantiles que empiezan: «Una vez, en medio de un bosque, vivía una bruja muy vieja…», o «Un día, el demonio salió a caminar y se encontró con un niño…» —replicó Oatsie, demostrando que además de agallas tenía cierta cultura—. A los pobres no les hace falta ningún cuento que les explique de dónde ha salido el mal. Simplemente existe, siempre ha existido. Nunca se sabe cómo se volvió mala la bruja, ni si fue correcta su decisión. ¿Es alguna vez la decisión correcta? ¿Intenta alguna vez el demonio volver a ser bueno? ¿Y si lo hace, no es un demonio? Como mínimo, es cuestión de definiciones.

—Es cierto que abundan los cuentos de la Bruja Kúmbrica —admitió Igo—. Casi todas las brujas son una sombra, una hija, una hermana o una descendiente decadente suya. La Bruja Kúmbrica es el modelo a partir del cual parece imposible seguir retrocediendo.

Elphie recordó las ambiguas pinturas sobre pergamino de la Bruja Kúmbrica (¿sería ella?), halladas en la biblioteca de Three Queens hacía tanto tiempo, aquel verano: calzada con zapatos relucientes, a horcajadas sobre dos continentes, cuidando o sofocando a una bestia.

—No creo en la Bruja Kúmbrica, ni siquiera aquí, en el paso de Kumbricia —alardeó el cocinero.

—Tampoco cree usted en los Conejos —le soltó Elphie, repentinamente irritada—. La pregunta es si la Bruja creerá en usted.

—¡Qué temperamento! —dijo Oatsie, y lo repitió, convirtiéndolo en una cancioncilla.

Elphie se marchó enfadada. La conversación se parecía demasiado a las discusiones de su infancia, cuando su padre y Nessarose intentaban determinar dónde empezaba el mal. ¡Como si fuera posible saberlo! Su padre solía orquestar pruebas sobre el mal, como medio para convertir fieles. Cuando estaba en Shiz, Elphie había llegado a pensar que, del mismo modo que las mujeres se ponían colonia, los hombres se ponían pruebas, para asegurarse su propio sentido de sí mismos y en consecuencia estar más atractivos. Pero ¿no estaría el mal más allá de toda prueba, lo mismo que la Bruja Kúmbrica estaba más allá del alcance de la historia que podía conocerse?