15
Y así empezó el verano. Como había aprobado los exámenes, Boq podía planificar libremente un último año en Briscoe Hall. Todos los días corría a la biblioteca de Three Queens, donde bajo la atenta mirada de un titánico Rinoceronte (archivero y bibliotecario jefe), se dedicaba a limpiar viejos manuscritos, que evidentemente nadie consultaba más de una vez cada cien años. Cuando el Rinoceronte abandonaba la sala, Boq charlaba de frivolidades con los dos chicos que tenía enfrente, típicos estudiantes de Queens, llenos de chismorreos ininteligibles y referencias enigmáticas, bromistas y leales. Disfrutaba de su compañía cuando estaban de buen humor, pero detestaba sus días malos. Crope y Tibbett. Tibbett y Crope. Boq fingía desconcierto cuando su actitud se volvía demasiado descarada o sugerente, lo cual sucedía más o menos una vez por semana, pero ellos en seguida recuperaban la compostura. Por las tardes solían irse con sus sandwiches de queso a la orilla del canal de los Suicidas, a ver los cisnes. Los robustos remeros que iban y venían por el canal en su entrenamiento estival hacían que Crope y Tibbett desfallecieran y se desplomaran de cara sobre la hierba. Boq se reía de ellos sin caer en la descortesía, y esperaba a que el destino volviera a poner a Galinda en su camino.
La espera no fue demasiado larga. Unas tres semanas después de su entrevista en el huerto, una ventosa mañana de verano, un pequeño temblor de tierra causó desperfectos en la biblioteca de Three Queens y fue preciso cerrarla para realizar algunas reparaciones. Tibbett, Crope y Boq cogieron sus sandwiches, junto con un par de termos de té de la cantina, y fueron a tumbarse en su lugar favorito sobre la hierba, a orillas del canal. Quince minutos después aparecieron Ama Clutch con Galinda y otras dos chicas.
—Creo que lo conocemos… —dijo Ama Clutch, mientras Galinda permanecía unos pasos más atrás, en actitud modesta. En esos casos, correspondía a la sirvienta averiguar la identidad de los desconocidos del grupo, para que todos pudieran saludarse por su nombre.
Ama Clutch anunció en voz alta que los presentes eran los señores Boq, Crope y Tibbett, y las señoritas Galinda, Shenshen y Pfannee, y a continuación se apartó unos metros, para que los jóvenes pudieran conversar.
Boq se levantó de un salto y saludó con una ligera reverencia, mientras Galinda le decía:
—Respetando mi promesa, señor Boq, me permitiré preguntarle cómo se encuentra.
—Muy bien, gracias —respondió él.
—Está a punto como un melocotón maduro —dijo Tibbett.
—Está absolutamente suculento, visto desde este ángulo —añadió Crope, sentado un poco más atrás, pero Boq se volvió y lo miró con tanta fiereza que los dos se dieron por reconvenidos, poniendo cara de fingido enfado.
—¿Y usted, señorita Galinda? —prosiguió Boq, examinando la cara de ella, primorosamente compuesta—. ¿Cómo está usted? Me alegro mucho de verla en Shiz en verano.
No debería haberlo dicho. Las chicas más encumbradas pasaban el verano en sus casas, y Galinda, siendo gillikinesa, debía de estar mortificada por haber tenido que quedarse, como una munchkin o una plebeya cualquiera. Subió el abanico. Bajó la vista. Las señoritas Shenshen y Pfannee le tocaron los hombros en un gesto de muda simpatía. Pero Galinda siguió adelante.
—Mis queridas amigas, las señoritas Pfannee y Shenshen, han alquilado una casa durante el mes de granverano a orillas del lago Chorge, una casita encantadora cerca de la aldea de Neverdale. He decidido pasar allí las vacaciones, en lugar de emprender el fatigoso viaje a los montes Pertha.
—¡Qué refrescante!
Boq veía los bordes biselados de sus uñas pintadas, sus pestañas del color de las mariposas nocturnas, la glaseada y pulida suavidad de sus mejillas y el delicado pliegue de la piel justo en la hendidura del labio superior. A la luz de la mañana de verano, todos sus rasgos resaltaban de una manera peligrosa y embriagadora.
—¡Que se cae! —dijo Crope, y él y Tibbett se incorporaron de un salto y agarraron a Boq, cada uno por un codo. Después, Boq se acordó de respirar. Sin embargo, no pudo pensar en nada más que decir, mientras Ama Clutch no hacía sino darle vueltas al bolso entre las manos.
—Nosotros hemos conseguido un empleo —comentó Tibbett, acudiendo al rescate—, en la biblioteca de Three Queens. Hacemos las tareas domésticas de la literatura. Somos las sirvientas de la cultura. ¿Usted trabaja, señorita Galinda?
—No, desde luego que no —respondió Galinda—. Necesito descansar de los estudios. Ha sido un año agotador, realmente agotador. Todavía me duelen los ojos de tanto leer.
—¿Y vosotras, chicas? —intervino Crope, con ofensiva informalidad.
Pero las chicas solamente soltaron unas risitas y se mantuvieron apartadas. Era el encuentro de su amiga, no el suyo. Recuperado del mareo, Boq advirtió que el grupo parecía dispuesto a ponerse otra vez en movimiento.
—¿Y la señorita Elphie? —preguntó para retenerlas—. ¿Cómo está su compañera de habitación?
—Obstinada y difícil —dijo Galinda con severidad, hablando por primera vez con su voz normal, en lugar del desvaído susurro que utilizaba en sociedad—. Pero ¡Lurlina sea loada!, ha conseguido un empleo, por lo que estoy bastante aliviada. Trabaja en el laboratorio y la biblioteca, a las órdenes de nuestro doctor Dillamond. ¿Lo conoce?
—¿Al doctor Dillamond? ¿Que si conozco al doctor Dillamond? —exclamó Boq—. ¡Es el mejor profesor de biología de todo Shiz!
—Le diré que es una Cabra —aclaró Galinda.
—Sí, ya lo sé. ¡Ojalá pudiera enseñarnos a nosotros! Incluso nuestros profesores reconocen su superioridad. Al parecer, hace tiempo, cuando gobernaba el regente, solían invitarlo todos los años a dar una conferencia en Briscoe Hall. Pero eso también ha cambiado con las restricciones, por lo que no he podido conocerlo. El solo hecho de verlo brevemente el año pasado, en aquella velada poética, ya fue emocionante…
—Bueno, pues sigue insistiendo con lo mismo —dijo Galinda—. Puede que sea brillante, pero no se da cuenta de que se ha vuelto tedioso. En cualquier caso, la señorita Elphie trabaja mucho, haciendo una cosa y otra. Ella también sigue insistiendo. ¡Debe de ser contagioso!
—Ya se sabe que en los laboratorios se cultivan gérmenes —señaló Crope.
—Así es —asintió Tibbett— y, si me permites, debo añadir que tus comentarios son tan desagradables como las efusiones de Boq. Lo atribuiremos a una imaginación hiperactiva, fruto de la frustración física y afectiva…
—¿Sabe una cosa, señorita Galinda? —dijo Boq—. Entre su señorita Elphie y estos supuestos amigos míos, no tenemos la menor esperanza de entablar una amistad. ¿Le parece que en su lugar organicemos un duelo y nos matemos? Podríamos contar diez pasos, dar media vuelta y disparar. Nos ahorraría muchas molestias.
Pero Galinda no aprobaba ese tipo de bromas. Hizo un desdeñoso gesto de asentimiento con la cabeza, y el grupo femenino se puso en marcha por el sendero de grava, siguiendo la curva del canal. Se oyó entonces la voz de la señorita Shenshen, que con voz grave y susurrante decía:
—¡Pero si es un encanto, querida! ¡Como un juguete!
La voz se desvaneció y Boq se volvió para protestar por el comportamiento de sus amigos, pero ellos se lanzaron sobre él para hacerle cosquillas y los tres cayeron amontonados sobre los restos de su almuerzo. Como no había esperanzas de que cambiaran, Boq renunció al impulso de regañar a sus amigos. Después de todo, ¿qué podía importar su inmadura cháchara, si la señorita Galinda lo encontraba tan despreciable?