50
Siguiendo la ruta del norte, por los montes Magdalenas, se dio cuenta de que iba a pasar por el lago Chorge. Decidió hacer un alto allí, más o menos a mitad de camino, comprobando con interés que se alegraba de haber emprendido el camino de vuelta. Recorrió las orillas del lago, buscando el Capricho en el Pinar, pero no consiguió distinguir la casa entre las muchas residencias de verano que habían proliferado allí desde su visita en la juventud.
Aun así, no era el terreno visible lo que veía, sino el mundo en su conjunto: su carácter, la forma en que parecía remitir a sí mismo. ¿Cómo podía Nessarose creer en el Dios Innominado? Detrás de cada aspecto del mundo había otro aspecto del mundo. ¿No era eso, en cierto sentido, lo que pensaba el doctor Dillamond? El doctor había imaginado otra fundación auténtica del mundo, defendible mediante pruebas y experimentos, y había averiguado dónde localizarla. Pero ella no era una visionaria. Detrás del marmóreo papel blanquiazul del lago, más allá de la acuática seda del cielo, no había nada más profundo que Elphaba pudiera ver.
Ni sobre la materia prima de la vida (la estructura muscular de las alas de los ángeles o la acción capilar necesaria para enfocar una mirada asesina), ni sobre los empalagosos temas del empíreo (el bien, si es que el Dios Innominado era bueno). Ni tampoco sobre el mal.
Porque, ¿quién estaba a la merced de quién? ¿Se sabría alguna vez? Los distintos agentes trabajaban a la vez en connivencia y antagonismo, como el frío y el sol, capaces de crear juntos un mortífero venablo de hielo… ¿Era el Mago un charlatán, un fraude, un déspota con poderes y fracasos meramente humanos? ¿Controlaba a las Adeptas (Nessarose, Glinda y una tercera sin nombre, que seguramente no era Elphie), o sólo se lo hacía creer la señora Morrible, para alimentar su desmesurado ego, su sed de toda apariencia de poder?
¿Y la señora Morrible? ¿Y Yackle? ¿Habría alguna conexión? ¿Serían la misma persona? ¿Serían divinidades severas, diferentes avatares de un poder de las tinieblas, astillas venenosas separadas del cuerpo maligno de la Bruja Kúmbrica? ¿O serían quizá, juntas o por separado, la vieja Kumbricia en persona, o lo que pudiera haber sobrevivido de ella desde la edad heroica de los mitos, hasta esos retorcidos y mezquinos tiempos modernos? ¿Gobernarían al Mago, lo manejarían como a una marioneta?
¿Quién está a la merced de quién?
Y mientras aguardas el momento de saberlo, cae el carámbano mortífero, formado por todas las fuerzas contradictorias, y hunde su fría aguja en la carne penetrable.
Elphaba se alejó de las orillas del lago Chorge, cubiertas de agujas de pino, en estado de tremenda frustración y energía. Sin confianza suficiente para decidir sobre asuntos de carácter político o teológico, sintió el impulso de desenterrar las viejas notas que había recogido en el despacho del doctor Dillamond al día siguiente de su asesinato. Tener algo concreto bajo las yemas de los dedos. Una lente de aumento, un escalpelo, una sonda esterilizada. Quizá ahora fuera suficientemente mayor como para entender lo que el doctor Dillamond se proponía. Él había sido un unionista esencialista, y ella, una atea principiante. Pero tal vez aún pudiera beneficiarse de su trabajo, después de todo ese tiempo.
Los vientos la acompañaron hasta las estribaciones de los Grandes Kells. A partir de ahí, todo le resultó más difícil, desde encontrar el camino hasta mantenerse en su montura sin caerse. Varias veces tuvo que desmontar de la escoba y andar. Por fortuna, no hacía demasiado frío y halló pequeños grupos de nómadas en los valles más protegidos, que la mantuvieron orientada en la buena dirección. Aun así, tardó dos semanas en completar el viaje de regreso, incluso con la ayuda de la escoba.
A última hora de la tarde, con el sol todavía alto y caliente en comparación con sus hábitos invernales, Elphaba subió trabajosamente las últimas cuestas, viendo allá arriba el estrecho y oscuro perfil de Kiamo Ko. Se sentía como una niña contemplando el sombrero de copa de un caballero muy alto. Ansiosa por evitar toda ceremonia o alboroto, rodeó la aldea. Sin la escoba, le habría resultado casi imposible llegar por ese lado, pero incluso la escoba parecía resentirse por el esfuerzo. Se detuvo en el huerto y se dirigió hacia la puerta trasera, que estaba abierta, lo cual significaba que las hermanas habrían salido a recoger flores o alguna otra tontería semejante.
Reinaba el silencio. Elphaba cogió una manzana que ya se estaba quedando marrón encima de un aparador y subió lentamente la escalera sin encontrarse con nadie. Cuando pasó junto a la habitación de Nana, agitó el picaporte de la puerta y dijo:
—¿Nana?
—¡Oh! —se oyó un grito agudo—. ¡Me has asustado!
—¿Puedo pasar?
—Un minuto. —Hubo ruido de muebles arrastrados por el suelo—. ¡Qué bien, muy bonito, señorita Elphaba! ¡Qué buena idea, marcharte y dejarnos para que nos asesinaran en nuestras camas, o algo parecido!
—¿De qué hablas? Déjame pasar.
—¡Y sin decir palabra! ¡Casi enloquecemos de preocupación! —La última pieza de mobiliario se arrastró por el suelo y, finalmente, Nana abrió la puerta—. ¡Horrible e ingrata mujer! —exclamó la anciana mientras se dejaba caer pesadamente en sus brazos y rompía a llorar.
—¡Por favor, ya he tenido suficiente drama para el resto de mi vida! —dijo Elphaba—. ¿De qué me estás hablando?
Nana tardó bastante en calmarse. Estuvo un rato revolviendo el bolso, buscando sales para reanimarse y sacando suficientes frascos y sobrecitos como para abrir su propia botica. Había ampollas azules de cristal, pastilleros transparentes, sobres de piel de serpiente con polvos y grajeas, y un precioso frasco de vidrio verde, con una vieja etiqueta desgarrada, donde aún podía leerse Eli~ Milagro~.
Se tomó unos calmantes y, cuando pudo respirar de nuevo, dijo:
—Bueno, querida, ya sabes que… ¿Supongo que ya habrás visto que han desaparecido todos?
Elphaba frunció el ceño por la confusión, y el temor creciente y repentino.
Nana inspiró profundamente.
—No te enfades con Nana ahora. La culpa no ha sido de Nana. Aquellos soldados decidieron de pronto que sus ejercicios habían terminado. Quizá Nor les contó que te habías marchado, no lo sé. A nosotras nos lo dijo. Había estado curioseando, buscando tu escoba, y nos dijo que ya no estabas. Tal vez también se lo dijo a ellos. Ya sabes lo amables que eran con ella, cuánto la apreciaban. Los soldados se presentaron en la puerta delantera y dijeron que tenían que llevarse a toda la familia, a Sarima, a sus hermanas, a Nor y a Irji, al campamento donde tienen su base, dondequiera que esté. No hacía falta que yo fuera, dijeron, lo cual me pareció bastante insultante, y así se lo hice saber. Sarima preguntó por qué tenían que ir y aquel simpático comandante, Cherrystone, le explicó que era por su propia protección. Dijo que no convenía que hubiera miembros de la familia real en el castillo, porque si pasaba por aquí algún batallón de combate, podía producirse un incidente sangriento.
—¿Pasar por aquí? ¿Un batallón? ¿Cuándo?
Elphie golpeó el alféizar de la ventana con la palma de la mano.
—Estoy tratando de decírtelo. Pronto, en cualquier momento, dijo. Sólo se trataba de adelantarse a los acontecimientos. Insistieron mucho. Los soldados dispersaron a los aldeanos (no creo que hubiera matanzas, todo parecía bastante humanitario, excepto las cadenas) y sólo me dejaron a mí, por ser demasiado vieja para marchar por las montañas, y además porque no soy de la familia. También dejaron a Liir, porque no era una amenaza y quizá también porque le tenían simpatía. Pero pocos días después, también Liir desapareció. Creo que se sentía terriblemente solo sin ellos y que se fue a buscar su campamento.
—¿Y nadie protestó? —chilló Elphie.
—¡No me grites! ¡Claro que protestaron! Bueno, Sarima se cayó redonda; se desmayó al instante, y Nor e Irji corrieron a atenderla. Pero las hermanas, que parecían modositas, levantaron barricadas en el comedor y prendieron fuego al ala de la capilla para tratar de pedir ayuda. Tres le aplastó la mano al comandante con una piedra de afilar y creo que le rompió todos los huesos de la muñeca. Cinco y Seis tocaron la campana, pero los pastores estaban demasiado lejos y todo sucedió demasiado rápido. Dos escribió mensajes e intentó atarlos a las patas de tus cuervos, pero los pájaros se resistieron a ser liberados. Los muy inútiles volvían y se quedaban apoyados en el alféizar de las ventanas. A Cuatro se le ocurrió algo muy ingenioso con aceite hirviendo, pero no consiguieron que la llama calentara lo suficiente. ¡Oh, hubo una buena persecución por aquí durante uno o dos días, pero los soldados ganaron, por supuesto! Los hombres siempre ganan.
Nana prosiguió en tono malhumorado:
—Todos pensamos que antes te habrían tendido una emboscada a ti, para que no te opusieras a ellos. Aquí eres la única que puede hacer algo, todos lo saben. Todos creen que eres una Bruja. La gente del pueblo me ha pedido que, si regresabas, no perdieras de vista el caserío de Red Windmill, el que está más abajo de la presa, ya sabes cuál. Parece ser que te creen capaz de rescatar a toda la familia real, ya sabes cómo son. Yo les dije que no se hicieran ilusiones y que tú no estarías interesada, pero les prometí que te daría el mensaje y así lo hago.
Elphaba iba y venía por la habitación. Se soltó el nudo con que solía recogerse el pelo y sacudió la cabeza, como tratando de quitarse de encima lo que estaba oyendo.
—¿Y Chistery? —dijo por fin.
—Acurrucado detrás del piano en la sala de música, sin duda.
—¡Qué situación tan extraña!
Caminaba, se sentaba, se rascaba la barbilla y en un momento dio un puntapié a la bacinilla de Nana y la rompió.
—¿Qué me queda todavía? —murmuró—. Está la escoba. Están las abejas. Está el mono. Está Killyjoy. ¿Le han hecho algo a Killyjoy? Está Killyjoy. Están los cuervos. Está Nana. Están los aldeanos, si no les han hecho nada. Está esa dudosa Grimería. No es mucho.
—No, no es mucho —suspiró Nana—. ¡Estamos perdidos!
—Podemos rescatarlos —dijo Elphie—. Lo haremos.
—Cuenta con Nana —dijo la vieja—, aunque nunca me han gustado esas hermanas, te lo aseguro.
Elphie apretó los puños e intentó contenerse para no darse de puñetazos.
—También Liir se ha ido —dijo—. Vine a pedirle perdón a Sarima y, en el proceso, también he perdido a Liir. ¿Serviré para algo en esta vida?
Kiamo Ko estaba mortalmente silencioso, a excepción de la trabajosa respiración de Nana, que daba una cabezada en su mecedora. Killyjoy batió el suelo con el rabo, feliz de ver a su dueña. El cielo era ancho y sin esperanzas detrás de las ventanas. Elphaba estaba cansada, pero no podía dormir, porque de vez en cuando creía oír el sonido del agua lamiendo las paredes del pozo de los peces, como si el legendario lago subterráneo fuera a subir para ahogarlos a todos.