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Cuando la noticia de la muerte prematura de Nessarose llegó a Kiamo Ko por paloma mensajera, la Bruja estaba absorta en una difícil operación, consistente en coser las alas de un roc macho de cresta blanca a la musculatura dorsal de la última carnada de monos nivales. Había perfeccionado bastante el procedimiento, después de años de chapuzas y fracasos espantosos, cuando la muerte por compasión parecía la única medida justa para aliviar el sufrimiento del paciente. Los viejos libros de texto de Fiyero sobre ciencias de la vida, del curso del doctor Nikidik, le habían ofrecido algunas pistas. También la Grimería la había ayudado, cuando había sabido interpretarla correctamente. Había encontrado conjuros para convencer a los nervios axiales de que pensaran en términos celestes y no arbóreos. Y en cuanto consiguió hacerlo bien, los monos alados parecieron felices con su suerte. Aún no había logrado que ninguna mona de su población produjera una cría alada, pero no perdía las esperanzas.
Sin duda alguna, habían asumido el vuelo mejor que el lenguaje. Chistery, que para entonces era el patriarca del zoo del castillo, se había estancado en las palabras de una sílaba y aún no parecía tener mucha idea de lo que decía.
Fue el propio Chistery quien llevó la carta de la paloma a la sala de operaciones de Elphaba. La Bruja le hizo sujetar el escalpelo con que estaba seccionando la masa muscular, mientras desplegaba la hoja. El breve mensaje de Caparazón hablaba del tornado y le informaba del funeral, que habían programado para varias semanas más tarde, con la esperanza de que Elphaba recibiera la carta a tiempo para asistir.
La Bruja dejó la misiva y volvió al trabajo, apartando de sí el dolor y las lamentaciones. Era un asunto complicado, coser unas alas, y el sedante que le había administrado al mono no iba a durar toda la mañana.
—Chistery, es hora de ayudar a Nana a bajar la escalera, y, si puedes, ve a buscar a Liir y dile que tengo que hablar con él durante el almuerzo —dijo, apretando los dientes, mientras echaba un vistazo a uno de sus diagramas para asegurarse de haber superpuesto los distintos grupos musculares en el orden correcto, del frente al fondo.
* * *
Era toda una hazaña que Nana consiguiera llegar al comedor una vez al día.
—Es mi trabajo, esto y dormir, y Nana sabe hacer muy bien las dos cosas —decía todos los mediodías, cada vez que llegaba al comedor, hambrienta por el esfuerzo de la escalera. Liir servía el queso y el pan, y de vez en cuando un poco de carne fría, que los tres cortaban y masticaban, normalmente sin dirigirse la palabra, antes de salir corriendo a ocuparse de las tareas de la tarde.
Liir tenía catorce años e insistió en acompañar a la Bruja a Colwen Grounds.
—Nunca he ido a ningún sitio, salvo aquella vez con los soldados —protestó—. Nunca me dejas hacer nada.
—Alguien tiene que quedarse para cuidar a Nana —señaló la Bruja—. No tiene sentido discutir por eso.
—Chistery puede hacerlo.
—No, no puede. Se está volviendo olvidadizo, y entre él y Nana podrían prenderle fuego al castillo. No hay nada más que hablar, Liir. Tú no vas. Además, creo que tendré que viajar en la escoba para llegar a tiempo.
—Nunca me dejas hacer nada.
—Te dejo fregar los platos.
—Tú ya me entiendes.
—¿Por qué discute el niño ahora, cariño? —preguntó Nana a gritos.
—Por nada —dijo la Bruja.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
—¿No vas a decírselo? —preguntó Liir—. Ha ayudado a criar a Nessarose, ¿no?
—Es demasiado vieja, no hace falta que lo sepa. Tiene ochenta y cinco años, sólo la preocuparíamos.
—Nana —dijo Liir—, Nessie ha muerto.
—¡Silencio, niño inútil, si no quieres que te extirpe los testículos de una patada!
—¿Que Nessie ha hecho qué? —chilló Nana, mirándolos con ojos acuosos.
—Muerto, muerto, muerto —entonó Chistery.
—¿Que ha hecho qué?
—Nessie HA MUERTO —dijo Liir.
Nana empezó a llorar con sólo concebir la idea, antes incluso de confirmarla.
—¿Es posible que sea cierto, Elphie? ¿Ha muerto tu hermana?
—Liir, pagarás por esto —dijo la Bruja—. Sí, Nana, no puedo mentirte. Hubo una tormenta y un edificio se desmoronó. Dicen que no sintió nada.
—Se ha ido directamente al regazo de Lurlina —sollozó Nana—. Ha venido el carruaje de oro de Lurlina para llevarla a casa. —Inexplicablemente, se puso a dar palmaditas al trozo de queso que tenía en el plato. Después untó con mantequilla una servilleta y le dio un mordisco—. ¿Cuándo salimos para ir al funeral?
—Estás demasiado mayor para viajar, Nana. Iré yo dentro de unos días. Liir se quedará para cuidarte.
—Ni hablar —replicó Liir.
—Es un buen chico —dijo Nana—, pero no tan bueno como Nessarose. ¡Oh, qué día tan aciago! Liir, tomaré el té en mi habitación. No puedo quedarme aquí, hablando tranquilamente como si no hubiera pasado nada. —Se levantó como pudo, apoyándose en la cabeza de Chistery (el mono la adoraba)—. ¿Sabes, cariño? —le dijo a la Bruja—, no creo que el chico sea lo bastante mayor como para velar por mis necesidades. ¿Y si vuelven a atacar el castillo? Recuerda lo que sucedió la última vez que te fuiste —añadió con una mueca acusadora.
—Nana, las milicias arjikis vigilan el castillo día y noche. Los hombres del Mago están tranquilamente acantonados en el pueblo de Red Windmill, río abajo. No tienen intención de abandonar la seguridad de su refugio y arriesgarse a ser diezmados en estos pasos montañosos, después de lo que hicieron. Aquélla fue su misión, aquélla fue su campaña. Ahora se limitan a observar. Conservan el puesto de avanzada, para informar acerca de cualquier indicio de invasión o de agitación entre los clanes de la montaña. Y tú lo sabes. No tienes nada que temer.
—Soy demasiado vieja para que me saquen de aquí cargada de cadenas, como a la pobre Sarima y a su familia —dijo Nana—. ¿Y cómo vas a rescatarme a mí, si no has podido rescatarlos a ellos?
—Aún lo sigo intentando —dijo la Bruja en el oído izquierdo de Nana.
—¡Siete años! Eres muy testaruda. Soy de la opinión de que a estas alturas se estarán pudriendo en una fosa común, después de siete largos años. Y tú, Liir, puedes dar las gracias a Lurlina por no estar con ellos.
—Intenté rescatarlos —dijo empecinadamente Liir, que había reescrito mentalmente su escapada para atribuirse un papel más heroico.
No había ido tras ellos porque anhelara la compañía de los soldados, se decía, sino en un valeroso esfuerzo por salvar a la familia. De hecho, el comandante Cherrystone había tenido la gentileza de dejar a Liir atado y metido en un saco, en el establo de algún campesino, para no tener que encarcelarlo con los demás. El comandante no había descubierto que Liir era el hijo bastardo de Fiyero, porque ni siquiera el niño lo sabía.
—Así es, eres un buen chico —dijo Nana, distraída de la mala noticia y regresando mentalmente a la tragedia que recordaba de manera más visceral—. Yo también hice todo lo que pude, pero Nana ya era una vieja incluso entonces. Elphie, ¿crees que estarán muertos?
—No he podido averiguar nada —repitió la Bruja por diezmilésima vez—. No sabría decir si se los han llevado secretamente a la Ciudad Esmeralda o los han asesinado. Tú ya lo sabes, Nana. He sobornado, he espiado, he contratado agentes para que siguieran todas las pistas. Le he escrito a la princesa Nastoya de los scrows, pidiéndole consejo. Pasé un año entero examinando todos los indicios inútiles. Tú lo sabes bien. No me tortures con el recuerdo de mi fracaso.
—El fracaso fue mío, estoy segura —declaró Nana con gesto apacible, aunque todos sabían que no lo pensaba ni por asomo—. ¡Ojalá hubiese sido yo más joven y vigorosa! ¡Lo habría puesto en su sitio a ese comandante Cherrystone! Pero ahora Sarima se ha ido, y también sus hermanas. Supongo que en realidad no ha sido culpa nuestra —dijo falsamente, mirando con gesto de enfado a la Bruja—. Tenías un viaje que hacer y lo hiciste. ¿Quién puede criticarte por eso?
Pero, para la Bruja, la imagen de Sarima cargada de cadenas o de Sarima como un cadáver en descomposición, negándole aún el perdón por la muerte de Fiyero, era más dolorosa que el agua.
—¡Basta ya, vieja arpía! —gritó la Bruja—. ¿Es normal que la gente de mi propia casa me atormente? ¡Ve a tomar tu té, vieja del demonio!
Finalmente, la Bruja se sentó y se puso a pensar en Nessarose y en lo que podía avecinarse. Había intentado mantenerse al margen del mundo de la política y sus asuntos, pero sabía que un cambio de gobierno en el País de los Munchkins podía desequilibrar la situación, quizá con efectos positivos. Se sintió culpable al notar la ligereza con que se había tomado la muerte de su hermana.
Hizo una lista de las cosas que tenía que llevar al funeral. Lo más importante era una página de la Grimería. En su habitación, estuvo estudiando con detenimiento el mohoso volumen y finalmente arrancó una página particularmente críptica. Las letras seguían haciendo contorsiones bajo sus ojos, y a veces se mezclaban y se separaban mientras ella las miraba, como una colonia de hormigas. Cada vez que miraba el libro, podía aparecer alguna cosa con significado en aquella página que sólo un día antes había contenido garabatos sin sentido, y otras veces el significado se disolvía ante sus propios ojos. Se lo preguntaría a su padre, que con la santidad de sus ojos vería mejor la verdad.