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Para entonces, Shiz era una fábrica de dinero. Los colegios, situados en un distrito histórico, seguían prácticamente iguales, con la sola excepción de algunas residencias nuevas de estudiantes y varias flamantes instalaciones atléticas. Fuera del distrito universitario, Shiz había prosperado en la economía orientada a la guerra. Un gran monumento de mármol y latón, el Espíritu del Imperio, dominaba lo que había sobrevivido de la plaza del Ferrocarril. A su alrededor, el aire y la luz quedaban sofocados por gigantescos edificios industriales, que escupían negras columnas de inmundicia. La piedra azul se había vuelto piedra sucia. El aire mismo parecía caliente y grave: las diez mil exhalaciones por segundo de una ciudad que jadeaba para multiplicar su riqueza. Los árboles estaban grises y secos. No había un solo Animal a la vista.
Crage Hall parecía absurdamente más nuevo y a la vez más viejo. La Bruja decidió no importunar al portero y atravesó el muro volando, hasta el huerto donde tiempo atrás Boq había caído desde un tejado vecino, aterrizando casi en su regazo. La extensión de hierba que antes ocupaba el fondo del huerto había desaparecido y en su lugar se levantaba una estructura de piedra con relucientes puertas de poxita, sobre las cuales podía leerse: Conservatorio Sir Chuffrey y Lady Glinda de Artes Musicales y Escénicas.
Tres jovencitas bajaban a toda prisa por el sendero, charlando entre sí y apretando los libros contra el pecho. La Bruja se asustó, como si estuviera viendo los fantasmas de Nessarose, Glinda y ella misma. Tuvo que agarrarse al palo de la escoba y tranquilizarse. Todavía no había asimilado el largo camino recorrido ni lo mucho que había envejecido.
—Necesito ver a la directora —les dijo a las chicas, que se sobresaltaron.
Pero una de ellas recuperó su juvenil aplomo y le indicó el camino. El despacho de la directora estaba aún en el edificio principal.
—La encontrará —le aseguraron—. A esta hora de la mañana, siempre está en su despacho, tomando el té sola o con los benefactores del colegio.
«Tienen que estar muy relajadas las normas de seguridad, para que nadie cuestione mi presencia en el huerto —pensó la Bruja—. Mejor así. Quizá consiga escapar sin que me detengan.»
Ahora la directora tenía un secretario, un rotundo caballero maduro, con perilla.
—¿No tiene cita? —dijo—. Veré si está libre.
Al cabo de un momento, regresó y dijo:
—La señora directora la recibirá ahora. ¿Querrá dejar la escoba en el paragüero?
—¡Qué amable! Pero no, gracias —dijo la Bruja, y pasó al despacho.
La directora, que estaba sentada en un sillón de piel, se puso en pie. Ya no era la señora Morrible, sino una mujer menuda, pálida y rosada, de rizos cobrizos y gestos enérgicos.
—¿Me ha dicho su nombre? —preguntó amablemente—. Usted es una antigua alumna, pero yo soy nueva —rió de su comentario ingenioso, mientras la Bruja permanecía seria—, y me temo que aún no acabo de asimilarlo. Pero lo cierto es que todos los meses vuelven docenas de antiguas alumnas, para recordar los agradables momentos que vivieron aquí. Tenga la bondad de decirme su nombre y pediré que nos traigan el té.
Con cierto esfuerzo, la Bruja dijo:
—Cuando estaba aquí, hace más años de los que creía posibles, me llamaban señorita Elphaba. Pero no voy a tomar el té; no puedo quedarme mucho tiempo. Estaba mal informada. Venía a ver a la señora Morrible. ¿Sabe dónde puedo encontrarla?
—Bueno, ¿qué le parece? No sé si ha tenido buena o mala suerte —dijo la directora—. Hasta hace muy poco, la señora Morrible pasaba parte de cada semestre en la Ciudad Esmeralda, asesorando nada menos que a Su Alteza sobre políticas de educación en todos los Leales Territorios de Oz. Pero hace poco volvió a su apartamento en el edificio de la Decadencia, ¡oh, lo siento! Es una broma de las chicas y se me ha escapado. En realidad, es el edificio del Homenaje a la Docencia y ha sido financiado por las generosas hijas de Crage Hall, nuestras ex alumnas. El caso es que su salud se ha deteriorado y, aunque detesto dar malas noticias, temo que está muy próxima a su fin.
—Me encantaría pasar un momento a saludarla —dijo la Bruja.
El teatro nunca había sido su fuerte, y su actuación sólo resultó convincente porque la directora era joven, un poco tonta y bastante aniñada.
—Yo era una de sus alumnas favoritas —añadió—. Sería una sorpresa maravillosa.
—Llamaré a Grommetik para que la acompañe hasta allí —dijo la directora—. Pero antes habría que preguntarle a la enfermera si la señora Morrible está en condiciones de recibir visitas.
—No hace falta que llame a Grommetik, yo misma encontraré el camino. Hablaré con la enfermera y me quedaré sólo un momento. Después pasaré por aquí antes de irme, se lo prometo, y quizá encuentre la forma de hacer una contribución al fondo anual o a algún pequeño fondo para becas que esté preparando usted en este momento.
No recordaba ninguna otra vez que hubiera mentido en toda su vida.
* * *
La Decadencia era una ancha torre de base circular, semejante a un silo achaparrado, adyacente a la capilla donde se había celebrado el funeral del doctor Dillamond. Un limpiador que pasó cargado de cubos y escobas le indicó a la Bruja que la señora Morrible se alojaba un piso más arriba, detrás de la puerta con el estandarte del Mago.
Un minuto después, la Bruja estaba contemplando el estandarte: un globo aerostático del que colgaba una cesta, en conmemoración de su espectacular llegada a la Ciudad Esmeralda, y un par de sables cruzados más abajo. A unos metros de distancia, la figura parecía una enorme calavera, con la cesta haciendo las veces de mandíbula de siniestra sonrisa y los sables como dos tibias cruzadas. El picaporte cedió a la presión de la Bruja, que entró en el apartamento.
Había varias habitaciones, todas atestadas de recuerdos de la escuela y testimonios de aprecio de varias instituciones de la Ciudad Esmeralda, entre ellas, el palacio del Emperador. La Bruja atravesó una especie de salita, donde ardía un fuego pese a la estación calurosa, y una cocina con su despensa. A un costado había un retrete y la Bruja oyó el ruido de alguien que sollozaba y se sonaba la nariz en su interior. Empujó un aparador contra la puerta y siguió su camino hacia el dormitorio.
La señora Morrible estaba medio apuntalada para que permaneciera sentada en una cama enorme, con la forma de un pfénix. De la cabecera emergían la cabeza y el cuello de un pfénix dorado y los costados imitaban las alas del ave, cuyas patas se unían a los pies de la cama. Por lo visto, el concepto de las plumas de la cola había excedido al ingenio del ebanista, porque no se veían por ninguna parte. De hecho, la postura del ave resultaba extraña, como si un disparo de fusil la hubiese lanzado de espaldas por el aire, o como si se encontrara en pleno trabajo de parto, a la manera humana, para expulsar el voluminoso montón de carne sentado sobre su vientre y reclinado contra su pecho.
En el suelo había una pila de periódicos financieros y, encima, un par de gafas anticuadas. Pero el tiempo de la lectura había pasado.
La señora Morrible yacía convertida en un montículo gris, con las manos replegadas sobre el vientre y los ojos abiertos y vacíos, sin movimiento. Seguía pareciéndose en todo a una Carpa colosal, excepto en el olor a pescado. Una vela había sido encendida muy poco tiempo antes, y el olor sulfuroso de la cerilla aún impregnaba el ambiente.
La Bruja empuñó la escoba. De la otra habitación llegó el ruido de alguien que aporreaba la puerta del retrete.
—¿Creías que siempre estarías a salvo, escondida detrás de unas escolares? —dijo la Bruja fuera de sí, sin que ya le importara nada, mientras enarbolaba la escoba. Pero la señora Morrible era un cuerpo flojo e indiferente.
La Bruja golpeó de plano con la escoba a la señora Morrible, en las sienes y la cara, sin conseguir efecto alguno. Entonces fue a buscar a la repisa de la chimenea el trofeo conmemorativo con el pedestal de mármol más grande y lo usó para aplastar el cráneo de la señora Morrible, con ruido de leña partida.
Dejó el trofeo entre los brazos de la vieja, para que todos pudieran leer la inscripción, excepto el pfénix, que la vería del revés. EN RECONOCIMIENTO DE TODO LO QUE HA HECHO, decía.