ENFERMEDADES Y REMEDIOS
4
Durante días, Melena no pudo soportar la visión de la criatura. La cogía en brazos, como debe hacer una madre, y esperaba a que las aguas subterráneas del afecto materno la inundaran. No lloraba. Masticaba hojas de pinlóbulo, para alejarse flotando del desastre.
Era una niña. Melena practicaba la reconversión de su pensamiento cuando estaba sola. El bulto movedizo e infeliz no era un chico, ni era neutro; era una niña. Dormía, con el aspecto de un montón de hojas de col lavadas y puestas a escurrir sobre la mesa.
Presa del pánico, Melena escribió a Colwen Grounds para sacar a Nana de su retiro. Frex fue a recogerla en carro a la estación de Stonespar End. En el trayecto de regreso, Nana le preguntó qué problema había.
—¿Cuál es el problema?
Frex suspiró y pareció perderse en sus pensamientos. Nana se dio cuenta de que había elegido mal las palabras, haciendo que Frex se desviara del tema. El ministro empezó a mascullar algo muy general sobre la naturaleza del mal. La inexplicable ausencia del Dios Innominado había dejado un vacío, en el cual se precipitaba inevitablemente el veneno espiritual. Una vorágine.
—¡Me refiero al estado del bebé! —repuso Nana vigorosamente—. ¡No me hace falta saber del universo entero, sino de un solo niño, para poder ayudar! ¿Por qué me llama Melena a mí y no a su madre? ¿Por qué no ha escrito a su abuelo? ¡Es el Eminente Thropp, por todos los cielos! Melena no puede haber olvidado completamente sus obligaciones, ¿o quizá la vida en el campo es peor de lo que pensábamos?
—Es peor de lo que pensábamos —dijo Frex en tono sombrío—. El bebé… Será mejor que estés preparada, Nana, porque de lo contrario gritarás… El bebé tiene un fallo.
—¿Un fallo? —Nana apretó con fuerza el asa de su bolsa de viaje, mientras contemplaba los árboles de frutaperla de hojas rojizas que bordeaban el camino—. Frex, cuéntamelo todo.
—Es una niña —declaró Frex.
—Sí que es un fallo, en efecto —dijo Nana en tono burlón, aunque Frex, como de costumbre, no lo notó—. Bien, al menos el título familiar se conservará una generación más. ¿Tiene todas sus extremidades?
—Sí.
—¿Alguna más de las necesarias?
—¿No?
—¿Se agarra bien al pecho?
—No se lo permitimos. Tiene unos dientes fuera de lo común, Nana. Tiene dientes de tiburón o algo parecido.
—Bueno, no será el primer bebé que se cría con biberón o chupando un trapo, no te preocupes por eso.
—Su color no es normal —dijo Frex.
—¿Qué color no es normal?
Durante un instante, Frex sólo pudo menear la cabeza. Nana no le tenía simpatía, ni estaba dispuesta a tenérsela, pero se conmovió.
—No puede ser tan malo, Frex. Siempre hay una solución. Cuéntaselo a Nana.
—Esa cosa tiene la piel verde —dijo finalmente—. Verde como el musgo, Nana.
—¡Esa cosa! ¿Así hablas de la niña? ¡Es tu hija, por todos los cielos!
—No, por todos los cielos, no. —Frex comenzó a sollozar—. El cielo no ha tenido nada que ver en esto, Nana, y el cielo no lo aprueba. ¡Qué vamos a hacer!
—Calla. —Nana detestaba a los hombres llorones—. No puede ser tan malo como lo pintas. No hay una sola gota de sangre plebeya en las venas de Melena. Sea cual sea el mal, responderá al tratamiento de Nana. Confía en mí.
—Confiaba en el Dios Innominado —lloriqueó Frex.
—No siempre estamos en desacuerdo, Dios y yo —dijo Nana. Sabía que era una blasfemia, pero no pudo resistirse al sarcasmo, aprovechando que Frex tenía la guardia baja—. Pero no te preocupes, no le diré una palabra a la familia de Melena. Lo solucionaremos todo en un abrir y cerrar de ojos, sin que nadie tenga que enterarse. ¿Tiene nombre el bebé?
—Elphaba —dijo él.
—¿Por santa Aelphaba de la Cascada?
—Así es.
—Un buen nombre antiguo. La llamaréis con el apodo corriente de Fabala, imagino.
—¿Quién puede saber si vivirá el tiempo suficiente como para que tenga un apodo?
Por su tono de voz, se hubiese dicho que Frex deseaba que así fuera.
—Interesante paisaje. ¿Estamos ya en Wend Hardings? —preguntó Nana, cambiando de tema.
Pero Frex se había replegado sobre sí mismo y apenas se preocupaba por guiar a los caballos por la senda correcta. La comarca era sucia, deprimida y estaba plagada de campesinos. Nana empezó a desear no haber salido con su mejor traje de viaje. Los salteadores de caminos esperarían que una señora madura de aspecto tan refinado llevara oro encima, y no se equivocarían, porque Nana lucía una jarretera de oro robada años atrás del tocador de su señora. ¡Qué humillación, si la jarretera acababa apareciendo tantos años después sobre el muslo bien torneado aunque envejecido de Nana! Pero sus temores eran infundados, porque el carro llegó sin incidentes al patio de la cabaña del clérigo.
—Déjame que vea primero a la niña —dijo Nana—. Será más sencillo y menos arduo para Melena si sé lo que tenemos entre manos.
Fue fácil complacerla, porque Melena estaba fuera de combate gracias a las hojas de pinlóbulo, mientras que el bebé gemía suavemente en su capazo.
Nana acercó una silla, para no hacerse daño si caía redonda de la impresión.
—Frex, pon el capazo en el suelo, para que pueda mirar en su interior.
Frex obedeció y después fue a devolver el carro y los caballos a Bfee, que casi nunca los necesitaba para sus tareas de alcalde, pero los prestaba para ganar así un pequeño capital político.
El bebé estaba envuelto en lienzos, según pudo ver Nana, y su boca y sus orejas estaban sujetas con una tira de tela. La nariz parecía un champiñón malo, asomando en busca de aire, y tenía los ojos abiertos.
Nana se acercó un poco más. La niña no tenía ni tres semanas. Sin embargo, mientras Nana se movía de un lado a otro, contemplando el perfil de su frente desde diferentes ángulos para juzgar la forma de su mente, los ojos de la pequeña la seguían, yendo y viniendo tras ella. Eran castaños y profundos, del color de la tierra vuelta con motas de mica. Había una red de frágiles líneas rojas en cada suave ángulo de unión de los párpados, como si la niña hubiese hecho reventar los hilos de la sangre por el agotamiento de mirar y comprender.
Y la piel, sí, en efecto, la piel era verde como el pecado. No era un color feo, pensó Nana. Sólo que no era un color humano.
Alargó la mano y recorrió con un dedo la mejilla del bebé. La niña se sobresaltó y arqueó la espina dorsal, y el envoltorio que tan firmemente le habían ajustado del cuello a los pies se rajó como el tegumento de una semilla. Nana apretó los dientes, decidida a no acobardarse. La niña se había desnudado del esternón hasta las ingles, y la piel de su pecho era del mismo color extraño.
—¿Habéis tocado a esta niña aunque sea una sola vez, vosotros dos? —murmuró Nana.
Puso la palma sobre el palpitante pecho de la pequeña, con los dedos cubriendo sus pezones casi invisibles, y después deslizó la mano hacia abajo, para comprobar el estado de los órganos inferiores. Aunque sucia y mojada, la pequeña estaba conformada según el diseño normal. La piel era el mismo milagro de flexible suavidad que había sido la de Melena cuando era niña.
—Ven con Nana, cosita horrenda —dijo Nana, inclinándose para levantar a la niña, sucia como estaba.
El bebé se giró para evitar el contacto y, al hacerlo, se golpeó lo; cabeza con el borde de mimbre del capazo.
—Veo que has estado bailando en el vientre de tu madre —dijo Nana—. Me pregunto de quién sería la música. ¡Qué músculos tan desarrollados! No, no vas a escaparte de mí. Ven aquí, pequeño demonio. A Nana no le importa. A Nana le gustas.
Estaba mintiendo como una marrana, pero ella, a diferencia de Frex, creía que el cielo aprobaba algunas mentiras.
De modo que levantó a Elphaba y la colocó en su regazo. Allí se quedó Nana esperando, canturreando por lo bajo y desviando la vista de vez en cuando hacia la ventana, para reponerse y no vomitar. Le frotó la barriguita a la niña, para calmarla, pero no había manera de serenarla, al menos de momento.
Melena se irguió sobre los codos, hacia el final de la tarde, cuando Nana le llevó una bandeja con pan y té.
—Me he instalado como en mi casa —dijo Nana— y me he hecho amiga de tu preciosa chiquitina. Ahora vuelve en ti, cariño, y deja que te dé un beso.
—¡Oh, Nana! —exclamó Melena dejándose mimar—. Gracias por venir. ¿Has visto al monstruito?
—Es adorable —replicó Nana.
—No mientas y no seas blanda —dijo Melena—. Si quieres ayudar, tienes que ser sincera.
—Si quiero ayudar, «tú» tienes que ser sincera —repuso Nana—. No es preciso que entremos en eso ahora, pero tendré que saberlo todo, corazón mío. Así podremos decidir lo que hay que hacer.
Bebieron su té, y como Elphaba se había quedado dormida, se sintieron por unos instantes como en los viejos tiempos en Colwen Grounds, cuando Melena volvía a casa tras sus paseos vespertinos con jóvenes de la burguesía emergente y alardeaba ante Nana de la varonil belleza de sus acompañantes, como si ella no se hubiese fijado.
Con el transcurso de las semanas, Nana advirtió que había en efecto varias cosas perturbadoras respecto al bebé.
Por ejemplo, cuando intentó quitarle los vendajes que la sujetaban, Elphaba pareció dispuesta a arrancarse sus propias manos a mordiscos, y verdaderamente eran monstruosos los dientes en el interior de su linda boquita de labios finos. Habría sido capaz de atravesar el capazo a bocados si la hubiesen dejado suelta. Se volvió contra su propio hombro y se lo despellejó por completo. Parecía como si se estuviera asfixiando.
—¿No podemos llevarla a un barbero para que le saque los dientes? —preguntó Nana—. Al menos, hasta que aprenda a controlarse.
—Debes de haber perdido el juicio —replicó Melena—. Todo el valle se enteraría de que la bestezuela es verde. Le mantendremos atada la mandíbula hasta que resolvamos el problema de la piel.
—¿Cómo es posible que haya salido verde? —preguntó Nana estúpidamente, porque Melena palideció, Frex se sonrojó y la niña contuvo la respiración, como si quisiera volverse azul para complacerlos. Nana tuvo que darle una palmada para que volviera a respirar.
Nana entrevistó a Frex fuera, en el patio. Tras el doble golpe del nacimiento y de su bochorno público, aún no estaba preparado para atender sus obligaciones profesionales, y pasaba el rato tallando cuentas de rosario en madera de roble, haciéndoles muescas e inscribiéndoles los emblemas del Dios Innominado. Nana dejó a Elphaba en lo más profundo de la casa (tenía un temor irracional a que el bebé la oyera o, peor aún, a que la comprendiera) y se sentó fuera, a vaciar una calabaza para la cena.
—Supongo que no tendrás a nadie verde entre tus antepasados, ¿verdad, Frex? —empezó, plenamente consciente de que el poderoso abuelo de Melena habría comprobado ese extremo antes de dejar que su nieta se casara con un clérigo unionista, ¡entre todos los buenos partidos que tenía!
—Nuestra familia no se distingue por su riqueza, ni por su poder terrenal —dijo Frex, que por una vez no pareció ofendido—. Pero yo desciendo de una línea directa de seis ministros de la Iglesia, de padre a hijo. Estamos tan bien considerados en los círculos espirituales como la familia de Melena en los salones y en la corte de Ozma. Y no, no hay nadie verde, por ninguna parte. Nunca había oído nada semejante en ninguna familia.
Nana asintió con la cabeza y dijo:
—Bien, de acuerdo, sólo preguntaba. Ya sé que eres más bueno que los trasgos mártires.
—Pero, Nana —dijo Frex humildemente—, creo que soy la causa de lo sucedido. Tuve un lapsus el día del nacimiento: anuncié que el diablo venía en camino. Me refería al Reloj del Dragón del Tiempo. Pero ¿no será que mis palabras abrieron una ventana para el demonio…?
—¡La niña no es ningún demonio! —lo interrumpió Nana. Tampoco ningún ángel, pensó, pero se guardó de decirlo.
—Por otro lado —prosiguió Frex, en tono más seguro—, quizá fuese Melena quien la maldijo, accidentalmente. Ella interpretó mal mi comentario y se echó a llorar. Quizá abrió en su interior una ventana por la que se introdujo un espíritu vagabundo y coloreó a la niña.
—¿El mismo día de su nacimiento? —replicó Nana—. ¡Qué espíritu tan habilidoso! ¿Es tanta tu piedad que atraes a los mejores y más poderosos entre todos los Espíritus de Aberración?
Frex se encogió de hombros. Unas semanas antes habría asentido, pero su confianza se había resentido después de su abyecto fracaso en Rush Margins. No se atrevía a sugerir lo que temía: la anomalía de la niña era un castigo por su incapacidad para mantener a su rebaño apartado de la fe del placer.
—Bien… —dijo Nana con sentido práctico—. Si la mercancía se ha dañado por culpa de una maldición, ¿qué puede reparar el mal?
—Un exorcismo —respondió Frex.
—¿Estás facultado para hacerlo?
—Si consigo cambiarla, sabremos que lo estoy —repuso Frex.
Ahora que tenía una meta, su ánimo mejoró. Dedicaría varios días a ayunar, repasar sus plegarias y reunir los suministros necesarios para el arcano ritual.
Cuando Frex salió al bosque, mientras Elphaba dormía la siesta, Nana se sentó al borde del duro colchón de matrimonio de Melena.
—Frex se pregunta si su predicción de que venía el demonio no habrá causado que se abriera una ventana en tu interior, dejando que se colara un diablillo que estropeó a la niña —dijo Nana, mientras confeccionaba una orla de encaje a ganchillo. Nunca había destacado en las labores repetitivas, pero le gustaba manipular la aguja de marfil pulido—. Me pregunto si no habrás abierto tú otra ventana.
Melena, aturdida como de costumbre por las hojas de pinlóbulo, arqueó confusa una ceja.
—¿Te has acostado con alguien que no fuera Frex? —preguntó Nana.
—¿Estás loca? —replicó Melena.
—Te conozco, corazoncito —dijo Nana—. No estoy diciendo que no seas una buena esposa. Pero cuando tenías a los chicos zumbando a tu alrededor en el huerto de tus padres, te cambiabas la ropa interior perfumada más de una vez al día. Eras libidinosa y furtiva, y no se te daba mal. No te lo reprocho. Pero no vengas a decirme que tus apetitos no estaban bien desarrollados.
Melena sepultó la cara en la almohada.
—¡Ay, qué tiempos! —gimió—. No es que no quiera a Frex, ¡pero detesto ser mejor que esos campesinos idiotas!
—Bueno, ahora que esta niña verde te rebaja a su nivel, deberías estar contenta —dijo Nana maliciosamente.
—Yo amo a Frex, Nana, ¡pero me deja sola con tanta frecuencia! ¡Mataría por un calderero que pasara y me vendiera algo más que una cafetera de hojalata! ¡Pagaría por alguien menos espiritual y más imaginativo!
—Eso es el futuro. Yo te estoy hablando del pasado. El pasado reciente. Desde tu matrimonio.
Pero la expresión de Melena era vaga e indistinta. Asintió, se encogió de hombros y meneó la cabeza.
—Lo más obvio sería un elfo —dijo Nana.
—¡Yo jamás me acostaría con un elfo! —chilló Melena.
—Ni yo —dijo Nana—, pero el verde me hace dudar. ¿Hay elfos en los alrededores?
—Hay un tropel de elfos arborícolas, en algún lugar del otro lado de la colina; pero son más estúpidos, si cabe, que los probos ciudadanos de Rush Margins. De verdad, Nana, nunca he visto uno, o sólo de lejos. La idea es repulsiva. Los elfos se ríen de cualquier cosa, ¿sabes? Si uno de ellos se cae de un roble y se aplasta el cráneo como un nabo podrido, los demás se reúnen a su alrededor y se carcajean. Es insultante solamente que lo sugieras.
—Pues vete acostumbrando, por si no logramos salir de este atolladero.
—Bien, la respuesta es «no».
—Entonces, otro. Alguien suficientemente apuesto por fuera, pero con algún germen por dentro que quizá te ha contagiado.
Melena pareció conmocionada. No había pensado en su propia salud desde el nacimiento de Elphaba. ¿Correría «ella» algún peligro?
—Dime la verdad —dijo Nana—. Tenemos que conocerla.
—La verdad —repitió Melena en tono distante—. Verás, es imposible de conocer.
—¿Qué intentas decir?
—No conozco la respuesta a tu pregunta.
Melena se lo explicó. Sí, en efecto, la cabaña estaba lejos de las rutas más transitadas y ella sólo intercambiaba los saludos más lacónicos con los granjeros, los pescadores y los otros borricos. Pero en las montañas y los bosques se adentraban más viajeros de lo que Nana creía. Muchas veces Melena había estado lánguida y sola, mientras Frex estaba fuera predicando, y había encontrado consuelo ofreciendo a un caminante una comida sencilla y una conversación alegre.
—¿Y algo más?
Melena masculló que en aquellos días aburridos había cogido la costumbre de masticar hojas de pinlóbulo. Cuando por fin se despertaba, ya fuera porque se estaba poniendo el sol o porque Frex la miraba con el ceño fruncido o sonriendo, recordaba muy poca cosa.
—¿Quieres decir que te has permitido el capricho de cometer adulterio y ni siquiera te queda el beneficio de unos recuerdos buenos y jugosos? —Nana estaba escandalizada.
—¡No sé si lo he hecho! —protestó Melena—. No lo haría por voluntad propia, a menos que no estuviera del todo en mis cabales. Pero recuerdo que una vez un calderero de acento extraño me dio un trago de una bebida fuerte que llevaba en un frasco de vidrio verde. Y, ¿sabes, Nana?, tuve curiosos y expansivos sueños sobre la Otra Tierra, ciudades de cristal y humo, ruido y color… Intenté recordarlos.
—Eso significa que muy bien pudiste ser violada por elfos. ¿No se alegraría tu abuelo de ver lo bien que te cuida Frex?
—¡Basta! —gritó Melena.
—Pues muy bien, ¡yo no sé lo que hay que hacer! —Finalmente, Nana perdió los estribos—. ¡Sois todos unos irresponsables! Si no eres capaz de recordar si has quebrantado o no tus votos de matrimonio, deberías dejar de actuar como una santa ofendida.
—Aún podemos ahogar a la niña y empezar de nuevo.
—Bien, intenta ahogarla —masculló Nana—. Me compadezco del pobre lago que se vea en el brete de recibirla.
Más tarde, Nana examinó la pequeña colección de medicinas de Melena: hierbas, gotas, raíces, aguardiente, hojas… Estaba preguntándose, sin demasiada esperanza, si podría inventar alguna cosa que blanqueara la piel de la niña. Al fondo de la alacena, Nana encontró el frasco de vidrio verde mencionado por Melena. Había poca luz y su vista era débil, pero pudo distinguir las palabras «elixir milagroso» sobre un trozo de papel pegado por delante.
Aunque tenía una facilidad innata para curar, Nana no pudo confeccionar una poción que alterara la piel. Bañar a la niña en leche de vaca tampoco sirvió para que la piel se le volviera blanca. Pero la niña no se dejaba meter en una palangana de agua del lago; se retorcía como un gato despavorido. Nana siguió con la leche de vaca, que le dejaba un tufo horrendo si no la frotaba concienzudamente con un paño.
Frex organizó un exorcismo, con cirios e himnos. Nana observaba de lejos. El hombre tenía los ojos brillantes y transpiraba por el esfuerzo, aunque las mañanas eran cada vez más frías. Elphaba dormía dentro de su faja, en medio de la alfombra, ajena al sacramento.
No sucedió nada. Frex se derrumbó, exhausto y agotado, y se puso a acunar a su hija verde, como abrazando finalmente la prueba de algún pecado secreto. La expresión de Melena se endureció.
Sólo quedaba una cosa por intentar. Nana reunió valor para sacar el tema cuando ya estaba próxima a regresar a Colwen Grounds.
—Ya vemos que los remedios de campesinos no funcionan —dijo—, y que la intercesión espiritual ha fallado. ¿Tenéis coraje para pensar en la hechicería? ¿Hay algún lugareño que pueda extirparle a la niña el veneno verde?
Frex se puso de pie y la emprendió a golpes con Nana, blandiendo los puños. Nana se cayó para atrás de la silla y Melena se puso a saltar en la suya, gritando.
—¿Cómo te atreves? —gritó Frex—. ¡En esta casa! ¿No es esta niña verde suficiente afrenta? La hechicería es el refugio de los que carecen de moral. ¡Cuando no es charlatanería lisa y llana, es maldad peligrosa! ¡Contratos con los demonios!
—¡Oh, válgame el cielo! Tú, el hombre bueno, el perfecto, ¿no sabes que el fuego se combate con fuego?
—Nana, ya basta —dijo Melena.
—¡Pegarle a una anciana débil que sólo pretende ayudar! —se quejó Nana, herida.
A la mañana siguiente, Nana hizo la maleta. Ya no le quedaba nada más que hacer y no estaba dispuesta a compartir el resto de su vida con un ermitaño fanático y una niña estragada, ni siquiera por Melena.
Frex la condujo en el carro a la posada en Stonespar End, para esperar la diligencia que la llevaría a casa. Por lo que Nana sabía, Melena podía seguir aún con la idea de matar a la niña, pero lo dudaba. Nana apretó la maleta contra su pecho generoso, temerosa de los bandidos. En su interior había escondido su jarretera de oro (siempre podía aducir que se la habían metido allí sin su conocimiento, mientras que habría sido más difícil alegar que se la habían plantado en la pierna en idénticas circunstancias). También había escamoteado la aguja de marfil de hacer ganchillo, tres de las cuentas para rosarios que fabricaba Frex, porque le gustaban los grabados, y la bonita botella de vidrio verde que se había dejado algún vendedor ambulante que iba ofreciendo, al parecer, sueños, pasión y somnolencia.
No sabía qué pensar. ¿Sería Elphaba la semilla del diablo? ¿Sería medio elfa? ¿Sería un castigo por el fracaso de su padre como predicador, o por la dudosa moral y la mala memoria de su madre? Nana sabía que su visión del mundo era brumosa y caótica, plagada de demonios, fe ciega y creencias populares. Sin embargo, no escapaba de su atención el hecho de que tanto Melena como Frex habían creído incuestionablemente que iban a tener un niño. Frex era el séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón y, para completar esa potente ecuación, era descendiente de seis clérigos, uno tras otro. ¿Qué niño, cualquiera que fuera su sexo, se habría atrevido a continuar un linaje tan auspicioso?
Quizá la pequeña Elphaba había elegido su sexo y su color —pensó Nana—, ¡y al diablo con sus padres!