5
Los últimos meses Constança Clavé había perdido peso. Ya hacía semanas que Eulària le recriminaba su aspecto tan poco saludable, pero cuando guardaron la pesada ropa de invierno en el armario la criada puso el grito en el cielo.
—Pero, señorita, ¡si caben dos como vos en el vestido del verano pasado!
—¿No crees que te estás pasando? ¡Mira que eres exagerada! ¡Ajusta un poco más el corsé y listos!
—Todo os queda holgado… —rezongaba la mujer mientras, con grandes aspavientos, sacudía las faldas como si fueran sacos—. ¡Ay, señorita! Si no os cuidáis, caeréis enferma.
—Y tú me harás sopa de tortuga —dijo Constança, divertida.
—No bromeéis con estas cosas, que son muy importantes y no les prestamos atención hasta que dejamos de sentirnos bien. Ahora sois joven y el cuerpo lo aguanta todo, pero…
—¡De acuerdo, de acuerdo!
—¡Hacedme caso! Deberíais comer más. No todo es trabajar, y vos no paráis. Además… —añadió con voz más baja, como quien no se atreve— también deberíais descansar por las noches.
A Eulària no le pasaban por alto las idas y venidas de Constança. Siempre que oía el chirrido de su puerta, se arrodillaba delante de la Virgen para pedirle que la protegiera, y no dormía tranquila hasta saber que volvía a estar en su cuarto. Sin duda, no le podía ahorrar los quebraderos de cabeza que la consumían. La presencia de Àgueda y el abandono de aquella primera amante de Monsieur Plaisir penando por los pasillos eran una prueba irrefutable de ello. Después vinieron otras y la historia se repitió a lo largo de los años. Todas eran jóvenes y bellas, a veces extranjeras, de las cuales hacía tiempo que no había noticias, y si había la sirvienta habría preferido no conocerlas.
Monsieur Plaisir era así, veleidoso e inconstante. No renunciaba a ninguno de sus caprichos y no le agradaban los compromisos a largo plazo.
—¡Eulària, que no es el fin del mundo! ¡Quita esa cara de pocos amigos! Venga, vamos, no te aflijas. ¡Comeré más, te lo prometo! ¿Sabes qué podemos hacer?
—No, señorita —respondió la sirvienta intentando alejar de su cabeza aquellas cábalas.
—¡Saldremos a comprar y me haré coser vestidos nuevos! Iremos a las tiendas de Portaferrissa, delante del callejón de Perot lo Lladre. Me han dicho que tienen unas indianas preciosas. ¿Verdad que me acompañarás?
—Señorita, yo…
—¡No se hable más! ¡Hoy me he levantado contenta!
—Y yo me alegro.
—¿No me preguntas por qué?
—Ya sabéis que…
—… que no debes meterte donde no te llaman. Me lo dices muchas veces, pero una cosa es lo que dices y otra muy diferente lo que haces —dijo Constança mientras le guiñaba el ojo—. No te lo tomes a mal, que sé que te preocupas por mí, y yo te lo agradezco. Pero ¡hoy nada de sermones, no quiero que nada ni nadie me amargue el día, he quedado con Rita y Ventura!
—¿Con vuestro abuelo?
—Bueno, llamémoslo así. Iremos a dar una vuelta y tomar un refresco. Hace mucho que no paseo por la ciudad, todo el mundo dice que se hacen casas nuevas, ¡cada una más bonita y lujosa que la otra!
—¿Os pondréis el vestido verde, pues?
—No, Eulària. Hoy llevaré el de algodón a rayas, es más discreto. Hemos quedado en encontrarnos a medio camino, en una pequeña lechería que hay junto a la plaza de Sant Jaume. Rita dice que hacen una cuajada deliciosa.
—¿Acaso queréis pedir prestada la receta? —dijo Eulària con picardía.
Ambas mujeres rieron un rato, y mientras la sirvienta le cepillaba con dificultad los rizos de su cabellera oscura, Constança le siguió explicando todo lo que había averiguado de aquel manjar.
—Según he podido saber, lo llaman requesón de monja, porque la abuela del viejo Quimet Pujol, el propietario, se la inventó.
—¿Y qué tiene que ver con las monjas?
—¡Aún no he acabado, mujer! La abuela de Pujol era portera de un convento extramuros. La portería estaba al lado mismo de la entrada principal, y entonces se le ocurrió poner unas mesitas y ofrecer bebidas y meriendas los días festivos. No tenía demasiadas cosas, solo lo que ella sabía hacer, horchata, jarabe, requesón y crema. Y ya lo ves, ¡tan famosas se hicieron sus recetas que pusieron una lechería!
Eulària no siempre seguía con detalle las explicaciones de Constança, pero le gustaba observar cómo gesticulaba con las manos y cómo, al hablar según de qué o de quién, sus ojos azules brillaban como aguamarina. En el espejo donde se reflejaba la imagen de ambas destacaba el amuleto del cuello de la joven, que era como una amapola sobre la tersa piel blanca. A menudo la joven cocinera repasaba sus contornos con delicadeza y, al hacerlo, su rostro adquiría un rictus de añoranza.
El encuentro con Ventura y Rita fue muy emotivo. Él estaba más encorvado, y a la muchacha la encontró un poco más alta. Como las tres únicas mesitas del pequeño establecimiento estaban ocupadas, esperaron de pie un rato. En uno de los taburetes había una mujer gorda de piel rojiza y pómulos altos que ya se había zampado dos tacitas de chocolate y aún no parecía satisfecha. Rita la miraba con los ojos abiertos como platos.
—¡Si pide otra, reventará!
El tiempo fue pasando entre risas, hasta que aquella mujerona se sintió observada. Quizá se molestó por algún comentario, porque se marchó rumiando en voz baja vete a saber qué.
El patrón del establecimiento les comentó que, si todo iba como hasta entonces, pensaban trasladarse a un local más grande en la calle Quintana. Luego preguntó qué podía servirles y exclamó:
—¡Más cucharitas!
Como no podía ser de otra manera, Constança quiso probar el requesón. No consiguió la receta, pero el sabor de la leche de almendras era inconfundible.
—Almidón, azúcar…
—¿Qué dices, Constança? —preguntó Ventura.
—Intento adivinar las proporciones —dijo con la boca llena, degustando aquel manjar blanco que habían servido en un molde con forma de pecho.
—¡Seguro que tú lo haces tan bien o mejor! ¡Va, explícanos cosas de ese grupo de damas distinguidas para las que cocináis! ¿Cómo van vestidas? Debes de oír muchos chismes, ¿no? ¿Cómo son sus casas?
Rita hacía una pregunta tras otra, quería saber todos los detalles. Constança trataba de complacerla, pero no siempre le era posible y, cuanto más preguntaba la chica, más incómoda se sentía.
—Debes entenderlo, mi lugar es la cocina. Todas ellas tienen cocinas enormes, con verdaderas colecciones de cazuelas de cobre y vajillas de porcelana fina. Todo lo que puedas imaginar, con cualquier ingrediente a tu alcance… Pero no creas que cada mañana vamos a una casa diferente. Depende mucho de las festividades, de los santos o las celebraciones personales. A pesar de todo, en la calle Carbassa se trabaja siempre, se debe tener todo a punto porque a veces los encargos surgen de un día para otro.
—¡Y cuando sales a saludarlas, qué emoción!
Constança no respondió enseguida, pues mentir no se le daba nada bien.
—¡Oh, sí! Claro.
—¿Te llaman señorita?
—¡Rita, me estás apabullando! Yo qué sé cómo me llaman o me dejan de llamar, lo más importante es que les guste lo que cocinamos y que recomienden la cocina de Monsieur Plaisir a sus conocidos. A menudo ni las veo llegar, y cuando hemos terminado ya no queda ni un alma.
—Debes pensar que me meto donde no me llaman, pero ¿te haces valer lo suficiente, Constança? —preguntó Ventura.
—¿Qué queréis decir? —respondió la chica con gesto serio.
—No te lo tomes a mal, pero ¿no sería bueno que te conocieran? La gente importante, quiero decir…
El discurso de Constança fue subiendo de tono a medida que intentaba disculpar el comportamiento de Monsieur Plaisir, su protector. Según dijo, era el anfitrión perfecto y formaban un gran equipo. Si no hubiera sido por él, aún viviría en el palomar y vestiría como una pordiosera.
Comentó sus maneras exquisitas, tan alejadas de las habituales en los hombres. Pero con aquellas últimas palabras el recuerdo de Rafel la traicionó. A regañadientes, se impuso su figura de espaldas anchas y brazos musculosos, el olor penetrante, las manos ásperas por el frío, el viento y el esfuerzo, quizá por haber cogido la vida contracorriente. Cuanto más luchaba por retomar el control de la situación, más intenso era el calor que enrojecía sus mejillas.
Finalmente, puso cara de circunstancias y, con una media sonrisa, se entretuvo jugando con su amuleto.
—¿No será que te gusta ese cocinero afrancesado?
—¡No digas tonterías, Rita! Es… es un libertino, un egoísta, un presuntuoso…
Constança se calló de golpe. Había subido demasiado la voz, y los demás clientes la estaban mirando. Se había ido de la lengua sin ningún cuidado y no sabía cómo desdecirse. Consciente del mal trago que pasaba la joven, Ventura intervino:
—Dicen que Manuel de Amat, que durante años ha sido virrey del Perú, vuelve de Lima para establecerse en Barcelona. El palacio que se ha hecho construir en la Rambla ya está muy avanzado, pero de momento es muy probable que se instale en su casa de campo, cerca de Gràcia. Tu padre lo sirvió muchos años. De hecho, te ha visto crecer en su casa, y tenías la confianza de su cocinero. Quizá podrías presentarte ante él —dijo.
—Antes volvería a trajinar agua de la fuente o… No me habléis de ese hombre, os lo ruego. Si no os molesta, preferiría ir a dar una vuelta. ¡Aquí hace mucho calor! —Lo dijo mientras desplegaba un abanico, del mismo color del vestido y decorado con figuras de pájaros; lejos de cualquier altivez, solo intentaba apaciguar aquel molesto sofoco.
Constança, con Ventura a un lado y Rita al otro, tomó por la calle de la Boqueria en dirección a la Rambla. Durante el trayecto hablaron de cosas banales, cotilleos oídos en la droguería; también de la frágil salud de Vicenta, que se veía obligada a guardar cama cada dos por tres. Pero hubo un momento en que las palabras se perdieron entre el ruido y el polvo.
A pocos pasos de donde estaban se estaba derribando el portal de la Boqueria. No resultaba nada fácil hacer desaparecer una construcción tan firme y, de vez en cuando, se hacía a golpe de barreno. Dado el peligro que suponían las montañas de piedra que se apilaban delante, y para evitar desgracias, solo dejaban pasar a la gente y los coches por delante del campanario del Pi o por la calle de la Claveguera.
A pesar de todas las precauciones, era imposible controlar la muchedumbre de fisgones que se daban cita allí. Las mujeres no se ponían de acuerdo sobre las ventajas e inconvenientes de trasladar las carnicerías a la Rambla, junto al huerto del convento de Sant Josep. Sin embargo, unos y otros hacían pronósticos sobre el próximo destino de la piedra de la pequeña capilla que había coronado el portal. Se comentaba que los frailes trinitarios descalzos la habían comprado por ciento cincuenta libras. También la imagen de la Virgen Santísima de Montcada, que había presidido el altar, sería trasladada a la iglesia del Pi. A distancia, algunas mujeres mayores se hacían la señal de la cruz y los granujas saltaban sobre las ruinas.
Constança tuvo la sensación de que el mundo, como ella misma, cambiaba irremediablemente. Una lágrima le resbaló por la mejilla. La recogió con diligencia.
—Es este maldito polvo —se apresuró a comentar, mientras fingía una tos que diera veracidad a su presunto malestar.
Ya hacía tiempo que tenía noticia de ello, pero con el encargo en casa de Margarita de Acevedo había llegado uno de los momentos más temidos por Constança. Para enfrentarse a ella necesitaba valor, y la conversación mantenida con Ventura y Rita la había dejado confusa, con mal sabor de boca. Como si la hubieran puesto ante un espejo sin más opción que encararse con la realidad, una realidad que no quería aceptar.
Por unos momentos estuvo tentada de fingir una indisposición de última hora, cualquier excusa para no ir a casa de Margarita, pero nunca se podría perdonar semejante acto de cobardía. Se animaba pensando que solo sería una comida frugal, que terminaría pronto; sería su particular manera de rendir tributo al difunto Joaquín de Acevedo, muerto de manera repentina el invierno anterior. De hecho, aunque nunca había sido santo de su devoción, él se había avenido a llevarla bajo su custodia en aquel largo viaje desde Lima.
Hacía rato que Monsieur Plaisir se había adelantado para hacer los honores a aquella nueva dama de la nobleza barcelonesa. Constança bregaba con los criados, les daba las últimas órdenes y estaba pendiente de transportar todo lo necesario y disponerlo en el carruaje que utilizaban para esos menesteres. La acompañarían la subcocinera y dos ayudantes.
—Maria, tú comenzarás a preparar el chocolate. Teresa, al llegar quiero que pongas a refrescar la limonada y, después, ayuda a Ignasia a hacer los buñuelos y las rosquillas. ¿La masa está a punto? ¿Vamos bien de tiempo? No quiero sorpresas. Es importante que todo quede dispuesto sobre la mesa de la cocina, el orden nos facilitará mucho la faena. ¿Entendido?
Las mujeres asintieron con la cabeza y comprobaron que todos los ingredientes estuvieran a punto.
—¡No os olvidéis de los melindros! —añadió por último.
Constança se ocupó personalmente del traslado en un bol de cobre de las naranjitas chinas confitadas. Su elaboración requería tiempo y paciencia, y por eso hacía tres semanas que trabajaba en ellas. Se pelaban y troceaban para ponerlas ocho días en agua con sal y ocho días más en agua clara, cambiándola dos veces al día. Después se hervían en azúcar clarificado a punto de hebra floja y se repetía la operación cada tres o cuatro días, hasta que la fruta adquiriera el color del azúcar. Eso sí, siempre a fuego lento, dejándolo hervir entre ceniza y rescoldo. Solo entonces se ponían en azúcar a punto de perla, para comprobar después con la aguja que ya estaban a punto.
Las miró satisfecha, daban gusto de verdad. Aquel color brillante e intenso le hacía recordar el espectáculo de los ocasos en medio del Gran Mar, cuando el sol se iba deshaciendo en el agua. Nunca había vuelto a sentir aquella sensación de verse rodeada de horizonte.
—Señorita Constança, el arriero pregunta si tenemos que cargar alguna otra cosa.
—Lo siento, me he entretenido. No es necesario, ya podemos marcharnos.
El trayecto entre las dos casas era corto, solo las separaban un par de calles. Las mujeres que acompañaban a Constança comentaban cómo, en poco tiempo, aquella antigua arteria de la ciudad se había convertido en una zona muy apreciada, donde algunas familias acomodadas habían apostado por construir sus mansiones. La casa de la viuda De Acevedo estaba junto al palacio de Sessa-Larrard, y ya se remataban los últimos detalles de la celebración. Desde el carro se podía admirar la suntuosidad del edificio, aquel enorme portal flanqueado por pilastras y capiteles que sostenían el balcón principal, y las gárgolas con caras grotescas. De su boca salían trompetas de cobre como si fueran los florones de una corona.
—¡Qué lujo! —exclamó Ignasia.
—Dicen que la ha hecho construir el virrey de Cataluña, el duque de Sessa —comentó Teresa.
—Esta gente está podrida en dinero. ¡Unos tanto y otros tan poco! —añadió Maria.
—¡Dejaos de chácharas y a trabajar!
Constança no estaba para monsergas. Inquieta, atravesó la magnífica baranda de forja que daba paso al interior de la casa. Dos sirvientas las acompañaron hasta la espaciosa cocina situada en la planta baja; era una de las estancias que rodeaban el patio central con escalinata.
Los músicos que iban a interpretar un concierto sacro se preparaban cerca de allí. De vez en cuando se oía afinar un violín. Pero, salvo el sonido de los instrumentos y del agua que brotaba de la fuente de algún jardín, el silencio era absoluto. Tampoco había rastro de Monsieur Plaisir. Constança supervisaba cada movimiento, y el servicio de la casa también se puso a sus órdenes. Para servir el chocolate le trajeron unas tacitas finamente decoradas, similares a porcelanas chinas.
—Son de importación italiana.
Aquella voz salida de la nada sorprendió a Constança. Bajo el dintel de la puerta, un joven ataviado con una casaca gris de lino, chaleco de seda bordada y camisa blanca sonreía altivo.
—Pedro… —musitó la joven cocinera.
—No sé por qué te extrañas, esta es mi casa —repuso él mientras abría los brazos ampliamente para mostrar todo lo que los rodeaba.
—Claro. Pero si no te molesta, tengo mucha faena —replicó ella con tono resuelto.
—¡Porque quieres! Podrías haber sido más amable conmigo, y quizás ahora no te verías en esta situación. De todos modos, no hay nada que no se pueda arreglar, salvo la muerte.
Constança hizo un esfuerzo para no ceder a sus provocaciones. Aquel chico presuntuoso la sacaba de sus casillas. Fingiendo una calma que estaba lejos de sentir, fue disponiendo las cucharitas de plata sobre las tacitas, y también colocó la vajilla inglesa, donde servirían los buñuelos, las rosquillas, los melindros y las naranjas confitadas.
—Veo que aún llevas ese trasto colgado del cuello —observó Pedro alargando la mano.
—¡No lo toques! —exclamó Constança, súbitamente cortante y envarada.
—Está bien, no quería molestarte. ¿Me podrías servir un refresco? Hoy hace un día sofocante —dijo el chico, remachando el clavo.
—Teresa, ponle un vaso de limonada al señor, por favor.
—¿Acaso no he hablado claro? He dicho si podías servírmelo tú…
—Te he oído perfectamente, ahora mismo te lo pongo —lo interrumpió ella, sosteniéndole la mirada.
Las otras tres mujeres retrocedieron ante algo tan inesperado como humillante. Se preguntaron por qué su señora se dejaba avasallar de aquella manera, precisamente ella, que tenía un genio tan vivo y a la que consideraban por encima del bien y el mal.
—No está mal —dijo Pedro tras probarlo, y a continuación volcó el resto del contenido sobre el vestido de Constança.
La joven aguantó el tipo sin perder la compostura. Sin abrir la boca, se limpió la ropa y le dio la espalda. Pedro extendió el brazo dispuesto a pedir que le rellenara el vaso, pero entonces entró Monsieur Plaisir.
—¡Ah, estáis aquí! Vuestra madre pregunta por vos.
—Pues ahora mismo voy. No es de buena educación hacer esperar a las damas.
Constança llevó al cocinero a un rincón y, con los ojos encendidos, le dijo:
—Sacadme de aquí, os lo suplico. Todo está a punto, ya no me necesitáis.
Pero él le traía malas noticias: por expreso deseo de la dueña de la casa, sería Constança quien sirviera el refrigerio.
Así pues, durante el par de horas que duró el concierto, fue testigo de los elogios que los invitados dirigían al cocinero, alabando una y otra exquisitez. Cuando le preguntaron el secreto de la limonada, el francés no tuvo reparo en revelar su elaboración.
—Lo que la hace diferente es la infusión de azafrán y unas gotas de azúcar quemado que se vierten después de dejar enfriar la espuma.
Constança no daba crédito a lo que oía, y tampoco a todas las galanterías que recíprocamente intercambiaban él y la viuda De Acevedo. Siempre, eso sí, después de que aquella mala pécora le dedicara una sonrisa provocativa.
El viaje de vuelta transcurrió en el silencio más absoluto; no había mucho que decir. Cuando Pierre y Constança se despidieron al pie de la escalera, ella esperó hasta verlo desaparecer en dirección a sus estancias. Entonces, se encaminó a los establos con la esperanza de vislumbrar aquella luz tenue y movediza que delataba la presencia de aquellos intrusos. Por unos instantes, aquel grupo de hombres toscos y medio chalados que perseguían imposibles le pareció más auténtico que toda la chusma de la que formaba parte.
Cansada y vencida, se dejó caer sobre el banco y, reprimiendo el llanto, golpeó con furia la fría piedra en un intento de ahogar su desesperación.