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Cartagena de Indias, verano de 1771
Constança Clavé no perdía de vista el pequeño baúl que la había acompañado desde Lima. Dentro de aquella caja de madera cerrada con llave viajaba su tesoro, un legado que, estaba segura, le permitiría convertir en realidad sus sueños.
El gobernador acogió a los viajeros en su palacio de Cartagena de Indias, aquella ciudad colonial que controlaba con mano firme. Durante dos días habían disfrutado de comida fresca y de la privacidad de unas habitaciones espaciosas y vacías que el pueblo solo vislumbraba de lejos, sin olvidar los colchones de plumas, las tacitas de porcelana en que tomaba el chocolate, los senderos de alfombras de colores donde los pies parecían pisar las mismas nubes. ¡Nunca les había parecido más cerca el paraíso, después de vivir tantas penurias!
Habrían prolongado la estancia, complacidos por las atenciones del gobernador, pero el destino los conducía a encarar la última parte del trayecto, la que los llevaría definitivamente a casa. Al tercer día, con la esperanza de un cambio radical en sus vidas, recorrieron las calles estrechas que desembocaban en el puerto de la ciudad, donde les esperaba La Imposible. Mientras tanto, las campanas de la catedral saludaban el nuevo día.
Al llegar a la escollera descubrieron toda la luz que acompañaría la partida. El mar atrapado en la bahía interior de Cartagena parecía vivir en un profundo letargo, sometido a una docilidad que —lo sabían con seguridad— no formaba parte de su esencia. Un espejismo antes de adentrarse en las frías y bravas aguas del Atlántico.
Ante la escena que se mostraba a sus ojos, Constança Clavé se preguntó si aquella era una ciudad de personas o una ciudad de aves. Eran miles las que sobrevolaban la bahía; palomas, gaviotas, cotorras, ruiseñores y patos de diferentes pelajes, entre las que podía identificar, se lanzaban en picado cada vez que vislumbraban alguna sobra comestible. Las más atrevidas se posaban sobre los fardos que esperaban ser trasladados a las barcazas y, con sus picos agresivos, intentaban penetrar los envoltorios, quizás atraídas por el misterio de su contenido. La chica se dijo que, si de golpe se desencadenara un combate entre hombres y aves, los primeros tendrían muy complicada la victoria.
Nada en Constança delataba la angustia que se había instalado en su pecho aquel 25 de julio. No se lo podía permitir. Sabía perfectamente que del árbol caído todos hacen leña, sobre todo con ella, la intrusa que, a pesar de las ordenanzas, acompañaba a Joaquín de Acevedo, un enviado del rey. Este funcionario estaba lejanamente emparentado con Carlos III y volvía a la corte con su familia después de una estancia de tres años en Lima.
El señor De Acevedo dudaba desde los primeros instantes del papel que le había tocado en aquel asunto. La intervención del virrey a favor de Antoine Champel, su cocinero, no debería haber sido suficiente para aceptar la responsabilidad de cuidar de Constança Clavé. ¿Era oportuna su generosidad? ¿Se arrepentiría de ayudar a cumplir los deseos de quien tan solo había sido un rostro amable durante su estancia en la colonia española? Solo el respeto debido a su superior, por más que sobre el papel no estaba obligado a responder ante nadie que no fuera el mismo rey Carlos III, había obligado al funcionario a aceptar el encargo de acompañar a aquella chica arisca que tanto fastidiaba a su mujer.
Hasta el final de sus días, Antoine había cocinado para el virrey del Perú, el cual no se había visto con ánimos de negarle su última voluntad. De esta manera, el funcionario se había convertido en el protector de la joven Constança, una chica que, tras la muerte de su padre adoptivo, habría sido expulsada de palacio y la sociedad limeña la habría condenado a la prostitución o la pobreza. Los De Acevedo no tenían por costumbre faltar a su palabra, y aún menos contradecir el deseo de un virrey que aún recordaba con nostalgia las comidas afrancesadas del cocinero Champel.
Constança era muy consciente de la inquietud que despertaba en aquellas personas, pero se había mantenido firme, reclamando la dignidad de una posición que nadie parecía reconocerle.
Pero todo eso ya pertenecía al pasado. Mientras avanzaban por la escollera en dirección al barco, Constança pensaba en los últimos días vividos en el palacio del gobernador, un auténtico regalo para su cuerpo, castigado durante el viaje por mar de Lima a Buenaventura, y más aún por las privaciones del tramo final, la travesía por la selva entre Buenaventura y la ciudad donde les esperaba La Imposible.
Había dormido como un lirón y se había recreado horas y horas en la enorme bañera que había en su cuarto. El agua dulce con aroma de flores había sido un bálsamo inestimable. Al final del último baño, se había levantado hasta quedar reflejada en el espejo que ocupaba una pared. Los muslos generosos, la joven redondez de sus pechos y la suavidad de la piel perfumada embellecían con creces una figura que despertaría la envidia de cualquier dama.
Se cubrió para secarse mientras imaginaba, turbada y divertida a la vez, la sorpresa que causaría en el funcionario real una exhibición semejante protagonizada por su mujer, aquella estrecha y melindrosa Margarita de Acevedo, que había pretendido hacerle la vida imposible desde que habían zarpado de Lima. Pero no daría más vueltas al veneno que destilaba la noble señora. Constança la había soportado durante dos meses de travesía y, a pesar de su presencia, no renunciaría a un viaje que la llevaba a reunirse de nuevo con su familia.
En el puerto interior de Cartagena de Indias, la única nave de grandes dimensiones era la fragata La Imposible. Fondeada al final de la escollera, parecía una catedral acuática. Llegar a ella había sido un recorrido lento y duro, a pesar de que los hombres del gobernador no habían escatimado el uso de la violencia con tal de abrir paso al enviado real y sus acompañantes, deseosos de zarpar rumbo a la Península.
El tránsito de carretas y mulas, que el día anterior trasladaban mercancías hasta los muelles para realizar la carga del barco, era menos intenso. Aún había hombres dispuestos a hacer las faenas más pesadas a cambio de unas monedas; negociaban a pie de calle entre empujones y blasfemias. La mujer del funcionario, Margarita de Acevedo, fruncía el ceño.
Llevaba a sus hijos pequeños cogidos de la mano, mientras el mayor, que se llamaba Pedro, caminaba al lado de su padre. De aspecto quebradizo, el chico contemplaba con miedo desde la escollera la cubierta del barco; un grupo de hombres trabajaba con ahínco para colocar cada cosa en su sitio, con un cuidado especial por proteger la carga de tabaco y algodón que más tarde estibarían en la bodega.
Constança no perdía detalle de la vida que la rodeaba. Mientras se disponían a subir al barco, captaba la intensidad del momento con todos sus sentidos. El bochorno, los olores de grasa y carne putrefacta, el aroma de las especias…
A pesar de que todo la distraía, se esforzaba por seguir el paso de la mujer de Joaquín de Acevedo, que caminaba delante de ella. Sin mediar palabra percibió el sudor ácido deslizándose sobre su cuello, tan espeso que manchaba el vestido oscuro de terciopelo, inapropiado para aquel clima. Pero, por encima de cualquier cosa, por increíble o maravillosa que le pudiera parecer, Constança no soltaba el baúl que contenía el legado de Antoine.
La chica subió la pasarela del barco detrás de los niños. Consciente de que Margarita, apenas pisada la cubierta, se había vuelto para observarla, en ningún instante evitó mostrar la gracia natural de sus muslos, cubiertos por una ligera falda esmeralda larga hasta los tobillos. Aún recordaba su figura desnuda haciendo brillar el mercurio cuarteado en el espejo del palacio del gobernador.
Cuando estuvo a bordo de la fragata de tres mástiles que la llevaría a su destino, tuvo la sensación de que volvía a comenzar. Los días se harían de nuevo interminables mientras surcaban el mar a merced de los vientos y tempestades. Pero había prometido a Antoine que continuaría su camino sin mirar atrás, y pensaba cumplirlo a cualquier precio.
Entonces dedicó una amplia sonrisa a la señora De Acevedo, la cual miró con el rabillo del ojo el pequeño amuleto rojo que seguía tozudamente colgado de aquel cuello joven, presidiendo el generoso escote. Antoine Champel, la persona a quien Constança debía aquella gran oportunidad, un hombre prudente a pesar de sus ideas avanzadas, debía de estar removiéndose en su tumba. Pero el temperamento apasionado de la chica siempre había podido más que sus consejos.
Los dieciséis años de Constança le habían permitido recuperarse mucho mejor de las penalidades del viaje desde Lima hasta Cartagena de Indias. La docena de veces que habían hecho escala en la costa, en pequeños pueblos de pescadores que apenas tenían recursos para su subsistencia, no habían solucionado la falta de alimentos frescos ni la mala calidad del agua, y aún menos el efecto devastador del salobre en la piel. La joven intentaba mantenerse incólume mientras que aquella dama, siempre engalanada como los miembros más detestables de la buena sociedad limeña, se hacía jirones al primer golpe de viento.
La señora De Acevedo no podía ocultar su enfado. De nada le había servido pedirle a su esposo que abandonara a la chica en Cartagena, quizás en alguno de los burdeles que se atisbaban entre las casuchas de los muelles.
—Es una descarada, ¡y todo lo que le suceda lo tendrá bien merecido! —había dicho hacía pocas horas Margarita de Acevedo a su marido—. ¡Ni se cubre el rostro como las mujeres de Lima ni respeta nuestras costumbres!
—¿Por qué debería hacerlo? Nació en Barcelona, nieta de drogueros catalanes de toda la vida, con los cuales el bobo de su padre tuvo la ocurrencia de emparentarse. En Cataluña pasó buena parte de su infancia, así que… —respondió con desgana el funcionario a su mujer antes de prestar atención a las indicaciones del capitán.
—¡No me vengas con historias! —exclamó Margarita sin abandonar aquella pose digna que no siempre se correspondía con su estado de ánimo.
Las características de La Imposible no eran las más adecuadas para el transporte de pasajeros. Era una fragata rápida de la Real Compañía de Comercio de Barcelona, la cual tenía permiso para negociar en las colonias americanas siempre que la carga de sus barcos fuera revisada en Cádiz. A la espera de un decreto que liberara los intercambios con América, la Compañía no había podido evitar el compromiso de asegurar el viaje al funcionario de Carlos III. Los marineros advirtieron enseguida que Joaquín de Acevedo no sería el peor engorro que les esperaba: las exigencias con que su esposa se dirigía a ellos no eran un buen augurio.
Pero las cuestiones políticas estaban muy lejos de las preocupaciones de Constança. Así pues, se dedicó a tomar posesión de la cabina improvisada que le habían asignado. El reducto pequeño y mal ventilado era contiguo al de la familia De Acevedo, los dos situados en el castillo de popa. Metió el pequeño baúl de madera con sus escasas pero valiosas pertenencias bajo la litera, a solo tres palmos de distancia del techo. No se quedó a escuchar cómo Margarita ponía el grito en el cielo al ver que sus seis voluminosos baúles, amontonados en la puerta, le entorpecían el paso. Tampoco fue detrás de María de Acevedo, que, desobedeciendo las indicaciones de su madre, corría arriba y abajo haciendo crujir la madera bajo sus pies.
—¡Ya se apañarán! —dijo mientras deshacía el camino para volver a cubierta.
Un fuerte ruido de platos se confabuló con un penetrante aroma de ajos fritos para detener su marcha.
—¡Son las cocinas! Debo de estar muy cerca… —exclamó alelada, abriendo sus enormes ojos azules.
Estaban justo al otro lado de la escalera que comunicaba los tres niveles de la nave. Enormes calderas, peroles de cobre y cazuelas colgaban de los ganchos, y había un montón de recipientes de hojalata esparcidos por el suelo. Constança sonrió. ¿Una feliz coincidencia? ¡Tal vez! Con aire decidido prosiguió el ascenso.
En cubierta vio unas nubes blancas que, heridas de luz, vagaban sobre el horizonte. Elevó la mirada aún más, hasta el cielo cuadriculado por las cuerdas y los mástiles de la fragata. Las hileras de velas blancas eran como larvas gigantescas que no tardarían en mudar. Entonces se encomendó al Dios de sus padres, pero también a Kuraca, el ídolo de los indígenas del que tantas veces le había hablado su amigo Iskay cuando se adentraban en la selva.
El recuerdo la entristeció. ¡Cuánto le habría agradado que hubiera podido acompañarla! Estaba segura de que en Barcelona algún médico habría podido curar aquella enfermedad que lo estaba dejando ciego. ¡Cómo lo echaba de menos! Hincó las uñas en la baranda y, conteniendo una lágrima, tragó saliva.
La lentitud de las maniobras para que La Imposible dejara atrás las numerosas bahías que rodeaban Cartagena de Indias y saliera a mar abierto la mantuvo entretenida buena parte de la mañana. La fragata había entrado hasta los muelles por deferencia a la familia del funcionario, en vez de fondear junto a alguna de las fortificaciones que presidían las pequeñas cimas próximas.
Al llegar del viaje por tierra que los había traído de Buenaventura a Cartagena, por caminos que la selva abrazaba con intenciones poco amistosas, Constança había tenido ocasión de admirar la gran bahía que formaba la naturaleza para proteger una de las bases más importantes de la Corona española.
Le había parecido que, lejos de vivir de espaldas a las aguas, la ciudad disponía, caprichosa, de un mar interior. Pero sabía que aquella calma era efímera, que el Atlántico pronto se mostraría en toda su magnificencia cuando las velas de La Imposible, preñadas por el viento, impusieran su voluntad.
—Mira, hijo, estas dos hileras de doce cañones nos protegerán en caso de un ataque. ¡No tienes nada que temer! Si bandidos o piratas se acercan con malas intenciones, sus tripas flotarán sobre el agua y su sangre la teñirá de rojo.
Las palabras de Joaquín de Acevedo no tranquilizaron a su hijo Pedro, al contrario. Aquella experiencia lo contrariaba profundamente, y ninguna de las explicaciones con las cuales intentaban persuadirlo lo haría cambiar de opinión. Sus padres sabían que no le resultaba fácil adaptarse a nuevos espacios y tampoco hacer amigos.
Afortunadamente la brisa le vivificaba el rostro y su amor propio impedía que sus esmirriadas piernas, enfundadas en unos flamantes pantalones, se doblaran. Para Pedro, a sus quince años, aquello era una aventura inútil, y estaba enojado. Se encontraba bien en Lima, sobre todo durante las prolongadas ausencias de su padre, cuando se convertía en amo y señor de la gran casa donde el virrey había instalado a los De Acevedo. Solo en presencia de Margarita se sentía fuerte, pero ahora no tenía ninguna opción. Su madre era capaz de cualquier cosa si alguna idea se le metía entre ceja y ceja.