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Lenka
Ahora Rita está en su séptimo mes de
embarazo. Observo su cuerpo a través del vestido, su panza parecida
a un pequeño melón. Se encuentra gravemente desnutrida y nadie
podría sospechar que está encinta.
Está agotada; es algo que se puede ver con
sólo mirarle el rostro. Esta vez, cuando la visito en el Lautscher, veo que sus manos tiemblan mientras
pinta.
Teresa me ve de lado desde su caballete y
hace un gesto solemne de desaprobación con la cabeza. Yo asiento.
Rita no se ve nada bien.
—Creo que deberíamos ir al dispensario —le
digo.
Hace un gesto de negación y sigue pintando
mientras le hablo. Sus breves pinceladas con la acuarela se están
regando por toda la hoja.
—No le diremos a nadie que estás embarazada;
simplemente diremos que no estás bien.
—Prefiero quedarme aquí antes que
arriesgarme a contraer tifus o algo peor —dice, volteando a verme.
Baja su pincel—. Ya se lo dije a Oskar, de modo que por favor
simplemente déjame trabajar, Lenka.
La dureza de su tono me sorprende, pero
trato de no sentirme ofendida.
La miro presionar las palmas de sus manos
contra la mesa en la que está trabajando, con su espalda
ligeramente inclinada hacia delante, el ligero perfil de su vientre
presionando la tela de su vestido.
Y entonces oigo la exclamación de
Teresa.
Debajo del bajo banco de madera, entre las
piernas de Rita, hay un charco de agua que va creciendo.