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Lenka
Aquellas dos semanas en Karlovy Vary fueron
mágicas. Cada mañana me despertaba con los aromas del pan recién
horneado de Pavla y del pasto mojado flotando en la brisa.
Tomábamos el desayuno afuera, entre el canto de las aves y la vista
ocasional de algún conejo que pasaba corriendo. Pavla nos traía
fresas silvestres, un tazón lleno de conservas caseras, canastos
llenos de panes dulces calientes y café recién hecho en una bandeja
de plata. Věruška no tuvo deseo alguno de dibujar o pintar mientras
estuvimos allí y le dejaba claro a quienquiera que preguntara que
sólo tenía intenciones de descansar y comer durante nuestra
estancia.
Durante el desayuno, generalmente trataba de
mirar a Josef por el rabillo del ojo. Normalmente bajaba después
que yo, con su cabello negro enmarañado de sueño. En las mañanas,
hablaba poco y se concentraba más en comer que en conversar. Cuando
llegaba Věruška, con su camisón asomándose por debajo de su bata de
lino, siempre me sentía algo aliviada por su alegre charla.
Después del desayuno, empacaba una pequeña
mochila con mi cuaderno de dibujo y mi estuche de pasteles y salía
a dibujar. No sabía cuándo iba a volver a tener la oportunidad de
salir al campo y quería hacer el mayor número de dibujos de la
naturaleza que pudiera.
Para cuando me alejaba de la casa por las
mañanas, Josef habitualmente se encontraba tumbado sobre uno de los
divanes de hierro forjado con un libro sobre su regazo, las piernas
estiradas y los pies cruzados. En ocasiones, levantaba la vista de
alguno de sus libros, pero en otras ni siquiera volteaba de la
página que estaba leyendo.
—¿Vas a salir a dibujar? —me preguntó la
primera tarde en que estuvimos allí. La segunda y tercera vez que
me alejé de la casa, inclinó su cabeza en mi dirección sin mayor
comentario. Después de cuatro días, levantó la mirada de su texto
de Medicina y me preguntó si podía acompañarme.
Yo había soñado con que me hiciera esa
pregunta casi todas las noches. En mi mente, siempre respondía con
gran confianza para decirle: «Por supuesto». Pero ahora, con la
pregunta pendiendo en el aire, me quedé muda, como una niña torpe,
mi cabeza era un torbellino.
Bajé la mirada a mi vestido veraniego como
si pudiera contestar por mí. El algodón de la falda estaba arrugado
y mis zapatos rayados por mis días de caminata sobre el terreno más
allá del jardín.
—Si prefieres estar a solas, lo entiendo
—dijo calladamente—. Es sólo que me pregunto adónde vas todas las
tardes.
Finalmente logré mirarlo y sonreí.
—Todos los días es un poco distinto. Me
encantaría que vinieras conmigo.
La primera mitad del recorrido la hicimos en
silencio; nuestras pisadas, mudas sobre la tierra suave y
silenciosa. Sin un camino definido, había aprendido a ignorar las
ramas que se me atravesaban o las espinas de los arbustos
silvestres. Podía escuchar la respiración de Josef detrás de mí y
cómo se aceleraba mientras subíamos por una colina. Empecé a
preocuparme porque no encontraba el sitio al que había ido tan sólo
el día anterior. Pero justo cuando comenzaba a perder las
esperanzas, el pequeño valle se abrió ante mí y volteé para mirar a
Josef.
—Aquí es —le dije, y señalé hacia abajo. Se
acercó a mí, a punto de rozar mi hombro al dar un paso para ver
mejor. Estaba tan cerca que podía oler el leve aroma a jabón que se
desprendía de su piel.
—Yo solía pasear por estos bosques con
Věruška —dijo mientras volteaba hacia mí—. Buscábamos fresas
durante el verano y hongos durante el otoño. Le llevábamos canastos
llenos de todo lo que nos encontrábamos a Pavla. Ella nos enseñaba
cómo se debían lavar; con ese tipo de cosas tan delicadas uno tiene
que tener cuidado.
Sonrió y me miró.
—Pero jamás había visto el valle desde este
ángulo. Es increíble, pero me estás mostrando algo totalmente
nuevo. Pensé que conocía cada rincón de este bosque.
Me reí nerviosamente.
—Lo encontré casi por accidente... Estaba
caminando y vi ese árbol caído de por allá —señalé un viejo tronco
ahuecado. La frágil corteza me había intrigado y el centro oscuro
hacía un interesante contraste con el brillante musgo verde—, pero
después de que terminé mi bosquejo, caminé un poco más y descubrí
este sitio.
Josef señaló al lado izquierdo del valle,
donde la cúpula de la iglesia del pueblo parecía rasgar las bajas
nubes.
—Desde aquí se tiene una vista de pájaro,
¿verdad?
—Me gustaría tener el talento para hacerle
justicia —suspiré mientras dejaba caer la mochila de mi
hombro.
Josef negó con la cabeza.
—Estoy seguro de que tu talento es tan
grande como tu modestia.
Me estaba mirando fijamente sin moverse.
Estábamos a solas por primera vez y sentí que el temor recorría mi
cuerpo.
Mis dedos se aferraron a las asas de mi
mochila y me congelé; los dos, incómodos en el silencio del
bosque.
Su brazo se estiró hacia mí y me sentí
desvanecer al ver que se acercaba.
—¿Puedo ver lo que has hecho hasta ahora?
—Josef dejó su brazo estirado, no hacia mí, sino hacia mi
mochila.
Vi que sus manos hacían un gesto hacia el
cuaderno de dibujo.
Me hinqué y lo saqué de la mochila. El
grueso papel estaba lleno de los bosquejos que había hecho durante
la semana. Algunos eran mejores que otros y mi favorito era el que
había hecho del tronco caído.
Le di vuelta a la página y se lo mostré;
podía sentir su respiración sobre mi cuello. Tuve frío y todo mi
cuerpo se estremeció al sentirlo tan cerca. Pero aún no nos
tocábamos.
—Todavía no está acabado —susurré.
Josef tomó su dedo y lo pasó ligeramente
sobre los manchones cafés y verdes en la parte inferior de la
página.
—Es bellísimo. Tan delicado... Es casi como
si se estuviera moviendo.
—Tiene un defecto —dije, señalando a la
imagen del árbol—. La perspectiva está mal.
—Yo creo que es perfecto —respondió.
Cerré el cuaderno y lo coloqué sobre la
hierba. Trató de tomarlo de nuevo e intenté detenerlo.
—Lenka... —Suspiró mientras nuestras manos
se rozaban por vez primera.
Ese primer contacto: una pluma contra mi
piel.
Encuentra la pequeña marca de nacimiento en
la parte interna de mi antebrazo y pasa su dedo sobre ella. Siento
una ligerísima gravedad que emana de él, como si me estuviera
impulsando a voltear hacia donde se encuentra.
—Lenka —vuelve a repetir.
Al escuchar mi nombre, levanto mi rostro
hacia él.
Dudamos antes de que yo sienta que sus manos
viajan de mis brazos hasta mis hombros. Respira profundo, como si
estuviera tomando el aire de mis pulmones para él.
Las palmas de sus manos rozan mi cuello
antes de detenerse sobre mis mejillas.
Sus labios sobre los míos.
Su beso es como un relámpago en mi pecho.
Las alas de una luciérnaga que revolotean contra las paredes de un
frasco de vidrio.
Cierro los ojos. Josef Kohn me está tocando,
sus manos trazando levemente las superficies ocultas de mi cuerpo,
su boca viajando sobre mi piel desnuda.

Esa noche nos miramos por encima de las
velas; la serenata de las voces de sus padres y de Věruška, una
melodía confusa en nuestros oídos. Ninguno de los dos tiene ganas
de comer o probar el vino.
El comedor es blanco; paredes blancas,
cortinas blancas. Una araña de cristal pende sobre el centro de la
mesa redonda, con su luz perfecta y sedosa.
Pero por dentro estoy ardiendo. Carmesí.
Escarlata. Rojo rubí. El calor de mi cuerpo abrasador contra el
algodón de mi vestido.
—¿Estás bien, Lenka? —me susurra Věruška
durante la cena—. Tus mejillas están enrojecidas.
Golpeo mi dedo levemente contra mi copa y
trato de sonreír.
—Debe de ser el vino...
—Pero no le has dado ni siquiera un sorbo.
Te he estado mirando.
Niego con la cabeza.
—Estoy bien.
Věruška levanta una ceja y me mira
desconcertada.
Trato de no levantar la cabeza. Sé que si
mis ojos encuentran los de Josef me delataré ante todos.
De modo que mantengo la cabeza inclinada,
como monja enfrascada en sus oraciones.
Pero mis pensamientos distan de ser
puros.

Viene a mí en mitad de la noche. Abre mi
puerta con un movimiento lento y cuidadoso de la mano.
Su cabello negro está revuelto; sus rasgos
fuertes y sensuales. Sostiene un candelabro que coloca sobre un
mueble.
—Lenka —murmura—, ¿estás dormida?
Me apoyo sobre un codo. La oscuridad
envuelve la habitación. Un parpadeo de luz de vela; un trazo de luz
de luna. Jala la ropa de cama y me inclino hacia delante,
levantándome sobre mis rodillas.
Envuelvo mis brazos en torno a su cuello. Él
toca mi camisón, las yemas de sus dedos como fósforos.
¿Así es como se sienten los besos del hombre
al que amas? Todo fuego y calor. De tonos púrpura. Índigo. El rojo
azulado que corre por nuestras venas antes de tocar el aire.
Quiero besarlo por siempre. Mi cuerpo, como
arena debajo de él, se amolda a su forma, la presión de su peso
contra el mío.
—Dame tus manos —susurra.
Levanto las palmas de mis manos frente a mí.
Él las toma, entrelazando sus dedos con los míos.
Y después cae sobre mí, besa mi cuello y
mueve sus manos de arriba abajo por todo mi cuerpo, por encima de
mi camisón y después por debajo del mismo.
Es tierno y curioso a un mismo tiempo, como
un niño pequeño al que finalmente le han dado la oportunidad de
explorar algo que le tenían prohibido. Pero también está la fuerza
de alguien que ya ha crecido, en armonía consigo mismo, de alguien
que sabe exactamente lo que ansía.
Esa hambre. Ese deseo de ingerir tanto la
carne como el centro de la fruta. Querer lamer cada gota de jugo de
mis dedos, tragarme cada semilla, conocer un sabor en
plenitud.
¿Cómo es que me he vuelto así de
hambrienta?
Josef gime suavemente y vuelve a besarme.
Siento su respiración y su corazón acelerado contra mi pecho.
—Podría besarte eternamente, Lenka —me
dice.
Lo envuelvo entre mis brazos con mayor
fuerza.
Aprieta una de mis manos contra su
pecho.
—Creo que debería marcharme antes de que
haga algo de lo que me pueda arrepentir.
Besa cada yema de mis dedos y después las
presiona contra su corazón.
Se levanta de la cama y se pone la camisa de
dormir. Observo sus piernas caminar sobre los tablones del piso, su
reflejo atrapado en el espejo de pie. Llega a la puerta, toca la
perilla y voltea a verme una vez más.
—Josef —murmuro—, ya te extraño.

¿Cómo es posible que esas dos semanas hayan
pasado con tanta rapidez? Desperté la mañana siguiente como si
estuviera en un trance. Había dormido una hora a lo mucho. El
espejo de mi habitación ya no está colmado con el reflejo de Josef,
sino del mío. Mis trenzas están a medio deshacer, mi camisón
desabotonado al tope; pero mi rostro está sonrosado y mis ojos
brillantes aun a pesar de la falta de sueño.
Puedo oler el aroma de Josef sobre mí.
Imagino que ha dejado un rastro de huellas dactilares por todo mi
cuerpo, que ha grabado el camino de su lengua al viajar por mi
cuello, mis mejillas, mis hombros y mi vientre. No quiero pensar en
la horrible realidad de que el día siguiente será el último en
Karlovy Vary. Pronto estaremos en el compartimento del tren,
nuestros ojos apartados y Věruška parloteando alegremente mientras
cada uno asiente con la cabeza para fingir que la estamos
escuchando cuando nuestros pensamientos están llenos únicamente del
otro.
La noche anterior, habíamos acordado
alejarnos de la casa temprano y por separado para reunirnos en el
valle en el que habíamos compartido nuestro primer beso. De allí,
Josef me llevaría a su sitio favorito.
Llegué antes que él, con un vestido
veraniego del color del cielo. Llevaba una canasta llena de las
fresas que había recogido en el camino.
Las fresas parecían estar madurando con cada
minuto que pasaba. Podía adivinar su perfume y, sin embargo, su
aroma despertaba en mí un apetito por algo completamente alejado de
la fruta. Lo único en que podía pensar era en Josef entre mis
brazos. Su peso sobre mí, la sal de su piel, el sabor a duraznos de
su lengua.
Miré mi reloj. Estaba retrasado y mi corazón
latía nervioso. ¿Y si no venía? En mi cabeza se agolpaban
pensamientos que me eran intolerables.
—¡Lenka! —exclamó su voz finalmente,
mientras su sonido hacía que mi piel recobrara vida.
—Me estaba empezando a preocupar —le dije,
apresurándome hacia él.
—Me tomó un rato escaparme de Pavla —dijo—.
¡Insistía en darme más salchichas!
Reí y debo haber parecido loca, porque mi
risa era más bien un escape por todo lo que había tenido dentro de
mí y no un reflejo de gracia ante los mimos de Pavla.
—En el último minuto, mamá y papá decidieron
no ir al balneario, sino quedarse en casa a descansar, y eso
también me demoró.
—Pero ya estás aquí —dije suavemente. Sus
manos se movieron hacia las mías y dejé que tomara la canasta que
llevaba—, y eso es lo que importa.
Me besó y ahora no hubo el menor asomo de
duda.

Caminamos hasta que llegamos a un claro
donde había un precioso lago natural. Oculto por piedras y grandes
árboles, era un oasis en medio del bosque.
—Solía venir aquí con Věruška. Un verano le
enseñé a nadar.
—¡No me dijiste que íbamos a nadar! —dije
consternada—. No tengo mi traje de baño conmigo.
—Ese era mi plan... ¡El día es tan caluroso,
Lenka, que sería cruel no sugerir una zambullida!
Lo miré mientras sus ágiles dedos se
desabotonaban la camisa.
—No es ninguna indecencia nadar en nuestra
ropa interior. —Sonrió pícaramente.
Lo vi despojarse de su ropa hasta quedar en
calzoncillos y camiseta. La noche anterior había recorrido su
cuerpo a tientas como una ciega, adivinando los planos de su
cuerpo, sólo capaz de ver atisbos del mismo en el parpadeo de la
vela. Pero ahora podía ver cada contorno y detalle de su
cuerpo.
Estaba bronceado por haber tomado el sol los
últimos días. La musculatura de sus hombros y espalda parecía hecha
de barro.
—¡Vamos! —dijo juguetón, haciendo un ademán
para que lo siguiera. Corrió por la tierra cubierta de hojas y
saltó desde una de las altas rocas.
Súbitamente, una enorme explosión de agua me
salpicó, haciéndome chillar.
—¡Me empapaste! —reí cuando subió a la
superficie.
—¿Estás segura de que no me quieres
acompañar? Ya estás mojada.
Parte de mí quería hacerlo, pero la luz del
día me hizo sentir más modesta y menos atrevida que anoche.
—¡Cuando tenga mi traje, tonto!
—respondí.
—Nos vamos mañana... —respondió a gritos—.
¿Cuándo vas a volver a tener otra oportunidad?
Lo pensé y decidí ir en contra de mi
naturaleza.
—No me mires, Josef —le dije mientras me
despojaba de casi toda mi ropa.
Volvió la espalda hacia mí, aunque jamás
sabré si hizo trampa para mirarme. Salté desde la piedra más
cercana y me zambullí de cabeza en el agua. La sensación del agua
fría en mi piel, cubierta como lo estaba en nada más que mis
calzones y camisola empapados, fue electrizante.
Al nadar hacia Josef, tomó mis resbaladizos
brazos para acercarme a él, recompensando mi valentía con un
perfecto beso más.