18

 

Josef

 

 

 

Mi hermana y yo casi no habíamos hablado desde la boda. De inicio, estaba furiosa porque ni Lenka ni yo le habíamos contado acerca de nuestro cortejo. Y ahora estaba furiosa porque yo había accedido a dejar atrás a mi nueva esposa. El silencio de Věruška me hería como cuchillo al fondo de mi corazón.
La realidad era que el padre de Lenka siempre había sabido que el mío jamás podría conseguir visas suficientes para el resto de su familia. Nosotros contábamos con un primo distante que nos estaba patrocinando y el Departamento de Estado de los Estados Unidos le había informado a mi primo que no podía patrocinar a más personas. Yo había acudido con el padre de Lenka y se lo había dicho.
Le había asegurado que habría una visa para Lenka y él pareció aliviado al saber que por lo menos saldría de Checoslovaquia en próximas fechas.
—Será bueno que ustedes salgan del país primero —dijo, intentando sonar esperanzado—. Así, pueden arreglar las cosas y mandar por nosotros —me dio un apretón de manos—. Les estoy confiando a mi hija a ti y a tu familia. Prométeme que siempre cuidarás de ella.
Había sido idea suya que no le dijera nada a Lenka sino hasta después de la boda para que no alterara lo que de otro modo sería un día bello y sagrado.
—No perturbemos su alegría —dijo. Nos abrazamos cuando me marché.
Su sugerencia me había hecho tener sentimientos encontrados. Evidentemente no quería arruinar el día de nuestra boda, pero se me hacía injusto iniciar este matrimonio ya apresurado sin que Lenka conociera la verdad.
Pero esa tarde, al verla tan radiante ante la idea de nuestras nupcias inminentes, no había tenido el corazón para decirle nada.
¿Fui cobarde? Probablemente. Pero, al igual que su padre, pensé que tenía su beneficio en mente. ¿Fui egoísta? Sin duda. Pero quería mirarla a los ojos después de levantar su velo y ver sólo lágrimas de alegría.
De modo que no le había dado la noticia. Mientras me bañaba la tarde antes de la ceremonia, imaginé que ella hacía lo mismo. Su blanco cuerpo cubierto por el agua cálida y perfumada. Su piel suave que esperaba mi caricia. Había memorizado cada rasgo de su rostro, cada pequeña línea, como si los estuviera volviendo parte de mí.
Me afeité con cuidado, con el rostro volteado hacia el espejo, una toalla cálida alrededor de mi cuello. Al empezar a ponerse el sol, caminé hasta mi cama y empecé a vestirme. Mi traje de lana más oscuro, mi camisa más blanca y mis puños cerrados con las mancuernillas que mi padre me había regalado al iniciar la universidad.
Desde mi habitación, podía escuchar a mi madre y a mi hermana hablando susurros. Habían pasado tres días empacando las cosas del departamento y sus peleas se habían detenido sólo porque iba a casarme esa noche.
Al entrar en la sala, casi no pude reconocerla. Los libreros estaban vacíos y los tesoros de mi madre ya no se encontraban a la vista. Todo lo que quedaba eran las paredes desnudas y los muebles. Si alguien nos hubiera visitado, hubiera supuesto que ya nos habíamos marchado al extranjero.
Papá había vendido muchísimas cosas para pagar nuestros pasaportes y pasajes a Estados Unidos. Mi madre no tenía ningún interés especial en la ropa y se había desprendido fácilmente de las cosas con las que había iniciado su matrimonio. La vajilla y los cubiertos de plata de su madre se habían vendido por una fracción de su valor. ¿Cuántas familias judías ya se habían desecho de todos sus objetos de valor de ese mismo modo? Checoslovaquia ya estaba tan inundada de vajillas y objetos de cristal cortado abandonados que ni todo el Moldava los hubiera podido lavar.
Para la ocasión, mi familia se había vestido con lo poco elegante que aún les quedaba. Věruška tenía puesto un vestido rojo y su cabello estaba arreglado y recogido con dos peinetas bellísimas.
Todos voltearon a felicitarme.
—Josef —dijo mi madre suavemente—. Te ves tan mayor el día de hoy. ¿Cómo es que eso pudiera suceder en un solo día?
Sonreí y caminé hasta ella para darle un beso sobre la suave y empolvada mejilla. Estaba usando un vestido negro largo y un collar de perlas.
Papá estaba fumando su pipa y sus ojos, a través de los plateados quevedos, parecían estarme analizando centímetro a centímetro.
Mazel tov —me dijo, estrechándome la mano y dándome una de las cuatro copas de brandy que quedaban.
—¿Ya se lo dijiste? —me preguntó. Yo tragué y mi vientre se llenó de calor y de una falsa sensación de calma.
—No —respondí mientras negaba con la cabeza.
—¡Josef! —exclamó Věruška con un pequeño grito—. ¡Se lo tienes que decir!
—Deja que el muchacho goce de su boda, Věruška—dijo papá con severidad—. Ya todos lloraremos mañana.
—Fue idea de su padre —ofrecí a modo de excusa.
Ella hizo un gesto de desaprobación con la cabeza y me dio la espalda.
—Iniciar un matrimonio de esta manera... Ni siquiera sé qué decirte.
—Entonces no digas nada —espetó papá. Tomó otro gran trago de brandy.
—Todo el mundo está callando ahora, pero...
Papá volvió a ponerle un alto:
—¡Basta de palabrería, Věruška, debemos irnos o llegaremos tarde!
Věruška me volvió a mirar con tal expresión de desaprobación que hubiera podido romper las ventanas de toda la casa. A mi hermana no le agradaba que la callaran. Siendo tan lista como era, ahora permitió que sus ojos hablaran por ella.

 

Bajo un sol de la tarde, entramos a la sinagoga. Recuerdo que miré todos los edificios, todos los faroles y traté de grabármelos en la memoria. No sabía cuándo regresaríamos a Praga y deseaba recordar su belleza en esa noche en que iniciaba mi nueva vida.

 

Siempre la recordaré con su largo vestido blanco, su velo hecho con una ligera gasa sobre su fuerte y anguloso rostro. Puedo ver sus finos dedos mientras los tomo entre los míos y puedo sentir el peso de pétalo de rosa de su beso. Lenka, mi preciosísima novia.
No recuerdo las palabras de la ceremonia, ni el momento en que firmamos el ketubáh nupcial. Pero por las noches puedo regresar a ese momento, a las arañas de cristal que relucían con su cálida luz naranja y al antiquísimo piso de piedra con sus imperfecciones y frío; al aire húmedo y a los ladrillos tan grises que parecían casi azules.
El rabino fue el mismo que ofició en mi Bar Mitzvá más de diez años antes. Era una figura imponente con ojos azul hielo y una larga barba plateada que rozaba su libro de rezos. Cuando inició el canto de las siete bendiciones, tomó mi talit y nos envolvió a Lenka y a mí en él.
Recuerdo la mirada en los ojos del rabino cuando nos declaró marido y mujer. Miró nuestros apresurados y ansiosos rostros y no tuvo la calma que yo recordaba de cuando era un joven.
—Recuerden las lágrimas que se vertieron cuando se destruyó la sinagoga de Jerusalén —dijo cuando mi pie rompió el vaso—. Recuerden que, como judíos, siempre habrá cierta tristeza, aun en el día más feliz.
Al voltear a mirar los rostros que nos contemplaban a Lenka y a mí sobre la bimá, supe que ninguno de nosotros necesitaba que se nos recordara nada de ello; todos portábamos nuestros temores tan visiblemente como nuestras finas ropas matrimoniales.

 

En el departamento de los padres de Lenka bebimos vino de las copas con filo de oro. Su madre había preparado una sopa de bodas con bolitas de masa hervida. Había pequeñas bandejas con pastelitos delicados y un pastel de miel con una pequeña violeta colocada al centro.
Marta tocó el piano y la hija de Lucie, Eliška, alegró la modesta fiesta al aplaudir con sus manos y dar vuelo a su falda. Věruška permaneció sentada en una esquina, con los ojos vidriosos y sus dedos temblando a sus costados. Cuando volteé a verla, esperando que me devolviera una sonrisa, volvió su cara y cerró los ojos.
Pocas horas después, nos marchamos para pasar nuestra noche de bodas en el departamento de un amigo. Mi hermana me ayudó a preparar la habitación. En otros tiempos, hubiera llevado a Lenka al Hotel Europa. La hubiera recostado en una cama de algodón blanco, hubiera colocado un edredón de plumas de ganso alrededor de nuestros hombros desnudos y me hubiera envuelto entre sus brazos hasta el amanecer.
Pero mi colega Miloš nos había prestado su departamento en la calle Sokolská. Estaba visitando a un primo suyo en Brno y aproveché la oportunidad para evitar que tuviéramos que pasar nuestra noche de bodas bajo el mismo techo que mis suegros.
Věruška había llevado las sábanas que la madre de Lenka había preparado para su dote. Eran blancas y años atrás las había bordado Lucie; las habíamos colocado sobre el colchón y Věruška las había rociado con agua de rosas que su amiga Elsa le había dado especialmente para la ocasión.
—¿Vas a decírselo antes o después? —me preguntó Věruška luego de que limpiáramos el departamento, hiciéramos la cama a la perfección y llenáramos jarrones con distintas flores.
—Se lo diré antes —respondí—. Te lo prometo.
Hizo un gesto de desaprobación con la cabeza y miró hacia la cama. En tiempos más felices, mi hermanita hubiera saltado sobre ella, riendo a carcajadas y agitando las piernas en celebración de su destrucción fraternal. Pero ahora se erguía solemne ante mí, con su rostro tan blanco como el de una garceta.
—Sé que no va a querer irse contigo. Sé cómo se siente respecto a su familia.
Ahora era yo quien mostraba desaprobación con la cabeza.
—Vendrá, Věruška. Estoy seguro. Ahora nosotros también formamos parte de su familia.
Y entonces mi hermana me miró como si ella fuera la mayor y yo sólo un niño. Tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas. Con los ojos cerrados, no pronunció otra palabra más y sólo negó con la cabeza.

 

Condujimos al departamento de Miloš en el auto de mi familia, que papá esperaba vender en los pocos días que quedaban antes de embarcarnos. Cuando entramos al departamento, Lenka sostuvo su falda con una mano y un ramo de violetas en la otra. Había esferas de vidrio iluminadas con velas y la habitación olía a la ropa de cama aromatizada con agua de rosas y al frescor del aire de la noche.
—Tengo algo que decirte —le informé. La puerta de la habitación estaba a medio abrir y la vista majestuosa de nuestro lecho nupcial le llamó la atención.
—Puede esperar —dijo, mientras colocaba un dedo sobre mis labios.
—No, es algo importante —traté de insistir.
Pero ya había presionado su cuerpo contra el mío.
—Sea lo que sea, puede esperar hasta mañana.
Su perfume olía a las flores delicadas que uno recolecta durante la primavera. Se retiró las horquillas y su oscuro cabello cayó sobre sus hombros.
Me susurró que la llevara a la cama.
De modo que dejé que me condujera a ese montículo blanco, dejando la sombra de mi fracaso en la puerta. Dejé que me mostrara la espalda para revelar la hilera de botones de marfil de su vestido, que desabroché. Deslicé mis manos bajo la seda y sentí la tersura de su piel y la angulosidad de sus hombros.
Volteó hacia mí: su desnudez revelada por primera vez. Me quedé congelado un segundo, sin casi poder respirar. Su cuerpo, en toda su blancura, era una belleza que no podía creer que me perteneciera para tocarlo, saborearlo, besarlo. Coloqué mis manos a su alrededor. Cerré los ojos. Quería sentirla antes de verla. Pasaría la noche entera sin poder arrancar mi vista de ella, de eso estaba seguro. La memorizaría. Haría un mapa mental de ella, con mis dedos, dibujaría líneas en torno a su corazón, seguiría el curso de cada hueso. Lenka, entre mis manos. La así. La sostuve contra mi pecho. Mis manos percibieron la fina reducción de su pequeño torso, el pequeño círculo de su cintura, la reconfortante curva de sus caderas.
Su vestido cayó como espuma en torno a ella, a la altura de sus rodillas, y dio un paso como si estuviese emergiendo de una charca de leche vertida. Ahora se desató de entre mis brazos y le permití que me desvistiera: mi chaleco, mi camisa blanca, la hebilla de mi cinturón y, finalmente, mis pantalones. Caímos en la cama, dos cuerpos cálidos enredándose y buscándose el uno al otro. Inhalé cada centímetro de su piel desnuda, como si esperara que pudiera conservarla en mi interior para siempre. Como aire atrapado en mis pulmones. En esos fugaces momentos antes del amanecer, nos desembarazamos de las cobijas. Nadamos dentro del mar que conformábamos, cada uno asiéndose al otro, como si nuestra vida dependiera de ello.