De: EmmaVoltaras@elboscdelesfades.com

Para: Anna24086@conservatoribarcelones.com

Asunto: Nessun dorma, Turandot, Giacomo Puccini

Querida Anna,

Al despertarme esta mañana me he dado cuenta de que hoy hace dos meses que llegué aquí.

Al otro lado de la ventana el sol prometía un día luminoso, por fin una tregua de tantas nubes, aunque el termómetro seguía marcando los cero grados de rigor a las ocho de la mañana. Phillip leía su diario y mordisqueaba su cruasán, ajeno a nuestra presencia. La cocina de Joaquim olía a chocolate y a vainilla, Marbel estaba rellenando unas tartaletas con crema pastelera y fresas, el cocinero tenía los ojos cerrados y la nariz dentro de su taza de café, y Aurora terminaba a toda prisa sus deberes mientras intentaba no manchar la libreta de mantequilla y mermelada de higos.

Dos meses, Anna, tan solo dos meses y allí, en el umbral de la cocina más acogedora del mundo, sabía que nunca me sentiría tan en casa como en ese mismo instante.

Aquí estoy, en un antiguo monasterio reformado del siglo XVII perdido en medio de un bosque tan remoto que ni siquiera la señal del GPS se atreve a ubicar en él a los turistas perdidos. No quiero estar en ningún otro sitio, ¿te ha pasado alguna vez?

Ayer por fin se fueron los huéspedes incómodos. Y digo por fin porque me ha resultado insoportable perder mi rutina de cadencia tranquila junto a mi nueva familia. Cuando la pijísima Sara bajó en ascensor con sus bolsas de viaje Louis Vuitton, pasó por la cocina a felicitar por millonésima vez a Joaquim y desapareció sin decirnos ni adiós a los demás; cuando los sanísimos y majetes Marcos y Pablo repartieron besos por doquier y se intercambiaron teléfonos y cuentas de facebook y twitter con Aurora, antes de subirse a la parte trasera del Mercedes y ponerse los auriculares; cuando el elegantísimo y algo triste Gonzalo nos estrechó la mano con amabilidad, pagó la minuta en recepción, abrazó con fuerza a Tristán y se puso al volante de su coche; cuando el plateado Mercedes por fin abandonó la pequeña plaza de la casa rosa y traspasó la verja negra de hermoso hierro forjado, solo entonces, las tres personas que nos hallábamos en la cocina suspiramos con fuerza e intercambiamos miradas de alivio.

—Esto no ha sido más que un simulacro —ha dicho Marbel—, ya verás en cuanto lleguen los fines de semana de primavera.

—O las vacaciones de verano —ha apuntado Joaquim.

Pero a mí todo eso me parece todavía muy lejano. Lo único en lo que ahora puedo pensar es en que se han ido los Suárez (así llamaba Phillip a Gonzalo y su nueva familia) y todo vuelve a ser, simplemente, perfecto.

Además, hoy ha sido día de cata y me he reencontrado con Samuel —en público— al otro lado de una mesa tan abundantemente surtida como la del mismísimo Sombrerero Loco. Cada vez que me miraba con sus ojos de tormenta, mi estómago hacía volteretas. Estoy convencida de que todos en el comedor se han dado cuenta. Excepto Phillip, por supuesto, que no ha hecho más que quejarse de lo muy ácido que le parecía el vino, lo chamuscado que estaba el pollo al horno (¿puedes hacerte una idea de lo extraña que suena la palabra «chamuscado» con un cerrado acento francés? A Aurora y a mí nos entra la risa floja cada vez que nos acordamos) y lo soso que le parecía el puré de calabacín al toque de manzana y menta.

Cuando estábamos recogiendo la mesa, Samuel ha aprovechado el ir y venir de todos para inclinarse a mi lado como si estuviese recogiendo las copas y susurrarme al oído.

—En el jardín, ahora.

Creo que nunca he llenado el lavavajillas con tanta rapidez.

Ah, Anna, casi volaba camino de ese extraño jardín inglés que florece incluso durante los primeros meses del año y conserva las violetas más hermosas pese a mi pasajera melancolía.

Cuando he entrado, Samuel ha venido a mi encuentro con sus zancadas gigantes y me ha besado. ¿Cómo puedo explicarte el vértigo de sus besos? Ni siquiera recuerdo la última vez que alguien me besó así ¡Pero qué digo! Nadie me ha besado así nunca en mi vida. Sam besa con el alma en la boca, con la intención y el deseo en el pensamiento, con tanta sinceridad que a veces me sonroja comprender hasta dónde llega todo lo que no hemos podido decirnos estos últimos días.

—Se han ido —he suspirado.

—Pero seguimos sin estar solos.

—Escapémonos a la playa.

—Se me ocurre algo mejor, que se vayan ellos. Puedo despedirlos a todos y quedarnos el hotel para nosotros solos.

—No hablas en serio. —Me he reído.

—Sería capaz. Me vuelve loco estar en la misma habitación que tú y no poder tocarte. Y no voy a irme de mis bosques.

—¿Has hablado con tu padre?

Samuel se ha encogido de hombros y me ha soltado. Nos hemos sentado en el pequeño bordillo de piedra roja, a los pies de los nuevos limoneros.

—No tengo nada que decirle.

—Pero no ha podido convencer al ayuntamiento, ¿verdad?

—Ha hablado con el alcalde, son casi amigos de otros tiempos. Pero no hay mucho que hacer, al menos lo ha intentado. Ha traído unas cartas que encontró en el piso de Barcelona, son de mi abuelo y de Nora Belleneuve.

—¿Servirán?

—No creo, pero son curiosas. ¿Quieres leerlas? Te las puedo prestar, quizás te gusten.

—Pues sí, me gustaría leerlas. Hace tiempo que quiero contarte una cosa. La noche en la que llegué al hotel, estuve esperando a Marbel en la biblioteca y me encontré con una señora que…

—¡Emma! —me ha gritado Aurora entrando a galope tendido en el jardín—. Hace rato que te busco, ¿me puedes ayudar con los deberes de inglés?

—Claro, un momento.

Samuel ha puesto cara de fastidio por la interrupción pero se las ha apañado para sonreírle a la recién llegada, de manera que lo único que ha conseguido ha sido una mueca un tanto extraña.

—Ven luego a la casa —me ha dicho—, te daré las cartas. El pleno no es hasta el día quince, quizás podamos aportar algo nuevo, quién sabe.

—Ah, señor Brooks, está usted aquí. Tenemos que hablar sobre los rododendros.

Petra se ha unido a Aurora y me ha dedicado una mirada de reojo, suspicaz, antes de acercarse protectora a sus dichosas violetas.

Después de eso, como comprenderás, no hemos podido seguir hablando.

Samuel es serio y callado, sonríe pocas veces y su humor es sombrío; es taciturno y esquivo, nunca resulta simpático aunque lo intente. Y sin embargo… Sin embargo, no he visto unos ojos más sinceros que los suyos cuando pronuncia mi nombre a la puerta de mis labios, con el quejido ronco de quién anhela encontrar respuesta en su aliento.

Mi cuerpo encaja en el suyo con tanta suavidad y perfección, con tal cómoda naturalidad, que cada vez que nos tocamos siento como si hubiese llegado por fin a casa después de haber atravesado tres desiertos y un páramo. Olvido el mundo cuando me abraza, escucho solo el rumor del mar cuando escondo el rostro en la línea curva de su cuello, tan cálido…

Llevamos días robándonos besos a escondidas, jugando a parar el reloj de El Bosc de les Fades como si hubiesen vuelto las hadas que antaño debían haber habitado estos parajes, burlando a sus habitantes para encontrar esquinas secretas y pasillos desiertos en donde coincidir apenas un minuto. Y por las noches, cuando por fin solo quedan despiertas las estrellas, Samuel ha estado colándose en mi habitación con ínfulas de Romeo enfebrecido y caricias impacientes. Hacía tanto tiempo que ningún ser humano se había vuelto a aventurar por los caminos de mi piel que todas las huellas se habían borrado y Sam ha podido estrenar senderos nuevos tan ignotos y misteriosos como los del bosque que nos rodea.

¿Qué sabes de él? Me preguntas. ¿De qué te habla? Te intrigas. ¿Qué promesas te hace? Te preocupas. ¿Qué sientes por él? Te alegras. ¿Qué va a pasar ahora?

Pues no lo sé, Anna, pero tampoco puedo (quiero) pensarlo ahora mismo. Creo que las costuras del uniforme me van a explotar de tanta felicidad, que mi piel brilla en la oscuridad porque refleja la luz de las estrellas y que estoy tan rebozada en polvo de hadas que corro el riesgo de salir volando por la ventana y no regresar nunca a la tierra.

Me costó muchísimo llegar hasta El Bosc de les Fades, entre otras cosas porque es muy difícil de encontrar, pero creo que es aquí a dónde debía llegar. Sé que es un destino provisional, pero de momento es mi hogar, el único lugar en dónde he encontrado cobijo después de que el cielo cayese sobre mi cabeza y me aplastara.

He recibido una carta de la OS de Dublín, parece que están interesados en concederme una audición en septiembre, cuando tienen prevista una vacante de violín. Me recomendó el profesor Sinclair, santo varón, así que habrá dado las mejores referencias sobre mi música. Ahora mismo sería capaz de tocar yo solita toda la Danza del Sable sin despeinarme, vuelvo a confiar en mí. Pero la pregunta no es si podré hacerlo bien, o si me ofrecerán el puesto. La pregunta es, amiga mía, qué avión será capaz de alejarme de este hotel y de sus habitantes.

Mañana estaré en el pueblo sobre las doce y te llamaré. Sé benevolente con esta pobre alma perdida y encontrada.

Con cariño y dos toneladas de sueño atrasado (por una noble causa),

Emma

P. D.: He empezado a leer las cartas de Nora Belleneuve y Mathias Brooks, son interesantes pero de momento no hablan de temas legales de la propiedad del bosque ni nada parecido. Me asombra lo encantadora y peculiar que era esta mujer: le gustaba leer a Austen y a James, cultivar rosas blancas, escuchar jazz y acudir a los bailes del Casinet de Mirall de Mar con sus amigas. Cuando vengas te explicaré cómo fue capaz de cambiar un mantel de encaje de bolillos por una capa de pintura gratis para toda la fachada principal de El Bosc de les Fades (que por entonces, por muy raro que me parezca, no se llamaba así porque era una mansión privada, casi un castillo). (Lo que debía gastar esta señora en calefacción…).