Epílogo
La niña, de apenas tres años, correteaba torpe e insegura por el prado. Sus carcajadas cascabeleaban en la brisa acariciando mis sentidos. El viento jugaba con sus espesos rizos negros, meciéndolos y alborotándolos, lustrados por un sol que arrancaba destellos azulados en cada suave mechón, atrapando mi vista en ellos.
Como todos los días, durante aquella larga semana, observaba subrepticiamente su rutina, escondido tras peñascos, apretados arbustos o tupidas arboledas.
Su madre solía jugar con ella, amonestando sus travesuras, prodigándole continuos mimos y riendo ante sus traviesos gestos. No obstante, a pesar de la sonrisa que solía bailar en sus labios mientras vigilaba a su pequeña, un velo triste acostumbraba a oscurecer su mirada.
Madre e hija compartían el mismo color de ojos, de un verde intenso, resaltando más en la pequeña por poseer un acentuado tono acanelado de piel. Solía detenerme en sus rasgos, reconociendo los míos, subyugado ante cada gesto o guiño de su tierno rostro, floreciendo en mi corazón brotes orgullosos que crecían con denodado vigor a medida que la contemplaba.
Habían transcurrido casi cuatro años desde que, una vez más, el ingrato océano me escupiera sobre una pequeña cala arenosa, moribundo y agonizante. Y así como el mar me había despreciado, la muerte, esquiva e indiferente a mis deseos, me eludía con aparente desidia.
Un anciano pescador y su hijo me encontraron en aquella recóndita playa y me arrastraron hasta su modesta cabaña, devolviendo, con meritoria dedicación, la vida a un cuerpo que no la quería.
Una vez recuperada la conciencia, permanecí largo tiempo en una especie de estado letárgico, ausente y meditabundo, reflexionando sobre el motivo por el que el destino se afanaba tan insistente en mantenerme con vida. No llegué a conclusión alguna, más, sin embargo, decidí aceptar aquella imposición por carecer ya de fuerzas y de resistencia. De cualquier modo, pensaba para mí que a ojos del mundo yo estaba muerto, y así debía de ser, con lo que mi objetivo no se había malogrado del todo.
Una vez recuperado, tras una dura convalecencia, decidí partir lejos, con el corazón roto y una nueva cicatriz en mi pecho. Por muy poco la bala no me había atravesado el corazón, cobijándose algo más arriba. El viento de aquel día desvió claramente la trayectoria, incluso así, la puntería del soldado, en efecto, fue excelente.
Pude haber viajado a Sevilla, donde la peste masacraba la ciudad, y quizá, con algo de suerte, la parca tuviera a bien lanzarme su guadaña. Entre tantos afectados, sería más difícil que reparara en mí, el pobre desdichado que se empecinaba en sortear. Sin embargo, me embarqué rumbo a Italia, donde el arte y la cultura podrían distraer mi abatido ánimo, donde podría recorrer sus rincones en completo anonimato.
Y así fue, partí rumbo a Florencia, para toparme de bruces con la peste igualmente, además de fiebres petequiales que azotaban a la población. Y mientras la muerte adornaba aquella hermosa ciudad con pasacalles de lamentos, con hileras de monjes transportando cadáveres en angarillas y un pavor tan tangible que solo se escuchaban plegarias y súplicas por doquier, como un lóbrego eco cotidiano, yo no era más que un espectador pasivo. Una sombra que deambulaba indolente aguardando mi momento, envuelto en los efluvios de la epidemia, pero al parecer inmune a sus efectos.
El 20 de agosto de aquel fatídico 1649, una veintena de cirujanos recorrieron las aldeas cercanas a Florencia para aliviar el sufrimiento de los campesinos, practicándoles sangrías para mitigar las fiebres. Aquel acto piadoso partió del gran duque de Toscana, que viendo cercana su propia muerte, decidió aplacar su conciencia sobre su diezmada y sufriente plebe.
Las sangrías no dieron resultado alguno, la población mermaba de manera tan alarmante que los sembrados languidecían ante la falta de mano agrícola, y la carestía comenzó a matar con la misma implacable celeridad que el cólera que la provocaba.
Incapaz de seguir contemplando con impotencia el tormento ajeno, me refugié en una cabaña en el Piamonte, aislada del mundo entre imponentes montañas, donde subsistí de la caza y la pesca. Mi vida como ermitaño al menos me dio solaz y parte de la paz que buscaba, hasta aquella noche.
Desperté sobresaltado y sudoroso, con unos suplicantes ojos verdes en mi mente, y un llamado insistente, como si un pájaro carpintero picoteara incesante mi pecho, encogiéndolo con una emoción intensa.
Aquella sensación comenzó a repetirse en cada amanecer, arrebatándome la paz que había logrado en mi retiro. Y mis pensamientos volaban hacia ella cada vez con más asiduidad, a pesar de haberme prohibido evocarla.
Día a día fue naciendo en mí la necesidad de verla de nuevo, de comprobar que estaba bien, de poder ver a mi hijo en la distancia. Y ese anhelo engordó alimentado de preocupación y curiosidad, hasta que finalmente decidí viajar a San Kilda, regalándome una libertad que esperaba que no alterara sus vidas.
Fue una larga travesía, en la que medité largamente, en la que conjeturé posibles encuentros, desestimándolos en el acto. En la que sentí mi corazón palpitar con un pulso nuevo, ante la sola perspectiva de volver a verla.
Y cuando llegué, me repetía sin cesar que ella podría haberse casado de nuevo, o quizá no estar ya allí. Me escondí en una arboleda cercana a la reducida aldea y aguardé atento, rezando para poder verla, aunque fuera un brevísimo instante.
No sabía muy bien qué esperaba encontrar, pero lo que hallé me dejó sin aliento. Ella, tan hermosa como siempre, llevaba de la mano a una exótica niña que canturreaba alborozada: mi hija. Mi corazón rebosó tal torrente de felicidad que en mis labios se grabó la sonrisa más luminosa que yo recordara nunca esbozar.
Y así, arrobado por tan cautivadora contemplación, permanecía un día tras otro oculto, diciéndome que sería el último, que debía partir lejos de nuevo. Pero como si aquel invisible hilo que nos unía se hubiera reforzado ante la cercanía, andaba y desandaba mis pasos, incapaz de abandonar aquel lugar.
Durante mi vigilancia, había observado que ningún hombre de la aldea parecía tener ninguna relación afectuosa con ella, también podría estar de viaje y regresar en cualquier momento, en caso de haberse desposado. Pero aquella posibilidad me indignaba tanto que la desechaba cada vez que aparecía.
No obstante, una mañana sí descubrí con satisfacción la visita de Alaister y Ayleen, dando muestras de cordialidad y familiaridad. Claro indicativo de que guardaban una relación cercana.
Alaister iba acompañado de una dama distinguida, Ayleen iba sola, pero su semblante era ligero y sus gestos apacibles, iluminándosele el rostro cuando se dirigía a la niña. En aquel encuentro entrañable que llenó mi corazón de gozo, conocí el nombre de mi hija: Elena.
No recordaba haberle contado a Cora cómo se llamaba mi segunda madre, sin embargo, tuve la sospecha de haberla nombrado inmerso en mis pesadillas. En aquellas oscuras noches en las que ella me había abrazado y calmado a pesar de creer odiarme.
Solía pronunciar su nombre por el simple gusto de sentirlo en mis labios, hasta terminar estirándolos en una sonrisa tan plena que me reventaba el pecho.
Caía la tarde y Cora tomó a la pequeña Elena en brazos y se adentró en su cabaña. Yo me acomodé para pasar la noche, preguntándome de dónde demonios sacaría las fuerzas necesarias para alejarme.
No esperaba que ella volviera a salir envuelta en su manto, mirando con fijeza al cielo. Intrigado, seguí sus pasos a una prudente distancia.
Ascendió una loma hasta un promontorio desde el que se contemplaba el mar y se sentó en el borde, arrebujada en su manto. Me situé a su espalda en ángulo, agazapado en una roca, expectante e inquieto, observando su perfil.
La noche comenzó a teñir el firmamento plagándolo de perlas parpadeantes. Y como si la magia tuviera lugar en él, sinuosas corrientes de vivos colores lo atravesaron. Verdes, púrpuras, rosados y dorados danzaron ondulantes ante mis ojos, hechizándome. Era la primera vez en mi vida que contemplaba una aurora boreal, y la belleza de aquel majestuoso espectáculo me sobrecogió.
Cora alzó algo que llevaba en su mano, parecía un saquito familiar que vaciaba en su palma para soplarlo enérgicamente. Y ante mi estupor, los dientes de león viajaron hasta mí. No sé qué fue lo que movió mis pasos, pero me puse en pie, dejando que aquellas etéreas y níveas semillas volaran a mi alrededor.
Cerré los ojos instintivamente y bajo aquel cielo mágico, rodeado de filamentos plateados, pedí un deseo.
Cuando los abrí me topé con la estupefacta y lacrimosa mirada de Cora sobre mí.
—Eres mi deseo —musitó entre lágrimas.
—Y tú el mío —confesé con voz enronquecida.
Un sollozo roto agitó su pecho. El viento mecía su larga melena rizada despejando un rostro congestionado por una necesidad devastadora.
—Si fueras real…
Y entonces, di un paso hacia ella.
—Lo soy —repliqué—, tanto como lo que ahora mismo arrasa mi pecho.
Cora agrandó la mirada y entreabrió los ojos, confusa y atónita.
—Moriste, yo te vi caer y contigo cayó mi corazón.
Di otro paso y me detuve.
—Morí, pero me llamaste.
—Te llamo cada noche desde entonces.
Un paso más.
—Y aquí estoy, vivo, por primera vez desde aquella última noche.
Cora se cubrió la boca con la mano, cerró los ojos un instante en un gesto de agudo dolor, mientras un amargo llanto la embargaba.
—Yo morí contigo aquel día, y aunque le pediste a Alaister que me cuidara y no me dejara sola un instante, aunque conocí a mi verdadero padre, y aunque el fruto de nuestro amor inundó mis días de luz, mi vida partió con la tuya.
Tras un último paso, sostuve su mirada sin poder evitar acariciar su mejilla. Ella dejó escapar un suspiro afectado, dando un sobresaltado respingo involuntario.
Retrocedió, yo avancé.
—La muerte no me quiso, Cora, por eso vagué como una sombra sin rumbo. No sé si me quiere la vida, pero sí sé algo, y es lo que yo quiero.
—¿Y qué quieres, Lean?
—Poder mirarte hasta que mis ojos se apaguen, poder abrazarte hasta que mis brazos se sostengan, poder amarte hasta que mi cuerpo languidezca, poder besarte hasta que mi aliento perezca y poder decirte cada día de mi vida cuánto te amo.
Cora alzó la vista al cielo, donde los colores se fusionaban en la noche, y sonrió trémula.
—Bajo esta aurora los deseos se cumplen, tú eres buena prueba de ello.
La cogí por los hombros y la ceñí a mi pecho, ella dejó escapar un resuello emocionado. Me miró con apasionada intensidad y sin poder contenerme un instante más me abalancé sobre su boca.
Y bajo aquel cielo incandescente, pleno de magia y henchido de deseos, la maldición voló lejos, la negrura se evaporó, el pasado se diluyó y todas las piedras con las que había cargado desaparecieron. Mi roto corazón comenzó a sanar, las cicatrices se afinaron y la esperanza regresó más refulgente que el cielo que presidía nuestro reencuentro. Y la dicha, hasta ese momento más esquiva que la misma muerte, por fin inundó mi alma.
Solo un amor tan puro como el que nos unía fue capaz de anular la profecía, de soportar la distancia y de permanecer férreo incluso tras la muerte. Y entonces supe que aquel vínculo tan profundo, aquella abrumadora sensación de pertenencia, de familiaridad ya desde nuestro primer encuentro, no era sino el reconocimiento de dos almas que ya se habían amado en otro tiempo. Y aquella certeza me hizo tomarla de la barbilla y sumergirme en sus ojos con una promesa en ellos.
—Siempre te buscaré —pronuncié apasionado.
Cora me contempló largamente con semblante enamorado.
—Y yo siempre te esperaré.
Caminamos rumbo a la cabaña, a una nueva vida, y a la felicidad.
Por fin, estaba en casa.