Capítulo 31

árbol
En el fragor de una condena

La plaza estaba completamente abarrotada.

Tuvimos que empujar y buscar resquicios entre la multitud para lograr hacernos un hueco y avanzar. El ambiente era festivo, mercaderes de todo tipo vociferaban sus productos, trovadores entonaban animados cánticos que la gente aplaudía. La algarabía era la tónica general en los semblantes de los aldeanos. Los niños chillaban alborozados y las madres los subían a hombros para que no perdieran detalle de la ejecución. Porque si algo tenía claro era que la habría. Aquel juicio era tan solo un trámite necesario para justificar aquella barbarie. Las acusadas no solo serían condenadas a muerte, sino que además tendrían que renunciar a Satán reconociendo ser sus servidoras y acogerse en brazos de Cristo, todo en un macabro proceso de torturas si se negaban a declarar. Si confesaban de inmediato, se procedería a su quema en la hoguera, castigando su cuerpo, pero liberando su alma.

Ya había acordado con Cora que intentaría una maniobra de distracción para que ella pudiera escabullirse hasta los calabozos, que estaban claramente desatendidos ante la expectación del juicio, coger el racimo de llaves del carcelero de donde vimos que las dejaba y liberar a mis hombres.

Miré hacia el cadalso. En un extremo se había dispuesto una larga mesa donde los gentilhombres de la villa, el alguacil mayor y el inquisidor general se hallaban sentados en hilera con semblantes huraños y porte regio y solemne, junto a un diácono con expresión sombría y taciturna.

Durante la noche, mi cabeza no había dejado de ingeniar la manera de solventar aquella situación. Y, una y otra vez, mis pensamientos me llevaban a un mismo punto. Por otra parte, aquella difícil decisión que le ocultaba a Cora solo me planteaba mil trabas y dificultades y un riesgo tan evidente como inútil si no resultaba como deseaba. Sin embargo, tenía que intentarlo. Esta vez tenía que conseguirlo.

Eché intencionadamente la mirada atrás, pues era en aquel tiempo donde hallaría las herramientas necesarias para solucionar tan complicado y delicado escenario. Esa no era la primera vez que me enfrentaba a un tribunal de la Santa Inquisición. Aquella vez en Sevilla… Los recuerdos me asaltaron con tanta fuerza que me tambaleé un poco…

… Cuando llamaron con tanta vehemencia a las puertas de nuestra casa, temí hasta que estuvieran astillando los postigos con un hacha. Mi maese se vistió con premura y, tan lívido como tembloroso, acudió a abrir.

Los soldados irrumpieron con violencia en el interior. Uno de ellos desenrolló un pliego y leyó en voz alta, con encopetada pompa y sobriedad, mientras el resto buscaba en cada estancia.

—¡Por orden del gobernador mayor, el ilustrísimo comendador de Sevilla y el inquisidor general, don Diego de Arce y Reinoso, obispo de Plasencia, se acusa a doña Elena de Mendoza de prácticas herejes y brujería, adoradora de Satán y creencias judaizantes, por lo que será juzgada en un auto de fe en la plaza de San Francisco en la fecha aquí establecida, permaneciendo hasta entonces en los calabozos del castillo de San Jorge en Triana, sede del tribunal de la Inquisición que expide y firma esta orden!

Yo corrí hacia la habitación de Elena para impedir tamaña injusticia, gritando encolerizado, pero fui detenido por dos robustos guardias que me golpearon sin miramientos.

—¡Asad, hijo mío, no compliques más semejante despropósito! —suplicó desgarrado mi maese. En su rostro relució tal dolor que sentí ese golpe con mayor dureza que los recibidos en mi cuerpo—. Hallaremos una solución a este entuerto, pues ya os digo, señor, que todo esto es un gran malentendido. Mi esposa está enferma y no es conveniente que la humedad de las celdas agrave su delicado estado. —Se arrodilló con desespero y alzó una mirada suplicante y húmeda—. Os ruego que le permitáis aguardar la fecha indicada aquí en su hogar, apostando sus guardias a mi puerta. Temo que no llegue con vida al juicio.

El hombre frunció incrédulo el ceño, la frialdad de su gesto fue evidentemente indicativa de su intransigencia a esa demanda.

—Solo cumplo órdenes, y son claras y precisas.

Un lamento y un sollozo roto brotaron del cuarto. Ver cómo la sacaban a rastras por el pasillo revolvió mi sangre e incrementó mis fuerzas. Logré desembarazarme de uno de los soldados, golpeando con fuerza desatada al otro. No tuve tiempo de más, pues me redujeron dándome con una porra mientras Elena lloraba desconsolada.

—¡Por favor, por favor, solo es un muchacho! —excusó mi maese sobrecogido y desbordado por la situación.

Los soldados se detuvieron y se dirigieron a la puerta.

Elena nos contempló desde el zaguán, llorosa y abatida. Un violento acceso de tos la dobló en dos. Beltrán se abalanzó sobre ella y la abrazó con fuerza, susurrándole al oído. Al menos les permitieron despedirse, mientras me lanzaban miradas admonitorias.

Cuando los separaron y casi la sacaron a ella en volandas de la casa, Beltrán posó las palmas de sus manos en la puerta cerrada, con la vista perdida y una expresión tan rota que me angustió más de lo que ya lo estaba. Después cayó de rodillas completamente desolado, se cubrió el rostro con las manos y sollozó con desespero. La culpa lo devastaba, también a mí. Pero era un riesgo que teníamos que correr.

Ver cómo aquella maldita enfermedad consumía a Elena día a día era más de lo que ambos podíamos soportar. La tisis descarnaba su cuerpo, la desgarraba en toses violentas que la dejaban lívida y azulaba sus labios. La sacudía en intensos escalofríos y exudaba su cuerpo en fiebres altas que la hacían delirar. No dormía, no comía, ni se tenía en pie. Era fácil ver cómo la garra de la muerte comenzaba a cerrarse sobre ella.

Todos los matasanos a los que habíamos acudido la habían desahuciado por encontrar tan avanzada la afección. Así que solo habíamos visto una última salida posible, y había sido llevarla a la casa de la más afamada sanadora de toda Sevilla, la judía Betsabé.

Sabíamos que era un riesgo, pues tener tratos con la comunidad hebrea —la poca que había resistido la expulsión a cambio de convertirse al cristianismo y renunciar no solo a su fe, sino también a sus costumbres— levantaba suspicacias. Acudir al hogar de Betsabé en la judería de San Bartolomé y ser visto entrando en su casa era lo más temerario. Por ello, los más altos cargos de la comunidad que precisaban sus servicios enviaban a un lacayo para que recogiera las indicaciones de la sanadora, cargando sobre sus hombros la responsabilidad de recibir alguna acusación, si acaso algún vecino quisquilloso decidía denunciarlo. Y aquel era el tema peliagudo del asunto, pues los rumores y las habladurías hacían más daño que los hechos en sí. Muchas envidias y rivalidades comerciales habían desbancado a molestos competidores con denuncias falsas. Tener un familiar enfermo y un enemigo atento centraba la atención en tus pasos. Y dineros no teníamos, mas enemigos tantos como la mala hierba floreciendo bajo la lluvia.

No fue fácil reunir tan considerable cantidad de ducados de oro para acceder a los privilegiados dones de la sanadora. Yo tuve que aceptar más de un encargo, muy personal, con libidinosas damas de alcurnia. Y mi maese obtenía exiguas ganancias de sus tratos con los contrabandistas del Arenal a cambio de conseguirles permisos portuarios y almacenes sin vigilancia. Pero todo era poco si lográbamos que Elena sanara. Y así resultó ante nuestros maravillados ojos.

En la primera visita, Betsabé mostró sobradamente sus avanzados conocimientos y su gran habilidad combatiendo la enfermedad. Tras inspeccionarla concienzudamente, decidió extraer la sangre pútrida del pulmón enfermo para descongestionarlo. Para tal fin, perforó el órgano con una afilada lanceta desde su espalda y recogió la inmundicia que brotaba, oscura y sanguinolenta, con un embudo metálico que la vertía en un frasco. Además, nos explicó que de vez en cuando habría que instilar vino aguado en su garganta para provocar tos vómica, de modo que fuera expulsando las secreciones acumuladas. Tras la intervención, nos aconsejó que tomara abundantes infusiones de pétalos de rosa, tal y como sugería Avicena en su afamado tratado de medicina. En la segunda visita, aplicó cataplasmas torácicas con emplastos de eucalipto, que mejoraron de forma ostensible sus toses. Y, en la tercera, la expuso a inhalaciones de vapores de sandáraca, al parecer una resina extraída del enebro que la ayudaba a respirar mejor. La mejoría fue tan notoria que mereció cada ducado. Comenzó a comer, descansaba por las noches, sus mejillas se tornaron rosadas y sus ojos chispeaban animados.

No podíamos estar más dichosos con el resultado. Pero el destino siempre parecía esperar agazapado para lanzar su cruel zarpa sobre mí.

Tras aquel aciago día, logramos consultar con un letrado, que nos tranquilizó explicándonos que, si ella confesaba y se arrepentía de confabular con una hereje, el tribunal se mostraría clemente.

Respecto de la figura de Betsabé, existía tan repugnante hipocresía que evidenciaba la corrupción de la moral en función de lo provechoso que resultara justificar la condena al que utilizaba sus servicios y no a quien los ofrecía. Para acallar esa corrompida y aparente moral, de vez en cuando mandaban meter presa a la sanadora un día en el calabozo, a lo sumo dos. Ella mostraba arrepentimiento, era perdonada y de nuevo volvía a su casa. No se podía prescindir de las dotes de una mujer tan útil.

El letrado en cuestión no logró que nos dejaran visitar a Elena en la prisión. Así pues, cuando aquel soleado domingo de mayo, desde las gradas dispuestas frente al cadalso, la vimos subir la escalinata, mi maese y yo enmudecimos horrorizados. Iba vestida con una harapienta túnica, descalza y desgreñada, y estaba tan delgada que podíamos ver cómo sus huesos resaltaban en la tela. Se encontraba tan débil que trastabillaba continuamente, y tan lívida y ojerosa que parecía más un ánima que una persona de carne y hueso. Sentí cómo toda la sangre de mi cuerpo empezaba a bullir dentro de mí en coléricos borbotones.

Tuvieron que ayudarla a subir a la plataforma de madera apilada donde se erguía el poste. Allí fue vilmente atada.

Todo mi cuerpo comenzó a agitarse preso de una ira desbordante ante tamaña injusticia. No, me dije, no hay peor maldad en el mundo que la que anida en el ser humano. Esa maldad no necesitaba pócimas, ni conjuros, tampoco precisaba de ningún tipo de magia, tan solo se inventaba edictos, mandamientos, imposiciones, marcando un férreo sendero por el que todos debíamos caminar, y pobre de aquel que no lo hiciera. Pero aún iba más allá: incluso recorriendo obediente y sumiso ese camino, surgían brazos que te empujaban fuera de él para acusarte con el dedo. Y, una vez fuera, se volcaba contra el expulsado toda la brutalidad que la creatividad de una mente ingeniosa pudiera idear.

Y en cuanto a ingenio, la Inquisición destacaba por sus originales métodos de tortura. Desde el aterrador «potro», donde el reo era estirado hasta desencajar sus miembros, hasta la «cuna de Judas», donde el condenado era alzado sobre una pirámide de acero y soltado a plomo sobre su vértice para destrozar sus partes más nobles. O la «zarpa de gato», en la que se ataba al acusado a un poste y se le rascaba la espalda con una especie de garfio hasta descarnarlo. El «péndulo», donde a la víctima se le ataban las manos a la espalda y luego era izada con un peso en los pies para desarticular sus huesos. Y una de las más horripilantes, llamada «la sierra», donde el pobre infeliz, de general sodomita, o una desgraciada mujer acusada de bruja y de llevar además el hijo de Satán en su vientre, era colocado en posición invertida con el fin de evitar que perdiera el conocimiento y se lo serraba por la mitad partiendo de la ingle. No se desvanecía hasta que lo segaban a la altura del ombligo o, en ocasiones, del pecho. Y, así, muchas otras que denotaban una mente no solo perversa, sino inhumana, que se regodeaba en la barbarie. No únicamente del que la ejecutaba, sino del público que la disfrutaba, pues no asistir a un auto de fe levantaba sospechas entre los convecinos. Todos debían presenciarlos, no había mejor correctivo ni mejor ocasión para extender el manto del miedo entre una congregación que debía ser sometida al capricho de una fe manipulada por unos pocos, solo por su afán de poder y dominación.

Dirigí la vista hacia mi maese, que lloraba en silencio con tan acerbo amargor que todo mi ser se revolvió en una vorágine de emociones extremas que supe que serían difíciles de controlar.

El inquisidor general escrutó a la rea, revisó unos pliegos y se puso en pie.

—Doña Elena de Mendoza —comenzó enfático—, se la acusa de confabulación en prácticas heréticas con el cargo de alevosía, pues de todos es sabido la hechicería que caracteriza el lugar que visitasteis. Testigos que aportaron declaración jurada y que prefieren ocultar su identidad mantienen que entrasteis en casa de la hereje en parihuela y salisteis caminando, que os vieron danzando de noche por las calles, entre risas maléficas, y que ofrecéis vuestro cuerpo a cambio de lealtades al Caído. ¿Confesáis, pues, vuestros pecados, mostrando arrepentimiento con la promesa de ser fiel al único y verdadero Dios?

Elena hizo el gesto de asentir, pero cuando entreabrió los labios para expresar su confesión, un violento ataque de tos la dobló en dos, sacudiéndola como una muñeca de trapo. Contuve el aliento, y Beltrán se envaró angustiado. Los presentes exhalaron una exclamación sorpresiva que se alzó a espantada cuando un esputo sanguinolento escapó de los labios de Elena hacia el rostro del inquisidor, quien con evidente repulsa retrocedió y se limpió la flema de la mejilla con su pañuelo, mostrando a todos los presentes su textura negruzca y densa escurriéndose por el lino blanco.

—Me temo que el demonio está en ella y le impide arrepentirse de nada. Está claramente poseída por él, solo el fuego purificador podrá salvar su alma.

Alzó una mano y el verdugo se dirigió hacia un extremo, donde comenzó a manipular una larga antorcha.

La multitud jaleó exaltada y ávida de sufrimiento ajeno. Mi estómago se revolvió preso de las náuseas, gestando una bola de furia tan poderosa que todo mi cuerpo tembló. Apreté los puños y los labios y me puse en pie ante el clamor de la muchedumbre.

—¡¡¡No es una bruja!!! —grité a pleno pulmón—. ¡Es tan solo una pobre mujer enferma de tisis, no está poseída, no tiene culpa de nada! Yo la llevé a la casa de la judía Betsabé en mi desespero porque sanara. ¡¡¡Es inocente, yo soy el único culpable!!!

Beltrán tiró de mi brazo para acallarme. Todos los presentes clavaron sus impresionadas miradas en mí.

—¿Quién osa interrumpir el proceso de tan alto tribunal?

—Asad, hijo mío, huye —me dijo Beltrán—. Escóndete unos días o pasarás este duro duelo en un calabozo. No sumes más dolor a mi corazón, te lo ruego. Ella no querría que presenciaras tan crudo e injusto final. ¡Escapa, te lo suplico!

Alcé la vista, descubriendo desde aquella distancia cómo Elena negaba entre llantos con la cabeza, y cómo dos guardias, a la señal del magistrado, se precipitaban hacia las gradas.

—Pero no puedo irme —gimoteé roto—. Nunca le he dicho que la quería.

Beltrán negó con la cabeza, su rostro era una máscara atormentada y sus ojos dos pozos negros de sufrimiento, pero aun así no le tembló la voz cuando replicó:

—Sí lo has hecho, Asad, en cada gesto que le has dedicado, en el tono de tu voz cuando te dirigías a ella, en cada mirada que le ofrecías, incluso en tus silencios. Ella lo sabe. Ella te quiso desde el momento en que te aceptó como un hijo, cuando llegaste a nosotros. Y ella nunca se irá del todo, porque la llevaremos dentro, en nuestro corazón y en nuestro pensamiento. Y ahora, corre, ya llegan.

Asentí tan desolado y derrotado que mis pies no se movieron. La vida parecía aguardar agazapada para volver a asestar un nuevo golpe, como si mi destino en efecto estuviera maldito, cebándose con todo aquel que fuera importante para mí. Ante un gesto apremiante de mi maese, rompí mi inmovilidad y salí a la carrera con la vista empañada y el rostro desencajado de dolor, empujando a la gente como si de ese modo pudiera apartar al destino de mí, lleno de rencor y cólera.

Bajo un sol radiante, en una mañana hermosa, abandoné la plaza de San Francisco con el corazón sangrante y la firme decisión de no entregarlo nunca más…

En ese instante, un coro de tambores resonó con fuerza enmudeciendo a la plebe. De los calabozos emergió una hilera de reas atadas entre sí con una misma cuerda de la que tiraba el carcelero. Me pregunté qué habría pasado con el oficiante del rito. Todas llevaban un hábito raído en color crudo, el cabello alborotado y suelto y miradas asustadas que dirigían de soslayo a la multitud congregada, que las increpaba soez. Contuve el aliento cuando reconocí a Ayleen entre ellas. Todavía parecía aturdida y dispersa, como si alguien dominara su voluntad. Aquello me sobrecogió agudizando la inquietud y el desasosiego.

Las condujeron hacia la escalerilla que llevaba a la tribuna, por la que ascendieron entre abucheos, imprecaciones y escupitajos. Las hicieron colocarse cada una frente a una de las plataformas de leña prolijamente apilada sobre la que se erigía un poste. Eran seis y, entre ellas, la anciana druidhe se encontraba la última, al lado de Ayleen.

El sonido de los tambores cesó de repente, y el tonsurado monje se puso en pie enarbolando una larga cruz dorada con relieves en su superficie y gemas incrustadas. En la otra mano llevaba una pequeña Biblia abierta y, con voz grave y estentórea, comenzó el sermón de fe, exhortando a los fieles a rechazar las tentaciones del demonio y ensalzando la divinidad del Dios cristiano como el único verdadero, resaltando que era un Dios piadoso que nunca abandonaba a sus hijos, acogiéndolos en su seno ante sentidos arrepentimientos. Eligió un pasaje bastante inquietante y lúgubre del Apocalipsis, perfecto para sensibilizar a los presentes acerca del peligro de caer en tentaciones demoníacas, pues la principal función de aquel auto de fe, como todos, además de usarse como correctivo, era amedrentar a los fieles para oprimirlos bajo el yugo del miedo con una sola finalidad: extender la garra del poder sobre ellos.

Tras el sermón, dio comienzo el auto. El inquisidor general se ajustó las lentes sobre el aguileño puente de su nariz, entornó los ojos y resiguió con el dedo un párrafo del pliego que tenía entre las manos, leyendo para sí, frunciendo el ceño a medida que avanzaba.

Al cabo, se puso en pie. Susurró algo al oído del diácono y se acercó a las reas seguido por él.

—En vista de la gravedad del asunto que hay que juzgar, este proceso inquisitorial prescindirá de algunas fases y pasos que se sobreentienden inútiles, dadas las pruebas aportadas y la multitud de testimonios coincidentes. Así pues, obviaremos la fase sumaria, dando paso solamente a la fase judicial. En primer lugar, escucharemos la exposición de algunos testigos en su acusación formal contra las reas, bajo declaración jurada, tras la cual, y por la gracia de Dios, se procederá a obtener la confesión de las acusadas para poder dictar sentencia. Se les dará la oportunidad de confesar sus pecados, en acto de contrición y abrazando la fe de Cristo, con un beso a su cruz. En caso de no confesar sus pecados y sus pactos satánicos con el Maligno, se abrirá la fase de tormento. Si mantienen su inocencia durante un máximo de tres torturas, serán declaradas inocentes y puestas en libertad. Tras el paso de las confesiones, se abrirán las compurgaciones, dando la oportunidad de que alguien presente testimonio en defensa de cualquiera de las reas, con el consabido riesgo de ser acusado de cómplice herético y de compartir el destino de su defendida. Y, en último lugar, se dictará sentencia, que se ejecutará en el acto.

De nuevo, el inquisidor general se recolocó las lentes para mirar con gravedad a las acusadas. Después volvió a su lugar y se sentó con la espalda recta y rictus circunspecto. El magistrado situado a su derecha llamó a declarar a Angus Ferguson.

Un hombre robusto, de mirada huidiza y gesto nervioso subió al estrado. Acto seguido, se le acercó una Biblia, sobre la que juró con solemnidad.

—Señor Ferguson —comenzó el magistrado—, fuisteis testigo presencial del aquelarre llevado a cabo en el lugar llamado Púlpito del Diablo, en la región de Finnich Glen. ¿Podríais describir lo que presenciasteis anoche?

—Mis hombres y yo irrumpimos en aquel sabbat justo cuando las brujas aquí presentes acababan de invocar al demonio, entregando a él sus lujuriosos cuerpos. —Tomó una honda bocanada de aire y, estrujando su bonete entre las manos, continuó—: Dudo que pueda olvidar lo que allí aconteció, ni que mis palabras logren describir con la debida precisión el horror vivido, pues vimos cómo el diablo tomaba en brazos a una de ellas y se la llevaba a su reino.

La multitud dejó escapar al unísono un gemido impresionado. El ambiente se cargó con un ominoso temor, que dio paso a murmuraciones soterradas que exaltaron los ánimos.

—¿Podríais hacer un esfuerzo y describirnos a esa figura demoníaca?

El hombre se apresuró a asentir.

—Era una bestia, mitad carnero, mitad hombre, tenía cuernos, largo cabello negro y ojos de fuego. Iba desnudo y su piel estaba por completo plagada de símbolos satánicos. Era muy alto y fornido, de rostro feroz y semblante maligno. Estaba inclinado sobre su presa presto a devorarla cuando llegamos nosotros, y ante nuestros estupefactos ojos desapareció. Al menos logramos capturar a sus adoradoras para que se obre justicia.

Cora me dirigió una ojeada flagrante, pues había descubierto claramente a quién se refería. Me incliné sobre ella y le susurré al oído:

—En realidad, era una vaca.

Me fulminó con una mirada ofuscada, frunciendo los labios con impotencia, reprimiendo una réplica fácil de adivinar.

—¿Reconocéis, pues, a estas seis mujeres como las asistentes a ese ritual?

El hombre asintió rotundo.

—Podéis abandonar el estrado.

Tras esa declaración, otros dos hombres manifestaron testimonios exactos, quizá adornados incluso con más artificio.

Paseé la vista por la tribuna calibrando a los hombres sentados a la mesa, buscando en sus rostros retazos de su carácter para enfocar mi actuación con más acierto, cuando una mujer captó poderosamente mi atención. Estaba sentada en un extremo de aquella mesa, como si ocupara algún cargo importante. Mantenía un semblante impávido y un porte regio. Era de mediana edad, aunque todavía lozana. Llevaba sus dorados cabellos recogidos con sobriedad, un vestido cerrado y casto, y una curiosa y conveniente cinta rodeando su garganta, ocultando una condenatoria marca…, que ella misma me había pedido que le hiciera.

Sonreí para mis adentros, acababa de encontrar un as que utilizaría sabiamente. Me giré hacia el hombre que tenía a mi izquierda y pregunté con ligera curiosidad:

—Disculpad, ¿quién es la distinguida dama que ocupa la mesa del tribunal?

—Es Moira MacNab, la mujer de Alain, el alguacil mayor.

Y, de repente, comenzaron a encajar en mi cabeza los fragmentos de la conversación mantenida por aquellos dos hombres en el bosque, descubriéndome una información tan valiosa como delicada y que, si manejaba de forma adecuada, podría serme de gran ayuda.

Le sonreí agradecido a mi interlocutor y añadí con naturalidad:

—Por cierto, no veo a Rob, lo perdí de vista en la partida.

El hombre aguzó la vista frunciendo el ceño hasta que descubrió al aludido señalándolo con el dedo.

—Ahí lo tenéis, dicen que se enfrentó al demonio y salió vivo de milagro. Kendall no tuvo tanta suerte.

Ante mi asombro, descubrí al tabernero, junto a su esposa, ambos en un extremo de la primera fila. Cora me observó intrigada con la mirada oscurecida de preocupación. La ceñí contra mí, no supe si para tranquilizarla o por si no volvía a disfrutar de la oportunidad de tenerla cerca.

El inquisidor volvió a ponerse en pie y se dirigió hacia las reas, nuevamente seguido del tonsurado clérigo que portaba el ostentoso crucifijo.

Se detuvieron frente a la primera presa.

—¿Confesáis vuestros pecados, admitiendo ser sierva de Satán el ignominioso? —inquirió el prelado.

—Lo confieso —se apresuró a responder ella.

Acto seguido, el anodino prelado comenzó a recitar el miserere, aguardando a que la mujer fuera repitiendo cada estrofa. Después le ofreció la cruz, que ella besó con impaciente devoción.

—Dios, en su infinita piedad, os acogerá en su seno limpia de pecado. Cuando las purificadoras llamas liberen vuestra encarnadura terrenal, vuestra alma será recibida en la morada del Altísimo.

La mujer asintió sollozante mientras el verdugo la arrastraba hacia la escalinata trasera de la pila de madera y la impelía para que subiera por ella. Una vez arriba, la ató al poste con una soga y descendió encaminándose junto con el inquisidor y el clérigo hacia la siguiente. Se repitió el proceso con las cuatro primeras. Cuando se detuvieron frente a Ayleen, contuve la respiración.

Tras preguntarle lo mismo que al resto, Ayleen alzó el rostro y negó con la cabeza. Maldije entre dientes y cerré los ojos en gesto furioso.

—No soy sierva de Satán —profirió en tono firme y alto, impregnado de una encomiable valentía—. No sirvo a nadie, más que a mi corazón. Solo rindo culto a deidades paganas tan válidas como las de otras religiones. Solo agasajo al dios Sol y a la madre Tierra, cuidando todo lo que brota y vive de ella. Celebro las estaciones y rezo a la naturaleza, pero no hago mal a nadie, al menos de manera intencionada. No soy una bruja, solo soy culpable de las circunstancias y de mi propia desesperación.

Se hizo un pesado silencio que se extendió ominoso por la abarrotada plaza. La expectación demudó al vulgo, que aguardaba la pronunciación del inquisidor.

—En tal caso, seréis torturada en el potro, donde se pondrá a prueba la veracidad de vuestras palabras. Si lográis superarla, ya decidiremos cuál será la segunda.

El inquisidor avanzó hacia la última acusada, posando su escrutadora mirada en ella. La anciana druidhe se la sostuvo desafiante con una sonrisa malévola. Antes de que le fuera efectuada la pregunta de rigor, la mujer habló en voz alta con tono provocador:

—Yo sí soy una bruja, y reconozco ante vosotros ser sierva y adoradora de Satán y de todas sus legiones. Pero no soy la única aquí, pues veo entre vosotros hermanas mías. No aquí, en este cadalso, sino infiltradas entre el público, camufladas de buenas vecinas, pero que en las noches de plenilunio se reúnen conmigo para adorar al único y verdadero dios, haciendo ofrendas de sangre y entregando gustosas sus cuerpos.

Aquel testimonio despertó una densa nube recelosa en la turba, consiguiendo que unos y otros se miraran con acusada desconfianza e incipiente temor. La anciana sonrió triunfal, sabedora de haber sembrado una semilla hostil en terreno fértil.

Tras la confesión, la druidhe rechazó el acto de contrición y el de reconciliación, por lo que su cuerpo fue condenado a la hoguera y su alma al infierno.

A continuación, el inquisidor se dirigió al público dando paso a la siguiente fase.

—Se inician las compurgaciones —anunció—, ¿alguien desea interceder en defensa de alguna de las acusadas?

Respiré hondamente y miré a Cora con intensidad antes de elevar mi voz entre la muchedumbre.

—¡Me presento como compurgador en favor de Ayleen MacNiall!

Una sobrecogida exclamación resonó en la plaza, y todas las miradas se fijaron en mí.

Cora me observó sufrida, naciendo en ella un rictus contenido y angustiado.

—¿Tan fuerte es vuestro vínculo para que arriesgues la vida por ella? —musitó con voz estrangulada y mirada acuosa.

—Ella lo merece —me limité a responder—. Libera a mis hombres, no habrá otra oportunidad.

—¿Y tú? —inquirió preocupada.

—Yo no importo.

—A mí me importas.

Sus verdes ojos anegados en lágrimas me encogieron el pecho. A punto estuvieron de brotar de él unas palabras que tuve que contener. De nada serviría que ella conociera mis sentimientos, mejor recordarme como un amante si el asunto salía mal. Dominé asimismo el deseo de besarla y tan solo fui capaz de forzar una mueca indescifrable.

Ya avanzaba hacia la tribuna cuando un leve tirón antes de soltar mi mano me hizo mirarla de nuevo. La necesidad de estrecharla entre mis brazos me abrumó tan implacablemente que tuve que apretar los dientes y tensar la mandíbula con férrea determinación para lograr caminar entre el gentío alejándome de ella.