Capítulo 3
El asedio
El primer cañonazo hizo que me incorporara con brusquedad del lecho, sobresaltando a la mujer que dormía encima de mi desnudo torso.
Salí raudo de la cama y, mientras la joven doncella abría con desmesura sus grandes ojos castaños y cubría pudorosa e incomprensiblemente un cuerpo que yo había agasajado toda la noche y que conocía a la perfección, rebusqué mis ropas diseminadas por el suelo. Descubrir que mis capacidades amatorias no habían mermado y que, por ende, habían alejado a los demonios otorgándome un descanso relativo imprimió en mí una actitud animosa, incrementada por la inminente batalla que estaba a punto de bregar.
Me vestí apresurado y, tras dedicarle a la doncella una luminosa sonrisa que aligeró su temor y obnubiló su gesto, me acerqué a ella y besé sus labios.
—Deséame buena caza, preciosa.
—Buena caza, mi señor.
Recorrí a la carrera los pasillos, topándome con sirvientes que se desplazaban rápido con baldes en la mano y semblantes asustados.
En el gran salón principal, los hombres del consejo, y aliados realistas, disponían sus facciones, dando órdenes a los capitanes de cada regimiento.
Me acerqué a mi tío con gesto inquisitivo aguardando su mandato.
—Están ajustando los disparos, comprobando su alcance —informó en tono grave—. Si esos cañones de cuarenta libras que portan los galeones nos alcanzan, quedarnos en el castillo no será una opción.
—Por lo que he podido observar —apunté—, el mar está revuelto, será arriesgado acercarse a los acantilados. Es improbable que sus balas lleguen siquiera a rozar las piedras de la costa. Ningún cañón, ni siquiera el de cuarenta libras, tiene el impulso necesario para elevar tanto los proyectiles. Nuestra posición encumbrada nos salvaguarda de un ataque por mar.
—Y ¿podemos saber por qué estáis tan seguro? —inquirió MacColla con evidente recelo.
—Fui un galeote —respondí quedo—, esclavo en una galera cumpliendo pena por asesinato, y participé en la batalla del Cabo de Gata, a bordo de un galeón de guerra formando parte de la artillería. También fui marino mercante, asistí a mi maese como escudero en las guerras de Flandes y participé en el asedio de Breda con tan solo dieciséis años, entre otros y dispares oficios. Espero que confiéis en mis aptitudes, pues son las que han logrado mantenerme con vida hasta hoy. Y os aseguro que nunca he apreciado mi vida como hasta este instante. Tengo muchos motivos que me impelen a seguir respirando, uno de los cuales es que otros dejen de hacerlo bajo mi mano.
Tras un silencio tenso en el que todos los presentes me estudiaron bajo un nuevo prisma, pero sin apartar su muro de desconfianza, reanudaron sus estrategias tomando como buena mi apreciación.
—Ordenad a los soldados que carguen los cañones y disparen contra la flota —bramó Lachlan clavando su confiada mirada en mí.
Asentí levemente, esbozando apenas una sonrisa tirante pero agradecida.
—Y, puesto que tanto ardor muestras por entrar en batalla, formarás parte de la emboscada junto a los hombres de MacColla, ya que hemos adoptado tu sugerencia por decisión mayoritaria del consejo.
Pude ver en el semblante torvo de Lamont su manifiesta oposición a la decisión y su abierto encono hacia mí.
—Seremos apenas una avanzadilla —anunció MacColla, dejando escapar un grave resuello. Se irguió y me clavó una mirada ceñuda con la que me evaluó con evidente desdén—, pero de hombres lo suficientemente aguerridos y experimentados que habrán de compensar varias veces su reducido número. ¿Seréis capaces de estar a la altura, MacLean?
Sostuve su mirada al tiempo que mis labios trazaban una sonrisa ansiosa.
—No serán mis palabras las que respondan, mi general, serán mis hechos, así pues, espero contestaros en breve.
Su rictus se suavizó complacido, otorgándome con él un voto de confianza.
Al cabo, resonaron los cañonazos que guardaban la costa, reverberando entre los muros de piedra con un eco rotundo que se acompasó a los latidos de mi corazón. En verdad ardía en deseos de batallar, todo mi cuerpo clamaba acción y mi alma hambrienta de venganza despertó con renovado brío, sedienta de sangre.
Un soldado se precipitó abruptamente en el gran salón, cuadrándose ante mi tío con expresión contrariada.
—Mi laird, ante nuestros disparos, la flota de Argyll se ha dispersado con intención de rodear la isla. ¿Seguimos disparando?
Todos nos desplazamos hacia el gran ventanal ojival para comprobar cómo los navíos se disgregaban formado un semicírculo que pretendía abrazar el enclave del castillo, y muchos de ellos quedaban fuera del alcance de los proyectiles.
—¡Maldición! —rezongó alarmado sir Lamont—. Ahora podrán desembarcar desde cualquier parte de la isla y rodearnos.
Le arrebaté el catalejo a mi tío en un brusco ademán y escruté la flota buscando el identificativo gallardete del navío que la comandaba.
—Ordena que enfoquen todos los disparos al mismo blanco —sugerí sin dejar de repasar la flota enemiga, calibrando su potencial ofensivo.
—¿A qué blanco, señor? —repuso el soldado dubitativo.
—Al buque insignia —respondí rotundo, devolviendo el catalejo a Lachlan, que me regaló una mirada reprobadora—. Es aquel en el que ondea el emblema de los Campbell, el que porta más cañones. A buen seguro lo capitanea Duncan y mi querido hermanastro.
—Y ¿eso hará que la flota retroceda? —replicó mordaz sir Lamont.
—Eso hará que se hunda un gran capitán enemigo y que sus hombres, desconcertados, corran a socorrerlo —precisé sosteniendo el ceño del hombre—. Eso logrará confundirlos y que olviden el plan de ataque, porque una flota sin mando, sir Lamont, es como una cabeza sin seso.
El hombrecillo agrandó los ojos con un marcado desagrado, su semblante conformó una mueca ofendida y sus apretados puños contuvieron su acceso de furia.
Lachlan se limitó a asentir con gesto imperturbable, aunque pude percibir un leve atisbo de malestar tensando su mandíbula. El soldado de artillería salió a la carrera. El resto observamos en silencio el desarrollo de la batalla.
Tras las primeras andanadas, que pusieron de vergonzoso manifiesto el nulo adiestramiento en el manejo de cañones de nuestras tropas, supe que sería más fácil que un relámpago partiera en dos aquel navío que nuestra artillería lograra siquiera rozar uno solo de sus mástiles.
Bufé contrariado cuando comprendí que el capitán Duncan Campbell sí que tenía buen seso en la cabeza. Unas hileras de barcas comenzaron a alejarse de los buques rumbo a la costa, decididas al asedio.
—Bueno, señores —anunció MacColla con una sonrisa impaciente—, parece que finalmente tendremos fiesta. Yo solo quiero beber sangre Campbell, ¿y vos?
—Compartimos gustos, MacColla —murmuró sir Lamont—, bien lo sabéis. Emborrachémonos de odio y brindemos por la victoria sobre la cabeza de nuestros enemigos.
—Iré a aprestar a mis hombres para el asedio —masculló Lachlan. Acto seguido, se dirigió al general irlandés con rictus grave—: MacColla, cuando las tropas de Argyll se apelotonen a nuestras puertas daré la señal. Mi sobrino conoce sobradamente el acceso al túnel, saldréis a través de una cueva abierta en la parte este del castillo, él os conducirá hacia los portones de entrada.
Y, tras una breve y respetuosa inclinación de cabeza, salió a buen paso hacia los recintos exteriores.
El irlandés palmeó el hombro de su fornido hijo Alexander y lo llevó hacia una mesa repleta de armas, haciendo ademán de que lo siguiera.
—Bueno, MacLean, aparte de esa graciosa espadita curva que portáis, más os vale equiparos con lo que mejor manejéis.
Dirigí mi atención hacia una hermosa y labrada pistola de llave de chispa que tomé en mis manos, repasando sus exquisitos grabados con franca admiración.
—Tenéis buen ojo —alabó el irlandés—, una belleza escocesa. Fue fabricada en Doune, en el condado de Stirlingshire. ¿Sabéis utilizarla?
Cogí una polvorera de plata mientras asentía, asegurándome de su contenido.
—Es buena para los duelos —afirmé—, pero en combate cuerpo a cuerpo es por completo inútil, tarda mucho en cargarse. Además, con el clima de estas tierras, es condenadamente fácil que se humedezca la pólvora y se vuelva inservible. No obstante, acabo de enamorarme.
El irlandés soltó una risotada burda y me palmeó con vigor la espalda.
—Empezáis a caerme bien, MacLean. Si no morís, espero brindar con vos esta noche.
—También yo lo espero, aunque quizá morirme resulte más entretenido que aguantar otra retahíla de golpes de pecho.
MacColla arqueó las cejas impávido, abrió la boca con harto asombro, miró al resto y estalló en una violenta carcajada que lo dobló en dos.
—¡Por san Patricio! —bufó entre risas—. Alguien franco para variar…
Compuse una sonrisa indiferente, mientras comprobaba el peso del arma y la cambiaba de mano.
—¿Sois zurdo como mi padre? —inquirió Alexander.
—Uso ambas manos por igual —confesé ante la extrañeza del muchacho.
—La mano izquierda dicen que es manejada por el demonio —apuntó Lamont con alevosía, mirándome con acentuado desprecio.
—Puedo aseguraros, sir Lamont, que, por fortuna, el diablo maneja mis dos manos.
—También la mía —aseveró entre risas MacColla—, y eso que me la ataban de pequeño para obligarme a ser diestro, pero el diablo fue más persistente.
A continuación, soltó otra risotada, al tiempo que sacudía la cabeza con diversión.
—Muchacho, si sois igual de rápido con vuestro acero que con vuestra lengua, pronto despejaréis vuestros dominios de los Campbell —adujo el irlandés armándose con otra claymore, que cruzó en un cinto a su espalda.
—No soy el laird de estas tierras, tan solo un pariente que tiene varias cuitas pendientes.
—¿Entiendo, pues, que cuando las saldéis regresaréis a Sevilla?
—Es mi intención, sí. Nada me ata a este lugar.
—Pero sois un MacLean —murmuró con desaprobación.
Para aquel hombre leal a su sangre y a su apellido, que otro renegara del suyo debía de parecerle alta traición.
—Precisamente eso es lo que menos queda de mí. Mi familia es la conformada por los lazos de afecto, que no de sangre, mi hogar es aquel que me ofrezca refugio, y mi lealtad se inclina hacia la bolsa de oro que más pesa.
—¿Sois un mercenario?
—En efecto, sir Alaisder MacColla, con gusto le ofreceré mis servicios si llegamos a un acuerdo. Nada más saldar mis cuentas, quedaré disponible para cualquier encargo que me sea jugosamente rentable.
—Lachlan es un buen laird —murmuró el irlandés—, pero le iría bien teneros de general, sois valeroso y sagaz, y vuestra presencia sería un buen escudo para vuestro clan.
Lo contemplé ampliando una sonrisa porfiada.
—A ningún laird le va bien tener cerca a alguien que podría reclamar sus derechos por sangre —objeté con convencimiento—. No soy ningún iluso, MacColla, si él me mandó llamar fue porque sabe que mi intervención en estos precisos momentos le será beneficiosa, y porque está completamente seguro de mi desvinculación con el clan.
El hombretón sonrió quedo, con un brillo admirado en sus ojos y, cerrando la conversación, dirigió su atención al ventanal, observando meditabundo la miríada de botes que remaban hacia la costa.
Me fue imposible no revivir la cruenta batalla naval en la que había participado, jamás se borraría de mi cabeza cómo las balas de cañón amputaban miembros a los marinos, cómo las astillas arrancadas de los mástiles y de los agujeros en el casco que los proyectiles enemigos horadaban volaban como letales dagas, aniquilando a la tripulación. Cómo correteaba por las cubiertas inferiores portando la pólvora hasta mi sección de artillería, entre despojos humanos, sangre y dolor. Y cómo observaba preso del pavor el torrente de agua que inundaba los pañoles y las bodegas del navío, empujándolo hacia el fondo de un mar negruzco y revuelto.
Ese día aprendí a nadar. «Nada como un buen aliciente para acelerar una intención», pensé con cierto amargor.
Respiré hondo, acariciando meditabundo la empuñadura de mi espada, justo cuando un mensajero nos dio la señal que aguardábamos.
El irlandés mandó llamar a sus hombres de mayor confianza y, sin pérdida de tiempo, yo los dirigí hacia los sótanos del castillo.
Recorrimos en silencio el estrecho y húmedo conducto que atravesaba el promontorio rocoso sobre el que se asentaba el castillo, seguidos del eco de nuestros pasos y del resuello de nuestras agitadas respiraciones. Y, de repente, un recuerdo se filtró en mi mente, a cada paso que daba…
Corría con el corazón en la boca y el regusto ferroso de la sangre en los labios, oyendo el eco de los ladridos de los perros de presa de Lorna tras de mí y el goteo de aquel túnel como el tictac de un reloj que anunciaba la cuenta atrás de mi vida.
Jadeaba y rezaba para mis adentros. A cada zancada, en mi mente se perfilaba con desesperación el único sitio donde esas bestias salvajes no tendrían acceso, hallando tan solo un lugar posible: un resquicio en la pared del acantilado, una grieta tan estrecha por la que ninguno de esos robustos canes podría penetrar. Además, llevaba a la superficie, podría escalar con tiento y escapar hasta el robledal, donde quizá podría esperar escondido el tiempo suficiente hasta que MacNiall o mi tío vinieran de visita a Mull. Sabía cazar y pescar, y podría subsistir en el bosque hasta rogarles su ayuda. Aquel plan sosegó mi ánimo y dio alas a mis pies. «Hoy no —me dije—, hoy no seré la cena de esos dos demonios peludos».
Sacudí la cabeza furioso, tragué saliva forzadamente y me obligué a centrarme en la emboscada que estábamos a punto de perpetrar.
Salimos a la intemperie sobre una lisa planicie de piedra caliza donde rompían furibundas y espumosas olas. Gotitas saladas nos salpicaron en una neblina blancuzca, como si se tratase del vaho que exhalaba el exaltado océano en un estornudo violento.
Observé con disgusto el resquicio por el que escalaba de niño en mis continuas fugas, y donde había pasado largas y ateridas noches ocultándome de la furia de mi madrastra. Sin embargo, no reprimí la ira que ello me provocaba, pues la necesitaría en breve. Al otro lado, una escalinata labrada en la piedra conducía hacia la loma del promontorio, donde un agreste sendero rodeaba los muros de Duart hasta el recinto de la entrada principal.
—¡Por aquí!
Conduje a los hombres, apenas una docena, en el ascenso, con un solo rostro guiando mis pasos, el de Hector, mi hermanastro.
Hasta nosotros llegó la batahola del asedio: órdenes cruzadas, gritos, gruñidos conjuntos, disparos y sordos impactos. Fue fácil adivinar que estaban usando un ariete.
Atisbé desde una esquina y, tal como había supuesto, un grupo de hombres sostenían un grueso cilindro de madera con punta de acero que impelían contra los portalones tachonados de la entrada. Más atrás, varias facciones de highlander empuñaban sus claymore, prestos para tomar el castillo.
Pude distinguir entre estos un séquito de hombres más notables flanqueando a su capitán. Rogué para que Hector se encontrara con ellos.
MacColla se aproximó a mi altura y, agazapado contra el muro, acechó la situación con semblante concentrado.
—Solo espero que, ante el desconcierto que causaremos, vuestro tío tenga preparados a sus hombres tras esas condenadas puertas y nos apoye, o esta noche seremos cena de gaviotas y gavilanes.
—Alentador —murmuré sardónico.
—No seamos tan descorteses de retrasar una cena.
Y, sin más, el belicoso irlandés se precipitó a voz en grito y espada en mano hacia las tropas de Argyll, seguido de sus hombres y de mí.
Caímos como un rayo sobre los hombres del ariete, segando sus vidas con nuestro acero, y a continuación nos lanzamos como bestias hambrientas sobre las huestes que se apiñaban en el recinto de la entrada y que nos hicieron frente con semblantes demudados.
Una y otra vez trazaba certeros arcos con mi shamshir, hundiéndola en el enemigo, salpicándome de sangre y de urgencia por alcanzar las líneas de alto rango. En mitad de los combates que mantenía, mientras esquivaba y hacía chocar mi acero con numerosos oponentes, atisbando mi objetivo entre las cabezas, me pareció reconocer un perfil familiar.
A mi alrededor, el pandemónium que me rodeaba me ocultaba convenientemente, velando mi intención, y a cada enemigo que derribaba avanzaba casi a la carrera, incluso evitando entrar en batalla con brutales empellones y gráciles fintas.
Sentí el amargo regusto de la bilis en la garganta cuando una feroz bola de acerbo odio comenzó a ascender por ella. A pocos pasos de mí, mi cruel hermano permanecía alerta pero inmóvil junto a Duncan Campbell, a modo de fiel protector.
Aquel mísero traidor, tan semejante en facciones a su madre, de cabellos castaños y ojos acerados, observaba espada en mano la batalla. Verlo ataviado con los colores de Campbell me congratuló con los míos en cierta forma.
En ese instante lamenté no haberme camuflado de highlander, pues mi aspecto físico no comulgaba con la vestimenta que me rodeaba. Era como una mancha negra en mitad de tan vistosos colores, todo un extraño gall que se entrometía en un combate que no era el suyo; tan solo yo podía saber cuánto lo era.
Eché un fugaz vistazo tras de mí para ver cómo el grupo de MacColla se reducía de forma dramática. Divisé cómo el irlandés luchaba ardorosamente junto a su hijo, ambos representaban un dúo temible repartiendo mandobles a diestro y siniestro con una ferocidad que maravillaba.
Justo cuando me acercaba a mi objetivo, tres soldados de Campbell me rodearon, esgrimiendo además de sus espadas unas muecas engreídas.
Les devolví el gesto permitiéndome añadir una sonrisa burlona que los confundió.
—¿De dónde demonios has salido tú? —inquirió uno de ellos, tanteándome visualmente al tiempo que me envolvían.
Me cubrí el cuerpo con mi shamshir y, con felina mirada entornada, mascullé:
—Del más profundo de los infiernos.
Maniobré en un grácil giro, componiendo una teatral floritura sin llegar a rozar a mis adversarios, como si la curvatura de mi acero no pudiera alcanzarlos. Los tres retrocedieron al unísono, alertas pero aliviados al comprobar el corto alcance de mi espada. Confiados y con gestos arrogantes, se atrevieron a cercarme con más seguridad y arrojo, que era lo que yo buscaba.
—Pues pronto volverás a él, maldito gall.
Enarqué una ceja con mirada retadora y apenas forcé una maliciosa sonrisa antes de descargar el golpe que pretendía.
Prácticamente a la misma distancia de mí, los tres hombres se cernieron a la vez elevando sus aceros. Tan solo tuve que agacharme y girar en un círculo completo al tiempo que hundía el filo de mi shamshir en sus vientres. La sangre cálida y brillante me salpicó y los tres hombres se desplomaron casi a la vez como fardos de heno. No me detuve a comprobar si estaban muertos, sino que avancé con decisión hacia los altos mandos, que empezaron a retroceder ante el quejido de los chillones y anquilosados goznes de los portalones que se abrían. Lachlan nos mandaba refuerzos.
Una mirada agrisada se clavó en mí, agrandada de espanto y odio.
—¡¡¡Tú!!!
Hector MacLean, hermano de padre, traidor de sangre y ser abyecto por excelencia, avanzó hacia mí con el rostro congestionado por la ira.
—No pareces muy feliz de reencontrarte con tu hermano. De hecho, hasta pareces disgustado —bromeé, complacido de hacerle perder los estribos. Nada era más fácil de vencer que a un hombre dominado por sus impulsos.
Apretó los dientes frunciendo los labios en un mohín furibundo. Sus ojos grises chispearon y su rostro se tensó en una mueca oscura rezumante de odio y temor.
A nuestro alrededor, las espadas entrechocaban y los gruñidos brotaban entre clamores combativos.
Hector se detuvo un instante frente a mí, calibrando mi postura y mi intención. Ambos comenzamos a caminar en círculo con las miradas engarzadas, entornadas, aviesas y cargadas de encono.
Aferré con firmeza la empuñadura de mi espada mientras estudiaba sus movimientos. Nunca había sido muy diestro en el manejo de las armas, mas sí en intrigas y maldades. Pensaba disfrutar un buen rato antes de vencerlo.
—He oído que te casaste —murmuré casi con jovialidad.
Él arrugó el cejo y endureció el rictus.
—¡Perro sarraceno! —escupió con inquina.
Aquel apelativo, tan usado por su madre, alimentó la bola de odio que amenazaba con quebrarme, despertando recuerdos tan dolorosos que temí privarme del disfrute lanzando una letal estocada.
—¿No vas a presentarme a mi cuñada? Ardo en deseos de conocerla.
—Y mi claymore se muere por conocer tus entrañas.
—Hagamos, pues, las debidas presentaciones y dejémonos de formalidades —repuse, e hice un veloz amago de ataque que lo embaucó lo suficiente para trastabillar en el retroceso.
Soliviantado, cargó contra mí en un necio despliegue de furia que me resultó fácil esquivar con un diestro giro y un empujón que casi lo derribó sobre el pavimento.
Aturdido y enrojecido por la cólera que lo dominaba, volvió a la carga. Esta vez lo frené con un tremendo puñetazo que le rompió la nariz. Emitió un agudo chillido y se ahuecó la mano sobre ella conteniendo la sangre que goteaba sin cesar.
—¿Duele?
Su respuesta fue otro gruñido y un mandoble que frené con mi acero. Luego le propiné una dura patada que lo impelió hacia atrás y, aprovechando su desconcierto, extraje mi puñal y, fingiendo un envite, logré que alzara la espada descubriendo su costado izquierdo. Fue fácil apuñalarlo mientras detenía su estocada con la shamshir.
Cayó de rodillas y el torrente de sangre manó de su costado.
—Sin tu madre no eres más que un trozo de mierda temblorosa.
Me acerqué a él y lo desarmé. Lo aferré del cabello, obligándolo a mirarme.
—¡Vamos, suplica, llora, ruégame por una muerte rápida!
—¡Pooor…, por favor…! —gimió aterrado—. ¡Déjame vivir y te concederé propiedades y oro! ¡Sé… mi aliado y tendrás riquezas y cuanto desees!
Me asqueaba su puerilidad, su cobardía, su falta de honor y hasta su aliento.
—Cuanto deseo es saludar a tu madre con la precisa atención que se merece y que pienso procurarle, conocer a tu esposa dejándole un imborrable recuerdo de mi visita y desollarte como a la criatura perniciosa y vil que eres.
—¡Ella me obligaba, y lo sabes! —se defendió angustiado.
—Ella pagará por todas sus torturas, como pagarás tú por las tuyas.
Le propiné una feroz tanda de puñetazos que le nubló la mirada, lo obligué a ponerse en pie, aprisionando su cuello con fuerza.
En ese instante reparé en la retirada de las tropas de Argyll y en los horrorizados ojos del joven Duncan Campbell, que vacilaba si ayudar a su maltrecho amigo. Sostuve su mirada aguardando su decisión, pero el capitán, tras dedicarme un vistazo enconado, finalmente se batió en retirada junto con un buen tropel de sus hombres.
—¡Al fin solos!
Sabía que no tenía mucho tiempo y que mi disfrute no podía alargarse mucho más, como también sabía que no podía permitirme demorar más mi venganza a riesgo de perder de nuevo a mi presa. Quizá tras el amparo de Lachlan, quizá tras hábiles negociaciones de intercambio… Fuera como fuese, había de ser rápido.
—¡Ruego tu perdón, hermano!
La bola implosionó dentro de mí, devastando la última hebra de conciencia que sujetaba mi juicio.
—¿Ahora soy tu hermano, maldita bestia?
Hector asintió con desespero, entre sollozos y lamentos.
La batalla se decidía, no podía desaprovechar el tiempo. Extraje sin miramientos el puñal de su costado y lo hundí en su entrepierna, mientras él contenía los espasmos de dolor que sacudían su cuerpo. Su alarido se perdió en el viento de levante y entre el graznido de los alcatraces.
—Tendré que regalarle mi semilla a tu mujer —siseé en su oído—, al menos que el bastardo que engendremos lleve algo de tu sangre. ¡Qué menos, siendo hermanos!
Lo sostuve esperando que se desangrara, sofocando sus sacudidas, mientras observaba con gravedad cómo MacColla y mi tío Lachlan avanzaban raudos hacia mí. Saqué de nuevo el puñal y aguardé hasta que casi los tuve encima para clavarlo en la garganta de Hector, asegurándome de su muerte, entre borbotones de sangre burbujeante y estertores moribundos.
Entonces lo solté y los esperé con el porte rígido, no me molesté en contemplar su agonía, con oírla me bastaba.