Capítulo 7

árbol
Rumbo a Inveraray

Cabalgábamos a buen paso, dejando atrás Oban y sus apiñadas cabañas salpicando el litoral, enfilando nuestras monturas hacia Connel. El intenso aroma de los brezales y las púrpuras laderas repletas de cardos y jazmines conformaban un paraje tan subyugador que incluso a alguien tan despegado de sus raíces como yo lograba arrancarle algún que otro suspiro.

Escocia era sobrecogedoramente hermosa, majestuosa y mística, pero también dura, excesivamente agreste y apabullantemente sombría. Si te dejabas cautivar por sus espectaculares paisajes demasiado tiempo, su clima, su accidentado relieve o incluso sus belicosos habitantes, podía llevarte a la tumba sin que apenas te apercibieses de ello. La belleza era la más temible de las armas, pues obnubilaba juicios y confiaba ánimos, distrayendo del verdadero peligro, atrapando en sus hilvanados y enredados hilos, inmovilizando el tiempo suficiente para acabar con uno si así lo deseaba. Yo mismo la había esgrimido en mi beneficio en más de una ocasión, para diversos fines, la mayoría no muy dignos pero útiles en demasía.

Malcom, el avezado capitán de Duart, azuzó a su caballo para ponerse a mi altura. Su corcel piafó sacudiendo la cabeza inquieto por la proximidad con mi purasangre. Había algo en Zill que provocaba rechazo en el resto de los animales, quizá su carácter nervioso e impredecible y su cuerpo ágil y nervudo mantenían alejados a los demás caballos, que lo consideraban incluso de otra especie.

—Deberíamos elegir caminos poco transitados, nuestros colores nos identifican como enemigos, y estamos adentrándonos en territorio Campbell —advirtió tan desazonado como su alazán.

—Se trata de que nos encuentren —afirmé sin dejar de mirar al frente—. De hacerles saber que me desterraron de la familia y que vengo a ofrecer mis servicios al marqués de Argyll en venganza contra mi clan.

—Permitidme advertiros de lo arriesgado de vuestro plan, mi señor —insistió tras un carraspeo, lo que atrajo mi atención sobre él—. Los malditos Campbell primero atacan y luego preguntan.

—En tal caso, mi buen Malcom, tendremos que defendernos.

Le dirigí una sonrisa confiada que no suavizó su torvo gesto. Sin embargo, asintió y frenó a su montura para incorporarse a la fila.

No resultaba muy usual buscar ser víctima de una emboscada, pero esperarlo alertaba los sentidos, aguzándolos hasta el extremo. No tardarían en avisar a los Campbell de que una extraña partida había incursionado en sus tierras.

Otros cascos retumbaron veloces acercándose a mi posición. Esta vez no fue un gesto hosco lo que hallé a mi lado, sino una expresión encantadoramente pendenciera.

—Creo que nuestro buen capitán no parece muy complacido con tus órdenes. Yo, en cambio, ardo en deseos de enfrentarme a un Campbell.

Los ojos de Ayleen refulgían animosos, y en su rostro se dibujó una peculiar ansiedad que me sorprendió.

Negué con la cabeza, ocultando una sonrisa admirada ante tan fiero coraje.

—Temo más a tu padre y a tu hermano que a todo el ejército de los Covenant. Si te ocurriera algo, ni en Sevilla hallaría lugar seguro. Así pues, pequeña guerrera, a la menor señal de peligro, te esconderás.

Ella arrugó el ceño en un mohín reprobador y alzó altanera la barbilla.

—Alaister me enseñó bien —rezongó molesta—, y más deberías temerme a mí si me evitas la distracción de teñir mi espada con sangre traidora.

Alcé una ceja divertido, contemplando su obcecado arrojo.

—Sigo temiendo más a tu familia —insistí mordaz con una medio sonrisa condescendiente.

Ayleen inclinó su cuerpo sobre la silla de montar, acercando así atrevidamente su rostro al mío.

—No subestimes mis dones, Lean, ninguno de ellos, o te convertirás en mi víctima —susurró seductora.

Entorné los ojos sosteniendo su penetrante mirada admonitoria, incapaz de contener más mi sonrisa. Pero cuando sentí la prendada mirada de Ayleen sobre mi boca, mi gesto se endureció en el acto.

—Te agradezco el consejo —proferí envarando mi espalda—, no bajaré la guardia contigo, si de algo huyo es de volver a ser víctima de nada.

La mirada de la muchacha se oscureció de repente, consciente de lo que esa palabra significaba para mí. Tragó saliva con evidente dificultad y con rostro taciturno y apesadumbrado masculló una disculpa y se incorporó de nuevo a su lugar en la fila.

En realidad, mostrarme duro con ella, hacerla sentir incómoda en mi presencia era mi manera de protegerla de mí. Su evidente atracción carnal por mí debía ser estrangulada, ya no solo en honor a su familia, a la que le debía tanto, sino porque ni estaba en condiciones de ofrecer nada, ni podía verla como algo más que una hermana, por muy tentadoras que fueran sus curvas y agraciado su rostro.

Atravesamos el puente de Connel, rumbo a la villa de Taynuilt. Los dominios de Argyll eran parajes amables, de verdes prados, ríos caudalosos y prístinos lagos. A medida que nos adentrábamos en las Lowlands, el terreno era más transitable, menos rocoso, y la magnificencia del entorno invitaba a distenderse en él. No obstante, a pesar de lo despejado de las amplias y fragantes praderas, y de que, por ende, era fácil vislumbrar un jinete en lontananza, mi ánimo permanecía alerta y mi inquietud, latente y acuciante.

Admirando las ondulantes colinas y escuchando los quejicosos gorjeos de Sahin, decidí detenernos al borde del río Awe para reponer fuerzas y estirar las piernas antes de continuar, aunque con una idea clara en mente.

Bajo la gran copa de un esplendoroso y vigoroso roble, atamos nuestras monturas para tomar un refrigerio a base de pan negro y queso. Sin embargo, yo estaba más interesado en cazar que en comer. Dante se apresuró a bajar de su caballo y sacar los alimentos de las alforjas con semblante ansioso, mientras se relamía.

Ante la intrigada mirada de los hombres que conformaban la patrulla, cogí mi ballesta de una de las alforjas, rebusqué en el carcaj los pequeños dardos de madera con cabeza piramidal de acero, sujeté dos entre los dientes y me acerqué al carromato que portaba la jaula de Sahin. Abrí la jaula y tomé la cadena que apresaba el emplumado cuello del ave en un cinto de cuero y lo obligué a salir aleteando. A continuación, até la cadena a un tronco y Sahin revoloteó agitado mientras tensaba la cuerda de la ballesta, apoyando la base en mi pecho y engarzándola tras la alzada nuez metálica. Acto seguido, dispuse el dardo emplumado y apunté hacia el cielo oteando con un solo ojo, mientras fijaba mi objetivo en una bandada de pájaros. Permanecí inmóvil y paciente, memorizando la secuencia de movimientos para anticipar mi disparo, calculando mentalmente la trayectoria. En los tercios de Flandes había afinado notablemente mi puntería con la ballesta, además de cargar veloz sin escudero que me parapetara de la forma debida. A diferencia del arco, el dardo con cabeza metálica de la ballesta era capaz de atravesar una coraza de acero a bastantes leguas. Tras unos instantes de estudio, situado estratégicamente delante de Sahin, presioné la llave y el proyectil salió disparado y diseminó al instante la oscura y ruidosa bandada. Seguí el descenso de una pequeña silueta hasta que cayó sobre la hierba. Corrí hacia ella y localicé a un piquituerto atravesado por mi dardo. Cogí la presa y me aproximé a Sahin. Extraje el dardo del inerte cuerpo del ave y lo balanceé frente al halcón, que comenzó a graznar hambriento, expandiendo sus majestuosas alas en cruz.

Tati li, Sahin —susurré en árabe, pero el azor no vino a mí, sino que se limitó a aletear y a clavarme su penetrante mirada.

Había decidido acostumbrarlo al timbre de mi voz y a la cadencia del árabe, por ser más suave y arrulladora que la del gaélico, y para que me diferenciara con claridad del resto. Fabila y Azahara me habían enseñado algo más que lujuriosos placeres.

Tati li

Volví a balancear la presa, y Sahin no se acercó. Me senté en el suelo y comencé a desplumar al piquituerto, saqué mi sgian dubh, separé el muslo del ave y se lo ofrecí. Esta vez avanzó, aunque con evidente desconfianza, y alargó su cuello repetidas veces tanteando el alimento. Era tal su hambre que ante el olor de la sangre se abalanzó sobre el muslo, apresando un pellizco en su curvado pico, intentando arrancar una tira de carne. Pero yo no solté la presa, forzándolo a alimentarse frente a mí, haciéndole ver que yo tenía el control, imponiendo mi dominio sobre él. Satisfecho, finalmente solté el despojo y le acerqué el resto del ave, de la que dio buena cuenta.

A continuación, me puse en pie, recogí mi ballesta y la guardé. Cuando regresé al robledal, los hombres masticaban mirándome con creciente curiosidad.

—Sois muy bueno con la ballesta —masculló Duncan limpiándose la boca con la manga.

—Era eso o morir.

—Debes ser muy rápido cargando, porque entre las cargas estás desprotegido —adujo Alaister tras beber de su odre—. Personalmente prefiero el arco, Ayleen es toda una experta.

—En lo que tú disparas quizá cuatro de esos dardos —intervino la joven con expresión jactanciosa—, yo puedo lanzar al menos quince flechas.

—Cierto —afirmé—, pero una flecha no atraviesa una cota de malla, ni una coraza. Y, en efecto, el miedo a morir agiliza la mente y el cuerpo, aunque entre cargas confieso haber usado la espada o haberme parapetado en algún rincón.

—¿Flandes? —adivinó Gowan escrutándome con atención.

Asentí aceptando la rebanada de pan que me tendía Ayleen.

—Tengo entendido que aquello fue un infierno —añadió metiéndose un trozo de queso en la boca.

—Hay infiernos peores —respondí masticando un buen bocado de pan negro que secó toda la saliva de mi boca.

Alargué la mano hacia el odre de agua, que nuevamente me acercó Ayleen. Eché de menos el jugoso pan de pasas que servían en la mancebía, mientras intentaba tragar aquel espantoso bocado de serrín.

—Da la impresión de que conocéis muchos —intervino Rosston, el grandullón pelirrojo, observándome con curiosidad.

—Los suficientes para saber que este pan debió de salir de uno de ellos.

Los hombres agrandaron los ojos y comenzaron a reír, esforzándose en mantener la boca cerrada, lo que congestionó sus rostros y aumentó las carcajadas del resto, hasta que empezaron a toser atragantados, lagrimeando enrojecidos.

—En verdad, nunca he probado nada más horrible —afirmó Duncan todavía entre risas.

—Apuesto a que habrás comido cosas peores —apostilló Irvin.

—Sí, pero no tan secas.

Las carcajadas se sucedieron, ruborizando las mejillas de Ayleen, que, tras una sonrisa incómoda, se levantó y obligó a Dante a seguirla. El muchacho se debatió rebelde mascullando imprecaciones.

—No te preocupes por su sensibilidad, Ayleen —aduje divertido—. Nació sin ella. Se crio en un burdel, te aseguro que ha visto y oído cosas peores.

La muchacha frunció disgustada el ceño y me lanzó una mirada condenatoria antes de dirigirse a la orilla del río para refrescarse.

—Deberíamos partir ya, nos queda un buen trecho hasta Inveraray —recordé poniéndome en pie.

—El verdadero peligro estará al pasar cerca del castillo de Kilchurn —advirtió Malcom—. Vuelve a ser de los Campbell tras el violento enfrentamiento con los MacGregor. Aunque sin duda resultará una estupenda ocasión para dejarnos encontrar.

Percibí un tono de mofa en su voz que me disgustó, pero que decidí pasar por alto.

—Que nos encuentre una avanzadilla en campo abierto es una cosa, que nos acorrale todo el destacamento de un castillo, una temeridad. Saldrán a nuestro encuentro en cuanto nos divisen —conjeturé pensativo.

—Contando a ese pequeño bribonzuelo, somos nueve —apuntó Malcom—. Si mandan un destacamento para repelernos, lo más sensato sería no presentar batalla.

—Estoy de acuerdo —coincidí—, pero tampoco debemos dejar que nos apresen, creo que será mejor que lo sorteemos en la medida de lo posible.

—Hemos de pasar frente a él o cruzar el lago Awe desde otro punto, a no ser que logremos adentrarnos en el bosque que hay tras el castillo, justo en la base del pico Ben Cruachan —sugirió el capitán de Duart—. Es apenas una hilera de arboleda tupida, pero será suficiente para ocultarnos.

—Creo que es lo más acertado, capitán —decidí—. Nos acercaremos lo bastante para no ser vistos y nos ocultaremos hasta que anochezca. Recemos para que no sea noche de plenilunio.

Sostuve la mirada de los hombres y recibí un hosco asentimiento apoyando la decisión.

Reanudamos la marcha acariciados por una lánguida brisa casi primaveral. Estábamos a mediados de abril, y los dientes del frío, aunque seguía mordiendo, se me antojaron menos afilados y su aliento menos agresivo. A medida que descendíamos al sur, el clima se templaba ligeramente y los valles se extendían en llanos prados verdes y brillantes. Sin duda era la dificultad del entorno lo que forjaba el temple de un hombre, y las duras Highlands fraguaban hombres resistentes y tan hoscos como su clima y sus tierras. En cambio, las Lowlands eran consideradas tierras de habitantes más civilizados y moderados en su ánimo. Los ricos pastizales engordaban sus reses, el grano crecía lozano bajo un sol más amable y las gentes eran más afables, por la comodidad de una vida que el entorno y los elementos favorecían notablemente.

El gran contraste entre ambas regiones de un mismo país me recordaba a la riqueza variopinta de España, admirable alambique de culturas y creencias. Pues, aunque en tiempos se había ordenado la expulsión de los moriscos, orden dada por Felipe III, muchas familias se habían afincado en los diferentes reinos, transmitiendo su cultura. Y era aquella heterogénea mezcla de credos y costumbres lo que enriquecía una sociedad tan en expansión como la hispánica. Suspiré ante la remembranza de las callejuelas sevillanas, perfumadas de azahar y risas, de cantos y alborozo, y de sus gentes, tan cálidas como el sol con el que amanecían.

A mi mente acudieron rostros queridos, entre ellos, el de mi maese Beltrán, mi padre postizo, pues logró resucitarme cuando llegué a él moribundo. Era primo consanguíneo de mi madre, único pariente vivo y responsable directo de que mis padres se hubieran conocido, pues visitar Escocia como comerciante de vinos, acompañado de mi madre, según él, había sido la peor decisión de su vida.

Cuando Eachann Mor MacLean, más conocido como Hector el Grande, puso sus ojos en Haifa, ingenió la manera de comprometer su virtud para forzar un compromiso precipitado. Beltrán nada pudo hacer y regresó a Sevilla con una piedra en el corazón, embargado por punzantes remordimientos que pudo aliviar conmigo. Solía decir que la vida daba segundas oportunidades si de verdad se deseaban, y yo nada deseaba más que volver a tener enfrente a mis verdugos, aquellos que me arrebataron no solo la infancia, la inocencia y la dignidad, sino cualquier oportunidad de ser un hombre pleno y feliz, en favor de la oscuridad que subyacía en mi más profundo fuero interno y que, cuando emergía, lo hacía para devorarme, apagando mi humanidad y despertando a una bestia feroz e implacable. Esa sombra que me dominaba, ese animal iracundo que brotaba de mí, ese odio tan intrínseco y dañino me carcomía las entrañas cada vez con más aterradora asiduidad y, ya tan cerca de mis presas, se revolvía hambrienta como una vil alimaña.

—Tu ceño amenaza tormenta, MacLean, ¿qué te preocupa?

La aterciopelada voz me sobresaltó.

Dirigí la vista a Ayleen, esta vez no había oído los cascos de su yegua acercándose.

—Me preocupa tu preocupación por mí.

La joven agrandó los ojos con acusado desagrado.

—Para renegar de tu origen gaélico resultas brutalmente honesto y odiosamente hosco.

—Y te resultaré peores cosas si sigues escarbando donde no debes —advertí inexpresivo.

—Escarbar donde no debo es una de mis aficiones. De hecho, en botánica es así como se descubren especies nuevas.

—¿Tengo cara de hinojo?

La joven me observó confusa hasta que una inesperada sonrisa comenzó a abrirse camino en sus labios, ensanchándolos progresivamente hasta terminar prorrumpiendo en una carcajada abrupta.

—¡Oh, Dios, sí, ahora que lo dices, la tienes!

Y continuó riendo mientras oprimía la palma de su mano contra su vientre como si buscara accionar algún mecanismo oculto que la detuviera.

Tras un instante en que los highlanders se giraron para observarnos extrañados, Ayleen logró recomponerse tomando una gran bocanada de aire.

Alaister se volvió para mirar complacido a su hermana y regalarme una sonrisa agradecida que no mutó mi gesto flemático.

—¿Conoces la leyenda de la dama del lago Awe? —preguntó ella risueña.

Me limité a negar levemente con la cabeza, manteniendo mi mirada al frente. Ya se divisaba la silueta del castillo en la cabecera del lago, en un enclave estratégico, además de espectacular.

—Era la esposa de Colin Campbell el Negro, señor de Glenorchy. Un buen día, Colin decide partir a las cruzadas y le promete regresar al cabo de siete años. Sin embargo, pasa el tiempo y sigue sin saberse el paradero de Colin. El barón Neil MacCorquodale, cuyas tierras limitan con Glenorchy, lo declara muerto e insiste en tomarla a ella como esposa. La dama urde entonces una estratagema: construir el castillo de Kilchurn en honor a la memoria de su esposo caído en Tierra Santa, antes de aceptar desposarse con el barón. De tal forma, y para dilatar el tiempo, les pide a los constructores que levanten muros tan deficientes que se desmoronen a los pocos días y tengan que reconstruirlos constantemente, prologando así de forma indefinida la obra. Hasta que un día, Colin regresa y evita la boda de su esposa.

Ayleen emitió un suspiro cautivado y me escrutó con una dulce sonrisa en sus mullidos labios.

—¿No te parece romántico?

—Me parece un plagio de la Odisea de Homero —barboté resoplando con desdén.

—¿Quién es Homero? —inquirió ella contrariada, arrugando intrigada el ceño.

—Fue un poeta de la Antigua Grecia, autor de la Odisea —respondí displicente—. En uno de sus pasajes, la esposa de Ulises, la bella Penélope, urde una estratagema parecida para evitar tomar otro esposo cuando declaran a Ulises muerto, ya que lleva diez años viviendo aventuras lejos de su hogar. Penélope promete decidirse por uno de sus muchos pretendientes cuando termine de tejer el sudario a Laertes, el padre de Ulises, que es un hombre añoso. Para dilatar su labor, por la noche deshace lo que teje de día y, así, durante tres años logra engañar a todos, hasta que la descubren y la obligan a decidir. Solo que su marido ya ha regresado a Ítaca disfrazado de mendigo, y ambos idean la manera de convencer a los demás de que es el verdadero Ulises, ingeniando un juego en el que retan a todos a usar el arco de Ulises, un arco que solo su propietario puede tensar. El final es fácil de imaginar.

—He de reconocer que la similitud es abrumadora —musitó Ayleen con cierta desconfianza.

—Y, por fechas, está claro cuál es la original.

—Y ¿por qué diantres no puede ser una mera coincidencia? —replicó altanera.

—Dudo que los clásicos sean una lectura habitual en las Highlands, pero puede que tengas razón.

Ayleen me fulminó con la mirada, apretando sus labios en una mueca furiosa.

—¿Nos estás llamando zafios?

Le dediqué una mirada engreída e indolente antes de volver a fijar mi atención en el espejado lago Awe, cuya superficie reflejaba las esponjosas nubes que deambulaban perezosas en un llamativo cielo cerúleo.

—No conocer los clásicos no implica serlo; no leer, sí —aguijoneé adrede.

—Yo leo tratados de todo tipo: de medicina, de botánica, y muchos otros que seguro que no conocéis ni tú ni tus clásicos —se defendió ofuscada.

—No lo dudo, siempre has sido muy curiosa.

Lamenté al punto mi último comentario. Ayleen solía espiarme cuando hacía todo tipo de trabajos siendo niños, presenciando inoportunamente alguna que otra actividad embarazosa e impúdica por mi parte. Observé incómodo el acentuado rubor que asomó a sus mejillas.

—¿Por qué te empeñas en ser tan desagradable conmigo, Lean?

—Creo que por la misma razón que ha cambiado tu parecer respecto al compromiso.

—Ya te expliqué que mi sentido de la justicia…

—No me refiero a lo que me dijeron tus palabras, sino a lo que me muestran tus gestos —proferí clavando una acusadora mirada en ella.

—A mí lo que me dicen los tuyos es que te has convertido en un patán engreído.

—¿No era… «brutalmente honesto»?

La joven resopló airada y arreó vehemente a su montura para alejarse de mí mascullando en susurros, imaginaba que toda una suerte de agravios contra mi persona. Mejor así, pensé para mis adentros, no me interesaban las mujeres, excepto para un instante de alivio carnal, y no pensaba utilizar a Ayleen para semejantes bajos fines. La respetaría, aunque fuera la única mujer sobre la faz de la Tierra, o al menos lo intentaría con toda mi voluntad. No era bueno para nadie, menos para una mujer y, menos aún, para una a la que le tenía respetuosa estima.


Anocheció y una débil cuña menguante plateó los campos con su tímido resplandor, incidiendo agrisada en difusos rodales en los claros, en las superficies rocosas y en arbustos solitarios, perdiéndose en la espesura del bosquecillo que cercaba la parte de atrás de Kilchurn. Para nuestra suerte y guía, el castillo aparecía iluminado con antorchas que doraban sus pétreos muros y recortaban su silueta contra la noche, su imagen desdibujándose a la inversa en las negras y brillantes aguas del lago, regalándonos una estampa cautivadora.

Cabalgábamos en completo silencio, despacio, mientras nos aproximábamos a la falda del pico Ben Cruachan, donde nacía la tupida arboleda que encubriría nuestra presencia a la guardia del castillo.

A nosotros llegaba el eco apagado de los vibrantes acordes de un arpa, una voz masculina entonando una canción y un espeso y estirado murmullo colectivo alborozado, lo que nos anunciaba una celebración que a buen seguro regarían con cerveza. Eso nos favorecía, pues era fácil imaginar que los guardias, incluso en sus puestos de vigilancia, habían disfrutado del ágape. Y ningún escocés comía bebiendo agua. Aun así, permanecí alerta, oteando los penumbrosos alrededores, atento a cualquier movimiento sospechoso.

A mi lado cabalgaba Dante, a lomos de un corcel añoso que soportaba la nerviosa disposición del inquieto muchacho y su torpe manejo con encomiable paciencia.

El chico pareció adivinar mis pensamientos, o quizá seguía gruñendo los suyos ante mi elección de la montura para él, cuando susurró con un deje incomprensivo en su tono:

—¿Por qué mi caballo es tan viejo?

—Porque tú eres muy joven.

Esa respuesta no pareció satisfacerlo mucho, arrugó el cejo mirándome incrédulo y molesto.

—Todo es equilibrio, muchacho —aclaré en voz baja—. Si la montura es nerviosa, requiere un manejo calmo y un ánimo sereno y maduro para guiarla. Si el jinete es inquieto e inexperto, nada mejor que un corcel paciente y tranquilo.

Dante fijó su vista en Zill con una pincelada envidiosa en el rostro.

—Algún día montarás un corcel brioso, cuando tu experiencia y tu madurez estén a la altura —aclaré.

—Todos los caballos siguen las mismas indicaciones —replicó él, todavía sin comprender—. No entiendo qué tiene que ver el ánimo, mi señor.

—Debe haber una sintonía entre jinete y montura, Dante. El animal percibe el carácter de quien lo monta, detecta el nerviosismo, la inseguridad, la torpeza, y eso lo agita y lo inquieta, dependiendo de su propio ánimo. Para dominar un caballo temperamental se precisa de un aplomo y una seguridad importantes, o el animal te dominará a ti arrancándote de la silla. También hay que saber ganárselo prodigando afecto y cuidados.

Alargué el brazo, inclinándome un poco hacia adelante para acariciar el cuello de Zill con mimo, palmeándolo afablemente.

El animal acompañó la caricia buscando mi contacto agradecido.

—La delicadeza, la paciencia y el mimo son mejores herramientas que la brusquedad imperativa —murmuré.

El agudo, melódico y reiterativo sonido de un mochuelo distrajo mi atención envarándome en la silla. Nos adentrábamos en el bosquecillo de alerces, sepultados por la difusa negrura que nos cobijaba bajo sus frondosas copas. Apenas unos delgados haces de plata lograban penetrar la densidad de las apretadas ramas y llegar al lecho de la arboleda, iluminando pobremente nuestro recorrido. Por algún motivo, comencé a sentir una cierta desazón que me inquietó sobremanera. Era una picazón aprensiva que recorría mi espina dorsal erizando mi piel. Algo me decía que el peligro nos estaba acechando, mi intuición era infalible, y a ella debía que siguiera respirando.

Detuve mi montura, contrariando así al resto de los hombres. Alcé una mano exigiendo silencio y permanecí atento a los sonidos de la noche. Tras un tenso instante donde nada pareció fuera de lo común, Alaister se me acercó y, aunque apenas vislumbraba su rostro, encogió los hombros inquisitivamente, aguardando la orden de avanzar.

—Algo va mal —me limité a susurrar sin dejar de escudriñar a mi alrededor.

—No lo parece —profirió él expectante.

—Si nos emboscan, esa es la idea: sorprendernos —argüí convencido de que nos preparaban una encerrona.

—Todos estamos alerta y preparados en caso de combate, pero de momento, tan solo es tu intuición, Lean. Continuemos y salgamos de aquí cuanto antes.

La patrulla me rodeó intrigada por mi reacción. Alcé moderadamente la voz para que todos me escucharan.

—Quiero que todos desenvainéis, y que los que tengan buena puntería carguen los arcabuces. Quiero que me sigáis cuando empiece la reyerta hasta salir a campo abierto y que cabalguéis como rayos hasta estar lo bastante lejos de aquí.

—¿Qué reyerta? —apuntó confuso Irvin.

—La que está a punto de comenzar —respondí rotundo. La sensación de peligro se agravaba en mí.

—¡Por Dios, Lean, tu imaginación te está jugando una mala pasada! —opinó Alaister—. Todo está en calma, continuemos tranquilos, hay fiesta en el castillo, seguramente todos estarán durmiendo la borrachera.

—Eso es lo que quieren que creamos. No podemos retroceder ya, pues seguro que nos habrán cerrado el paso, solo nos queda avanzar, pero armados y dispuestos.

Los hombres asintieron y obedecieron en el acto, desenfundando sus aceros despacio.

Ayleen cogió su arco, comprobó la elasticidad de la cuerda y se acercó el carcaj repleto de flechas.

—Quiero que te ocupes de Dante —dije.

—¿Por qué? ¿Porque soy mujer?

—Porque es una orden, eres parte de mi patrulla y estás a mi servicio.

No pude ver sus ojos con claridad, pero adiviné que me fulminaba con ellos.

Un bufido confirmó mis sospechas.

Avancé hasta posicionarme el primero en la fila, shamshir en mano. Manejando las riendas con la izquierda, reanudé la marcha extremando mi cautela.

La quietud y el silencio del bosquecillo de alerces fueron la primera señal clara de que algo nos aguardaba más allá, posiblemente en la linde de la arboleda.

Tomé una gran bocanada de aire y mi mano se cerró con fuerza en torno a la empuñadura de mi espada.

Comencé a divisar el claro y todo mi cuerpo se tensó conforme nos acercábamos a él, pero cuando salimos del amparo de los árboles nada nos atacó.

—Te he dicho que era tu imaginación —insistió Alaister sonriente.

En ese preciso instante, un silbido atravesó el espacio a mi izquierda. Movido por un impulso, me incliné en la silla y empujé con mi cuerpo el de Alaister, desmontándolo de un violento empellón. Sentí una súbita punzada en mi hombro que me hizo apretar la mandíbula.

—¡Nos atacan! —vociferé jadeante.

La afilada punta de un mástil asomaba por la parte delantera de mi hombro izquierdo, junto a la clavícula.

No tuve tiempo de arrancármela.