110

Los dos compañeros siguen tranquilamente a Joona hasta la casa. La nieve cruje bajo sus botas.

Nadie ha pasado por allí desde hace varias semanas.

Una vuelta de manguera asoma en la nieve junto al cajón de arena.

Los tres agentes suben los escalones del porche y llaman al timbre, esperan un momento y vuelven a llamar.

Escuchan. El vaho se acumula delante de sus bocas. Los escalones se quejan.

Joona llama por tercera vez.

No consigue deshacerse del mal presentimiento, pero no dice nada. No hay motivo para estresar a los compañeros.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Eliot tranquilo.

Joona apoya la rodilla en un banquito que hay pegado a la pared, se inclina hacia un lado y mira por la estrecha ventana del recibidor. Ve el suelo de baldosas marrones y los empapelados a rayas. Los prismas de cristal mate de la lámpara de pared cuelgan inmóviles. Joona vuelve a mirar el suelo. Las motas de polvo yacen quietas junto a la pared. Le da tiempo a pensar que no parece que haya ningún tipo de movimiento de aire en la casa, pero en ese momento una mota se mete debajo de la cómoda. Joona se pega más al cristal, tapa la luz de atrás con las manos y ve una figura oscura en el pasillo.

Una persona con las manos levantadas.

No tarda más de un segundo en comprender que se está viendo a sí mismo en el espejo del recibidor, pero la adrenalina ya le ha ido a parar a la sangre.

Se ve a sí mismo como una silueta en la estrecha ventanita, ve paraguas en un cubo, la cara interior de la puerta, la cadena de seguridad y la alfombra roja.

No hay rastro de zapatos ni ropa de calle.

Joona llama al cristal con los nudillos, pero no ocurre nada.

Los prismas de la lámpara siguen quietos, la casa está completamente dormida.

—Vale, tendremos que ir a hablar con los vecinos más cercanos —dice.

Pero en lugar de volver a la calle comienza a rodear la casa. Los compañeros se quedan en el jardín delantero y lo miran desconcertados.

Joona pasa junto a una cama elástica y se detiene. Unas huellas de corzo cruzan varias parcelas. La luz de las ventanas del vecino más próximo dibuja rectángulos amarillos en la nieve.

El silencio es absoluto.

Donde termina la parcela de la casa empieza el oscuro bosque. Hay piñas y pinaza en la nieve debajo de los árboles.

—¿No vamos a hablar con los vecinos? —pregunta Eliot confuso.

—Ahora voy —responde Joona en voz baja.

—¿Qué?

—¿Qué ha dicho?

—Esperad un momento…

Joona sigue caminando por la nieve, nota el frío en los pies y los tobillos. Un comedero de pájaros se balancea delante de la ventana oscura de la cocina.

En el alféizar que queda más cerca del bosque se han formado témpanos de hielo resplandecientes.

«Pero ¿por qué sólo ahí?», se pregunta Joona.

Se acerca y ve que la luz del vecino se refleja en la ventana.

Hay cuatro témpanos grandes y varias líneas de pequeños.

Casi ha llegado a la ventana cuando ve que se ha formado una cavidad en la nieve delante de una rejilla de ventilación que está a ras de suelo. Eso significa que de vez en cuando va expulsando aire caliente.

Por eso se han formado los témpanos.

Joona se agacha y pega el oído. Lo único que se oye es el lento siseo del bosque cuando el viento acaricia las copas.

El silencio se rompe por unas voces en la casa vecina. Son dos niños que, enfadados, se gritan algo. Suena un portazo y luego las voces quedan atenuadas.

Un ruido muy débil hace que Joona se vuelva a agachar delante de la rejilla. Contiene la respiración y le parece oír un susurro detrás del ventilador, como una orden.

Se echa hacia atrás en un acto reflejo, no sabe si se lo ha inventado, mira a su alrededor, ve a los dos compañeros que lo están esperando, los árboles negros, los copos de nieve que revolotean en el aire y, de pronto, cae en la cuenta de lo que ha visto unos minutos antes.

Al mirar por la estrecha ventanita del recibidor y verse a sí mismo en el espejo se ha sorprendido tanto que no se ha podido fijar en el detalle decisivo.

La cadena de seguridad de la puerta está puesta, lo cual sólo se puede hacer si hay alguien dentro de la casa.

Joona vuelve corriendo hasta la fachada principal. La nieve virgen le salpica los muslos. Busca la ganzúa en el bolsillo interior de su abrigo y sube al porche.

—Hay alguien dentro —dice tranquilo.

Los compañeros lo miran boquiabiertos cuando Joona abre la cerradura, ajusta la puerta y le da un empujón para hacer saltar la cadenita.

Joona les indica que se mantengan a sus espaldas.

—¡Policía! —grita hacia el interior de la casa—. ¡Vamos a entrar!

El hombre de arena
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
Prologo.html
Cap_001.html
Cap_002.html
Cap_003.html
Cap_004.html
Cap_005.html
Cap_006.html
Cap_007.html
Cap_008.html
Cap_009.html
Cap_010.html
Cap_011.html
Cap_012.html
Cap_013.html
Cap_014.html
Cap_015.html
Cap_016.html
Cap_017.html
Cap_018.html
Cap_019.html
Cap_020.html
Cap_021.html
Cap_022.html
Cap_023.html
Cap_024.html
Cap_025.html
Cap_026.html
Cap_027.html
Cap_028.html
Cap_029.html
Cap_030.html
Cap_031.html
Cap_032.html
Cap_033.html
Cap_034.html
Cap_035.html
Cap_036.html
Cap_037.html
Cap_038.html
Cap_039.html
Cap_040.html
Cap_041.html
Cap_042.html
Cap_043.html
Cap_044.html
Cap_045.html
Cap_046.html
Cap_047.html
Cap_048.html
Cap_049.html
Cap_050.html
Cap_051.html
Cap_052.html
Cap_053.html
Cap_054.html
Cap_055.html
Cap_056.html
Cap_057.html
Cap_058.html
Cap_059.html
Cap_060.html
Cap_061.html
Cap_062.html
Cap_063.html
Cap_064.html
Cap_065.html
Cap_066.html
Cap_067.html
Cap_068.html
Cap_069.html
Cap_070.html
Cap_071.html
Cap_072.html
Cap_073.html
Cap_074.html
Cap_075.html
Cap_076.html
Cap_077.html
Cap_078.html
Cap_079.html
Cap_080.html
Cap_081.html
Cap_082.html
Cap_083.html
Cap_084.html
Cap_085.html
Cap_086.html
Cap_087.html
Cap_088.html
Cap_089.html
Cap_090.html
Cap_091.html
Cap_092.html
Cap_093.html
Cap_094.html
Cap_095.html
Cap_096.html
Cap_097.html
Cap_098.html
Cap_099.html
Cap_100.html
Cap_101.html
Cap_102.html
Cap_103.html
Cap_104.html
Cap_105.html
Cap_106.html
Cap_107.html
Cap_108.html
Cap_109.html
Cap_110.html
Cap_111.html
Cap_112.html
Cap_113.html
Cap_114.html
Cap_115.html
Cap_116.html
Cap_117.html
Cap_118.html
Cap_119.html
Cap_120.html
Cap_121.html
Cap_122.html
Cap_123.html
Cap_124.html
Cap_125.html
Cap_126.html
Cap_127.html
Cap_128.html
Cap_129.html
Cap_130.html
Cap_131.html
Cap_132.html
Cap_133.html
Cap_134.html
Cap_135.html
Cap_136.html
Cap_137.html
Cap_138.html
Cap_139.html
Cap_140.html
Cap_141.html
Cap_142.html
Cap_143.html
Cap_144.html
Cap_145.html
Cap_146.html
Cap_147.html
Cap_148.html
Cap_149.html
Cap_150.html
Cap_151.html
Cap_152.html
Cap_153.html
Cap_154.html
Cap_155.html
Cap_156.html
Cap_157.html
Cap_158.html
Cap_159.html
Cap_160.html
Cap_161.html
Cap_162.html
Cap_163.html
Cap_164.html
Cap_165.html
Cap_166.html
Cap_167.html
Cap_168.html
Cap_169.html
Cap_170.html
Cap_171.html
Cap_172.html
Cap_173.html
Cap_174.html
Cap_175.html
Cap_176.html
Cap_177.html
Cap_178.html
Cap_179.html
Cap_180.html
Cap_181.html
Cap_182.html
Cap_183.html
Epilogo.html
autor.xhtml