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14 de septiembre de 1929
Pequeñita:
Me gustó su carta, pero me gustó todavía más lo que vino antes de la carta, que fue su propia persona. En fin, el viaje entre el Rocio y la Estrela, que no acostumbra a ser una cosa demasiado transatlántica de belleza, fue ayer dos veces agradable, salvo al final de la segunda vez, porque, por ayer, terminó allí. Si en vez de transatlántica hubiese sido transvidiana (¡curiosa e inexplicable expresión!) habría sido preferible a todo lo preferible que fue. Es exactamente esto lo que me pregunta, y a lo que respondo.
No sé escribir cartas largas. Escribo tanto por obligación y por maldición, que llego a tener horror a escribir por cualquier fin útil o agradable. Prefiero hablar, porque para hablar es necesario estar presente, ambos presentes, salvo en ese caso infame del teléfono, donde hay voces sin caras.
Si un día cualquiera, por uno de esos lapsus en que siempre es agradable caer a propósito, nos encontrásemos y tomásemos por equivocación el tranvía de Lumiar o del Poço do Bispo (35 minutos), habría más tiempo para encontrarnos por casualidad.
El domingo, o sea mañana, la llamo por teléfono, pero no creo que pase por la Plaza del dramaturgo. No es que no pueda, sino que no me hace gracia verla a cuarenta y un metros de distancia (de la esquina de la Avenida, a la ventana de su casa). Confío en poder verla y hablarle. ¿Y si le telefonease hoy mismo? Quizá lo haga.
Ya está. Son casi dos páginas de tabarra. Pero todavía sale ganando… La tabarra será suya, pero yo me quedo con la tristeza.
Esas palabras son de un individuo que, aparte de ser «pessoa[11]», se llama preliminarmente
Fernando