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19 de marzo de 1920
Mi pequeño Bebé (y actualmente muy malo):
La carta que va adjunta es también la que acabo de mandar a tu casa a través de Osorio. Espero poder entregarte ambas mañana, cuando vaya a esperarte a la salida de la oficina Dupin[8].
Sobre la información que te han dado sobre mí, no sólo quiero repetirte que es completamente falsa, sino decirte también que la «persona respetable» que le dio esa información a tu hermana, o bien se la inventó por completo y encima de ser mentirosa está loca, o bien esa persona no existe y fue tu hermana quien se la inventó; no digo que se inventó a la persona, sino que se inventó que determinada persona le dijo algo que nadie le dijo.
Mira, amor mío: siempre es malo, en estas cosas, juzgar que los demás no pasan de tontos.
Sobre esa «persona», y lo que de ella me dijiste (obviamente porque te lo habían dicho), haré dos observaciones: 1. que esa persona «sabe» que me gustas; 2. que «sabe» que no es con intenciones serias que tú me gustas.
Por lo tanto, comencemos por una cosa: nadie sabe si me gustas o no, porque yo nunca hice a nadie confidente del asunto. Partamos del supuesto de que esa «persona respetable» no «sepa», pero imagine que tú me gustas. Dado que tiene que haber una base para imaginar algo semejante, esa persona debe de haber detectado entre nosotros algún intercambio de miradas, notado entre nosotros (o más bien en este caso, de mí hacia ti) alguna cosa. Quiero decir que se trata de una persona de esta oficina, que viene aquí seguido, o en todo caso, que recibe informaciones de alguien que viene aquí seguido. Pero para poder afirmar, aunque sea por informaciones de terceros, que sí, que de verdad me gustas, sólo puede tratarse de alguien de la familia de mi primo (a quien él le hubiese confiado sus «sospechas» acerca de que me gustas), o bien de la familia de Osorio.
Todas éstas son suposiciones; incluso la de que se trata de una persona de la familia de alguien que trabaja en la oficina supone concederle demasiada tolerancia a una afirmación como la: de que esa persona «sepa» que me gustas.
Si ya no hay casi nadie (nadie que lo sepa por confidencia mía, y casi nadie que lo pueda «imaginar») que sepa con seguridad si yo te amo, menos hay —no hay nadie entonces— que sea capaz de decir que yo no te amo con intenciones serias. Para eso, sería preciso estar dentro de mi corazón, y aún así, sería necesario ver mal, pues lo que vería sería una estupidez.
En cuanto a la afirmación de que tengo una «mujer», si no la has inventado tú para apartarte de mí, formula a la respetable persona (si existe) que ha informado a tu hermana, las siguientes preguntas:
1. ¿De qué mujer se trata?
2. ¿Dónde vivo o he vivido con ella, o dónde voy a visitarla (si es que nos suponen dos amantes que viven en casas diferentes) y cuánto tiempo hace que la conozco?
3. Cualquier información que identifique a esa «mujer».
Si toda la historia no es una invención tuya, te aseguro que vas a encontrarte con una «retirada» inmediata de la persona que te ha dado dicha información, la «retirada» que practican todos aquellos que son descubiertos mintiendo. Y si dicha «persona respetable» tuviese el descaro de darte detalles, basta que tú los compruebes, los investigues. Verás que son mentiras de principio a fin.
¡Ah, esto no es más que un enredo —muy infame y, como muchas cosas infames, muy estúpido— para apartarme de ti! ¿De quien provendrá el enredo? ¿O acaso no hay enredo alguno y se trata de un simple pretexto tuyo para librarte finalmente de mí? Vaya uno a saber… Lo supongo todo, tengo derecho a suponerlo todo.
En verdad creo que merecía ser mejor tratado por el Destino, por el Destino y por la gente.
A ver si consigo que esta carta llegue a tus manos hoy mismo, bajo cualquier pretexto. Si no, te la entregaré mañana, cuando nos encontremos aquí a las doce y media.
Lee con atención la carta adjunta que te escribí hoy por la madrugada y que no recibiste, porque Osorio la llevó justo cuando viniste aquí. Mira lo que es escribir una carta para luego recibir como respuesta esa serie de novedades y «cosas agradables» con que me obsequiaste.
P.S.: Después de todo, ¿cuál es la verdad en medio de todo esto? Empiezo a desconfiar de todo y de todos.
¿Cómo fue eso de no ir… y después ir… a Dupin?
¿Cómo es que de pronto fuiste a contarle confidencias a tu hermana?
Empiezo a no entender bien…
Empiezo a no saber muy bien qué pensar.
P.S.2: Otra cosa, si la tal «persona respetable» existe (cosa que dudo), analiza qué fines personales podría perseguir para querer apartarme de ti. Mira si no hay, al menos, vínculos de amistad con cualquier otro pretendiente tuyo. Esa «persona respetable» debe de ser pariente del Sr. Crosse, seguramente, en cuanto a su existencia real. Te espero mañana en la oficina a la hora convenida.
Ah, amor mío, amor mío, ¿acaso quieres huir de mí para siempre, o alguien se opone a nuestro amor?
Tuyo, siempre tuyo,
Fernando