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30 de mayo de 1920
Mi Bebé querido:
Imagínate que, tanto por haberme levantado muy pronto ayer, como por estar verdaderamente cansado, me he despertado hoy a las once. No he ido a la Baixa hasta pasado el mediodía y a las doce y media pasé por tu calle. Me dio mucha pena no verte pero, claro está, no me extrañó que a esa hora ya no estuvieses en la ventana. Perdóname, Bebé; no fue por mi culpa sino por culpa de mi sueño que no acudí a nuestra cita. Por supuesto te veré mañana, pero no sé si podré ir a Belem; lo más probable es que vaya a Santos. En todo caso, lo segundo es preferible.
Las condiciones en que estoy escribiendo esta carta, con mi primo paseándose por mi casa, no son muy buenas. Por eso aprovecho ahora que no está cerca, para enviarte muchos y muchos besitos.
Tuyo, siempre tuyo,
Fernando
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31 de mayo de 1920
Pequeño Bebé del Nininho-ninho:
¡Oh!
Estó quibiendo para decí a Bebezinho que me gutó mucho la catita suya. ¡Oh!
Y que tuve mucha pena de no tar con Bebé y dar sitos.
¡Oh! ¡El Nininho es pequenininho!
Hoy el Nininho no va a Belem porque, como no sabía s’había tranvías, quedé en tar aquí a seis oas.
Mañana, a no se que Nininho no pueda, sale d’aquí a las cinco y media (es decir, la media[10] de las cinco y media).
Mañana Bebé espera a Nininho, ¿verdad? En Belem, ¿verdad? ¿Verdad?
Sitos, sitos y más sitos,
Fernando