capítulo 11), el entorno altamente competitivo, turbulento y dinámico que caracteriza al sistema económico estadounidense al inicio del nuevo milenio, convierte a la inteligencia emocional en un factor más vital de lo que fuera antes. Los rápidos cambios tecnológicos y unas plantillas cada vez más diversas, así como la globalización de los mercados, contribuyen a la creciente necesidad de IE. No obstante, esos mismos factores están creando un clima en el que resulta cada vez más difícil que las personas desarrollen y utilicen la inteligencia emocional, tan necesaria en la eficacia organizativa. Incluso los ejecutivos del más alto nivel tienen dificultades para concentrarse en otra cosa que no sean resultados a corto plazo. Y sin embargo, el desarrollo de la inteligencia emocional requiere de reflexión y aprendizaje continuos. Las personas deberían distanciarse de esa tendencia de hacer más y más cosas, y en su lugar concentrarse en el desarrollo personal. Conseguir tiempo cada semana para dicha actividad es un lujo inalcanzable para muchos. Sólo los más inteligentes emocionalmente cuentan con el entendimiento y la determinación con que hacerlo. No está nada claro cómo puede ayudarse a todos aquellos que carecen de este nivel de IE con el fin de que cambien sus prioridades, encontrando los medios que les permitan desarrollarla.
El segundo dilema es resultado del hecho de que gran parte de las investigaciones sobre las que se basa este campo han sido llevadas a cabo por firmas que cuentan con pocos incentivos a la hora de publicar sus trabajos, y en cambio sí que los tienen para no hacerlo. Por ejemplo, la mayoría de los estudios más interesantes y convincentes fueron realizados por firmas de asesoría como Hay/McBer (véanse capítulos