Poole no había creído realmente en la
bravata del maestro de vuelo: "Puede tener
cualquier decorado que le guste", e intentó lanzarle lo que estaba seguro que era un desafío imposible. Pero en ese primer vuelo, a la aturullante altura de cincuenta metros, no había distracciones visuales. Naturalmente, una caída desde la altitud equivalente de cinco metros con la gravedad terrestre, diez veces superior, podría hacer que uno se rompiera el cuello; sin embargo, allí hasta los rasguños de poca monta eran improbables, ya que todo el piso estaba cubierto con una red de cables flexibles. Toda la cámara era un gigantesco trampolín en el que se podría, según pensaba Poole, divertirse mucho... aun sin alas.
Con aleteos firmes y dirigidos hacia abajo, Poole se elevó por el aire. En poquísimo tiempo pareció que estaba a cien metros en el aire, y seguía ascendiendo. —¡Aminore! —indicó el maestro de vuelo—. ¡No puedo seguir su ritmo! Poole se enderezó; después intentó un giro lento. Se sentía mareado y con el cuerpo liviano (¡menos de diez kilogramos!), y se preguntó si había aumentado la concentración de oxígeno.
Eso era maravilloso, completamente distinto de la gravedad cero, ya que presentaba un mayor desafío físico. Lo que más se le acercaba era el buceo con equipo autónomo: deseó que hubiera habido pájaros allí, para emular los igualmente coloridos peces coralinos que tan a menudo lo habían acompañado en los arrecifes tropicales. El maestro de vuelo le hizo efectuar una serie de maniobras sucesivas: giros, rizos, vuelo cabeza abajo, revoloteo... finalmente le dijo: —No puedo enseñarle nada más. Ahora, disfrutemos de la vista. Durante un instante, Poole casi perdió el control... como probablemente se esperaba que le ocurriera pues, sin la más mínima advertencia, se encontró rodeado por montañas coronadas por la nieve, y volando bajo a través de un estrecho paso, a nada más que metros de algunas rocas desagradablemente puntiagudas. Por supuesto, eso no podía ser real: esas montañas eran tan carentes de consistencia como nubes y, si así lo deseara, podría volar directamente a través de ellas. No obstante, se apartó de la pared del acantilado (había un nido de águila en una de sus salientes, dentro del cual se veían dos huevos que pensó que podría tocar, si se acercaba más), y enfiló hacia espacios más abiertos.
Las montañas desaparecieron; repentinamente se hizo de noche, y entonces salieron las estrellas, no los escasos miles que se veían en los empobrecidos cielos de la Tierra, sino legiones en cantidades incontables. Y no sólo estrellas, sino los torbellinos espiralados de distantes galaxias; los abigarrados y apiñados enjambres de soles, de las acumulaciones globulares.
No había posibilidad alguna de que eso pudiera ser real, incluso si lo hubieran transportado mágicamente a algún mundo en el que tales cielos existieran. Pues esas galaxias se alejaban de él mientras las miraba; algunas estrellas se apagaban, estallaban, nacían en viveros estelares de fulgurantes gases ígneos. Cada segundo debía de estar transcurriendo un millón de años...
El avasallador espectáculo desapareció tan rápido como había aparecido: Poole estaba de vuelta en el cielo vacío, solo, con la salvedad de su instructor, en el cilindro azul sin detalles del aviario.
—Creo que eso es suficiente para un día —dijo el maestro de vuelo, revoloteando unos pocos metros por encima de Poole—. ¿Qué decorado le gustaría la próxima vez que venga aquí?
Poole no vaciló. Sonriendo, respondió a la pregunta. 11 - Haya aquí dragones
cualquier decorado que le guste", e intentó lanzarle lo que estaba seguro que era un desafío imposible. Pero en ese primer vuelo, a la aturullante altura de cincuenta metros, no había distracciones visuales. Naturalmente, una caída desde la altitud equivalente de cinco metros con la gravedad terrestre, diez veces superior, podría hacer que uno se rompiera el cuello; sin embargo, allí hasta los rasguños de poca monta eran improbables, ya que todo el piso estaba cubierto con una red de cables flexibles. Toda la cámara era un gigantesco trampolín en el que se podría, según pensaba Poole, divertirse mucho... aun sin alas.
Con aleteos firmes y dirigidos hacia abajo, Poole se elevó por el aire. En poquísimo tiempo pareció que estaba a cien metros en el aire, y seguía ascendiendo. —¡Aminore! —indicó el maestro de vuelo—. ¡No puedo seguir su ritmo! Poole se enderezó; después intentó un giro lento. Se sentía mareado y con el cuerpo liviano (¡menos de diez kilogramos!), y se preguntó si había aumentado la concentración de oxígeno.
Eso era maravilloso, completamente distinto de la gravedad cero, ya que presentaba un mayor desafío físico. Lo que más se le acercaba era el buceo con equipo autónomo: deseó que hubiera habido pájaros allí, para emular los igualmente coloridos peces coralinos que tan a menudo lo habían acompañado en los arrecifes tropicales. El maestro de vuelo le hizo efectuar una serie de maniobras sucesivas: giros, rizos, vuelo cabeza abajo, revoloteo... finalmente le dijo: —No puedo enseñarle nada más. Ahora, disfrutemos de la vista. Durante un instante, Poole casi perdió el control... como probablemente se esperaba que le ocurriera pues, sin la más mínima advertencia, se encontró rodeado por montañas coronadas por la nieve, y volando bajo a través de un estrecho paso, a nada más que metros de algunas rocas desagradablemente puntiagudas. Por supuesto, eso no podía ser real: esas montañas eran tan carentes de consistencia como nubes y, si así lo deseara, podría volar directamente a través de ellas. No obstante, se apartó de la pared del acantilado (había un nido de águila en una de sus salientes, dentro del cual se veían dos huevos que pensó que podría tocar, si se acercaba más), y enfiló hacia espacios más abiertos.
Las montañas desaparecieron; repentinamente se hizo de noche, y entonces salieron las estrellas, no los escasos miles que se veían en los empobrecidos cielos de la Tierra, sino legiones en cantidades incontables. Y no sólo estrellas, sino los torbellinos espiralados de distantes galaxias; los abigarrados y apiñados enjambres de soles, de las acumulaciones globulares.
No había posibilidad alguna de que eso pudiera ser real, incluso si lo hubieran transportado mágicamente a algún mundo en el que tales cielos existieran. Pues esas galaxias se alejaban de él mientras las miraba; algunas estrellas se apagaban, estallaban, nacían en viveros estelares de fulgurantes gases ígneos. Cada segundo debía de estar transcurriendo un millón de años...
El avasallador espectáculo desapareció tan rápido como había aparecido: Poole estaba de vuelta en el cielo vacío, solo, con la salvedad de su instructor, en el cilindro azul sin detalles del aviario.
—Creo que eso es suficiente para un día —dijo el maestro de vuelo, revoloteando unos pocos metros por encima de Poole—. ¿Qué decorado le gustaría la próxima vez que venga aquí?
Poole no vaciló. Sonriendo, respondió a la pregunta. 11 - Haya aquí dragones