39
Estaban cansados y cubiertos de sudor en la oficina de Stohrmann, esperando. Erdmann confiaba en no tener que permanecer mucho tiempo allí, pues se sentía exprimido, agotado como nunca. Y Matthiessen parecía encontrarse en un estado similar.
Stohrmann había llegado del hospital y le aguardaba un grupo de policías de alto rango y políticos que deseaba oír su informe, dado que el caso había atraído el interés de la opinión pública. Pero antes que nada era él quien debía escucharles a ellos. Cuando entró, aún antes de alcanzar su escritorio, les conminó a hablar.
—Quiero saber qué ha sucedido exactamente.
—¿Cómo se encuentra Heike Kleenkamp? —le ignoró Matthiessen.
Stohrmann se sentó.
—Conservará feas cicatrices durante el resto de su vida, pero sobrevivirá. Las heridas emocionales ya serán otra cosa, imposible de evaluar de momento. No reacciona cuando se le habla y tardará bastante en recuperarse, según parece. Nadie puede decir ahora qué sucederá con ella. Dieter Kleenkamp ya es feliz con haber recuperado a su hija con vida. Nina Hartmann no presenta heridas, pero sí se encuentra bajo los efectos de un fuerte shock.
—¿Y Helga Jäger? —insistió Matthiessen.
Stohrmann se encogió de hombros.
—Posiblemente no recupere la movilidad de su brazo derecho. La bala que le disparó le destrozó la clavícula. Pero ahora quiero que hable usted y me explique cómo sucedió todo.
Erdmann miró a Matthiessen, que asintió, indicándole que ella se ocuparía.
—Hasta hace nada Helga Jäger fue la más fanática de las admiradoras de Christoph Jahn. Le adoraba, posiblemente estuviera enamorada de él. Le siguió desde Colonia hasta Hamburgo. Quería asegurarse de que las novelas de Jahn permanecieran un tiempo prolongado en las listas de éxito, algo que al parecer no logró en Colonia. En este caso se disponía a recrear la novela completa. Le hubiera llevado semanas y les hubiera costado la vida a varias mujeres. Comenzamos a sospechar de ella porque su nombre aparecía en la lista de estudiantes del curso de lengua castellana de Nina Hartmann. No creímos que fuera casual. Probablemente se había apuntado al curso para intimar con Nina. Planeaba llamar a la chica, citarla en algún lugar, aturdirla de algún modo y secuestrarla. Y es lo que hizo.
—Increíble —dijo Stohrmann, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué más?
—Al principio pensamos que podría ser cómplice de Jahn, pero entonces Erdmann advirtió algo —dijo Matthiessen, animando a su compañero a explicar su descubrimiento.
—Fue casual. Estuve repasando las fotografías que habíamos realizado de esa imitación de sótano, y constaté que el criminal había llegado incluso a situar allí un tubo mal colocado, con el que Matthiessen se golpeó la cabeza cuando visitamos la casa de Jahn. Eso parecía coincidir con el amor por el detalle de nuestro autor. Pero volví a leer el párrafo correspondiente a la descripción del sótano en la novela. El sótano se describe con minuciosidad, hasta el último detalle, y es idéntico al de Jahn. La caldera, las estanterías con todos los objetos colocados allí, sencillamente todo. Excepto el tubo.
—No comprendo lo que quiere decir. ¿Jahn olvidó mencionar ese tubo en su descripción?
—No, a Christoph Jahn no se le olvidarían esa clase de detalles. El tubo no aparece en la novela porque aún no existía cuando Jahn escribió El manuscrito.
Stohrmann le miró sin comprender.
—Cuando Matthiessen se golpeó en la cabeza en el sótano de Jahn, nuestro escritor nos explicó que el tubo se había instalado hacía poco tiempo, al ampliar el conducto de la caldera —continuó Erdmann—. Si el propio Jahn hubiera hecho reconstruir su sótano se hubiera guiado por su novela de la forma más estricta, obviando el tubo. Sin embargo, en realidad Helga no imitó la novela, sino el sótano que conocía. Dado que sabía cómo era el original, no necesitaba leerlo. Y la imagen que había en su mente incluía el nuevo tubo.
Stohrmann reflexionó unos instantes y frunció los labios.
—Me deja admirado, Erdmann, ha realizado un trabajo de investigación excelente. Pero si ha hecho todo esto por Jahn, ¿por qué se siente ahora estafada?
—Como le comenté, su adoración por Jahn acabó hace dos días —continuó Matthiessen de nuevo—. Fue el momento en el que supo que la mayor parte de esos libros que tanto admiraba habían sido escritos por Werner Lorth.
—¿Quién se lo dijo? ¿Vosotros?
—No. Se lo comentamos a Miriam Hansen, y ésta se dirigió a casa de Jahn para hablar con él, pues se sentía estafada. Pero el escritor no se encontraba en casa y, decepcionada como se sentía, decidió desahogarse con el ama de llaves. A Helga Jäger se le vino el mundo encima. Su gran ídolo era un estafador. Estaba fuera de sí, decepcionada y muy enfadada. Había hecho todas estas cosas sólo por él, y este le había estado mintiendo todo el tiempo. Decidió castigarlo por ello, lograr que se le culpara de todas las muertes. Pero en primer lugar debía confirmar que la información recibida de Miriam Hansen era cierta. De modo que llamó a la persona que mejor podía saberlo: Werner Lorth. Y se hizo pasar por Miriam Hansen.
Durante un momento reinó el silencio, que fue finalmente interrumpido por Erdmann.
—Desempeñó a la perfección el papel del ama de llaves preocupada, que había detectado un comportamiento extraño en su empleador durante los últimos días. Ocultó los pinceles que había fabricado con el pelo de la víctima del crimen de Colonia, tal como se describía en la otra novela, usando para ello el bidón de aceite del sótano de Jahn. Pegó etiquetitas en la novela con los nombres de Jahn y Lorth impresos, para que no nos sorprendiera que no se trataba de la letra de Jahn. Por supuesto, contaba con que registráramos también su propia vivienda, pero probablemente ocultó tanto el álbum de fotos como el contrato de alquiler en algún otro lugar la primera vez que lo hicimos, supuso que no miraríamos más y, después de nuestro primer registro, lo volvió a dejar todo en su casa. Por fin, ayer llamó a Jahn y, entre susurros e intentando que no la reconociera, le indicó que debía acudir al sótano donde encontraría a las mujeres desaparecidas. Más tarde él podría llamar a la policía y convertirse en un héroe. Sin embargo, según le dijo, si se negaba a acudir a aquel sótano, Heike Kleenkamp y Nina Hartmann morirían. Helga Jäger suponía que seguiríamos al autor hasta allí. No imaginaba que sería atropellado por un camión durante su huida, pero no le vino mal.
Stohrmann asintió mirando a un punto fijo en el escritorio.
—De acuerdo, con eso es suficiente. Las autoridades estarán satisfechas. Cuando se les muestren las fotografías del sótano en el que esa perturbada guardaba sus instrumentos y la piel de las chicas asesinadas, los de la prensa se volverán locos.
—¿Podemos marcharnos ya? —preguntó Matthiessen.
—No, no olviden que aún nos queda la rueda de prensa. Fama y honor.
Matthiessen entornó los ojos y se puso en pie.
—Nos tomaremos un café para mantener los ojos abiertos. ¿Vienes? —le preguntó a Erdmann.
Éste sacudió la cabeza.
—Dentro de un momento.
Ella le miró con sorpresa, pero se dio la vuelta y abandonó el despacho de Stohrmann sin decir nada más. Una vez que cerró la puerta, Erdmann comenzó a hablar:
—Brevemente, Stohrmann. Andrea Matthiessen es la compañera más capaz y competente con la que jamás he trabajado. Se ha comportado como una profesional y ha salvado la vida de Heike Kleenkamp por su capacidad de reacción. No es culpable de la muerte de su hermano, ni de ningún otro compañero. No puede tolerarse el comportamiento que tiene con ella, y más si consideramos que también en su propia carrera hubo alguna que otra circunstancia dudosa, por decirlo con delicadeza. Tengo un primo en una posición destacada que me ha informado sobre usted. Y no quiero añadir nada más. A partir de ahora existen dos posibilidades: o en la rueda de prensa suelto alguna que otra información indeseable, o acordamos ahora, en este mismo momento, que se termina de una vez por todas esa estúpida persecución suya y deja en paz a Andrea Matthiessen en el futuro. Es la manera de que me calle todo lo que sé. ¿Qué me dice?
El rostro de Stohrmann había adquirido una expresión dura. Miró a Erdmann fijamente a los ojos.
—¿Me chantajea?
—No. Simplemente le muestro sus opciones.
El silencio se prolongó durante varios segundos, hasta que finalmente Stohrmann asintió.
—De acuerdo.
—Bien. Pero si decidiera modificar su comportamiento una vez que termine todo este lío… estoy seguro de que el señor Kleenkamp agradecerá una buena historia.
Stohrmann asintió sin decir palabra y abandonó su despacho.
También Erdmann se puso en pie. No sabía nada comprometedor sobre Stohrmann ni tenía primos.
Pero a veces un farol conduce al éxito, se dijo, y cansado, pero feliz, se dirigió al encuentro de su inspectora jefe favorita.