26
Cuando tras el segundo timbrazo siguió sin responder nadie, a Erdmann se le ocurrió empujar la puerta. No estaba cerrada y se abrió mostrando el pequeño pasillo. Se miraron brevemente, tras lo cual Erdmann sacó su arma y comenzó a avanzar lentamente hacia el interior de la vivienda. Recordó las palabras de Stohrmann: Su compañero confiaba en ella, pero se cagó en los pantalones. No es capaz de controlar las situaciones conflictivas. Se paraliza. El criminal le sacó la pistola de la cartuchera con toda tranquilidad y ella le dejó hacerlo. Tenía tanto miedo que era incapaz de moverse…
Se detuvo, dudó un momento, se volvió hacia Matthiessen y se maldijo por ello. Si había alguien allí ahora mismo, acababa de ofrecerle una oportunidad de oro para sorprenderlo. Y hubiera sido culpa de Stohrmann. Se concentró de nuevo en mirar hacia delante. Sin embargo, era consciente de que su compañera sabía por qué se había vuelto hacia ella.
Intentó no seguir pensando en ello y se concentró en lo que veía. Continuó avanzando despacio, con todos los sentidos alerta. Matthiessen le seguía. Se detuvo antes de entrar en el salón y le hizo una seña a su compañera para que se colocara a su lado. Lorth estaba en el suelo, a unos dos metros, tumbado boca abajo. Solo llevaba unos vaqueros desgastados.
—Mierda —maldijo Erdmann, que se alejó del salón con el arma alzada para inspeccionar el resto de las habitaciones. No había nadie más en la vivienda. Matthiessen se había agachado al lado de Lorth y le estaba tomando el pulso en el cuello.
—Está vivo. Ayúdame.
Le dieron la vuelta con cuidado, y el hombre soltó un quejido. Su aliento apestaba a alcohol.
—Vaya —murmuró Erdmann, apartando asqueado el rostro y poniéndose en pie—. Solo está borracho.
Miró a su alrededor y encontró rápidamente lo que buscaba: Una botella de ron al lado del sofá, y sobre la mesa una de brandy en la que aún quedaba algo del líquido oscuro.
—Si ayer esas botellas estaban llenas debe estar en coma etílico.
Matthiessen se puso en pie.
—Ayúdame a llevarlo a la ducha —le indicó a Erdmann, e insistió cuando éste se limitó a mirarla, sin comprender, y no se movió—. Vamos. Necesitamos hablar con él y en este estado no nos sirve de nada.
Entre los dos lograron ponerle en pie y arrastrarlo hasta el pequeño baño cercano. A Erdmann le supuso un gran esfuerzo tocar a aquel hombre, más aún cuando vio el estado del baño, cuyo suelo estaba cubierto de pelos, polvo y suciedad. Estuvo tentado de dejarlo caer y salir de allí. Introdujeron el torso de Lorth dentro del plato de ducha, con el rostro hacia arriba, y Matthiessen abrió sin dudar el grifo del agua fría. Durante dos o tres segundos el agua helada cayó sobre el escuálido revisor sin que éste reaccionara. Después, repentinamente, gritó, se levantó boqueando y manoteó intentando alejar de sí a los policías que lo sujetaban. Matthiessen saltó hacia atrás para no ser alcanzada en aquel pataleo. Lorth se sacudía como un perro; las gotas de agua salpicaron por el baño, aterrizando también en los vaqueros de diseño de Erdmann, lo cual no contribuyó precisamente a mejorar su ánimo. Cuando Lorth al fin se tranquilizó y se refugió, tembloroso, en el rincón más próximo al desagüe de la ducha, Erdmann cerró el grifo.
—¿A qué viene esto? —gruñó Lorth, frotándose los ojos, mientras a su alrededor comenzaba a formarse un charco—. ¿Se han vuelto locos? ¿Qué…? ¿Qué hora es? ¿Y cómo han entrado?
—La puerta estaba abierta, Lorth —le informó Erdmann—. Imagino que se sintió demasiado… cansado anoche como para cerrar con llave antes de decidir acostarse a descansar un poco en el suelo del salón.
—Es casi mediodía y acabamos de hablar con el señor Lüdtke —añadió Matthiessen desde la puerta del baño—. Y nos pareció oportuno volver a visitarle.
—Ahora no puede ser —protestó el revisor en tono lloroso—. No me encuentro bien. Me siento mareado. Tengo un terrible dolor de cabeza. Vuelvan por la noche. Ahora mismo no puedo atenderles.
Erdmann miró a Matthiessen.
—Esto no tiene ningún sentido. Paso de esforzarme y razonar con un individuo con una resaca como ésta. Llamaré a un coche patrulla y que le recojan unos agentes y le lleven a Jefatura. Ya hablaremos allí con él.
Matthiessen miró a Lorth, estudió su lamentable aspecto y asintió.
—Sí, creo que será lo mejor.
—De acuerdo, de acuerdo… Mi cabeza… Pregunte. Pregunten lo que deseen.
—Le propongo que en primer lugar se cambie de ropa y se ponga algo seco. Le esperaremos en el salón.
Matthiessen salió del baño y Erdmann la siguió hasta el pasillo. El revisor continuó unos minutos más sentado en el suelo, murmurando algo ininteligible.
Una vez en el salón Erdmann, se dirigió directamente hacia la ventana. Abrió ambas hojas y respiró algo de aire puro.
A Lorth le llevó unos minutos unirse a ellos. Llevaba ahora unos pantalones de chándal que le quedaban extremadamente anchos, y completaba su atuendo una sudadera de una universidad americana. Caminaba inclinado hacia delante, y no cesaba de frotarse la frente con una mano.
—Ah, ya está usted aquí —le saludó Matthiessen como si hiciera tiempo que no se veían—. Siéntese por favor.
Lorth se dejó caer en el sofá e hizo una mueca.
—Se comporta como si ésta fuera su casa y no la mía.
—Dios me libre —se le escapó a Erdmann con cara de asco.
Matthiessen se sentó frente a Lorth, que de inmediato se colocó un cigarrillo entre los labios y lo encendió. A Erdmann se le revolvió el estómago. Sintió el impulso de abandonar aquella vivienda apestosa y olvidarse de su repugnante inquilino.
—Para abreviar: acabamos de mantener una interesante conversación con el señor Lüdtke para consultarle su opinión acerca de las modificaciones que suele usted realizar en las obras de Jahn. Y dice no conocer lo importantes que han sido supuestamente esos cambios.
Lorth se pasó la mano por la incipiente barba produciendo un desagradable sonido rasposo.
—¿Eso es lo que dice? Bueno, es posible que no conozca el verdadero alcance. Tal vez no se lo haya comentado, no lo recuerdo.
Erdmann tenía la certeza de que Lorth les estaba mintiendo.
—Tampoco es que sea demasiado relevante. Los manuscritos de Jahn tenían que ser corregidos en algunos puntos y eso fue lo que hice.
—¿En algunos puntos? No es eso lo que nos dio a entender ayer. El señor Lüdtke insinuó que usted pretendía exagerar su importancia. Al parecer estaba en lo cierto.
Lorth se estremeció.
—Me es indiferente lo que piense Lüdtke.
—Tuve la impresión de que su editor no posee un concepto demasiado favorable ni de su persona ni de su trabajo —continuó comentando Erdmann en un tono amigable—. También nos mencionó que le gusta beber de vez en cuando. Y, bueno, ya se sabe que el alcohol distorsiona la realidad, provocando alucinaciones. Tal vez su editor piense que esos supuestos cambios que dice haber realizado en la obra de Jahn no sean más que resultado de una de esas alucinaciones suyas. Es su jefe y…
Lorth se estremeció de nuevo.
—¿Una alucinación? ¿Alcohol? ¿Ha dicho eso?
Erdmann se limitó a mirarlo fijamente.
—¿Ah, sí? Pues les voy a decir una cosa…
Se inclinó rápidamente hacia delante, pero aquel movimiento repentino llevó una mueca de dolor a su rostro. Sin embargo, estaba tan alterado que no pareció advertirlo siquiera. Dio dos caladas a su cigarrillo, inhaló el humo y apagó la colilla en el cenicero.
—Soy un cobarde. Sí, es lo que soy. Cuando supe ayer que El manuscrito había sido imitado no pude creer en mi suerte. Sí, ya sé, piensan ustedes que no tengo sentimientos o compasión o lo que quiera que debería sentir. Todo eso no son más que estupideces. Por supuesto, lamento lo de esas mujeres, pero también soy consciente de que ahora todo es muy distinto y no se puede comparar con lo sucedido hace cuatro años. Me refiero a la venta de libros. Porque tanto los asesinatos como la historia en sí son mucho más crueles. Y al público le gusta la crueldad, se lo aseguro. Pensé que ésta sería mi oportunidad de retirarme, ¿saben? Porque es cierto que fui yo quien escribí la mayor parte de esa novela. Jahn tuvo que aceptar los cambios por escrito para evitar problemas con la editorial. Pero yo…
—¿Aún conserva el escrito que firmó Jahn mostrando su acuerdo? —le interrumpió Matthiessen—. ¿O tal vez alguna copia de él?
—No, por desgracia no lo conservo. Pensé que había llegado el momento en el que todo el mundo supiera que las novelas de Jahn son más mías que suyas. Incluso si eso significa que la editorial me despide porque he revelado el gran secreto. Si El manuscrito se convierte en un bestseller, y lo hará, y se llega a saber que yo soy el verdadero autor, podré dejar de una vez de reescribir los textos de algún inútil que gracias a mí se hace famoso y rico, como ha estado sucediendo hasta ahora. Cualquier editorial aceptaría un manuscrito mío. Estoy seguro.
—¿A qué se refería con lo de cobarde? —preguntó Erdmann secamente.
—Me sentí un cobarde ayer por la noche. —Su voz volvió a adquirir un quejumbroso—. Llamé a Lüdtke y se lo conté todo. Que había hablado con la policía y todo lo que les había revelado. ¿Y saben qué hizo? Me dijo que había incumplido mi contrato con la editorial, que contenía una cláusula de confidencialidad, y que había informaciones internas que me estaba prohibido revelar. Que se pasaría por aquí, por mi casa, para discutir el asunto. Y vino, con dos botellas de licor, y cuando se lo expliqué todo, me tranquilizó, me sugirió que me tomase un par de copas y me quedara en casa al día siguiente. Que ya se ocuparía él de todo. Que no me preocupara de nada más. Pero sí tenía que prometerle que les diría que había exagerado mi papel en la revisión del manuscrito.
A Erdmann no le gustaba aquel individuo resacoso que apestaba, y le hubiera encantado poder considerar absurdas sus palabras. Pero no podía hacerlo. No encontraba nada que le hiciera dudar de que aquel hombre les había hablado con sinceridad.
—No puede probar nada de lo que dice, Lorth —dijo Erdmann.
—¿Y qué? No necesito demostrar nada. Pregúntenle a Christoph Jahn. ¿Piensan que aceptó voluntariamente modificar sus libros hasta el punto de que eran más míos que suyos? Lüdtke le amenazó, le exigió que devolviera su anticipo, que estaba incumpliendo su contrato. Jahn me odia, pero no dudo de que es lo suficientemente honesto como para confirmar todo lo que les he dicho. Pregúntenle.
—Así lo haremos, desde luego. Otra cosa, Lorth, ¿ha comentado con alguien las informaciones que le hemos facilitado?
—¿Cómo? No.
—¿De modo que si he leído esta mañana en la prensa algo sobre el tema no es usted quién lo ha filtrado? Se lo voy a dejar claro: si ha sido usted lo sabremos.
—No, no he dicho nada. Yo no he sido.
Erdmann le miró con aire de sospecha.
—¿A qué se refiere con yo no? ¿Nos está sugiriendo algo?
—Por supuesto. Anoche recibí una llamada de teléfono, de una tal Miriam Hansen. Estaba muy… nerviosa, por decirlo delicadamente, y quería saber si era cierto que gran parte de las novelas de Jahn habían sido escritas por mí. Fue bastante insistente, quería conocer detalles. Qué novelas y qué párrafos. Por supuesto, se lo revelé, de todos modos ya poseía la mayor parte de la información. Supuse que de ustedes, ¿de quién si no?
Los pensamientos de Erdmann se atropellaban. Miriam Hansen había llamado a Lorth. ¿Antes o después de ir a ver a Jahn?
—¿A qué hora fue eso?
—Aproximadamente una hora antes de que yo decidiera llamar a Lüdtke. Estaba viendo algo en la tele… un momento… aproximadamente a las diez y media.
—¿Y nos asegura que no ha hablado con la prensa?
—De nuevo, rotundamente no.
Matthiessen le hizo una seña a Erdmann para que abandonase aquella habitación.
—Hemos quedado con Lüdtke que le informaríamos si le encontrábamos en casa.
—Ese farsante. Sabe perfectamente que estaba en casa. ¿Dónde iba a estar?
—Queremos que se vista y nos acompañe a la editorial, Lorth —explicó Matthiessen.
—¿Por qué iba a hacer eso?
Erdmann notó cómo aquel hombre lograba de nuevo enardecerle. Y le irritó aquello.
—Lo hará porque se lo pedimos por favor.
—¿Y si no me apetece?
Erdmann se apartó, intentando controlarse, y dejó que contestara su compañera.
—Está usted en su derecho, por supuesto. En ese caso le entregaremos a usted y al señor Lüdtke una citación judicial para que se presenten ambos en Jefatura y les interrogaremos allí.
—¿Lo harán?
Erdmann se dio la vuelta.
—Lüdtke y usted se contradicen. Hemos de aclarar eso. Por supuesto que hemos de tener un careo. O ahora en la editorial, o más tarde en Jefatura. Y, créame, en Jefatura se le retendrá mucho más tiempo. ¿Alguna pregunta más? Porque si no es así, le rogaría que se vistiera y nos acompañara.
—De acuerdo. ¿Por qué no? Será interesante ver cómo mi editor intenta justificarse. Esperen un segundo.
Se puso en pie, se tambaleó un poco y se tocó la frente. Después abandonó la habitación con paso inseguro. Erdmann le vio marcharse, mientras fijaba la vista en aquel chándal demasiado grande, y sacudió la cabeza.