32

Poco después de las cuatro de la mañana se detuvieron ante la casa; les acompañaban dos agentes de uniforme que habían aparcado el coche patrulla tras el Golf. Matthiessen llevaba un sobre color marrón en la mano, que contenía fotografías del libro.

A diferencia de la última vez que estuvieron allí, la puerta estaba cerrada y tuvieron que llamar largo rato antes de que les atendieran. Finalmente, se encendió la luz dentro de la casa y apareció una sombra en el rellano de las escaleras.

—Maldita sea, ¿quién es? —dijo una voz sorda que pertenecía indiscutiblemente a Werner Lorth.

Matthiessen carraspeó.

—Policía. Inspectora jefe Matthiessen. Abra.

Durante un momento reinó el silencio.

—¿Se ha vuelto loca? —se oyó protestar después—. ¿Han visto qué hora es?

No parecía dispuesto a abrir la puerta.

—Sabemos perfectamente la hora que es pero tenemos que hablar con usted urgentemente. Abra.

—Ya es suficiente. Estamos en plena noche. Vuelvan mañana.

—También yo creo que es suficiente —le gritó Erdmann furioso a la puerta cerrada—. Se trata de vidas humanas, aunque a usted no le preocupe, de modo que abra.

Un titubeo, un chasquido, y la puerta se abrió.

Werner Lorth presentaba un aspecto deplorable. Su piel cenicienta estaba surcada por profundas arrugas, su pelo grasiento estaba revuelto. Llevaba un pantalón de pijama a rayas que había visto tiempos mejores y una camiseta interior con una gran mancha amarilla en el pecho. Tenía los pies enfundados en zapatillas de fieltro gris, que Erdmann jamás se hubiera atrevido a tocar. Unos segundos después de abrir la puerta percibió el olor que despedía el hombre: una mezcla de alcohol, tabaco y algo indeterminado. Se le revolvió el estómago.

La mirada de Lorth recayó sobre los dos agentes de uniforme.

—Tenemos que hablar con usted —repitió Matthiessen tras haber examinado al revisor de arriba abajo, y atrajo con ello la mirada de Lorth—. Todo apunta a que Jahn es nuestro secuestrador y ha asesinado a esas mujeres. Esta misma noche ha padecido un terrible accidente mientras intentaba huir. Está en coma.

Una breve emoción se reflejó en el rostro de Lorth, y volvió a fijar la vista en los agentes de uniforme, que parecían ponerle nervioso.

—Ya se lo dije desde un principio. Era evidente que sólo podía haber sido él. ¿Y por qué me despiertan en mitad de la noche? ¿Sólo para comunicarme que tenía razón?

—Si se tratara únicamente de eso no nos hubiéramos molestado en ponernos en camino —dijo Erdmann—. Tampoco le consideramos alguien tan importante, pero parece que usted también tiene algo que ver en toda esta historia.

Lorth puso cara de sorpresa.

—¿Qué? Vaya estupidez. ¿Cómo se le ha podido ocurrir semejante idea? Hace una eternidad que Jahn y yo no tenemos ninguna clase de contacto. ¿Por qué iba yo a…?

—¿Podemos entrar? —preguntó Matthiessen muy tranquila.

—¿Entrar? No. No voy a decir nada más, y menos en mitad de la noche. Déjenme dormir.

Quiso cerrar la puerta, pero Erdmann se apoyó contra ella y la volvió a abrir sin que Lorth pudiera evitarlo.

—Vístase, Lorth —le exigió—. Va a acompañarnos.

—¿Qué? No pueden… Quiero decir…

—Por supuesto que podemos. Venga. A vestirse.

La mano de Lorth, aferrada a la puerta, cayó de repente sin fuerzas y les dejó el paso libre.

—Está bien, lo siento. No he dormido demasiado y estoy cansado. Entren.

El piso de Lorth tenía el mismo aspecto que durante su última visita, incluso el olor era el mismo, quizá incluso algo más intenso. Erdmann se dirigió sin dudar a la ventana del salón y la abrió, mientras Lorth le observaba desde el sofá.

—¿Necesito un abogado?

Parecía asustado.

—Eso dependerá de lo que tenga que decirnos.

Matthiessen se sentó, mientras que Erdmann prefirió quedarse cerca de la ventana, al menos, hasta que se ventilara un poco la habitación. Los agentes de uniforme estaban en la puerta, pues Matthiessen les había dado instrucciones de que se retirasen un poco.

La mirada de Lorth recorrió la mesa como buscando algo, y a continuación comenzó a buscar por el pantalón del pijama. Sus cigarrillos.

—Quiero cooperar. Sólo que me han sorprendido cuando me han acusado de estar relacionado con el caso.

Matthiessen sacó las fotografías del sobre y se las mostró a Lorth.

—Hemos hallado una edición de El manuscrito en la que nuestro escritor ha colocado post-its con el nombre de él y el de usted. Mire. ¿Por qué cree que habrá hecho algo así?

—Tal vez para poder localizar los escasos pasajes que ha redactado él mismo. —Lorth se inclinó para ver mejor las fotografías—. No. —Señaló una pegatina con su nombre—. Aquí ha etiquetado con mi nombre un pasaje que es indudablemente suyo. Yo jamás escribiría de esa manera.

Dirigió una última mirada a las restantes fotografías del libro, después se irguió y alejó las imágenes.

—Ignoro a qué se debe todo esto.

Erdmann intercambió una breve mirada con Matthiessen.

—Cada uno de los pasajes etiquetados con su nombre describe algún tipo de tortura, Lorth. ¿No le parece extraño?

—En toda la novela no hay más que crímenes y torturas.

—Sí, pero su nombre aparece donde el criminal realiza algún tipo de acción que nuestro asesino también ha hecho. O asesinos. Porque se me ocurre que Jahn estuviera realizando algo planificado. Una distribución de tareas; quién debía hacer qué.

Erdmann había subido el tono de voz.

Lorth se estremeció.

—¿Qué? ¿Me está acusando de participar en esta locura de verdad? No puede hablar en serio.

—¿Por qué no, Lorth? Usted se beneficia de todo esto tanto como Jahn. Más aún, pues es su oportunidad para que el mundo se entere de quién ha escrito realmente las novelas. ¿No es así? Todos los periódicos hablan de ello y no pasará mucho tiempo antes de que alguien le haga una oferta.

Erdmann golpeó la mesa con la mano y Lorth se estremeció.

—Seguimos a Jahn hasta una de las mujeres secuestradas, pero continuamos ignorando el paradero de Heike Kleenkamp y Nina Hartmann. Si posee alguna información sobre este punto, dígamelo. Le beneficiará.

—¿Y cómo quiere que lo sepa? No tengo nada que ver con todo esto, maldita sea. ¿Se han vuelto todos locos? Sólo porque ese estúpido escritorcillo ha puesto mi nombre en unos post-its en un libro no pueden pensar que soy un asesino.

—¿Niega entonces estar relacionado con los secuestros y asesinatos? —preguntó Matthiessen.

—Sí, por supuesto. No tengo nada que ver con este asunto. Ese individuo me odia. Estoy convencido de que haría lo que fuera necesario para implicarme.

—Es bastante improbable —dijo Erdmann, ya mucho más tranquilo—. El libro estaba escondido y dudo que pudiera prever que iba a ser atropellado por un camión y que registraríamos su casa.

—Sea como sea, yo no he hecho nada.

Matthiessen reunió las fotografías de nuevo y las volvió a meter en el sobre. Sonó el móvil de Erdmann. Era Stohrmann, que, para su sorpresa, estaba llamando desde casa de Jahn.

—¿Se encuentra ese revisor con usted?

—Sí.

Erdmann se puso en pie y abandonó la habitación.

—¿Y? ¿Algo nuevo?

—Asegura no tener nada que ver con todo esto y no saber por qué Jahn ha escrito su nombre en los post-its.

—¿Le han tomado declaración a la señora Jäger la inspectora jefe y usted?

A Erdmann no le gustó el tono en el que se le formuló la pregunta. No hacía mucho que conocía a Stohrmann, pero había aprendido a entender esa forma de hablar.

—Sí, así es.

—¿Y saben algo de ese hombre con el que Jahn solía pasear últimamente?

—¿El hombre…? No, no nos lo ha mencionado.

—Al parecer nos han hecho las preguntas adecuadas.

Erdmann confiaba en saber pronto hacia dónde pretendía ir a parar su superior.

—¿A qué se refiere?

—La señora Jäger pudo observar a través de la ventana del salón cómo en repetidas ocasiones había alguien esperando a Jahn en el jardín cuando salía a pasear por la tarde.

Erdmann reflexionó.

—¿Y le ha reconocido? Ese jardín debe estar bastante oscuro por la noche.

—Me ha comentado que una de las farolas que iluminan la calle situada justo detrás enfoca precisamente ese punto del jardín. —Stohrmann parecía estar disfrutando—. Le ha descrito perfectamente y también conocía su nombre: Werner Lorth.

Cuando Erdmann regresó al salón, vio la mirada inquisidora de su compañera. Se dirigió a Lorth y se detuvo delante de él.

—¿Cuándo dice que ha visto a Christoph Jahn por última vez, y dónde?

Lorth parecía reflexionar, tal como quedaba reflejado en su rostro.

—Espere… quizá hace un año, o tal vez unos diez meses. En su casa. Me invitó, lo cual me sorprendió. Se debía a que había comenzado a escribir una nueva novela.

—¿Y en los últimos tiempos? ¿En las últimas semanas? ¿No se han visto? ¿Tal vez por la tarde, en su jardín?

Lorth abrió mucho los ojos.

—Por supuesto que no, de ningún modo.

—¿Está completamente seguro? ¿Lo mantendría incluso aunque le dijera que tenemos un testigo que puede identificarle?

—Estoy completamente seguro.

Parecía nervioso.

Erdmann asintió.

—Vístase. Nos acompañará.

—Pero…

—Vístase, Lorth, o le llevaremos tal como está.

—¿Hay alguien que asegura haberme visto en el jardín de Jahn? ¿Quién?

—Si no es cierto no tiene nada que temer, ¿no? También puedo detenerle formalmente.

Lorth dudó unos instantes, después se puso de pie y salió del salón arrastrando los pies. Erdmann le hizo una seña a los agentes de uniforme, que siguieron a Lorth, y se volvió hacia Matthiessen, que había asistido en silencio a la última conversación. Le explicó lo que Stohrmann le había revelado al teléfono.

—Mierda. ¿Por qué no nos lo comentó a nosotros?

—Probablemente Stohrmann esté en lo cierto. Porque no le hicimos las preguntas adecuadas. Vámonos. Que se lo lleven los agentes.

Matthiessen asintió, y Erdmann se dirigió al pasillo, donde aguardaba uno de los dos agentes mientras el otro estaba en la puerta del dormitorio de Lorth.

—Llévenselo a Jefatura, nosotros vamos para allá.

Cuando salió de la casa, Erdmann se frotó los ojos con el índice y el pulgar.

—¿Crees que se derrumbará y nos revelará dónde mantienen escondidas a esas mujeres?

Matthiessen se encogió de hombros.

—No lo sé. Ya veremos.

—Me temo que no disponemos de demasiado tiempo.

—Lo sé. —Le miró—. Pareces agotado.

—Y lo estoy.

Ella asintió y miró hacia el coche.

—De acuerdo, conduciré yo.

—No, deja. Sólo estoy cansado.

—Deja esa pose de duro. Me encuentro mejor que tú, de modo que lo llevaré yo. Ya está.

Le tendió la mano y, tras unos instantes de duda, él le entregó las llaves y se dirigió a la puerta del acompañante.

Llamó a la Jefatura y se le informó de que ya se estaban analizando los pelos de los pinceles en busca del ADN, aunque no había dudas de que pertenecieran a la mujer asesinada en Colonia. La policía de aquella ciudad ya había sido informada. En cuanto hubiera algún resultado, hablarían de nuevo con la mujer que le había proporcionado a Jahn una coartada. Probablemente en la bolsa no hubiese huellas, pero habían hallado en la cocina de Jahn la selladora con la que muy probablemente había sido cerrada.

Stohrmann llamó a Erdmann poco después. Había abandonado la casa de Jahn y se encontraba también a medio camino de la Jefatura. Erdmann le comentó que estaban conduciendo a Lorth hacia allí y supo que habían despertado a Dieter Kleenkamp para informarle de los últimos acontecimientos. Éste había decidió dirigirse, en compañía de su jefe de redacción, a Jefatura para saber las últimas novedades. Quería que el público ayudara a buscar a su hija y sacaría una edición especial del periódico. Además, había ofrecido una recompensa de cien mil euros para cualquier información que ayudara a dar con el paradero de Heike. Erdmann se lo transmitió a su compañera, que mostró poco entusiasmo.

—Estupendo.

—¿Qué?

—Está prejuzgando a Jahn, supongo que Stohrmann es consciente de ello. Si Kleenkamp saca una edición especial en la que indica que Jahn nos ha conducido hasta un sótano imitación al suyo en el que mantenía retenida a una mujer, éste será culpable a ojos del público mucho antes de que se le someta a juicio. No tendrá ninguna oportunidad.

—Perdona —la interrumpió Erdmann, airado—. ¿De qué me estás hablando? ¿Prejuzgado? ¿Ninguna oportunidad? Vamos a ver, pero ¿qué dices? Es indudable que Jahn es el perturbado que buscamos. Si ha asesinado y torturado a esas mujeres en solitario o en compañía de Lorth o de alguna otra persona, aún no lo sabemos, pero en cualquier caso es evidente que es nuestro asesino.

—No me gusta que me interrumpan mientras estoy hablando —dijo ella, manteniendo la atención en el tráfico—. Y menos aún esos ataques verbales de un compañero.

—Perdona, pero no puedes hablar en serio. Me parece buena la idea de Kleenkamp, porque al menos nos ofrece la oportunidad de obtener alguna pista. Dudo que Lorth confiese, aunque el ama de llaves de Jahn le identifique. No le importará si las dos mujeres mueren, ya estaba planeado así desde el principio. Deberíamos estar agradecidos por cualquier pequeña oportunidad que se nos ofrezca. Y no me importa lo que piense la opinión pública de ese perturbado, porque probablemente sea cierto.

Matthiessen no contestó, lo cual le pareció bien a Erdmann. Dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento y se giró hacia la derecha todo lo posible, de modo que fuera capaz de mirar por la ventana. Habían llegado al centro. En una metrópoli como Hamburgo, la oscuridad no tenía ninguna oportunidad; todo estaba iluminado.

En algún lugar, probablemente en las afueras, donde la oscuridad campaba a sus anchas y lo ocultaba todo bajo un oscuro manto se hallaban encerradas dos jóvenes, y al menos una de ellas estaba gravemente herida. Debían de sentir un miedo atroz, porque sabían que dentro de poco morirían si nadie las encontraba. Morirían de sed, se desangrarían o serían asesinadas por algún perturbado… cada hora que transcurriera las acercaba a una muerte segura. Si es que aún seguían con vida. No podían seguir discutiendo.

—Tenemos que encontrarlas —dijo Erdmann.

—Sí —respondió Matthiessen lacónica.

Él se volvió hacia ella.

—Lo siento.

—Está bien, ambos estamos cansados.

Erdmann se enderezó de nuevo. No se sentía tan agotado como poco antes, sino como si sus últimos pensamientos hubieran liberado en él una especie de energía.

—Tenemos que hablar con Lorth más en serio. Además tenemos que repasar todos los datos de nuevo, Andrea. Incluso ese libro, palabra por palabra. No tenemos tiempo que perder. Debemos encontrar algo.

—Sí, coincido contigo. Pero no quiero pensar qué pasará si Jahn no vuelve en sí y Lorth lo niega todo.