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Llegaron a la Jefatura poco antes de las cinco y media. En el exterior aún reinaba la oscuridad. Erdmann se dirigió al área de descanso, donde había una cafetera. A Matthiessen la encontró en la sala de reuniones hablando con Stohrmann y otro compañero más. En la mano llevaba una hoja de papel en la que había apuntado algo a mano. Erdmann supo que Lorth acababa de llegar. Había llamado a Peter Lüdtke para que éste le proporcionara un abogado.
—Presiónele un poco, pero cuidado con lo que le dicen. —Oyó que le decía Stohrmann a Matthiessen. Se sintió aliviado por el hecho de que Stohrmann pensara conformarse con observar el interrogatorio desde otra habitación. Erdmann se preguntó si obedecía a alguna estrategia de Stohrmann dejar que ella condujera aquel interrogatorio. ¿Esperaba acaso que Matthiessen cometiera algún error, tal vez amenazando a Lorth? ¿Seguía buscando aún algo con lo que hundir su carrera? Erdmann ahuyentó aquel pensamiento tan desagradable e intentó concentrarse en el interrogatorio.
Pocos minutos más tarde Matthiessen y él entraron en la sala, y el agente que hasta entonces había estado situado al lado de la puerta los dejó solos con Lorth. Erdmann le observó atentamente mientras tomaba asiento frente a él, buscando signos de nerviosismo. Con frecuencia el comportamiento de las personas cambiaba en cuanto se sentaban en aquel espacio frío y adquirían consciencia de que todo aquello no era un juego, sino que se hallaban en dificultades muy serias. Lorth sin embargo aparentaba estar muy tranquilo. Llevaba unos vaqueros relativamente nuevos y una camisa roja a cuadros, abierta en el pecho y dejando a la vista la camiseta. Parecía la misma con la que le habían visto aquella mañana y que llevaba para dormir. Sobre la mesa había una caja de cigarrillos y un mechero de color rojo. Erdmann lo señaló.
—Puede guardar eso. Aquí no se puede fumar.
Matthiessen se sentó junto a Lorth y colocó un papel sobre la pequeña mesa, en cuyo centro había sido instalado un micrófono. Erdmann sabía que Stohrmann había anotado allí los días y horas en los que Helga Jäger decía haber visto al revisor en el jardín de Jahn.
—Bien, Lorth, vamos a repasar los días en los que le han visto en el jardín de Jahn.
—No hablaré sino es en presencia de mi abogado. Sé que tengo ese derecho.
Matthiessen le dirigió a Erdmann una mirada que parecía indicar que ya se lo había imaginado. Pensó en Stohrmann y en la grabación que se estaba realizando. Se dirigió de nuevo a Lorth.
—Es cierto, le asiste ese derecho, pero como sin duda sabe no disponemos de mucho tiempo para encontrar a las dos mujeres desaparecidas, y al menos una de ellas debe estar gravemente herida. Se trata de salvar su vida. Si consideramos el aspecto legal, el o los criminales implicados podían pasar de ser juzgados por lesiones graves, a hacerlo por un doble asesinato. Al menos, en lo que respecta a Nina Hartmann y Heike Kleenkamp. Y por supuesto influirá que una confesión a tiempo sirva para salvar esas vidas a la hora de la sentencia.
Lorth se irguió.
—Muy interesante todo eso, pero no sirve para nada, porque no tengo nada que ver con ello. Ignoro dónde se encuentran esas mujeres, y quien asegure que en los últimos tiempos he estado en casa de Jahn, miente. Y no tengo nada más que añadir.
Y no lo hizo. Aunque Matthiessen y él mismo lo intentaron durante un tiempo, tuvieron que reconocer que no tenía ningún sentido insistir. Debían esperar a su abogado, e incluso entonces era dudoso que Lorth declarara. En cualquier caso, perderían un tiempo precioso.
Acababan de abandonar la sala de interrogatorios, cuando vieron llegar a Dieter Kleenkamp. Erdmann detectó inmediatamente los oscuros círculos en torno a sus ojos y sintió que cada vez se ponía más nervioso. En su despacho guardaba una bolsa con algunos artículos de aseo; se cepilló los dientes, se afeitó, y se lavó la cara con agua fría, e inmediatamente se sintió mejor.
Mientras se miraba al espejo al cepillarse los dientes se le había ocurrido una idea.
Matthiessen estaba sentada tras su escritorio. Tenía una taza humeante de café y varios archivadores, carpetas y otros papeles.
—Volveré a llamar a Miriam Hansen —le comunicó—. Tal vez pueda decirnos algo relevante acerca de Jahn. Ha dejado de admirarle y quizá se preste a contarnos algo sin protegerlo.
—Hazlo. Tal vez esté despierta a estas horas. —Matthiessen señaló los papeles que tenía en la mesa—. Todo esto son documentos que los compañeros han traído de casa de Nina Hartmann. El contrato del alquiler, facturas de compra, pero hasta ahora nada que pueda ser de interés para nosotros. Su padre nos lleva llamando puntualmente cada hora.
—¿Quién se lo puede reprochar? Hasta luego.
Una vez en su despacho marcó el número de Miriam Hansen. Sólo sonó dos veces antes de que descolgara, y parecía cansada.
—Disculpe si la he despertado —dijo Erdmann, tras haberse presentado con su nombre.
—No, no me ha despertado, hace tiempo que estoy despierta. No he dormido en toda la noche. Todo este asunto…
—Miriam, necesitamos su ayuda. Por desgracia parece ser que es Christoph Jahn quien ha secuestrado y asesinado a esas mujeres. —Esperó que hubiera alguna reacción, pero no la hubo—. ¿Miriam? ¿Sigue ahí?
—Sí… Sigo aquí —respondió ella con un hilo de voz—. ¿Por qué…? ¿Ha pasado algo? Yo…
Erdmann le explicó en breves palabras lo sucedido en los viejos almacenes y también le relató el accidente sufrido por Jahn durante su huida.
—No puede ser —musitó Miriam Hansen una vez hubo acabado—. Christoph no es capaz de eso. No puedo… Dios mío, estoy confundida.
—Capaz de imaginarse esos terribles escenarios sí que fue —contestó Erdmann—. Y existen muchas razones por las que las personas cometen repentinamente acciones que jamás hubiéramos imaginado de ellas. Quién sabe, tal vez su situación económica ha llegado a un punto tan crítico que pensó que no tenía otra salida. O tal vez no soporte la idea de que no se vendan sus libros. Sea como sea, estamos buscando el lugar en el que están siendo retenidas Heike Kleenkamp y Nina Hartmann. Tenemos que encontrarlas lo más rápidamente posible, pues en caso contrario es posible que sea demasiado tarde para salvarles la vida. ¿Se le ocurre algo que pudiera servirnos de ayuda? ¿Algún edificio que hubiera mencionado en alguna ocasión, por ejemplo?
Miriam Hansen guardó silencio y Erdmann le dejó tiempo para reflexionar.
—No —dijo finalmente—. No solíamos hablar más que de sus novelas. Por eso me sentí tan traicionada cuando… ya sabe.
—Lo sé. ¿Qué le comentó exactamente Werner Lorth?
—¿Quién? ¿Lorth? ¿El revisor de Christoph? ¿A qué se refiere?
—Pregunto que qué le comentó cuando le llamó usted la otra noche tras visitar a infructuosamente a Jahn.
De nuevo silencio.
—¿Cuando le llamé? No he llamado a ese Lorth en mi vida. ¿Por qué iba a hacerlo?
—Un momento. Werner Lorth nos ha comentado que le llamó usted hace dos días preguntando si era cierto que muchos de los pasajes de la novela de Jahn los había escrito él.
—No es cierto. No, no le he llamado. Les ha mentido. ¿Por qué iba a querer hablar con él?
—Muy interesante —carraspeó Erdmann—. Recuerdo que me comentó que dudaba de que algunas partes del texto no fueran de Jahn.
—Sí… bueno, no. Es lo que dije, cierto, pero lo que quería decir realmente es que me resultaba muy difícil imaginármelo.
—¿Y no ha llamado a Lorth hace dos días?
—No.
—¿Le ha visto alguna vez en compañía de Jahn?
—Sólo sé de él lo que me contaba Christoph, y al parecer ni siquiera era verdad. Jamás le he visto en persona.
—Además de todo esto, ¿hay algo más que nos pueda comentar? ¿Algo que le llamara la atención en Jahn?
—No. Me ha mentido y me ha engañado. Al margen de eso, nada.
Su dolor es profundo, pensó Erdmann.
—Discúlpeme que la haya llamado tan temprano —concluyó Erdmann y se despidió de ella.
Cuando colgó, llamó inmediatamente a Matthiessen. Estaba comunicando y, dado que no quería esperar, fue hacia su oficina. Cuando entró vio que acababa de colgar.
—Traigo una sorpresa. Acabo de hablar con Miriam Hansen. Me dice que no ha llamado a Lorth. Que jamás ha hablado con él y nunca le ha visto, es decir, que ese hombre nos ha mentido.
—No estoy tan segura.
Erdmann la miró sorprendido.
—Yo también tengo una sorpresa —dijo ella, y levantó un papel—. Esto de aquí es una lista de números de teléfono que han encontrado nuestros compañeros en casa de Nina Hartmann. Son los alumnos del curso de lengua castellana al que asiste Nina desde el mes pasado.
—¿Y? —Erdmann se acercó mirando la hoja de papel.
—Mira esto.
En la lista había unos veinte nombres. Matthiessen señaló uno de ellos, hacia la mitad de la lista.
Erdmann se inclinó hacia delante, pues la letra era muy pequeña. Cuando comprendió qué le estaba mostrando su compañera, la miró con cara de sorpresa.
—¡Qué demonios…!