14

—¿Qué? —preguntó Erdmann, aunque había entendido perfectamente las palabras de la joven—. ¿Fue usted quien escribió aquella reseña? ¿Y no nos lo ha mencionado hasta ahora?

—¿Aquella reseña? —preguntó Nina, desconcertada—. ¿A qué se refiere? Yo… hasta hace unos minutos ignoraba que aquel horrible objeto pudiera estar relacionado con una novela de Jahn. No me habían dicho nada.

Parecía a punto de romper a llorar.

—Tiene razón, disculpe —concedió Erdmann, esforzándose por dotar su voz de un tono tranquilizador.

—Por lo que nos han comentado usted no escribió una crítica demasiado positiva de la novela de Christoph Jahn… —dijo Matthiessen—. ¿Qué le pareció tan censurable en ella?

Nina Hartmann entornó los ojos.

—No sé por dónde comenzar. No se trata de una novela policíaca propiamente dicha, es más bien un texto con tintes gore. Jahn describe los horribles crímenes perpetrados a esas mujeres de forma tan detallada que parece que disfruta con los horrores que imagina. Las hace observarse mutuamente mientras las estrangula y se recrea especialmente en esas escenas. En cambio olvida otros muchos detalles que pudieran ser relevantes, o los margina en breves frases casuales. No está bien construida, el argumento es pobre, los personajes planos, sin carácter. En cambio, se dedica a describir con minuciosidad los lugares en los que transcurre todo, de modo que tras haber leído cuatro páginas en las que se nos muestra hasta la última mota de polvo en el rincón de una habitación tenemos que retroceder para recordar la acción.

—¿Una novela en la que asesinan a mujeres? Podría gustarme —sonrió Christian Zender, y miró a su alrededor para observar el efecto de aquella observación que consideraba divertida. Antes de que Erdmann pudiera volver a intervenir mostrando su desaprobación, continuó hablando—. Nini, nunca me has mencionado esa novela, ¿por qué?

—Sí que lo he hecho. A ambos. Lo recuerdo perfectamente.

—¿Le suena el nombre de Miriam Hansen? —preguntó Matthiessen rápidamente, alejando la atención de Erdmann de Christian Zender—. Es una librera.

—Miriam Hansen… librera… No, creo que no la conozco. ¿Tiene algo que ver con todo este terrible asunto?

—Es una gran admiradora de Christoph Jahn y no le gustó la reseña que hizo de su libro.

La chica se encogió de hombros.

—Hay gustos para todo, y una reseña es algo muy subjetivo. A mí me resulta incomprensible que alguien pueda llegar a admirar a un escritor así. Pero lo mejor será que lo comprueben por sí mismos: lean el libro de Jahn y se formarán una idea de cómo es.

—En realidad en estos momentos estamos obligados a hacerlo. Y he de confesar que a mí tampoco me atrae demasiado este tipo de lectura.

Aiunt multum esse, non multa

Erdmann no pudo contenerse.

—Me están comenzando a atacar los nervios sus latinismos y frasecitas. Muéstrenos lo inteligente que es y traduzca el significado de sus palabras.

Zender sonrió.

—Significa que es conveniente leer mucho, pero no de todo, inspector. Usted no puede saberlo, pero el latín es básico en la carrera de derecho, pues nuestra ley se basa históricamente en la romana. Esto conduce a que muchos términos jurídicos o bien procedan del latín o bien sean directamente latinismos. Y no olvidemos tampoco a la Iglesia Católica, que igualmente ha influido a través del derecho canónico en el vocabulario propio del derecho. Sirva esto para explicar mi interés por la lengua latina. Y ahora me voy a beber algo, me ha entrado sed.

Antes de que Erdmann pudiera replicar, se levantó y abandonó la habitación.

—Disculpen —intervino Nina Hartmann, en cuanto su amigo salió—. No les he ofrecido… ¿querrían tomar algo?

Matthiessen negó con la cabeza y Erdmann también rehusó la oferta tras una mirada a los restos de bebidas diseminados por la habitación.

—No, gracias. ¿Conserva aún alguna copia de aquella reseña?

La joven reflexionó unos instantes.

—Creo que sí. Pero no la tengo aquí.

—Eso no es un problema. ¿Cuándo cree que estará en casa?

Nina miró a su novio, que alzó las manos como indicando que era ella misma quien tendría que tomar aquella decisión. Tras una breve mirada al cuarto, dijo:

—En cuanto hayamos ordenado esto mínimamente. Creo…

—No necesitas ordenar nada, ya lo sabes. Carlota llegará en breve; le pagamos para ello.

—Entonces… saldré dentro de unos diez minutos y estaré en casa en una media hora. ¿Les parece bien?

—Sí, muy bien.

Matthiessen se puso en pie y al empujar su silla hacia atrás volcó un vaso de cerveza cuyo contenido, un líquido ambarino espeso, se dispersó por el suelo de parquet.

—Lo siento —comenzó a disculparse, pero Schäfer le restó importancia con un gesto de la mano.

—No se preocupe. No puede ni imaginar todo lo que se derramó en el suelo la noche pasada. Carlota estará aquí de un momento a otro.

—A pesar de ello… Bien, nos pasaremos más tarde por su casa, o tal vez enviemos a algún compañero —dijo Matthiessen dirigiéndose a Nina Hartmann—. Y, si es posible, por qué no le pregunta a su amiga… ¿Kerstin?, si fue ella la que nos llamó anoche…

En el momento en el que Matthiessen estaba a punto de abandonar la habitación, seguida de Erdmann, volvió Zender con una botella de cerveza abierta en la mano. La inspectora jefe se detuvo en seco, tan repentinamente, que Erdmann estuvo a punto de chocar con ella. Desplazó su vista de la botella de cerveza al rostro sonriente del joven.

—Parece que se encuentra usted mejor —observó Erdmann.

Zender alzó la botella.

Ad fontes, hacia las fuentes. Como mejor se combate el fuego es con otro fuego, inspector.

—Es posible. Como desconocedor tanto de la lengua latina como de los orígenes históricos del derecho quiero darle un pequeño consejo: si no aprende a dirigirse adecuadamente a las personas dudo que logre hacer muchos amigos en su entorno profesional en el futuro, pese a todos sus conocimientos lingüísticos. Que aproveche.

Abandonó el piso detrás de Matthiessen, antes de que el chico pudiera despedirse con un nuevo latinismo.

—Es raro que la librera no reconociera el nombre de Nina cuando se lo mencionamos —observó Erdmann a su compañera de camino al coche.

—Sí, también lo había pensado. Con lo mucho que la afectó aquella reseña y no recuerda quién la escribió.

—Al menos conocemos la razón por la que la Hartmann recibió el primero de los paquetes.

—Cierto, y hemos de suponer además que el asesino tampoco considera adecuada la reseña de Nina Hartmann.

Alcanzaron el Golf y se subieron.

Cuarenta minutos después se encontraban de nuevo ante la casa de Volksdorf. Al igual que el día anterior, fue el ama de llaves de Jahn quien les abrió la puerta, con su sonrisa eterna. Su delantal blanco almidonado estaba inmaculadamente limpio.

—Buenos días, ¿quieren hablar de nuevo con el señor Jahn?

Matthiessen asintió.

—Buenos días, señora Jäger. Sí, tenemos que hacerle un par de preguntas. ¿Se encuentra en casa?

La expresión del rostro de Helga Jäger se transformó de forma tan repentina, que Erdmann tuvo la absurda impresión que alguien hubiera cliqueado con el botón de un ratón de ordenador la imagen siguiente de la pantalla. Ahora parecía entristecida, como debiendo informar a un niño de que su ansiado regalo de Navidad no había llegado.

—No, lo lamento muchísimo. No se encuentra en casa en este momento.

Una maternal sonrisa volvió a adornar sus labios.

—Pero pueden esperarlo mientras toman una taza de café. Ha salido sólo un momento y no tardará más de quince minutos.

Intercambiaron una rápida mirada y entraron en la casa.

Se sentaron en el pesado sofá de cuero inglés y aceptaron una taza de café.

—Acompáñenos un momento, por favor —rogó Matthiessen.

El ama de llaves pareció sentirse algo confundida unos instantes, pero de inmediato adoptó una expresión avergonzada y alisó una arruga inexistente de su delantal.

—Tengo algo en el horno que puede estropearse. Si me permite, quisiera ocuparme de ello un momento. Vuelvo en unos instantes.

—Por supuesto. La esperamos.

Erdmann aprovechó el tiempo para revisar la estantería repleta de libros que ocupaba una pared casi completa del salón. No encontró apenas novelas contemporáneas, pero de los clásicos alemanes, desde Heinrich von Kleist, pasando por Friedrich Nietzsche y Theodor Storm hasta Rainer Maria Rilke, Thomas Mann y Max Frisch no parecía faltar ninguno. Erdmann no era un gran lector, pero le impresionó aquella biblioteca. Matthiessen mientras tanto tecleaba concentrada en su teléfono móvil.

Helga Jäger volvió quince minutos después, se disculpó por la tardanza y se sentó en el sofá.

—¿Cuánto tiempo hace que trabaja para Jahn, señora Jäger? —preguntó Matthiessen sin andarse por las ramas.

—Comencé a trabajar aquí aproximadamente un año después de que se trasladara a Hamburgo. Respondí a un anuncio en el periódico.

—¿Vive también en esta casa?

—Sí. Dispongo de una pequeña vivienda independiente, de dos habitaciones, situada en la otra parte de la casa.

—¿Y está contenta? ¿Es un patrón agradable?

De nuevo alisó el delantal.

—Por supuesto que sí. No puedo quejarme. Es cierto que a veces tiene sus manías —sonrió—. Pero todos los hombres las tienen al llegar a cierta edad.

Erdmann no se sintió aludido dado que aún andaba en la treintena.

—¿Le mencionó alguna vez lo sucedido en Colonia?

—¿Se refiere a ese crimen en el que se imitó su novela? Bueno, sería demasiado decir que me habló de ello. Desde el principio fui consciente de que se siente torturado por algo. Jamás le he visto sonreír. Cuando llevaba trabajando para él unas semanas me armé de valor y le pregunté qué le entristecía tanto. No me fue fácil hacerlo, pues hacía muy poco que trabajaba para él y me arriesgaba a que me despidiera por considerarme una entrometida. Pero se limitó a mirarme tristemente y explicarme que en Colonia algún perturbado había imitado una de sus novelas. Aquello fue terrible para él, comprenden, terrible. Que alguien cometa el más horrible de los asesinatos exactamente del mismo modo en el que él mismo lo describió. Le resultó tan duro que dejó de escribir. No volví a sacarle el tema nunca más.

—Pero ahora mismo vuelve a escribir —señaló Erdmann—. ¿Ya ha superado aquel dolor?

—Si les soy sincera… —bajó ella el tono de voz, como si hubiera alguien más en la casa que pudiera oír sus palabras— creo que se debe simplemente a que necesita dinero. Ya no disfruta escribiendo. Antes sí, según me parece. Pero ahora ya no. Pero, por favor, no le digan que les he contado esto.

—No se preocupe, no lo mencionaremos —aseguró Matthiessen, que alcanzó su taza para tomar un trago de café.

—¿Conoce usted a Miriam Hansen? —preguntó Erdmann. El ama de llaves asintió y en su rostro se reflejó una expresión de desagrado.

—Sí, la conozco. El señor Jahn la invitó a tomar café en una ocasión. Esa mujer siempre le está enviando correos electrónicos. Y ha vuelto a venir repetidas veces. En los últimos tiempos con cada vez mayor frecuencia.

—¿Qué opina de ella? ¿Le resulta simpática?

Helga Jäger meció la cabeza de un lado a otro y las comisuras de sus labios se desplazaron hacia abajo.

—Pues no, no me agrada demasiado. Mira al señor Jahn de forma muy extraña. Creo que, de algún modo… No sé cómo decirlo, creo que está obsesionada con él.

—¿Y esto lo deduce a partir de cómo le mira?

—Una mujer detecta esas cosas, señor… Disculpe, he olvidado su nombre, inspector.

—Inspector, así está bien.

—Exacto, inspector. Y lo veo en cada cosa que hace. Trata de tocarle cuando se sienta a su lado, rozarle con un brazo o una pierna, como de forma casual. Pero yo lo noto. Ya le digo que las mujeres percibimos esas cosas.

—¿Está al tanto de los últimos acontecimientos? —preguntó Matthiessen.

Helga Jäger asintió con semblante serio.

—Sí, me lo comentó ayer, cuando ustedes se marcharon. Dios mío, ya sabía por la prensa que había desaparecido una joven, pero quién hubiera imaginado algo así…

—El señor Jahn estaría bastante afectado cuando le explicó lo sucedido —sugirió Erdmann.

—Sí, le afectó muchísimo, y… —la mujer se interrumpió y miró hacia la puerta—. Creo que el señor Jahn acaba de volver a casa.

Estaba en lo cierto, pues apenas unos instantes más tarde apareció el escritor. Llevaba un pantalón de tela oscura, una camisa blanca con el botón superior desabrochado y una chaqueta de lana azul oscuro. Jahn no pareció sorprenderse ni lo más mínimo al encontrar a los dos agentes en su salón, probablemente porque al llegar a casa habría identificado el Golf, según supuso Erdmann.

—Buenos días. Espero que no lleven mucho tiempo esperando.

Dirigió una breve mirada al sofá, lo que hizo que el ama de llaves se pusiera en pie de inmediato. Se aproximó a Matthiessen para tenderle la mano, saludó posteriormente a Erdmann y tomó asiento en el lugar que pocos segundos antes había sido ocupado por Helga Jäger. Ésta abandonó la habitación cerrando la puerta en silencio.

Jahn la siguió con la mirada hasta que desapareció y después se dirigió a Erdmann.

—Parece que han estado charlando un rato con Helga —observó, indiferente—. Espero que haya logrado entretenerles, es una buena mujer. Aunque imagino que en realidad pretendían verme a mí. ¿En qué puedo ayudarles?

—Así es —confirmó Matthiessen—. Señor Jahn, quisiéramos preguntarle, ¿suele leer las reseñas que le hacen a sus libros?

—Sí, normalmente sí. Al menos las primeras, en las semanas siguientes a la publicación de la novela. A todo autor le gusta saber qué opinan los lectores de su libro.

—¿Y más adelante?

—La editorial…

Les interrumpió el ama de llaves, que había vuelto con una taza de café. El escritor le dio las gracias y ella abandonó la habitación de nuevo.

—La editorial me suele enviar periódicamente copias de todo tipo de reseñas procedentes de diarios y revistas. Leo algunas de el as.

—El pasado mes de diciembre se publicó una reseña de El manuscrito en el Hamburger Allgemeine Tageszeitung —tomó la palabra Erdmann—. ¿La leyó usted?

—Por supuesto, sé a cuál se refiere. Se publicó en un periódico local, claro que la leí.

—No era demasiado favorecedora. ¿Conoce usted a la autora de la reseña?

—No, no la conozco. Recuerdo que no era nadie conocido, alguien insignificante, tal vez una colaboradora ocasional del diario. Confieso que no recuerdo su nombre.

—Nina Hartmann —dijo Matthiessen—. ¿Le dice algo el nombre?

Jahn reflexionó, reflejándose el esfuerzo por recordar en su rostro, y sacudió la cabeza a continuación.

—No, lo lamento. Tengo la impresión de haber oído ese nombre con anterioridad, o haberlo leído en alguna parte, pero no acabo de recordar dónde. Mis libros han sido reseñados tantas veces que me es imposible situar todos los comentarios vertidos sobre ellos.

—No se equivoca. Ya ha oído ese nombre con anterioridad al menos una vez. Ayer, de nosotros. Nina Hartmann es la estudiante que recibió el primer paquete.

—Por supuesto, claro, ahora lo recuerdo. Pero… un momento… si les he entendido bien, ¿me están diciendo que la chica escribió una reseña negativa sobre mi libro y ahora acaba de recibir un paquete como en el libro?

—Un único paquete, sí —le dijo Erdmann—. Esta mañana se ha recibido un segundo paquete, de contenido similar, en la redacción de un periódico. Al igual que en su libro. Y adivine de qué diario se trata.

—¿El Hamburger Allgemeine Tageszeitung? —consultó el autor, sin dudar ni un instante.

—Así es.

—Ya ven. Los escritores serían buenos agentes de policía. Como en mi novela. Allí los paquetes se envían al periódico que marginó la novela, aquí al que la criticó. Resulta lógico.

—Hay algo que no acabamos de comprender —intervino de nuevo Matthiessen—. ¿Por qué habrá decidido el asesino apartarse de la novela con el primer paquete, si después pretende seguir tan fielmente su modelo?

Jahn se encogió de hombros con resignación.

—Lo ignoro, pero no me preocupa. Algún motivo habrá.

—¿Qué opina sobre aquella reseña?

Erdmann se desplazó hacia delante en su sillón. El asiento estaba vencido y resultaba extremadamente incómodo.

—¿No se enfada cuando alguien critica su obra hasta ese punto? Yo en su lugar estaría más que molesto.

—Cuando se vive de la opinión pública se arriesga uno a recibir esa clase de críticas. No todos los gustos son iguales, ni tampoco el nivel de los lectores.

Aquella respuesta le pareció demasiado ambigua a Erdmann.

—¿Pero encuentra algo de verdad en lo que se dice en la reseña?

El autor meció la cabeza de un lado a otro.

—Bueno, algo de verdad… si mal no recuerdo me acusaba de que había poca acción y los personajes eran planos. Es cuestión de opiniones, pero si ésa ha sido su impresión como lectora evidentemente como autor me preocupo, y me pregunto si no podría haberlo hecho mejor. Creo que también mencionó que la novela estaba mal construida, que me recreaba demasiado en los detalles cuando describía lugares, pero obviaba demasiado otras informaciones relevantes. Algo así.

Hizo una pausa, y Erdmann tuvo la impresión de que buscaba las palabras adecuadas para expresar lo que deseaba decir.

—No quisiera responsabilizar a nadie del contenido de mis novelas, pero… opino que en este caso en particular la culpa puede atribuirse al menos parcialmente a otra persona.

Erdmann miró a Matthiessen, que alzó una ceja.

—¿A quién se refiere exactamente?

De nuevo se produjo una breve pausa, durante la cual Jahn parecía examinar atentamente sus manos.

—Al revisor de la editorial.

Alzó la vista de nuevo.

—Comprendo un poco lo que decía la chica que realizó la reseña y sé exactamente a qué se refiere. Me explicaré.

Desplazó su mirada de Erdmann a Matthiessen como si aguardara su permiso para continuar, que Matthiessen le otorgó con un gesto de su mano, animándolo a que hablara.

—Es cierto que siento cierta debilidad por las descripciones. Intento reflejar las cosas con exactitud, de modo que el lector tenga una imagen muy gráfica. Y me importa especialmente que esta imagen sea idéntica para todos los lectores, no sé si me entienden. Si les piden a diez personas que hayan leído mi novela que les describan algunos de los lugares en los que se desarrolla, y todos indican exactamente lo mismo, hasta el más nimio de los detalles, entonces he hecho bien mi trabajo. Utilizo un pequeño truco: sólo describo lugares que existen realmente. Suelo sentarme, por ejemplo, en el recibidor de un hotel, observando, tomando notas y fotografías. Una vez en mi escritorio las contemplo y comienzo a describir ese mismo recibidor. Mi arte consiste en apuntarlo todo, cada detalle, por muy pequeño que sea, indicar todo lo que veo en las fotos y no olvidar nada. Son esos pequeños detalles los que hacen que no sólo pueda materializarse la imagen en la imaginación, sino que le insuflan vida propia. Si lo logro, lo hago correctamente; reconocería de inmediato el recibidor del hotel si se encontrara en él después de haber leído mi novela.

—No parece mal método —comentó Erdmann.

Jahn asintió.

—Exacto. Eso creo. Es el mejor método, el único. Es una especie de manía que tengo y confieso que me siento orgulloso de lograr que un lugar descrito por mí sea una copia totalmente fiel del original. Hay que tener cierta capacidad para ello. Todo tiene que coincidir para ser perfecto.

Hubo una breve pausa.

—Pero me estoy apartando del tema. A lo que me refería: suelo describir con la misma exactitud a mis personajes y cuido igualmente la acción. Pienso en personas reales y utilizo copias de éstas en mis manuscritos. Describo hasta el último mechón de cabello, el grano en la frente. Son seres vivos. Y en este punto aparece el revisor. No le gustó lo que escribí y comenzó a corregir. Con cada oración que eliminaba le restaba vida a mis personajes, que palidecieron. Como si se dedicara a tratar con un secador de pelo las figuras de cera de Madame Tussaud. Los perfiles se difuminaron y pasados unos instantes ya no podía distinguirse una figura de otra.

—¿Y cómo justificó eso el revisor? —quiso saber Matthiessen.

A Erdmann le pareció evidente cuál había sido la causa: el texto había sido modificado porque no poseía la calidad suficiente. Pero le interesaba conocer la respuesta de Jahn, porque estaba seguro de que el autor aduciría otro motivo.

—Sinceramente, me pareció que no era más que una lucha de poder. No nos caímos bien en ningún momento, y quería imponerse.

—No estoy muy familiarizada con el mundo editorial pero ¿no puede usted negarse a que modifiquen su obra? —preguntó Matthiessen.

—Por supuesto, podría haberme opuesto. Pero entonces el revisor hubiera insistido en que el texto no era bueno y la novela no se habría publicado. En el peor de los casos yo hubiera tenido que devolverles el adelanto que ya había cobrado. Algo que no podía permitirme.

—Para abreviar: las que ha publicado no son las que había escrito originalmente —constató Matthiessen—. Y cree que el responsable de que aparezcan críticas como la de la señora Hartmann es el revisor.

Jahn reflexionó unos instantes.

—Sí, por desgracia así es. La mayor parte de las críticas se referían a cuestiones de las que el responsable directo era él.

Matthiessen asintió.

—¿Le importaría facilitarnos el nombre de su editorial y de su revisor? Probablemente sea conveniente que hablemos con él.

Jahn asintió y les proporcionó la información. El nombre del revisor era Werner Lorth, la editorial les resultó desconocida tanto a Erdmann como a Matthiessen. Erdmann se sorprendió cuando comprobó que la dirección de esta última era de Hamburgo.

—¿Ha sido casualidad que se trasladara precisamente a la ciudad en la que tiene la sede su editorial?

—Sí, es casual. Ya les mencioné que había heredado esta casa. Y… bueno, tengo un ruego. Si llegan a hablar con Werner Lorth, por favor, no le mencionen lo que les acabo de decir. Confío en que la editorial acepte mi nuevo manuscrito, pero Werner intentará que no sea así si le comentan mis palabras. Es bastante intransigente y, por desgracia, tiene mucho poder.

—Bien.

Matthiessen se puso en pie y también Jahn se levantó de su asiento.

—Volveremos a contactar con usted. Y, por favor, reflexione sobre lo del paquete… a ver si tiene alguna idea de a qué puede ser debido que el asesino decidiera apartarse de su novela precisamente en ese punto. Si se le ocurre algo, llámenos de inmediato.

Erdmann guardó su bloc de notas y siguió a su compañera hacia la salida.

—¿Y? —preguntó Matthiessen, mientras abandonaban el lugar por el camino asfaltado.

—Es difícil de decir. Creo que tiene una elevada opinión de sí mismo. No sé, tengo la impresión de que oculta algo. Y, ya lo dije en otra ocasión, para mí es el sospechoso principal.

—Tenemos que hablar urgentemente con su revisor. Me gustaría saber si lo que nos ha dicho acerca del modo de trabajar de ambos es cierto. Y necesitamos más información sobre Jahn.

—Por una parte dudo que sea capaz de algo tan horrible, pero… es quien más sale beneficiado si El manuscrito sigue el mismo camino que aquella otra novela cuatro años atrás. Estoy seguro de que esta historia impulsará las ventas.

—Puede que tengas razón. Pero no sólo Jahn saldrá beneficiado si se venden sus libros. También la editorial sacará provecho, más aún que él.