38 - XVIII

Erdmann se catapultó prácticamente a través de la puerta detrás del agente. Había levantado su arma y apuntaba a algún lugar indeterminado de aquella habitación. Sabía que era preciso que se situara en apenas un segundo, porque podía ser ya demasiado tarde. Su mirada concentrada analizó lo que veía y se detuvo en la escena iluminada que tenía justo delante. Mientras lo interpretaba, su cerebro dividió la imagen en pequeños fragmentos que le facilitaron la información que necesitaba para actuar. En el centro había todo tipo de aparatos, una cámara, una lámpara. También tres mujeres, dos de ellas desnudas. Nina Hartmann, de pie contra una pared, con los brazos alzados, sin heridas visibles, no parecía encontrarse en inminente peligro. La otra mujer, que no reconocía, podría ser Heike Kleenkamp, tumbada boca abajo, con la espalda convertida en una terrible herida, pero aún viva. A su lado, con un cuchillo, no, con un bisturí en la mano alzada y preparada para cortar, ella. Helga Jäger.

—Suelte ese bisturí —gritó Erdmann. Matthiessen también gritó, pero no oyó lo que decía. Otro agente se situó a su lado, apuntando con su arma al ama de llaves de Jahn, vestida con un mono amplio que le daba un cierto aire irreal. Se agachó con una agilidad que Erdmann jamás hubiera supuesto en ella y le colocó a Heike Kleenkamp el bisturí bajo el cuello. El pelo desordenado le cubría parcialmente la cara, su mirada sugería cierta demencia.

—No lo haga —le gritó Matthiessen—. Espere. Por favor.

La mirada de Helga Jäger erró por la habitación sin detenerse en ningún lugar. Es el foco, pensó Erdmann, la luz del foco no la deja ver.

—¿Ha vuelto en sí ese estafador? —preguntó, y Erdmann se dijo que le resultaba imposible reconocer en aquella voz a la mujer con la que había coincidido en casa de Jahn.

—Sí —respondió Matthiessen, intentando resultar tranquilizadora.

—¿Sabe quién le ha llamado?

—No, no lo sabe. Por favor, aparte ese bisturí, Helga. Sabe que no tiene ninguna oportunidad de escapar. Hablemos.

—¿Oportunidad? ¿Por qué piensa que deseo una oportunidad para escapar? No la quiero. Me he sacrificado por ese estafador. Le he admirado, desde el principio. Quise ayudarle. He sido la única que podía ayudarle, que sabía cómo vender sus libros. Yo, no esa librera de ojos de cordero. Ya lo hice una vez, convertí su novela en el libro más vendido de toda Alemania. Y entonces descubro que todo es mentira, que ni siquiera son suyos esos libros, sino de un revisor cualquiera.

—Por favor, Hel…

—Nada. Esto se ha acabado.

Erdmann pensaba a toda velocidad. Era necesario tomar una decisión.

—Acabado.

El foco le impide ver.

—No diré nada más.

Apuntó.

—Acabaré esta novela y ya está.

Se apartó de ellos, miró a la joven tumbada.

—Ahora verán.

Sonó un disparo.