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—Le seguimos y prácticamente se arrojó delante del camión —le explicó a Erdmann un subinspector—. Salió del edificio y corrió hacia la carretera, el conductor no tuvo tiempo de accionar el freno.

—Ya hemos llamado a una ambulancia —añadió uno de los hombres de paisano, arrodillado ante Jahn, que intentaba detener el flujo de sangre de su cabeza. Erdmann se agachó junto a Jahn. El autor estaba inconsciente y respiraba débilmente. Tenía mal aspecto, y heridas por todo el cuerpo. A través de la pernera empapada en sangre asomaba un hueso. La piel de ambas manos se había desprendido y en la frente se abría una gran brecha, de la que salía mucha sangre. Se había roto la nariz.

Erdmann se puso en pie sin poder impedir que se le escapara un gemido. Presionó con una mano el lugar dolorido de su pecho y con la otra sacó el móvil del bolsillo para llamar a Matthiessen. La inspectora jefe le respondió al cabo de unos segundos, con voz tranquila, como registró con alivio. Le explicó brevemente que continuaba en aquel sótano, junto a otro agente. Habían encontrado a una mujer en el suelo, junto a la copia de la caldera del sótano de Jahn. Tenía ojos y boca cubiertos por cinta aislante y las manos atadas a una tubería. No presentaba heridas y no se trataba de Heike Kleenkamp ni tampoco de Nina Hartmann.

Erdmann dio por finalizada la llamada. Se dirigió a uno de los dos hombres de paisano.

—¿Podrían acompañarle al hospital? Me gustaría que se me informara de su estado lo antes posible. Si volviera en sí en algún momento, pregúntenle dónde se encuentran Heike Kleenkamp y Nina Hartmann. Tenemos que saber dónde las oculta. Hemos encontrado a una mujer en el sótano —añadió, dirigiéndose luego al subinspector al mando de aquel equipo—, pero aún nos faltan por localizar dos víctimas más. Posiblemente estén en la misma nave, en alguna otra sala. Hay que registrarlo todo. ¿Podrían ayudarnos? Creo que será suficiente si deja aquí a dos hombres.

El inspector señaló la radio que tenía en el bolsillo.

—Ya tenemos a un par de hombres dentro, estamos en contacto.

Erdmann lanzó una última mirada al escritor herido y se volvió al antiguo almacén.

La mujer a la que habían rescatado se encontraba desnuda y muy sucia. Su cabello oscuro le caía en gruesos mechones sobre la cara, sin que pareciera apercibirse de ello. Alguien le había colocado una chaqueta por los hombros y otra chaqueta adicional, la de Matthiessen, le cubría los genitales y los muslos. Estaba sentada sobre una caja de madera, ligeramente inclinada hacia delante, sostenía la chaqueta intentando cubrirse el pecho y miraba al suelo.

—Cree que lleva unos cinco o seis días aquí, pero no está segura.

Matthiessen estaba de pie junto a Erdmann, en el centro de aquel sótano, que en nada se distinguía del de Jahn. Tal vez era de dimensiones algo más reducidas, pero quizá generaba esa impresión el techo algo más elevado.

Había unas estanterías con objetos diversos en la misma posición que en casa de Jahn. El bloque que imitaba la caldera estaba hecho de cartón. Incuso estaba el tubo con el que se había golpeado Matthiessen en la frente. Sólo faltaban las escaleras. Erdmann sacudió la cabeza.

—Da escalofríos. ¿Sabe algo de Hartmann y Kleenkamp? ¿Las ha visto?

—No. Dice que hubo otras mujeres, pero no sabe cuántas. Y que desde hace unos días está sola, pero ha perdido la noción del tiempo.

—Mierda. —Erdmann miró a su alrededor, presionándose levemente el pecho. El dolor remitía, pero aún no del todo.

—Intenta ser lo más fiel posible a la realidad, eso sí hay que concedérselo a ese loco.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Matthiessen—. ¿Estás herido?

—No es nada. He tropezado y me he golpeado el pecho con algo. —Se apartó de ella—. Ayudaré a buscar a Kleenkamp y a Hartmann. Espero que tengamos suerte. Ahora vuelvo.

Erdmann no creyó que hubiera más mujeres en aquel edificio, porque aquello no hubiera coincidido con la novela. Pero sentía la necesidad de hacer algo, necesitaba decirse que al menos lo estaba intentando.

Los miembros de la unidad presentes recibieron refuerzos de otros veinte agentes adicionales. Dividieron la enorme nave en sectores y registraron cada rincón de la misma. Una hora más tarde tuvieron que reconocer que las dos mujeres desaparecidas no se encontraban allí.

Erdmann se sentía cansado, exprimido. Estaba muy sudado y ansiaba poder darse una ducha y disfrutar de un merecido descanso en su cama. Encontró a Matthiessen fuera, delante de la nave, junto a Stohrmann, que debió haberse sumado en algún momento a la búsqueda de las dos mujeres. A pesar de la tenue luz, Erdmann advirtió que debía haber atosigado de nuevo a su compañera. Se juró pensar en algo para ponerle freno a aquella situación en cuanto hubieran encontrado a las dos mujeres desaparecidas.

—Buenas noches, Erdmann. Acabo de felicitar a la inspectora jefe Matthiessen, pero por supuesto hago extensible mis felicitaciones a usted. Han conseguido acabar con la única persona que podría habernos facilitado alguna información acerca del paradero de Heike Kleenkamp. Gran logro.

—¿Acabar? —preguntó Erdmann—. ¿Ha muerto?

—No he dicho eso. Acabo de hablar con el médico. Jahn sigue inconsciente. Además de otras muchas fracturas, tiene una en el cráneo. No domino muy bien la terminología médica, pero sí que he comprendido que al parecer nadie sabe muy bien cuándo despertará, si es que recobra la consciencia alguna vez. Es decir, no podrá explicarnos dónde ha escondido a Heike Kleenkamp.

—Y a Nina Hartmann —añadió Matthiessen mordaz.

Stohrmann le dirigió una mirada de desprecio.

—Lo cual no contribuye precisamente a mejorar las cosas. Vayan a su casa y registren a fondo. Les enviaré unos agentes de apoyo. Necesitamos algo, una pista, algo donde agarrarnos, y lo antes posible. Como siempre, manténganme informado.

Se dio la vuelta y abandonó la zona, desapareciendo tras un grupo de agentes.

Erdmann le siguió con la mirada.

—Idiota —murmuró, antes de preguntarle a Matthiessen sobre la mujer que habían liberado—. ¿Ha comentado algo sobre cómo la ha secuestrado y cuántas veces ha venido a verla?

Matthiessen había permanecido junto a la mujer hasta que la recogió la ambulancia, después de lo cual había recuperado su chaqueta, que ahora colgaba de su hombro. Se cruzó de brazos.

—No he conseguido sacarle gran cosa aún, todavía está bajo los efectos del shock. Al parecer había más mujeres, pero se las ha ido llevando una a una. Y no han vuelto.

Se encaminaron a sus vehículos. Matthiessen se puso la chaqueta.

—Y todo esto sólo para vender más libros. Ese estúpido loco. —Erdmann escupió prácticamente aquellas palabras, y tuvo que reconocer que no era capaz de sentir compasión por Jahn, ahora más muerto que vivo en el hospital.

—Ella no sabe quién la ha secuestrado. Dice que no lo ha visto nunca; alguien le puso un trapo con éter en la boca y despertó en la habitación, con los ojos cubiertos por la cinta adhesiva.

—Imagino que pronto le iba a tocar a ella.

—Bueno —comenzó Matthiessen—, es posible. Espero que Jahn sobreviva y recobre pronto el conocimiento.

Habían alcanzado la puerta de la valla. Si no siguiesen aún desaparecidas dos mujeres, a Erdmann le hubiera resultado indiferente el destino de Jahn.

—Me pregunto si nos dirá dónde se encuentran en el caso de que vuelva a despertar.

Decidieron tomar cada uno su vehículo y abandonaron el terreno pocos minutos después.

En la entrada de la casa de Jahn encontraron estacionados dos coches más, y uno fuera de su propiedad, en el arcén. Dos hombres conversaban ante la puerta abierta. Erdmann y Matthiessen supieron por ellos que un grupo de siete agentes había llegado allí poco antes. Encontraron a Helga Jäger en la cocina. El ama de llaves estaba sentada a la mesa, vestida con un albornoz, y con los ojos enrojecidos se pasaba una y otra vez un pañuelo húmedo por la cara. Cuando vio llegar a Erdmann y Matthiessen pareció, por un momento, aliviada.

—¿Qué…? Pero ¿qué ocurre? ¿Me pueden explicar qué ocurre? Estos agentes me han dicho que el señor Jahn ha sufrido un accidente, grave… Y que esas mujeres… Pero eso no es posible. Él nunca podría hacer algo así, él no.

Matthiessen le apoyó una mano en el hombro.

—Por desgracia todo parece indicar que Jahn ha secuestrado a esas mujeres y también ha enviado los paquetes, señora Jäger. Le hemos sorprendido en una nave industrial abandonada y hemos podido liberar a una de las mujeres secuestradas. Jahn ha huido, y ha sido arrollado por un camión. Ahora se encuentra en cuidados intensivos, inconsciente, y seguimos sin saber dónde se encuentran Heike Kleenkamp y Nina Hartmann.

Matthiessen se sentó frente al ama de llaves.

—Señora Jäger, tenemos la esperanza de encontrar en algún lugar de esta casa alguna pista sobre el lugar en el que puedan encontrarse las dos mujeres. ¿Podría ayudarnos?

—Pero no creerán de verdad que el señor Jahn…

—No se trata de creer o no creer —la interrumpió Erdmann—. Le hemos seguido hasta el edificio en el que mantenía encerradas a esas mujeres. Hemos salvado a una de ellas. Para ayudar a Kleenkamp y a Hartmann tendremos que encontrar alguna pista. Pero necesitamos su ayuda, señora Schäfer, y es urgente, ahora cuenta cada minuto.

Helga Jäger se sonó la nariz, guardó el pañuelo en algún lugar del albornoz y finalmente asintió.

—De acuerdo. Sigo sin creer que él… Pero bien. ¿Qué debo hacer?

Matthiessen se puso en pie de nuevo.

—¿Hay algún lugar en esta casa que Jahn reserve para documentos importantes? Una caja fuerte, algún cajón, algo que no esté muy a la vista. ¿Oculto?

—Yo… no. Bueno, por lo que sé no hay caja fuerte. Pero el señor Jahn nunca me ha mencionado nada de ese tipo. Sólo soy el ama de llaves.

—Pero tal vez le haya llamado la atención algo mientras hacía limpieza.

—No. Pero… Si realmente creen que ha secuestrado a esas mujeres y que podrán encontrar algo que las salve, les ayudaré.

Se levantó con un suspiro.

Pusieron la casa patas arriba. Cada una de las habitaciones, incluyendo también el pequeño apartamento de Helga Jäger, fue registrada hasta el último rincón, se sacaron todos los cajones, miraron en todas las cacerolas de la cocina. Era poco antes de las dos y media cuando uno de los agentes llamó a Matthiessen desde el sótano. Erdmann, que había estado ocupado en el salón sacando los libros de las estanterías para ver si había algo detrás, y luego si entre las páginas de éstos se ocultaba algo, volvió a colocar en su sitio una antigua edición del Quijote de Cervantes. Se encontró con Matthiessen en el pasillo y bajó tras ella las escaleras. Abajo aguardaban dos hombres. Uno de ellos sostenía un trozo de alambre en una mano del que colgaba una goteante bolsa de plástico que ocultaba algún objeto.

—He sacado esto del bidón de aceite.

Matthiessen se acercó, el hombre alzó la bolsa y la acercó a la bombilla desnuda. Erdmann inclinó la cabeza y se acercó. Al trasluz se veía claramente el contenido de aquella bolsa. Se trataba de pinceles. Matthiessen gimió a su lado.

Erdmann miró fijamente los cuatro pinceles, que se advertía aún envueltos por la bolsa que eran artesanales. Se trataba de palos de madera redondos de alrededor de cinco milímetros de grosor en cuya parte superior se habían fijado unos pelos de aproximadamente tres centímetros de largo.

—Creo que esto le va a interesar a los compañeros de Colonia —dijo Erdmann, dirigiéndose al hombre que seguía sosteniendo en alto la bolsa—. ¿Han mirado si hay algo más en el bidón?

—Por supuesto. No hay nada más.

Erdmann maldijo en voz baja. Se agachó y comprobó cómo coincidía aquella habitación con la que habían encontrado en la nave.

—Avisaremos a la Jefatura de Colonia mañana por la mañana —dijo Matthiessen, que se había situado a su lado—. Ven, tenemos que continuar.

Él asintió y la siguió hasta arriba, para volver a las estanterías y dedicarse a repasar los libros. Media hora después había acabado y comenzó a revisar los cajones de un armario de madera del salón. Matthiessen asomó la cabeza.

—Ven un momento al despacho, por favor.

Cuando entró en el despacho de Jahn encontró a Matthiessen sentada a la mesa. Dos hombres situados tras ella miraban por encima de su hombro. Le hicieron sitio, y él se colocó a su lado. Ella levaba guantes y sostenía un libro abierto en las manos, tocando sólo los bordes. Lo abrió de forma que pudo ver la portada. Se trataba de una edición de El manuscrito.

Al abrir el libro de nuevo y depositarlo en el escritorio vio que en el margen había un post-it amarillo. Había algo escrito en ella, pero con letra tan minúscula que Erdmann era incapaz de leerla.

—¿Qué es eso?

—Lo han encontrado en el escritorio. Estaba pegado debajo de uno de los cajones. Míralo.

Se apartó un poco, pero mantuvo el libro abierto, sosteniéndolo en la mesa con dos dedos apoyados en las esquinas. Erdmann se acercó para leer lo que decía el post-it. Un nombre, impreso, recortado y pegado en el libro: C. Jahn.

—¿Qué significará eso?

—Lee el párrafo en el que se encuentra la pegatina.

Lo leyó.

Aguardó tras el seto hasta que llegara, en el punto más oscuro, justo a medio camino entre una farola y otra. Cuando la tuvo delante, dio un paso hacia ella y apretó la mano con el trapo empapado contra su boca antes de que fuese capaz de reaccionar.

Una vez que lo leyó, Matthiessen pasó un par de páginas.

—Lee aquí.

Había dos pegatinas, en una de ellas se leía de nuevo C. Jahn, en la otra sin embargo ponía W. Lorth. Erdmann leyó primero el párrafo de Lorth.

Necesitaba tratar inmediatamente aquel fragmento de piel, o se iniciaría la descomposición. Había encontrado en la red algunas páginas en las que se explicaba con exactitud cuál era el modo correcto de tratar el cuero. Se había decidido por una técnica que era sencilla, rápida y adecuada a sus necesidades.

—¿Y? —preguntó Matthiessen—. ¿Qué opinas?

Erdmann levantó la mirada del libro.

—¿Hay muchas pegatinas de éstas?

—Sí, en varias páginas. Y sólo esos dos nombres.

—Ha marcado los párrafos que ha introducido Lorth.

—¿Y por qué marca con su propio nombre otros párrafos? Es evidente que lo que no sea de Lorth, tiene que ser suyo, aunque al parecer sólo se han etiquetado las crueldades de su asesino.

Erdmann asintió.

—Creo que sólo hay una explicación lógica.