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Pudieron acercarse con el coche hasta el mismo puente y llegaron casi a la vez que el forense. Se trataba del joven con el que ya habían coincidido dos días antes en el parque. Los saludó con una ligera inclinación de cabeza. Seguía lloviendo, y la zona anterior al puente, a excepción del pequeño camino de piedra por el que se iban acercando, tenía un aspecto fangoso. Matthiessen había cogido una chaqueta y un paraguas y había completado su atuendo con unas botas de agua.

Abrió la puerta del lado del acompañante, sacó como pudo las botas y se las puso. La mayor parte de los hombres y mujeres que se encontraban por allí las llevaban. Erdmann pensó en sus caros zapatos italianos y se maldijo por no estar preparado. Matthiessen se giró hacia él, le preguntó qué número calzaba y se bajó del vehículo paraguas en mano. Dos minutos después llamó a la puerta del conductor ofreciéndole un par de botas blancas.

—Toma. Los de la científica siempre llevan algunas de más. Te quedarán algo pequeñas, pero creo que te servirán.

Las botas le apretaban, pero consiguió ponérselas. Erdmann bajó del vehículo, se colocó bajo el paraguas de Matthiessen y se subió el cuello de su chaqueta de cuero. Algunos metros más allá descubrió a Stohrmann, que sostenía un paraguas enorme y hablaba con un hombre al que Erdmann no reconoció.

La mujer había sido depositada bajo un puente peatonal en la orilla de un pequeño lago en Eppendorf. Sus pies y tobillos sobresalían de entre unos arbustos de tal modo que resultaban visibles a cualquiera que mirara a izquierda o derecha desde el pequeño puente. Era evidente que el criminal quería que se la encontrara pronto, pero al parecer todo había llevado bastante más tiempo de lo que había previsto. Si se hubiera seguido a rajatabla la novela que servía de modelo, debería haber sido hallada el día anterior.

Stohrmann se volvió hacia ellos poco antes de que llegaran a su altura; los labios despectivamente fruncidos y los ojos entrecerrados hablaban por sí solos.

—¿Ya han terminado de desayunar?

—Sí, gracias. ¿Y usted? —respondió Erdmann, que se sentía incapaz aquella mañana de evitar la confrontación con su superior. Éste les dirigió una mirada irritada y señaló a continuación al cadáver.

—Échenle un vistazo. Pero cuidado con el desayuno, sería una lástima desperdiciarlo. —Les sonrió irónicamente—. Después quiero hablar con ustedes. Y, antes de que me olvide: esta mañana han llegado nuevos análisis de ADN. La piel del segundo paquete procede de la chica cuyo cadáver hemos encontrado en el parque y que aún no hemos podido identificar. Parece que nos llevará un tiempo, ya que no hay ninguna denuncia de desaparición que coincida con sus características.

Se apartó de ellos para dedicarse de nuevo al hombre que tenía al lado, y en el que Erdmann reconoció ahora al jefe de la División Científica.

—¿Ha aparecido ya el siguiente paquete? —preguntó Matthiessen valientemente a Stohrmann, que se giró hacia ella a desgana—. En la novela es hoy cuando aparece el tercer paquete.

—Ya la informaré si sé algo, inspectora jefe. Perdóneme, por favor.

Idiota, pensó Erdmann, y se dirigió junto a su compañera al arbusto tras el que se ocultaba la nueva víctima.

Alguien había recortado las pequeñas ramitas de modo que quedara visible. El forense daba instrucciones a un agente con una cámara de fotos, indicándole qué ángulos debía recoger.

La mujer estaba tumbada boca abajo, con la cabeza apoyada en el barro sobre la mejilla derecha. Algunos mechones de su sucio cabello rubio le tapaban el rostro. Su espalda tenía un aspecto terrible, semejante al de la mujer que habían encontrado el sábado anterior. Los músculos que quedaban a la vista estaban cubiertos de suciedad, hojas y musgo. Al parecer el asesino la había tirado descuidadamente al suelo, cayendo inicialmente de espaldas. Erdmann se apartó unos pasos y se agachó junto a la cabeza de la mujer, sin preocuparse de la lluvia que caía sobre él. Los números marcados en la frente eran tan visibles como la sangrienta costra en torno a su cuello. Erdmann inspeccionó ambas con detenimiento y volvió a ponerse de pie.

—La han usado para los capítulos tres y cuatro.

Matthiessen estaba fijándose en el suelo empantanado al lado del cadáver.

—Igual que en el libro. Stephan…

—¿Qué?

—¿Cuántas páginas crees que habrá podido sacar de la piel que le falta?

Contempló aquella enorme y brillante herida.

—Pues no sé. Yo diría que tal vez diez.

—Imaginemos que son diez. El manuscrito tiene 360 páginas.

—Lo sé.

—Tenemos que detener a ese perturbado, y…

Erdmann ya estaba familiarizado con aquellos silencios repentinos de Matthiessen, al igual que con su envaramiento. Sonaba su móvil. Lo cogió con un gesto estudiado. La conversación no le llevó más de un minuto, en el que Erdmann trató infructuosamente de enterarse de qué hablaba.

—Ven —le indicó ella brevemente cuando colgó, acercándose de nuevo a Stohrmann. Erdmann detectó en su rostro una expresión dura, casi una obstinada determinación. La siguió. Stohrmann la miró como si se tratase de un insecto molesto.

—Acaba de llamarme uno de los agentes que vigilan la casa de Nina Hartmann. Alguien acaba de entrar, y con llave. Han esperado a que estuviera dentro antes de detenerlo. Se trata de Christian Zender.

—¿Zender? —bufó Stohrmann—. ¿No es el estudiante de derecho? ¿Su amigo?

—Sí. Pero dudo mucho que Nina le entregara las llaves de su piso. Al menos, voluntariamente.

—¿Y? ¿Se sabe algo más?

—Aún no.

—Ya. Me lo imagino.

Erdmann inspiró profundamente con intención de ofrecerle a Stohrmann la respuesta que merecía, pero Matthiessen le puso la mano en el brazo y apretó suavemente.

—Le están conduciendo a Jefatura, tendremos una charla con él.

Stohrmann hizo un gesto vago con la mano.

—Sí, vayan mientras yo sigo aquí sumergido en el barro y me ocupo de todo. Quiero saber inmediatamente si hay alguna novedad, ¿me ha entendido?

Se dirigieron al coche, y tras deshacerse de las enfangadas botas y guardarlas tras los asientos delanteros, se pusieron en camino.

Christian Zender, vigilado por dos agentes, estaba sentado en un despacho desocupado cerca de la sala habilitada para la Unidad Especial, un despacho que había sido adaptado de forma improvisada para poder servir de sala de interrogatorios. A diferencia de otras ocasiones en las que habían coincidido con él, Zender no trataba de provocarlos con sus comentarios, aunque no pudo reprimir una burlona sonrisa en el momento de tener a Matthiessen enfrente.

—¿Qué hacía en el piso de Nina Hartmann, Zender? ¿De dónde ha sacado la llave?

—Buenos días, inspectora jefe. Hemos estado casi toda la noche buscando a Nini, pero a pesar de todo me desperté temprano y no fui capaz de volver a coger el sueño. Estaba muy preocupado y pensé que no estaría mal si buscaba en su piso algo que tal vez me diera alguna pista. Me pareció una buena idea, al menos, mejor que quedarme tumbado en el sofá y escuchar roncar a mi amigo en la habitación de al lado.

—De modo que tiene usted una llave de casa de Nina.

—Bueno… Nini me la dio una vez. En enero, creo. Se marchó una semana a casa de sus padres. Y la vecina no estaba, Dirk tampoco, o no disponían de tiempo, no lo recuerdo. Nini me pidió que le regara las plantas, y me dio la llave.

—Así que regar las plantas —dijo Erdmann, y el chico volvió la cabeza hacia él.

—Sí, eso es.

Erdmann se dirigió a uno de los dos agentes.

—Localícenme a Dirk Schäfer, por favor. Comuníquenle que su amigo Christian se encuentra aquí en Jefatura tras entrar en casa de su pareja con una llave que la chica supuestamente le entregó para que le regara las plantas. A ver qué le parece.

—¿Es necesario? Dirk se enfadará. Tal vez no sepa nada de lo de la llave. No quiero que Nini tenga problemas.

Erdmann le hizo una seña al agente, que abandonó el despacho.

—No desea que tenga problemas —le siseó a continuación a Zender de forma tan agresiva que éste se sobresaltó—. Qué generoso por su parte. No creo que los problemas que le pueda causar la historia de la llave sea lo que más preocupe a Nina ahora mismo. Pero le aseguro que usted sí tendrá problemas, y muy grandes, si no nos confiesa ahora mismo qué buscaba en aquel piso. ¿Quería encontrar algo? ¿Encontrar qué? ¿Qué había pensado? ¿Que entraba en la casa, miraba hacia el suelo, y, de repente, oh, una pista?

—No, yo…

—¿Pretendía rebuscar entre sus cosas? ¿Sin permiso? Como futuro abogado sabrá que eso se considera allanamiento de morada, y sólo eso ya le traería problemas. Pero hay más, porque comienzo a pensar que pudiera estar usted relacionado con la desaparición de la chica.

—¿Qué? Está usted… Quiero decir, eso es absurdo.

Erdmann le lanzó a Matthiessen una rápida mirada interrogativa, y ésta asintió imperceptiblemente.

—¿Absurdo? —bufó—. Recuerdo cómo reaccionó usted cuando se enteró del secuestro de Heike Kleenkamp. Le pareció interesante la idea porque tenía dinero y estaba buena. No parece que rechace usted la posibilidad de un secuestro. Además, su forma de comportarse, no cesando de hablar de Nini…

—Pero…

—¿No estará enamorado de Nina Hartmann? Pero ella le ignora, porque prefiere un médico rico a un abogado. Y ahora usted ha encontrado su oportunidad de coger lo que quiere y no le dan voluntariamente. Y aprovecha para culpar a un perturbado de su propio crimen.

—Eso es una completa estupidez.

—¿Qué buscaba en aquel piso, Zender?

Christian Zender bajó la cabeza y contempló sus manos, que reposaban en su regazo. Parecía muy tranquilo.

—Acabo de decírselo. No podía dormir. No dejaba de pensar en Nina y recordé que tenía una llave. —Levantó la vista, y Erdmann pudo ver en su expresión que se le había ocurrido alguna idea que consideraba brillante—. Nini me ha entregado voluntariamente una llave, de modo que no se trata de ningún allanamiento si la utilizo para entrar en su piso.

—Se la ofreció para que la empleara en una ocasión concreta, usted mismo lo ha reconocido. Sólo en aquella ocasión.

Zender sonrió.

—Bueno, dado que ahora parece que no está, me dirigía a su casa a regar las plantas.

Erdmann golpeó la mesa con la palma de la mano, lo que hizo que Zender se estremeciera.

—Parece que se cree usted terriblemente original y gracioso. Y además le parecerá que es sumamente inteligente por divertirse aquí con nosotros mientras mantiene a Nina encerrada en alguna parte. Permanecerá usted aquí, Zender, bajo sospecha de haber cometido un secuestro.

—No puede hacer eso —dijo Zender, recostándose hacia atrás en su silla y mirando a Erdmann con una sonrisa victoriosa—. Va contra la ley, inspector. Se olvida usted de que no soy un adolescente ignorante al que han pillado robando una chocolatina y al que asustar con sus amenazas, sino un jurista que conoce la ley. Mejor que usted, probablemente.

El agente al que Erdmann había rogado que llamara a Schäfer apareció en el umbral e hizo una seña a Matthiessen para que abandonara el despacho.

Christian Zender alzó las manos.

—Para retenerme tendría que contar con alguna prueba o al menos algún indicio de que soy sospechoso. ¿De qué se me acusa y qué pruebas tiene?

Erdmann tuvo que contenerse a duras penas, porque su deseo era levantarse y coger del cuello a aquel idiota. Por desgracia no podía decirle lo que pensaba de él. Mientras pensaba cómo manejar la situación volvió a aparecer Matthiessen. La expresión de su rostro no presagiaba nada bueno.

—Acabo de hablar con Dirk Schäfer —dijo, dirigiéndose a Zender con voz gélida—. Ha confirmado que Nina Hartmann le dio una llave hace unas semanas.

Zender miró a Erdmann y se encogió de hombros de forma provocativa.

—Es más, me dice que lo recuerda, porque también sabe que Nina le rogó a usted que le devolviera la llave para dársela a él.

Sacó su móvil del bolsillo y lo lanzó sobre la mesa donde aterrizó con un fuerte golpe.

—Espero que como futuro abogado conozca a algún abogado auténtico. Llámelo. Comuníquele que es usted sospechoso de secuestro.