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—¿Qué te parece?

Los pensamientos de Erdmann se atropellaban en su mente mientras intentaba evaluar todas las implicaciones de lo que acababa de descubrir.

—No nos había dicho que… —Señaló la lista.

Matthiessen asintió.

—Sí. ¿No es extraño? Nina Hartmann recibe una llamada y desaparece poco después. Piensa. Se dirigía a su casa para buscar la reseña que había escrito y entregárnosla. Sabía que la estábamos esperando. ¿Crees que nos hubiera dejado esperándola para citarse con un desconocido?

—Más bien no. ¿Crees que la llamada podría haber procedido de esta persona?

Matthiessen asintió.

—Sí. Por ello no estoy del todo segura de que Lorth nos haya mentido cuando nos dijo que le habían llamado.

—Entiendo lo que quieres decir. ¿Te parece que hablemos con ella?

Matthiessen reflexionó unos instantes para sacudir la cabeza después.

—No. Si está relacionada con este asunto tal vez logremos que nos lleve hasta las chicas desaparecidas.

—¿Y Jahn?

—Tal vez estén en esto juntos.

—Bueno… no sé. Sólo porque se ha matriculado en el mismo curso de lengua castellana que Nina Hartmann no es para pensar que esté implicada en el caso…

—Tú mismo crees que es extraño que no nos lo haya mencionado. Además, ¿de qué otra pista disponemos?

Se puso en pie de un salto.

—Vamos. Ya le he contado a Stohrmann lo de la lista. Le pediré que sea vigilada. Hazme el favor, mientras tanto repasa otra vez todo lo que tenemos. Vamos a suponer que está ayudando a Jahn, quizá eso nos ofrezca nuevas perspectivas.

—Bien. Probablemente incluso le hubiese proporcionado una coartada en caso de ser necesario. Vamos a pedirles a los compañeros de Colonia que vuelvan a ver a la mujer que le facilitó la coartada hace años.

Antes de que Matthiessen abandonara su despacho se volvió una vez más hacia Erdmann.

—Por favor, llévate también las cosas del piso de Nina Hartmann y repásalo todo. Y… date prisa.

Erdmann cogió el fajo de papeles que había sobre la mesa de Matthiessen y se dirigió a la sala de reuniones, donde le rogó a Jens Diederich que le ayudara a reunir todo el material que necesitaba.

—Necesito tu ayuda un momento —le dijo, explicándole luego la sospecha que les había surgido—. Tenemos que revisarlo todo de nuevo. Cada página.

Diederich primero pareció sorprendido, después se encogió de hombros.

—Vamos a ello.

Se acercó una silla y ambos se dispusieron a revisar informes, conversaciones, copias de documentos y fotografías del caso. A Erdmann le gustaba la actitud de Diederich: no solía hacer muchas preguntas y siempre estaba dispuesto a trabajar.

Matthiessen se acercó poco después y le hizo saber que Stohrmann le había dado el ok a todo. No se había mostrado ni desagradable ni cínico, lo cual relacionó con la presencia de Dieter Kleenkamp en su despacho.

No habían avanzado mucho en la investigación, cuando Stohrmann les llamó para avisarles de que había llegado el abogado que Peter Lüdtke le había conseguido a Lorth.

Escucharon la conversación que Stohrmann mantenía con un hombre corpulento de unos sesenta años, que explicaba con una profunda voz de barítono que las acusaciones contra su cliente no se sostenían, porque, incluso si Jahn se hubiera citado con Lorth repetidas veces —aunque no era el caso— eso tampoco demostraría nada. El escritor estaba iniciando una nueva novela y era normal que se vieran. Pero, en cualquier caso, Lorth no había coincidido en los últimos meses con Jahn en ninguna parte, ni en su jardín ni fuera de él.

—Al margen de eso, el señor Lorth les ha comunicado todo lo que sabe y no hay razón para que continúe retenido. Deben dejar marchar a mi cliente. Voy a olvidar de momento el hecho de que lo hayan sacado en mitad de la noche de su cama sin causa justificada y lo hayan arrastrado hasta aquí.

Stohrmann asintió.

—Es posible que mis subordinados se hayan precipitado un poco. Por supuesto, puede marcharse.

Erdmann intercambió una rápida mirada con Matthiessen. Notó de inmediato que no le hacía ninguna gracia ver que Lorth se marcharía sin más, pero de todos modos no habían logrado sacarle ni una sola palabra y ahora disponían de una nueva pista que seguir.

Una vez que Lorth hubo abandonado con expresión de triunfo la sala de interrogatorios en compañía de su abogado, Stohrmann se acercó a ellos.

—No quiero hablar del tema —anticipó, una vez cerrada la puerta—. Ningún juez hubiera autorizado su encarcelamiento.

Erdmann esperaba algún ataque a Matthiessen, pero éste no se produjo.

—Por amor de Dios —dijo, en cambio, el coordinador—, encuentren a Heike Kleenkamp, rápido. Con vida. El padre está desesperado y comienza a perder los nervios. Nos puede causar muchos problemas.

Te puede causar problemas a ti, quieres decir, pensó Erdmann, siguiendo con la mirada al coordinador de la unidad que desaparecía ya por el pasillo.

Se dedicaron de nuevo a revisar la documentación en la sala de reuniones. Erdmann se centró en los informes de la noche anterior. Estuvo leyendo cuidadosamente, línea por línea, lo redactado por la persona que estuvo al mando de la operación, pero no halló nada que no supiera ya, por lo que decidió apartarlo a un lado. Los agentes habían adjuntado numerosas fotos. Mostraban el terreno, las fábricas abandonadas y los almacenes tanto desde el exterior como los interiores. Le habían dedicado atención especial a la zona que imitaba el sótano de Jahn, la habitación en la que Matthiessen había encontrado a la mujer atada. Erdmann examinó atentamente las fotografías, una a una; las estanterías, menos cubiertas de polvo que en el sótano original, pero por lo demás sorprendentemente idénticas; el bloque que rodeaba la caldera, que en las fotos no se advertía que estaba hecho de cartón; incluso el tubo con el que Matthiessen se había hecho daño, estaba colocado en el lugar correspondiente. Levantó la vista.

—Me pregunto por qué Jahn se ha esforzado tanto en reconstruir su propio sótano. Parece que estaba buscando que diéramos con él. No sé, creo que todo esto es un trabajo absurdo e inútil.

Matthiessen apartó a un lado la hoja que estaba leyendo en aquel momento.

—Yo también creo que esperaba que lo encontráramos. Es así como sucede en la novela, el asesino desea que se encuentre el lugar del crimen. Aunque, por supuesto, cuando él mismo ya se ha alejado de allí. Lo más probable es que cuando hubiera decidido prescindir de aquel lugar nos hubiera facilitado alguna pista para encontrarlo… lo cual hubiera conducido a nuevos titulares en la prensa. Y más ventas de libros.

—¿Y el libro? ¿Tenemos algún ejemplar por aquí?

Diederich se puso en pie, se acercó a un escritorio situado en el centro de la habitación y volvió finalmente con una edición de bolsillo de la novela. Se la ofreció a Erdmann.

—Toma. Pero no esperes gran cosa.

—Me interesa únicamente la parte en la que Jahn describe el sótano. Las estanterías, por ejemplo. Quiero ver hasta qué punto se ha copiado a sí mismo.

Erdmann tuvo que pasar unas cuantas páginas antes de encontrar lo que buscaba. Leyó el párrafo despacio y cotejó lo que encontraba allí con las fotografías. Cada detalle recogido en el libro aparecía en las imágenes de forma tan exacta que se sintió sorprendido. Cuando acabó de leer el pasaje con la descripción del sótano, apartó a un lado el libro con una sensación extraña. Había algo que le había parecido extraño, algo que no cuadraba, pero no acababa de determinar qué. Contempló de nuevo todas las fotografías con detenimiento, pero no fue capaz de descubrir qué le inquietaba. Y una nueva lectura del pasaje en cuestión siguió sin aclararle nada.

Estuvo considerando la posibilidad de pedirle ayuda a Matthiessen cuando, de repente, lo vio en la primera de las fotografías. Lleno de agitación, volvió al libro, buscando el párrafo que le interesaba, esperando encontrar algo muy concreto. Llegó en su lectura hasta el final del párrafo sin hallar lo que necesitaba, soltó una exclamación, se pasó una mano por la frente.

—Dios mío —murmuró.

Necesitó unos instantes más para ordenar sus pensamientos y evaluar el alcance de su descubrimiento, que no acababa de comprender del todo, aunque sabía que era importante. Tanto Matthiessen como Diederich le miraron, curiosos, aunque ninguno de los dos pronunció palabra. Erdmann torturaba su cerebro, repasando cada paso que habían dado en el sótano de Jahn. Las escaleras. Las estanterías. El pequeño accidente de Matthiessen. Y de repente, lo tuvo. Unas palabras pronunciadas por Jahn cuando habían estado visitando el sótano, justo después de que Matthiessen se golpeara en la cabeza. Y al recordar, su agitación se incrementó.

—¿Qué dirías si te pregunto si crees que a Jahn le interesa describir al detalle los escenarios de los crímenes? —le dijo a su compañera.

Matthiessen se encogió de hombros.

—Te diría que posee una obsesión casi enfermiza por detallarlo todo de forma exacta.

Erdmann asintió repetidas veces.

—Eso es. ¿Crees que habría omitido conscientemente algo importante?

—No lo creo. ¿A dónde quieres ir a parar?

—Bien. Eso está muy bien —asintió, mostrándole la fotografía y señalándole un punto concreto—. ¿Puedes señalarme el párrafo en el que se describe esto en el libro?

Diederich había dejado caer la carpeta con la que había estado ocupado y contempló también la fotografía. Matthiessen titubeó, sin entender lo que pretendía Erdmann con todo aquello. Finalmente cogió el libro para consultar el párrafo que Erdmann le señalaba.

Tras unos instantes apartó la mirada de éste. Su tono de voz era inseguro.

—No aparece.

Erdmann asintió, cada vez más nervioso.

—No. Y voy a decirte por qué no.