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Les llevó veinte minutos escasos llegar a la Jefatura en Bruno-Georges-Platz y pasaron todo ese tiempo en silencio. Erdmann aparcó el vehículo junto a la entrada principal, giró el retrovisor de modo que pudo contemplarse en él, controló con una rápida mirada cómo llevaba el corto cabello negro y se miró los dientes; odiaba encontrar restos de comida en ellos. Después, se bajó del coche y le tendió las llaves a Matthiessen.

Al entrar encontraron al coordinador de la unidad, Stohrmann, reunido con el agente que había permanecido de guardia en la comisaría, el inspector Dietmar Thevis, ante la gran mesa central de la sala de reuniones asignada a la Unidad Especial Heike. Ambos estaban examinando unas fotografías que estaban dispersas sobre la mesa. Si se le comparaba con Thevis, un hombre delgado y de figura deportiva, el coordinador de la Unidad Especial daba la impresión de ser un hombre que se cuidaba poco, el típico agente comodón dedicado a asuntos administrativos. No se le podía calificar estrictamente de gordo, aunque tal vez sí tenía algo de sobrepeso. Erdmann le calculaba unos noventa o noventa y cinco kilos, pero aquello no estaba del todo mal para su 1,95 de altura. La pésima impresión que causaba en quien le veía por primera vez se debía más bien a su aspecto descuidado, y quedaba de algún modo subrayado por su piel pálida y la oscura guirnalda que rodeaba su calva. Parecía mucho mayor de los cuarenta y ocho años que contaba, y, cuando caminaba, sus movimientos eran torpes y descoordinados. Sólo sus ojos, de un pálido gris desvaído, no parecían encajar con el resto de su persona: siempre en alerta, parecían reparar en todo. Erdmann se sentía siempre incómodo en presencia de Stohrmann, como si éste tuviese acceso a su mente o, al menos, como si se esforzara por penetrar en ella.

—Buenos días —los saludó Stohrmann mirando únicamente a Matthiessen, y con cierto aire de reproche—. ¿Y? ¿Cómo es que no hemos podido localizarla?

—Lo lamento mucho. Mi móvil se quedó sin batería —confesó ella, avergonzada.

Stohrmann asintió, como si no esperara otra cosa.

—Ya entiendo. La batería. Resulta un tanto inconveniente que la segunda al mando de una Unidad Especial no esté localizable. Y más aún si es responsable de la coordinación externa, porque quien dirige la unidad tiene que dedicarse a la interna, y con ello ya está más que ocupado.

—He estado todo el día en casa. No me he movido de allí.

—También la he llamado a su teléfono fijo, Matthiessen —intervino el agente de guardia, el inspector Thevis.

—Salí al jardín después de comer, es posible que no oyera el teléfono —concedió ella.

—Por suerte, el inspector jefe Erdmann ha logrado encontrarla y traerla hasta aquí —observó Stohrmann secamente, liquidando el tema—. Siéntense, por favor. Hay novedades en el caso. —Deslizó las fotos que había sobre la mesa en dirección a ambos—. Miren esto.

Erdmann se aproximó y se inclinó hacia delante. La lámpara quedaba reflejada en la superficie brillante de la fotografía que tenía más cerca, de modo que le fue imposible distinguir nada. ¿Novela? ¿Anónimo? No comprendía qué significaban aquellas palabras ni por qué Stohrmann creía que aquello podría estar relacionado con la desaparición de Heike Kleenkamp. Miró a Andrea Matthiessen. La fotografía que examinaba su compañera mostraba la parte posterior de un marco. Los bordes del material tensado estaban fijados en la madera con ayuda de gruesas grapas. El aspecto de todo aquello era un tanto extraño. Desagradable fue el adjetivo que se le vino a la mente.

—Si se están preguntando en qué medida este objeto puede estar relacionado con la hija de Kleenkamp —Stohrmann pareció adivinar su pensamiento— observen la ampliación de la esquina superior derecha.

Matthiessen separó la fotografía de las demás y la colocó de forma que Erdmann también pudiera examinarla más atentamente. Éste cambió de inmediato la palabra desagradable por repulsivo cuando detectó los oscuros grumos que pendían del borde de aquel material, que eran, sin duda alguna, piel animal recientemente manipulada.

—¿Esto es un sello? ¿O un tatuaje? —preguntó Matthiessen a su lado. Erdmann desplazó su atención hacia aquel punto de la imagen. Destacaba algo rojo, que parecía ciertamente un fragmento de un tatuaje, aunque no podría haber aventurado en aquellos momentos qué pretendía representar.

—Eso creo —confirmó Stohrmann—. ¿Y?

Matthiessen se acercó aún más la fotografía.

—¡Dios mío! Esto podría… ¿Es una rosa?

Stohrmann asintió.

—Es lo que creemos. Thevis ha avisado al laboratorio, y ya se está analizando. También hemos avisado a un experto en caligrafía.

Erdmann recordó la descripción que Dieter Kleenkamp había realizado de su hija. En marcas especiales había descrito un tatuaje bajo el hombro izquierdo. Una rosa roja.

—Mierda.

Contempló fijamente la fotografía que su compañera había dejado sobre la mesa.

—¿Cuánto mide?

—Dieciséis por doce centímetros aproximadamente.

Thevis utilizó las manos para indicar las medidas.

—Muy tensado y, según me ha parecido observar, seguramente tratado de forma química para garantizar su conservación.

—¿Y de dónde procede esto?

Matthiessen había dirigido a Thevis la pregunta, pero fue Stohrmann quien respondió.

—Fue enviado por mensajería urgente, UPS, a una estudiante universitaria. Nina no-sé-qué, vive en Geschwister-Scholl-Strasse, en Eppendorf. Vayan a verla y hablen con ella. Intenten averiguar por qué ha sido precisamente ella la destinataria de ese paquete. Debe de existir algún motivo. Aparecía indicado un remitente que se ha revelado como falso.

Les tendió una carpeta de plástico transparente, en la que había algunas hojas de papel.

—Aquí tienen el informe de los compañeros que fueron a recoger el objeto.

Matthiessen recogió la carpeta y hojeó de forma superficial su contenido.

—¿Contenía algo más? ¿Una carta tal vez? ¿Algún tipo de exigencia económica o de otro tipo?

—Si lo hubiera habido ya lo habría mencionado, ¿no cree, Matthiessen? —Stohrmann sonrió de forma desagradable.

—Seguro que sí —repuso ella, poniéndose en pie—. ¿Podemos marcharnos? —preguntó con calma.

Mientras se dirigían hacia el Golf, Matthiessen le entregó a su compañero las llaves del coche de nuevo.

—Tenga. Conduzca usted. Quiero consultar el informe durante el trayecto.

Le leyó la dirección de la chica, sacó su móvil del bolsillo y lo conectó al cable que salía del mechero del coche. Erdmann la miraba de reojo de cuando en cuando. La vio teclear unos números, que consultó en una de las hojas de papel apoyadas en sus muslos.

—No contestan —observó ella, más para sí que para él.

Probó con otro número. En esta ocasión tuvo mayor fortuna, pues apenas unos segundos después comenzó a hablar.

—Sí, exactamente… —dijo tras presentarse brevemente y escuchar lo que respondían al otro lado—. Estoy… No, estoy de camino a su casa. A mi compañero y a mí nos gustaría charlar con usted un rato. —Una breve pausa—. Entiendo. Sí, he intentado localizarla en su teléfono fijo antes… Una celebración. ¿Le importa si la molestamos un momento pese a todo? No nos llevará mucho tiempo, pero es muy importante… ¿Dónde? ¿Calle Hochallee? Sí, en la zona de Harvestehude, bien. ¿Y el nombre de su…? ¿Schäfer? Dirk Schäfer, de acuerdo. Estaremos allí en aproximadamente un cuarto de hora. Hasta entonces. —Matthiessen apartó el teléfono de la oreja—. Está en casa de su novio. Hemos de dirigirnos a la calle Hochallee —informó a Erdmann.

—Sí, lo he oído. ¿Se indica en el informe si la chica tiene alguna sospecha de por qué le ha sido enviado precisamente a ella el paquete?

—Lo sabré cuando lo lea. Si me lo permite, me pondré con ello mientras usted conduce.

Bruja, pensó él, y estuvo a punto de hacer algún comentario, pero se contuvo. En su lugar, se centró en el tráfico. No le sorprendía que a Stohrmann tampoco le gustara esa mujer. Si siempre se comportaba de esa manera… ¿Por qué la habían incluido en la Unidad Especial? Y como segunda al mando, además. No acababa de comprenderlo.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

Nada más pronunciar aquellas palabras se recriminó por ello. Debería haberse mordido la lengua, ya imaginaba lo que le respondería.

—Estoy leyendo, Erdmann —contestó ella, confirmando sus sospechas, sin alzar la vista del papel que sostenía en la mano. Pero apenas un par de segundos después suspiró ruidosamente y le miró, inquisitiva.

—Está bien. Pregunte.

—Se trata de Stohrmann. ¿Le conoce usted bien?

Titubeó sólo un segundo, pero Erdmann notó que había algo extraño.

—¿Por qué lo pregunta?

Una rápida mirada le reveló que había enarcado las cejas, y en su frente se habían formado arrugas.

—¿Por qué responde a mi pregunta con otra pregunta?

De nuevo dudó, aunque en esta ocasión su silencio se prolongó tanto tiempo que resultó evidente que no sabía qué responder.

—Hace tiempo que nos conocemos —comenzó finalmente—. Unos diez años tal vez. Pero me interesa conocer el motivo de su pregunta.

Erdmann se encogió de hombros.

—No es por nada en particular. Por conocer un poco al hombre que coordina la Unidad Especial. ¿Cómo es como persona?

—¿Que cómo es como persona? Erdmann, no me voy a poner a cotillear sobre un superior. Y ahora me gustaría leer este informe.