19

A Stephan Erdmann algunas personas le resultaban agradables a primera vista, sin saber muy bien por qué. Veía a alguien, intercambiaban un par de palabras, y sentía que todo encajaba o, al menos, que la química entre ellos era la adecuada.

Werner Lorth no pertenecía a esa clase de personas. Era todo lo contrario.

La vivienda de Lorth estaba situada en un edificio antiguo de tres plantas bastante descuidado. Erdmann se asombró de que la puerta que conducía a la vivienda tuviera picaporte. Cuando tuvo ante sí a aquel hombre de grasiento pelo oscuro con aquella sonrisa forzada y evidentemente falsa, cuando asimiló la visión de aquel rostro alargado de nariz y mejillas surcadas de finas venillas rojas, con un cuerpo escuálido, vestido con unos vaqueros demasiado anchos y una sudadera varias tallas superior a la suya, le repugnó su aspecto de inmediato, pero se trataba de una mera cuestión estética. Eso cambió en cuanto Matthiessen les presentó a ambos y Lorth les dirigió una mirada evaluadora en la que Erdmann creyó notar que le estaban desnudando.

—Sí, ya sé. Ya me había indicado por teléfono que pasarían a molestarme. Ignoro qué puede querer de mí la policía criminal, y además en domingo. Entren. Cuanto antes liquidemos este asunto mejor.

Eso fue suficiente para que Erdmann decidiera que Lorth le parecía una persona odiosa. Más que Christian Zender; ése simplemente le atacaba los nervios.

—Si lo prefiere podemos liquidar este asunto en la Jefatura, señor Lorth —gruñó, lo cual hizo que volviera la sonrisa falsa al rostro de su interlocutor.

—Ah, van a empezar con eso… El poli malo. De acuerdo, no digo nada. Por favor, pasen.

Erdmann le dirigió una larga mirada al pasar y confió en que aquel individuo comprendiera que era mejor prescindir de su arrogancia.

El piso apestaba. Especialmente intenso era el olor a tabaco, lo cual no le sorprendió cuando descubrió, tras una mirada superficial, dos ceniceros repletos de colillas; uno en una mesa baja de madera al lado de un vaso con algún tipo de líquido, el otro en el alfeizar de la ventana. Estaba convencido de que lo del vaso no era agua; que ese hombre tenía problemas con el alcohol era algo que había advertido a primera vista. Conocía muy bien los signos exteriores y también el olor que despedían ese tipo de personas.

En un rincón se oía el murmullo de una inmensa pantalla de televisión. Al margen de los ceniceros el salón parecía estar bastante ordenado, había varias estanterías repletas de libros.

—¿Vive usted solo? —preguntó Erdmann, mientras se sentaba en un sillón del tresillo de terciopelo. Matthiessen ocupó el otro. En el sofá había una manta arrugada. Lorth la apartó a un lado y se sentó.

—¿Por qué lo pregunta? ¿Encuentra el piso desordenado?

—Haga el favor de no responder a las preguntas con otras preguntas —dijo Matthiessen, que probablemente había comprendido la antipatía que aquel hombre despertaba en su compañero.

—Sí, vivo solo.

Parecía ofendido, y de algún modo afeminado, y Erdmann pensó si no sería falsa también aquella insinuación de homosexualidad.

—A veces duerme aquí mi novia. ¿Desean que le facilite su nombre y dirección? ¿La altura? ¿El peso?

—Tal vez más tarde. Primero quisiéramos hacerle algunas preguntas en relación a Christoph Jahn.

Lorth dirigió a Matthiessen una mirada de incredulidad y soltó una risita artificial.

—¿Jahn? Dios mío, jamás se me hubiera ocurrido que alguien pudiera interesarse alguna vez por ese individuo.

Sacó un cigarrillo del paquete casi vacío, lo encendió, dio una calada y expulsó el humo muy cerca del rostro de Erdmann.

—¿Otra vez ese viejo caso? ¿Han encontrado ADN en alguna parte? Esas cosas suceden. Siempre pensé que ese individuo no era trigo limpio.

Erdmann acercó el cenicero casi desbordado a Lorth.

—¿Cree usted que Jahn asesinó a aquella mujer en Colonia?

—No lo afirmo, pero me parece más que posible. Ese supuesto escritor haría lo que fuera para vender alguno de sus libros. La verdad es que para lograrlo sería necesario hacer algo así.

—Después de lo de Colonia dejó de escribir porque no soportaba pensar que un ser humano había sido asesinado siguiendo sus instrucciones.

Lorth soltó una risa aguda.

—¿Por qué no lo soportaba? Dejó de escribir porque nos negamos a publicar más libros suyos. Ni nosotros ni ninguna otra editorial.

—Un momento, no sé si le he entendido —interrumpió Matthiessen—. ¿No les gustan sus novelas?

—Si lo quiere expresar de ese modo… No, no nos gustan. Y eso que cuando se publican ya las hemos corregido y mejorado mucho.

Matthiessen intercambió una mirada de desconcierto con Erdmann.

—¿Y por qué las publican?

Lorth le dio una calada a su cigarrillo.

—Una antigua historia —dijo, con el humo azul escapando de su boca. Ambos le miraron interrogantes y entornó los ojos—. ¿Tengo que explicárselo? De acuerdo. Pero me gustaría saber… ¿Han reabierto el caso de Colonia?

—Tal vez —respondió Erdmann de forma escueta.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Por qué están aquí? ¿Qué quieren de mí?

Apagó el cigarrillo en el cenicero.

—Que responda a las preguntas que le hacemos. ¿Por qué publican sus novelas si piensan que no son buenas? ¿Y eso de la historia antigua, a qué se refiere?

Lorth tomó aire de forma exagerada.

—El editor anterior contrató a Jahn. Su primer libro no estaba mal, nada extraordinario, pero legible. Al estimado Wulff, sin embargo, le entusiasmó tanto que firmó un contrato con el autor por sus tres siguientes novelas. Y tuvimos que publicarlas.

—¿Ya no es ése el editor?

Soltó una risa cínica.

—No. Cometió varios errores más.

Matthiessen reflexionó.

—¿Qué sucede cuando ocurre algo así? ¿No hay modo de que la editorial rescinda el contrato?

Lorth sacudió la cabeza, como si no pudiera creer que le hubiesen planteado aquella pregunta.

—En ese tipo de contrato al autor se le prometen unos anticipos, que en el caso de Jahn ascendían a una cantidad bastante importante. No podemos decidir de repente no publicar nada. Hay que tratar de recuperar al menos parte del dinero invertido.

—¿Puede ganarse dinero con una mala novela, si se tiene en cuenta que habría que sumarle también los costes de impresión? —preguntó Erdmann, cosechando una nueva mirada de incredulidad, acompañada en esta ocasión por una sonrisa de suficiencia.

—Para eso existe la figura del revisor. Los manuscritos de Jahn… los he… bueno… reformado tanto que se convirtieron en textos legibles. Y les puedo asegurar que fue un trabajo bastante duro.

—Vaya —dijo Erdmann—. Ahora que ya hemos constatado que no somos más que ignorantes agentes de policía, permítame una pregunta igualmente estúpida: ¿No consiste precisamente en eso el trabajo de un revisor? Es decir, ¿en corregir errores que pudiera presentar un manuscrito, tanto en cuanto a la lógica del relato, como de algunas construcciones gramaticales poco afortunadas?

—¿Corregir?

Lorth se irguió en su asiento.

—Si yo fuera revisor de novelas románticas, Dios no lo quiera, le diría que la función de todo revisor es la de reconocer la belleza de la palabra, sacarla de donde se encuentra y arroparla en una oración en la que se puede desplegar todo su encanto arrollador.

Hizo una pausa y volvió a entornar los ojos.

—Pero todo eso no es más que una estupidez. Soy revisor de novelas criminales, y mi función es unir las palabras de modo que se conviertan en armas. Armas mortales, no sé si me entienden.

Respiraba entrecortadamente, como tras una carrera acelerada.

—El vocabulario al que se enfrenta un revisor de novelas policíacas es como un armario repleto de armas. En la primera página de la novela tengo que procurar que el lector sienta en su cuello la violencia verbal con la mayor brutalidad posible. Le tomo prisionero con el estilo que empleo y le obligo a seguirme hacia los más temibles abismos del alma humana. Las palabras no sólo pueden herir, pueden asesinar, si se es un virtuoso de la lengua, algo que todo revisor debería ser.

Lorth volvió a realizar una breve pausa y Erdmann tuvo la impresión de que se hallaba en tal estado de alteración que se encontraba a punto de vomitar.

—Sí, eso es. Tuve que tomar partes importantes de esa… novela y volver a reescribirlas por completo, porque era de calidad tan ínfima que, tal y como se encontraba, hubiese sido imposible publicarla. En realidad puede decirse que fui yo quien escribió la novela, inspector… como se llame.

—Erdmann. Dígame, una pregunta: ¿Leyó usted la reseña publicada el pasado mes de diciembre en el Hamburger Allgemeine Tageszeitung sobre El manuscrito?

Se encogió de hombros.

—Sí. La escribió una colaboradora del periódico, una chica insignificante.

—¿No le molesta que alguien ataque de tal forma un texto en el que ha tomado parte tan activa?

Hizo un gesto de la mano restándole importancia.

—No se puede tomar en serio algo así. En la editorial fue motivo de risa.

—¿Sabe quién es la autora de la reseña?

—No. Sólo sé que se trataba de una mujer. El nombre… Ni idea. Es irrelevante.

—No estoy al tanto de la legislación en lo referente a los derechos de autor —se mezcló Matthiessen en la conversación—, pero me pregunto si es legal lo que ha hecho usted con la novela.

Lorth sonrió.

—No importa cuán profundas y cuantiosas sean las revisiones, en el momento en el que el autor las acepta, se convierte en legal. Y Jahn siempre ha aceptado todas mis modificaciones. A regañadientes, pero lo hace. Sabe que con ello sus novelas se vuelven mínimamente legibles. Tuve que prometerle al editor no mencionar jamás en qué medida se había llegado a modificar el texto, y nunca antes he hablado de ello. Por supuesto, ahora es distinto, con ustedes no tengo más remedio que confesar… y si en el transcurso de su investigación se revela que los pasajes más interesantes y mejor redactados de las novelas de Jahn son, en realidad, míos, pues… no he podido evitarlo.

De nuevo mostró sus dientes amarillentos y Erdmann tuvo que apartar la vista. A Matthiessen aquella visión pareció afectarle menos.

—¿Modificó usted El manuscrito de forma importante?

—Por supuesto. Jahn debería dedicarse a elaborar guías de viajes, porque es eso lo que parecen sus novelas. Una descripción larguísima que es sustituida por otra igual. Detalles y más detalles, y pierde por completo de vista el argumento. En algunos puntos había errores tan graves que incluso un chico de diez años los habría descubierto.

—¿A pesar de que las ha reformado, piensa que son novelas de mala calidad?

—Las he convertido en legibles, pero es imposible convertir a un Fiat en un Porsche aunque le cambien los alerones.

A Erdmann se le ocurrió un pensamiento.

—¿Recuerda aún el argumento de El manuscrito?

—Por supuesto, qué pregunta más extraña. Les acabo de decir que gran parte del texto es mío.

—Bien. El primer paquete es enviado al principio de la novela a una redactora. ¿Recuerda a esa persona?

—Personaje.

—¿Qué?

—Personaje. En un texto de ficción no se habla de personas sino de personajes. Una persona es un individuo real.

—No me toque… —comenzó Erdmann, pero supo contenerse a tiempo y continuó hablando en un tono mucho más moderado—. ¿Recuerda a la redactora?

—Sí, la recuerdo muy bien. Un típico ejemplo de la forma de escribir de Jahn. Los paquetes que se envían a los periódicos siempre van a la dirección del periódico, pero en este caso en particular el criminal decide dirigir el primero de ellos a nombre de una redactora. Bien, el revisor pensará que es un buen recurso para generar tensión en el relato. ¿Pero sabe qué ocurre finalmente en la novela escrita por Jahn con esa redactora? ¿Se imagina que hace con ella ese inútil?

—¿Qué?

—Nada. Absolutamente nada. ¿Y por qué? Porque ese individuo ignora cómo funcionan estas novelas. La palabra mágica es motivación. Si el psicópata modifica su comportamiento debe de haber un motivo. Y el lector aguarda, lleno de tensión, que en algún momento se le revele ese motivo. Pero Jahn no le proporciona nada al lector, porque no había imaginado nada más. La mujer no volvía a aparecer en la novela.

—Entiendo. ¿Y usted…?

—Exacto —interrumpió el revisor—. Lo modifiqué de modo que la redactora es una de las chicas secuestradas, en venganza por haberle mostrado a ese perturbado lo malo que era su texto. Eso había despertado su ira hasta tal punto que quiere que ella pague por ello. Así es como funcionan los crímenes.

—Me alegro de haber encontrado a alguien que sea tan amable de explicarme cómo funcionan los crímenes.

—¿Ha leído en los periódicos algo acerca del secuestro de Heike Kleenkamp? —A diferencia de Erdmann, la voz de Matthiessen revelaba la absoluta calma de la inspectora jefe—. Se trata de la hija del propietario del Hamburger Allgemeine Tageszeitung.

—Por supuesto. ¿Pero no debería decir: presunto secuestro? Si esto fuera un manuscrito lo tacharía de inmediato.

—No, no es presunto. Ayer apareció un paquete, con un trozo de piel fijado en un marco. Un trozo de piel humana que se ha demostrado que procede de Heike Kleenkamp. Alguien ha escrito sobre ella el título de una novela. Un título que es…

El lector —dijo Lorth, y sonó casi entusiasmado. Tanto, que Erdmann esperaba verlo aplaudir de alegría—. Pero eso es… Así que por eso se encuentran aquí. ¡Ha vuelto a hacerlo!

—¿Quién? —disparó Erdmann su siguiente pregunta.

—El asesino. El mismo que mató a aquella chica en Colonia. O quizá debería decir que no se puede excluir que sea el mismo, ¿no es así?

—No parece demasiado sorprendido.

—¿Sorprendido? Claro que sí. Pero… ¿saben lo que significa eso para El manuscrito?

—Que probablemente se venda como rosquillas entre los adictos al sensacionalismo.

Lorth le dedicó un guiño.

—Exactamente. Podemos ponernos a imprimir más ejemplares, porque en cuanto los periódicos hablen del tema, no tendremos suficientes.

—De momento los periódicos no hablarán del tema. Al menos no se mencionará la conexión del secuestro con la novela.

—Una lástima.

La decepción aparecía claramente reflejada en su rostro. Volvió a tender la mano hacia el paquete de cigarrillos, sacó el último de ellos y arrugó el paquete en la mano.

—¿Acaba de saber que hay alguien imitando los más horribles crímenes y lo único que siente es decepción porque su editorial no podrá sacar ningún provecho económico de este asunto? Me pregunto si comprende que no estamos hablando de una escena de ficción, que esto está sucediendo en realidad.

Lorth miró a Erdmann sin comprender, e hizo luego un gesto despectivo con la mano.

—No me venga ahora con esas. Que yo ahora rompiera en lágrimas y que la editorial, sensibilizada, decidiera no vender ni un solo libro no le sería de utilidad a nadie. Ni puedo ayudar a Heike Kleenkamp si me dedico a lamentarme. Sólo ustedes podrán hacerlo, si realizan adecuadamente su trabajo y encuentran al perturbado que está haciendo todo esto. Y si pueden demostrar quién ha sido. Nosotros mientras tanto seguiremos vendiendo libros. Y no perjudicaremos a nadie con ello.

Sonó el clic del mechero mientras encendía su cigarrillo.

—De acuerdo, pues le voy a decir una cosa —dijo Erdmann, que, molesto por tanto cigarrillo, estaba más que a punto de romper todas las normas—. Si decide informar a algún periódico de lo que acaba de conocer, ya no volverá a librarse de mí en la vida. Me pegaré a su culo hasta que tenga algo contra usted y lo utilizaré para causarle los mayores problemas posibles. Y soy rematadamente bueno en ello. ¿Nos entendemos?

—¿Me está amenazando, inspector?

—Pues sí, y mucho, aunque jamás podrá demostrarlo, porque en caso de duda se tratará de las declaraciones de dos agentes de la autoridad contra las de un civil.

Se puso en pie, recibiendo una mirada de censura de Matthiessen, que se dirigió a Lorth. Éste, menos alegre ya, miraba a la inspectora jefe con aire de duda.

—Perdone —dijo ella, lanzándole una mirada casi agresiva a su compañero—. Lo que acaba de decir mi compañero es una estupidez. Como su superior jamás permitiría que contraviniera hasta tal punto las ordenanzas.

Ha vuelto a aparecer la perfecta inspectora jefe, pensó Erdmann, irritado, ¿cómo puedo haber pensado por un momento siquiera…?

—Si mañana veo algo de esto en los periódicos, seré yo, y no él, a quien tenga pegado a su culo.

Se levantó con un gesto elegante y se dirigió al pasillo. Erdmann estaba atónito, pero se recuperó al instante y la siguió. Una mirada rápida a Lorth le indicó que éste comenzaba a recuperarse de la impresión. La falsa sonrisa volvió a cubrir su rostro como una máscara.

—Lo comprendo… Una variante del clásico poli bueno, poli malo. En este caso, poli malo, poli más malo aún.

Pero ambos habían abandonado ya la vivienda.