24

Nadie habló mientras Matthiessen volvió a sentarse. Todos miraban a Christian Zender, de cuyo rostro no sólo había desaparecido repentinamente la sonrisa, sino también cualquier atisbo de color. Transcurrieron los segundos y el silencio se volvió cada vez más incómodo, hasta que Zender se rehízo.

—Dirk se equivoca. Probablemente Nini tenía más de una llave.

—Se lo he preguntado. Schäfer está absolutamente seguro de que no. Insiste en que en el momento en que volvió de su viaje, Nina le pidió a usted que le devolviera la llave y se la entregó a él esa misma noche.

—Está confundido.

—Lo aclararemos dentro de un momento con él mismo, pues viene hacia aquí y, si le he entendido bien, está deseando hablar con usted sobre el tema.

Zender miró fijamente al suelo durante unos segundos y, de repente, pareció transformarse. Dejó caer los hombros y las comisuras de sus labios se desplazaron hacia abajo.

—De acuerdo. Alea jacta est, mi suerte está echada. —Inspiró profundamente—. Me encanta Nini, desde hace tiempo. Pero está con Dirk, por lo que no me he atrevido nunca… Bueno, hace dos meses le escribí una carta. Una carta sincera y reveladora en la que se lo decía todo. Que yo… Bien, que lo que siento por ella es más que amistad y que, aunque sé que ahora está con Dirk, albergo la esperanza de que… —Alzó la cabeza para mirar brevemente a Erdmann, y después desplazó la vista hacia Matthiessen—. Su reacción fue maravillosa. Unos días después, en un momento en el que Dirk casualmente no estaba presente, mencionó la carta y me la agradeció. Me dijo que me aprecia mucho, pero que está enamorada de Dirk. Y que no me enfadase, pero que prefería que Dirk no se enterase de aquella carta. Aunque la conservaría siempre, una carta tan bonita y sincera…

Erdmann se inclinó hacia delante, hasta que su rostro estuvo a apenas unos centímetros de la nariz de Zender.

—Estoy a punto de echarme a llorar. ¿Qué pasa con esa llave?

—La llave. Creo que lo que hice no está bien precisamente… Pero hice una copia cuando Nina me dejó la suya.

—¿Qué? ¿Ha hecho usted una copia de una llave que una joven que confiaba en usted le había prestado?

Matthiessen sacudió la cabeza en señal de reprobación.

—No es lo que piensa. Soy bastante descuidado, y de mi propia llave he tenido que hacer varias copias y guardarlas en tres sitios diferentes porque se me pierden una y otra vez, o no recuerdo dónde las he puesto. No quería que Nina volviese al cabo de una semana para encontrarse muertas todas sus plantas porque se me había perdido la llave ya el primer día. Me habría sentido avergonzado. De modo que hice una copia y la guardé en un cajón, por si acaso. Y cuando Nini volvió de su viaje no me acordé de que la tenía. Me había olvidado por completo. Bueno… hasta ayer.

Erdmann comenzó a comprender, lo que le enfurecía aún más.

—De modo que ha recurrido a la copia que hizo de la llave para recuperar su carta sincera y cariñosa y hacerla desaparecer lo antes posible. Porque en el caso de que Nina Hartmann haya sido realmente secuestrada encontraríamos la carta al registrar su piso. Y Dirk Schäfer sabría que su mejor amigo intenta ligar con su novia a sus espaldas. Y que ni siquiera lo hace en persona, hablando con ella, porque no tiene huevos para eso, sino que le escribe una cartita como un adolescente. Es eso, ¿verdad?

Mientras hablaba, miró de reojo a Matthiessen, con cuya mirada de desagrado contaba, pero su compañera permaneció todo el tiempo allí en silencio sin mover un solo músculo de la cara. Aunque en aquel momento estaba tan alterado que cualquier reacción le hubiera sido indiferente.

—Sí. Si Dirk se entera… Creo que se enfadaría mucho.

Matthiessen se puso en pie y comenzó a dar vueltas en el pequeño despacho, hasta que finalmente se detuvo delante de Zender.

—Que se haya tomado la libertad de realizar copias de las llaves del piso de una chica es un acto abominable, pero no necesariamente criminal. En criminal se ha convertido cuando utilizó esa misma llave, y por ello permanecerá detenido. Pero ¿quiere saber qué es lo que realmente me repugna de toda esta historia, Zender?

Erdmann observó sorprendido cómo los labios de Zender volvían a distenderse en una sonrisa.

—Sí, ya lo sé. He traicionado la confianza de Nini. Es usted mujer, y las mujeres siempre son un poco estrictas con esas cuestiones.

—Pues se equivoca. Lo que realmente me parece repugnante es que cuando es secuestrada la mujer a la que supuestamente ama sólo es capaz de pensar en su propia seguridad y en qué podría ocurrirle si su amigo averigua que ha escrito una estúpida carta a sus espaldas. Me encantaría meterle ahora mismo en un coche y llevarle hasta el lugar en el que acabamos de descubrir el cadáver de otra chica. Me interesaría saber si al contemplar a esa joven, a quien un perturbado ha destrozado por completo la espalda tratando de manipular su piel, sigue usted pensando únicamente en qué podría pensar de usted su amigo. Porque la siguiente víctima que hallemos en ese estado podría ser su amada Nina Hartmann. No es usted más que un asqueroso gusano.

Aguardó un par de segundos.

Cum tacent clamant —añadió—. Cuando callan, gritan.

Se giró hacia el agente que había llamado antes a Dirk Schäfer y que permanecía en la puerta.

—Cuando llegue Schäfer pídale que espere un momento, por favor. Redacte una denuncia por allanamiento, tómele declaración aquí a nuestro héroe y después acompáñele hasta su… su amigo, para que puedan intercambiar ideas. Y después, que desaparezca de aquí.

—Aunque —añadió, dirigiéndose esta vez a Zender—, permanecerá usted en la ciudad y a nuestra disposición. ¿Me ha entendido?

Una vez en el pasillo a Erdmann le costó seguir a Matthiessen.

—¿Gusano asqueroso?

—Pero si es verdad. Ese individuo me altera los nervios.

—¿Y qué querías decir con lo del cum lo que sea?

—Me refería a que quien calla, otorga.

—Y él no ha dicho nada…

—No.

Erdmann asintió.

—Es decir que, efectivamente, se trata de un gusano asqueroso.

—Voy a llamar a Stohrmann e informarle de nuestra conversación con Zender y después iré a ver a Nina Hansen y a Jahn. Vamos a hacerle más preguntas.

—¿Qué pasa con ese Lorth? También podría explicarnos un par de cosas. ¿No te parecería buena idea que fuéramos a verle a su despacho de la editorial y aprovecháramos la ocasión para preguntar por allí si todo lo que nos ha explicado es cierto?

—De acuerdo, hagámoslo así. ¿Me esperas un momento en la sala de reuniones? Quisiera llamar a Stohrmann desde mi despacho.

Erdmann asintió y se separaron al final del pasillo.

La mayor parte de los agentes de la Unidad Especial había estado en el lugar donde se había hallado a la última víctima, por lo que Erdmann no esperaba encontrar en la sala de reuniones más que uno o dos. Por ello se sorprendió mucho al descubrir que había más gente. A algunas de ellas las conocía de vista, pero no formaban parte de la unidad. Le consultó a Jens Diederich, que estaba sentado delante de una pantalla de ordenador a la izquierda de la entrada.

—Nos han asignado seis agentes más de la División Cuatro, dos de ellos son psicólogos; se supone que deben de averiguar cómo piensa ese perturbado.

Señaló a un hombre alto y delgado que hojeaba sentado un ejemplar de El manuscrito.

—Ése de ahí es uno de ellos.

Erdmann sólo miró brevemente al hombre.

—¿Hay algo de Nina Hartmann?

—No lo sé. Después de lo que se ha publicado en la prensa hemos recibido muchas llamadas, pero estamos aún evaluando su importancia.

—¿Tenéis aquí alguna edición del Hamburger Allgemeine Tageszeitung de hoy?

—La teníamos, pero se la ha llevado Stohrmann ¿Cómo os ha ido a vosotros? ¿Ha sido muy malo?

—Terrible. Igual que la anterior: la espalda destrozada, la piel arrancada. Alégrate de no haber tenido que verlo. Se pregunta uno si existe alguna atrocidad que el ser humano no sea capaz de cometer.

De repente subió el volumen en la sala. Diversas voces se mezclaban y Erdmann experimentó la necesidad urgente de huir de aquella confusión de palabras.

—¿Me haces un favor? Cuando llegue Matthiessen dile que la espero en la puerta de entrada. Necesito tomar un poco el aire.

Diederich miró hacia las altas ventanas, parcialmente cubiertas por persianas.

—Está lloviendo.

—Lo sé.

—De acuerdo, se lo digo.

Hacía fresco, y en la entrada acristalada un desagradable viento se aferraba a su ropa y pelo, barriendo simultáneamente pequeñas gotas húmedas hacia su rostro. Aún así, se alegró de haber salido del edificio. Hundió las manos en los suaves bolsillos de su chaqueta de cuero y permaneció allí unos instantes simplemente respirando. La imagen de la mujer asesinada no cesaba de aparecérsele en su imaginación, y sacudió la cabeza, intentando alejarla de sí.

—¿Se encuentra bien?

Erdmann se sorprendió al ver a Dirk Schäfer. No había visto aproximarse al joven.

—Estoy bien, sí. Algo cansado nada más. ¿Viene a recoger a su amigo?

El rostro de Schäfer se endureció.

—¿Mi amigo? En primer lugar vengo a preguntarle de dónde ha sacado una llave del piso de Nina. Y para qué guarda esa llave. ¿Alguna novedad acerca de Nina?

—De momento no, lo siento.

—Cree usted… ¿Piensa que ese tío puede causarle algún daño?

—Despacio, Schäfer. Ni siquiera estamos seguros de que haya sido secuestrada.

—¿Y dónde si no puede estar? Iba hacia su casa para esperarles y desaparece misteriosamente.

—La experiencia muestra que muchas personas de su edad desaparecen voluntariamente porque…

—Es posible. Pero Nina no. ¿A dónde debo dirigirme?

Erdmann señaló a su espalda.

—Indíquele su nombre al agente que se encuentra en la puerta, vendrá otro a recogerle y conducirle hasta su… hasta Zender.

Dirk Schäfer desapareció en el interior del edificio. Erdmann se quedó observando a una mujer que se acercaba a la entrada con un niño pequeño de la mano. Tenía el cabello largo y descuidado, teñido de negro, con las raíces rubias. El pequeño tendría unos tres años y al parecer estaba en desacuerdo con su madre acerca de lo que debería hacer a continuación. Tiraba de su mano, subrayaba su desagrado con lamentos en voz alta e intentaba liberarse de ella, que le arrastraba con rostro iracundo. Erdmann recordó la única conversación que había mantenido con Julia acerca de una posible descendencia. Ocurrió muy al principio de su relación. Le había preguntado durante la cena si le gustaría tener hijos alguna vez. Julia había reflexionado unos instantes, y le había comentado que tal vez alguna vez sintiera ese deseo, pero sólo daría a luz mediante cesárea y desde luego no amamantaría al bebé jamás, pues había visto demasiados pechos caídos en mujeres jóvenes. Nunca más se volvió a hablar del tema.

Sintió de pronto un incontrolable ansia de fumarse un cigarrillo y se sorprendió. Hacía ya cuatro años que había dejado de hacerlo y más de dos que había pensado en ello. Se preguntó de dónde nacería aquella necesidad.

—Así que estás aquí —oyó la voz de Matthiessen, que había asomado la cabeza por la puerta—. ¿Todo bien?

Antes de que pudiera contestar apareció Diederich.

—Tenemos que acudir urgentemente a la calle Griegstrasse, al periódico —les dijo—. Ha llegado el siguiente paquete.