XI

Antes

¿Había muerto? Quizá. Probablemente.

Sí, probablemente eso era estar muerta. Un mundo cuyo centro era un incesante dolor. Omnipresente, pero no tan intenso como para que necesitara gritar continuamente. Tal vez porque se había acostumbrado a él, porque era imposible experimentar ese tipo de dolor un tiempo tan prolongado. Se hallaba en un extraño mundo de incorporeidad, no sentía sus extremidades, era incapaz de moverse, pero el dolor seguía presente en su consciencia. ¿De dónde procedía, si ya no sentía su cuerpo?

Se sentía así desde que… lo había olvidado. Había olvidado el nombre de aquello. No, no el nombre, sino cómo lo había llamado. Ese monstruo había insertado algo en su espalda. Una explosión de dolor que anuló toda percepción sensorial. Y aquel dolor pulsante se había transformado en un murmullo. No recordaba si había sucedido de repente o de forma paulatina.

Algo se movió a su lado. Un ruido, fuerte. Percibía sonidos. Por tanto tampoco había muerto. La habitación se movía, se alejaba a breves intervalos, probablemente no era más que su cabeza la que provocaba aquello. Vivía, era evidente. Lo registró y lo olvidó de nuevo. Apareció a un lado, no sabía cuál de ellos, una sombra oscura, cada vez más cerca, hasta que pudo distinguir su contorno. Dos figuras. Estaban de pie, cerca de la pared. Los cuerpos flotaban de forma horizontal. No, no era cierto, había sido ésa su impresión porque era ella quien estaba tumbada. Sí, estaba tumbada, y había dos personas a su lado. ¿Dos personas? Su corazón se aceleró; sucedió de golpe, lanzando su sangre a través de su cuerpo como una potente descarga eléctrica, haciéndole ver que estaba de todo menos muerta.

Dos figuras, una de ellas era… sí, el monstruo. La otra, una mujer, con la boca cubierta por cinta aislante.

No, pensó, otra vez no. Sabía que perdería la razón de forma definitiva si la volvían a obligar a ver aquello una vez más.