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Erdmann se había propuesto revisar de nuevo las copias de los informes que guardaba en casa. Pero al sentarse en el sofá descubrió que estaba extenuado. Se dijo que sería mucho más conveniente tomarse una media hora de descanso antes de continuar, pues así rendiría más. De modo que encendió el televisor, bajó el sonido hasta que apenas fue audible, se tumbó en el sofá y se dejó sorprender por la programación; una serie de policías, en las que el inspector a cargo del caso tenía un comportamiento tan absurdo que Erdmann se hubiera alterado si no se encontrara tan cansado. Muy, muy cansado…
Cuando despertó necesitó unos segundos para orientarse. Su teléfono estaba sonando y vibrando en el bolsillo de su pantalón y, mientras se estiraba en el sofá para poder cogerlo más cómodamente, dirigió una mirada al que había bajo el aparato de televisión. Las 23.52.
Sabía que tenía que tratarse de Matthiessen, incluso antes de alcanzar el teléfono, pues le había asignado un tono de llamada particular.
—¿Qué ocurre? —preguntó, asustándose por lo quebrado de su voz.
—Hola. Me acaba de llamar el inspector Dörsfeld, que está a cargo de la vigilancia de la casa de Jahn. Nuestro escritor acaba de llegar.
Erdmann intentó captar el significado de las palabras de Matthiessen, sin conseguirlo.
—Bien, de acuerdo. Pero, perdona, no comprendo…
—No habían advertido que se hubiera marchado, pero acaban de verle volver.
De repente comprendió y se sentó rápidamente.
—¿Qué no le han visto marcharse? No puede ser verdad. ¿Qué clase de inútiles son?
—Dörsfeld jura y perjura que no han perdido de vista la casa ni un solo segundo. Dice que es imposible que Jahn haya salido por esa puerta.
—Claro, qué va a decir.
—Creo que tal vez haya abandonado la casa cruzando el jardín. Eso explicaría por qué la vigilancia no ha servido de nada.
Erdmann reflexionó.
—Si se marcha sigilosamente atravesando el jardín debe ser porque piensa que le estamos vigilando. ¿Por qué utiliza entonces la puerta delantera al volver? Así le descubren.
—Tal vez desea ser descubierto. Quizá quiera ponernos a prueba, comprobar si realmente le estamos vigilando. Se larga y vuelve, y espera que le preguntemos algo. O tal vez quiera demostrarnos que es más listo que nosotros.
—Posiblemente.
—Además, al parecer esta tarde ha estado Miriam Hansen allí. Los agentes han logrado identificar su vehículo a partir de la matrícula de su coche y por la descripción que han dado parece que no hay duda que se trataba de ella.
—Miriam… ¿Qué podía estar haciendo allí?
—No lo sé. Dörsfeld dice que aparcó, entró en la casa y volvió a salir apenas cinco minutos más tarde.
—¿Y qué va a hacer ahora el inspector?
—Nada. Les he ordenado que se queden donde están. Si Jahn está de alguna manera implicado en esto no quiero ponerlo sobre aviso.
—¿Quieres que nos acerquemos? ¿Te recojo?
—No, pronto llegará otro equipo de relevo. Ya nos vemos mañana por la mañana.
—De acuerdo. Hasta entonces.
Apartó el teléfono a un lado e intentó decidir si estaba lo suficientemente desvelado como para poder dormir. Apagó el televisor, fue al baño y diez minutos más tarde se acostó en la cama. Dejó el móvil sobre la mesita de noche por si le llamaba Matthiessen o alguno de los agentes de guardia.