13

Matthiessen se disponía a coger el teléfono para llamar a Jefatura, cuando éste comenzó a sonar. Descolgó y atendió unos instantes antes de hablar.

—¿Qué? —exclamó—. Mierda. Parece que continúa siguiendo instrucciones. ¿Qué dice?

Un mal presentimiento invadió a Erdmann, que tuvo que realizar un importante esfuerzo para no interrumpir a Matthiessen y preguntarle qué sucedía.

—Ah. ¿Coincide con la novela? Ya… Sí. Es posible.

Agradeció la información y le rogó a su interlocutor que consiguiera algún ejemplar de la edición del 16 de diciembre del Hamburger Allgemeine Tageszeitung para averiguar el nombre de la autora de la reseña que les interesaba. Cuando colgó, se dirigió a Erdmann.

—Otro paquete. Y…

—¿Qué? ¿Cómo ha podido recibirlo? Hoy es domingo, no hay correo.

—Si no me interrumpieras ya conocerías la respuesta —le conminó Matthiessen irritada—. El paquete no ha sido enviado a Nina Hartmann. Un taxista lo ha entregado en la redacción del periódico de Kleenkamp. No aparecía ningún destinatario, y como remitente figuraba de nuevo Peter Dorscher. El taxista estaba parado en la estación de trenes cuando se le acercó un niño y le ofreció cien euros por entregar el paquete.

—Mierda. ¿Un niño?

Ella alzó las manos y las volvió a dejar caer sobre sus muslos.

—Un niño. No lo han identificado.

—¿Y? ¿Qué había en el paquete? ¿Otro objeto de esos?

—Sí. La página con las dedicatorias. Era de esperar. A mis críticos. En la novela figura A las editoriales. Ya hay unos agentes en camino.

—Bueno, entonces parece que el autor se sigue ciñendo a la novela. ¿Por cierto, con quién has estado hablando? ¿Era Stohrmann?

—No. Diederich. Como si Stohrmann se molestara en llamarme.

—Ya que mencionamos a Stohrmann… Tenemos a dos agentes vigilando la casa de Nina Hartmann por si alguien iba a entregar un paquete, pero por lo que parece ya no es necesario que continúen allí. Si esos dos permanecen allí el día entero sin hacer nada, Stohrmann lo utilizará en tu contra, puedes estar segura.

Matthiessen dudó unos instantes antes de marcar un número y ordenar que los hombres abandonaran la vigilancia. A continuación, intentó localizar a Nina Hartmann, pero claudicó tras dos infructuosos intentos.

—Nina Hartmann no está en casa y en su móvil salta el contestador automático. Probablemente haya pasado la noche en casa de su novio.

—Vaya. ¿Y qué hacemos ahora? ¿Vamos a ver a Jahn? ¿O volvemos a Jefatura?

—Tenemos que ver a Jahn, pero me gustaría hablar con Nina Hartmann primero. Y con su novio. Estoy deseando saber por qué el señor Schäfer no nos reveló nada de su interés por la escritura.

—A mí me gustaría saber quién es la mujer que nos ha informado de ello —replicó Erdmann, concentrándose en el tráfico.

Pasó algún tiempo antes de que les respondiera un saludo afónico desde el portero automático de la casa de Harvestehude.

—Policía —se anunció Erdmann, que se había colocado justo delante del altavoz—. Inspectora jefe Matthiessen e inspector Erdmann. Estuvimos aquí ayer.

Se oyó resoplar.

—Ustedes otra vez… Aquí aún duermen todos. Un momento, les… les abro. Suban.

Cuando llegaron al piso, Dirk Schäfer les estaba esperando en la puerta. Llevaba unos bóxers a rayas y una camiseta blanca, y su cabello largo y desordenado apuntaba hacia todas direcciones. En su rostro aún estaban marcadas las arrugas de las sábanas.

—Buenos días —dijo Matthiessen, mientras se iban acercando—. Siento mucho si le hemos despertado, pero tenemos que volver a hablar con su pareja.

—Y también con usted —añadió Erdmann.

—Pasen.

Schäfer se apartó a un lado.

—Pasen al salón, por favor, voy a ponerme algo de ropa. Allí… bueno, está todo muy desordenado. Aún no hemos limpiado.

Ya habían percibido el olor a tabaco al entrar en el piso, algo que Erdmann detestaba. En el salón el ambiente era irrespirable. Buscó un camino entre botellas, cojines, bolsas vacías de patatas fritas, ceniceros a rebosar y las más diversas prendas de vestir para abrir la puerta de cristal que conducía al generoso balcón. Permaneció unos instantes ante la puerta abierta e inspiró profundamente antes de volverse de nuevo y contemplar el caos a su alrededor.

—Dios mío, ha debido de ser una gran fiesta.

La mirada de Matthiessen también recorrió todo aquel increíble desorden.

—Suelo preguntarme con frecuencia si en mi juventud simplemente no existieron determinadas cosas o si las he apartado de forma deliberada de mi mente.

Erdmann se acercó a la mesa sorteando toda clase de obstáculos y logró hallar una silla desocupada. La mesa estaba totalmente cubierta de diversos tipos de vasos y copas, algunos de ellos contenían aún restos de un líquido turbio. Justo a su lado, sobre la mesa, Erdmann descubrió un vaso de whisky medio lleno en el que flotaban tres colillas.

—Qué asco. Voy a vomitar el desayuno de esta mañana.

—Ya les he comentado que a esta hora tan temprana… La asistenta no llega hasta las once.

Erdmann observó a Dirk Schäfer mientras entraba en la habitación, habiendo sustituido los bóxers por unos vaqueros y se había puesto unas chanclas.

Su asistenta, pensó. Estudiante y con asistenta que se encarga de limpiarle la basura tras una fiesta. Schäfer liberó una de las sillas lanzando un jersey y un calcetín al sofá y se dirigió a Matthiessen, que aún permanecía de pie.

—Siéntese, por favor.

—¿Ha avisado a su pareja de nuestra llegada?

—Sí, lo ha hecho —llegó la confirmación a través de la voz de Nina Hartmann desde el pasillo—. Un momento, en seguida estoy con ustedes.

—¿Hasta cuándo duró la fiesta? —preguntó Erdmann, tras el silencio que hubo a continuación.

Schäfer miró a su alrededor.

—Pues no sé exactamente, creo que me acosté en torno a las cinco. Nina ya llevaba tiempo durmiendo, desapareció pronto de la fiesta. Por eso está más despierta que yo.

Erdmann se preguntó quién sería capaz de dormir mientras justo al lado se celebraba una fiesta salvaje capaz de producir los destrozos que estaban contemplando.

—Buenos días —dijo Nina Hartmann, mientras se acercaba a ellos. Parecía estar algo cansada, pero cuidadosamente vestida y maquillada y el pelo recogido en una cola de caballo. A diferencia de su novio, se acercó para tenderles la mano a Matthiessen y Erdmann antes de coger una silla para sentarse.

Matthiessen aguardó hasta que se hubo acomodado.

—Nina, nos quedan unas preguntas —comenzó, mirando hacia Dirk Schäfer—. Que, por cierto, también le afectan a usted, Dirk, mucho más que a ella.

Los jóvenes intercambiaron una rápida mirada que le confirmó a Erdmann que ya sospechaban en qué dirección iría la pregunta.

—Ayer noche se recibió en Jefatura una llamada telefónica, de una mujer. Se percibía música de fondo, como si se estuviese celebrando una fiesta. Y la mujer nos proporcionó una pista acerca de un foro de internet y un usuario llamado Doctor S.

Matthiessen guardó silencio. Tanto ella como Erdmann no dejaban de observar a los dos jóvenes.

Nina Hartmann bajó la cabeza, su novio en cambio se puso en pie y ocultó las manos en los bolsillos.

—¿Me está hablando de mis relatos, de esos pequeños textos que escribí hace mucho, mucho, tiempo?

—¿Por qué no los mencionó cuando les consultamos si alguno de sus conocidos o amigos se dedicaba a escribir? —preguntó Erdmann amablemente. Nina Hartmann alzó la cabeza de nuevo.

—Nos preguntó si conocíamos a alguien que escribiera novelas. Y esa… cosa, pretendía representar la primera página, la portada, de una novela. Dirk no escribe novelas. Y tampoco tiene previsto escribir ninguna. Por eso pensé…

In dubio pro reo, el beneficio de la duda —se oyó desde un rincón. Los cuatro se volvieron a la vez, confusos, pero Erdmann sabía perfectamente quién había pronunciado aquellas palabras aún antes de que tras un sillón de cara al balcón apareciera la lastimosa figura de Christian Zender. Una vez hubo logrado, entre gemidos, ponerse en pie, se pasó ambas manos por el cabello revuelto, lo que no contribuyo precisamente a mejorar su imagen, según constató Erdmann. El día anterior Zender le había parecido un personaje cómico, pero en este momento parecía un gnomo. Los ojos entrecerrados, formando minúsculas rendijas, miraban a su alrededor. Tanteó con una mano el sillón que tenía ante sí, halló allí finalmente sus gafas y se las colocó.

—¿No acabo de oír ahora mismo unos esfuerzos más que lamentables de mis clientes por defenderse?

Erdmann miró a Matthiessen entornando los ojos en señal de desesperación antes de dirigirse al joven.

—No tiene usted ningún cliente, señor Zender, y, peor aún, ni siquiera puede tenerlos, no es usted abogado. Y dado que se trata de un hecho incuestionable, le estaría muy agradecido si nos permitiera hacer nuestro trabajo y se dedicara a dormir para recuperarse de su resaca.

Volvió a dirigirse a Nina Hartmann y su novio.

—¿Tienen ustedes alguna idea de quién podría habernos llamado? Nina, ¿no habrá sido usted?

—No, por supuesto que no. ¿Por qué haría yo algo así?

—¿Llamó una mujer? Se me ocurre quién pudo ser —intervino Schäfer, mirando a su pareja—. ¿Le has hablado a Kerstin de todo esto?

Que sí lo había hecho resultó evidente para Erdmann aún antes de que Nina abriera la boca.

—¿De qué están hablando? —intervino Zender, que se había acercado a la mesa—. Sólo he pillado algunas palabras cuando me han despertado.

—Siéntate y escucha —le incriminó Dirk Schäfer en tono desabrido, por lo que Zender alzó ambas manos y comenzó a buscar una silla desocupada.

—Está bien, está bien, no hablaré más. Amicus certus in re incerta cernitur. En los malos momentos conocerás a tus amigos.

—Sí, le hablé de ello a Kerstin —respondió Nina, atrayendo hacia sí la atención de los presentes—. También conoce la existencia del paquete —continuó, dirigiéndose a Matthiessen como en busca de ayuda—. Después de que se fueran ayer sentí la necesidad de hablar con alguien que no se burlara de mí si le confesaba mis temores —añadió, en una clara referencia a los dos jóvenes que la acompañaban.

Dirk Schäfer se encogió de hombros.

—Entonces es evidente de dónde procedía la llamada.

—¿Quién es esa Kerstin? —preguntó Matthiessen—. ¿Y por qué piensan que fue ella quien llamó?

Schäfer dejó caer las comisuras de los labios.

—Kerstin es una amiga de Nina. Y también mi expareja. Estuvimos juntos hace algún tiempo, pero discutíamos demasiado. Es imposible permanecer al lado de esa mujer más de un solo día sin discutir. Siempre tenía…

Una casual mirada a su pareja le advirtió que a ésta no le agradaba el rumbo que iba tomando aquella conversación, por lo que se interrumpió e hizo un gesto con la mano para quitarle importancia a sus palabras.

—Bueno, no importa. El caso es que no nos llevamos bien.

—¿Estuvo ayer en su fiesta?

—No. Sólo invité a amigos y conocidos.

—¿Y ella sabe que escribe?

—Yo no me dedico a escribir. Dios mío, escribí un par de cuentecitos en una ocasión y los colgué en la red. Y ahora que lo dice… eso fue justo antes de comenzar mi relación con Kerstin, por lo que estoy seguro de que ella conoce ese dato. Pero no he vuelto a escribir nada más desde entonces y tampoco ambiciono hacerlo. Esa mujer es capaz de haber llamado a la policía para denunciarme. Dios, había olvidado por completo aquellos cuentos, y si realmente creen que yo sería capaz de enviarle a Nina un objeto como…

—No, no creemos nada de eso, señor Schäfer —le tranquilizó Matthiessen, apartando de la mesa unos cuantos vasos—. Hemos descubierto ya que el asesino está siguiendo un guión propio. Imita una novela policíaca.

Los tres jóvenes intercambiaron miradas desconcertadas, en las que era evidente que pretendían comprobar cada uno la reacción del otro.

Erdmann se sentía intrigado por saber cuánta información estaría Matthiessen dispuesta a facililtarles a aquellos chicos, en particular a Zender.

—Ese marco que ha recibido, Nina… el material del que está compuesto, sobre el cual se ha escrito el título de la novela, se trata de piel humana. Y procede sin lugar a dudas de Heike Kleenkamp.

El horror apareció claramente reflejado en el rostro de Nina, que miró a Matthiessen como si no acabara de comprender lo que ésta le había contado, mientras que su pareja soltó una ronca exclamación de disgusto.

Moritur te salutant, los que van a morir te saludan —comentó Zender de forma lacónica, y Erdmann no pudo dejar de recriminarle.

—Déjese ya de frasecitas. Están en juego las vidas de varias personas, maldita sea.

Zender pareció querer decir algo, pero se lo pensó mejor y guardó silencio. Al parecer una mirada a Erdmann le había convencido de que en aquellos momentos era mucho más prudente callar.

—Eso es horrible.

Nina Hartmann se cruzó de brazos y se los frotó como para ahuyentar el frío.

—Pero… No comprendo por qué me envían precisamente a mí esa… cosa. Me asusta. —Miró a Matthiessen—. ¿Cree que me enviarán más paquetes parecidos?

Matthiessen sacudió la cabeza.

—No, no lo creo. Esta mañana se ha recibido un segundo paquete, en esta ocasión en la redacción del Hamburger Allgemeine Tageszeitung. Al parecer, a partir de ahora el criminal pretende atenerse estrictamente a su guión.

—¿Y qué contenía ese paquete? ¿Había otro… más de lo mismo?

—Sí.

—Disculpen, ¿podría hacer una pregunta? —sonrió Christian Zender a los dos policías de forma provocadora, y Erdmann tuvo que contenerse para no responder de mala manera.

Antes de que pudiera intervenir, Matthiessen le autorizó:

—Adelante. Pregunte.

—Mencionó usted una novela, una novela policíaca. ¿Nos podría revelar de qué novela se trata? ¿Es un texto conocido? ¿O es confidencial?

—¿Conoce a Christoph Jahn? Lleva viviendo en Hamburgo un par de años.

Dirk Schäfer adelantó el labio inferior y sacudió la cabeza, mientras que Zender no mostró ningún tipo de reacción, como si ni siquiera hubiera escuchado las palabras de Matthiessen. Nina Hartmann, en cambio, palideció de repente, adquiriendo un aspecto fantasmal.

—¿Qué sucede? —se preocupó Erdmann.

—¿Christoph Jahn? La novela que acaban de mencionar, el texto que sirve de modelo para estos crímenes… no sé por qué no lo he advertido antes… ¿Se trata de El manuscrito?

—Sí. ¿Conoce usted la novela?

Nina Hartmann asintió, y el silencio se prolongó durante lo que pareció una eternidad antes de que volviera a hablar.

—Escribí una reseña de ese libro, que publiqué en el Hamburger Allgemeine Tageszeitung hace algún tiempo. En el mes de diciembre, creo.