35
Después de haber cruzado el Yellowstone continuó atravesando territorio Crow sin su habitual precaución. Disparó a ciervos y por las noches encendía una hoguera y asaba filetes. Se sentó a la luz de las llamas y fumó su pipa. Aunque cruzó rastros recientes no vio un solo piel roja.
Decidió tomar al jefe por sorpresa, así que se deslizó entre los centinelas y los perros que dormían justo antes del amanecer. Reconoció la tienda del jefe por el tamaño y el lugar donde estaba. En la entrada retiró el faldón y colocó el oído ante la apertura. Le habían dicho que el viejo jefe roncaba como toda la tripulación de un barco y después de escuchar unos instantes supuso que había dado con la tienda correcta. Mirando a su alrededor, se deslizó dentro y se puso en pie en la oscuridad. Entonces apartó aún más el faldón de la tienda, exponiendo el interior a la luz del día. Dado que el jefe era anciano, mientras dormía hacía los ruidos de ansiedad y tristeza que a veces hacen los mayores; y durante un momento Sam permaneció ante él mirándolo a la cara y escuchando. Luego, llenándose los pulmones de aire, lanzó el grito de guerra del trampero. Al instante el jefe se incorporó como un relámpago y aunque amodorrado por el sueño y atontado por el susto, buscó ciegamente sus armas. Sam se había colocado de modo que el anciano pudiese verle la cara y reconocerle; llevaba un dedo dentro de la guarda de su revólver y el rifle en la otra mano. Lo primero que supo el jefe es que lo tenía bien cubierto; lo segundo que la persona que tenía delante era el temible asesino de su gente; y lo tercero era que el asesino le ofrecía la mano y le hablaba.
—Me pareció que tenía que visitarte —estaba diciendo Sam—. Es de día. ¿Qué tal si desayunamos?
El anciano se levantó lentamente y se quedó en pie, delante de Sam, su mirada explorando el rostro del trampero. Al fin miró abajo, a la mano extendida. «Hora de que nos demos la mano», dijo Sam, y cogió la vieja mano y la sostuvo. «He pensado que quizá haya demasiada muerte en el mundo». Fuera, la aldea estaba agitada, los perros aullaban, las madres les gritaban a los hijos y los bravos corrían hacia sus caballos. Sam apoyó el rifle contra su vientre, le soltó la mano y sacando su cuchillo, se lo ofreció al jefe con el mango por delante. Cuando el anciano se negó a aceptarlo, Sam dejó su rifle en el suelo, se quitó el cinturón con el revólver y lo tiró, y con mano experta lanzó el cuchillo de modo que la mitad de la hoja se quedó clavada en la tierra entre sus pies y los del jefe. Volvió a ofrecerle la mano, diciendo: «Es hora de ser amigos».
El viejo guerrero, uno de los mayores que habían existido en la nación, dio un paso adelante, y deteniéndose por encima del cuchillo, miró a Sam a los ojos. Los ojos negros miraron a los grises, los grises a los negros, durante quizá medio minuto. Entonces la mano roja se alzó para encontrarse con la mano blanca. Acercándose a la puerta de la tienda, el jefe llamó y una mujer acudió corriendo; la mandó a por la pipa y el tabaco. Con palabras y signos le preguntó a Sam dónde estaban sus caballos y mandó a un guerrero a buscarlos. La mayoría de los bravos habían salido corriendo a la luz del amanecer en busca de sus caballos y regresaban ahora, mirando la tienda del jefe reunidos en grupos. Se había corrido la voz de que el Terror estaba allí para fumar la pipa de la paz. Como ocurre entre todos los pueblos apasionados e impetuosos, había jóvenes impulsivos que querían seguir con la venganza y soñaban con colgar una cabellera del poste de medicina, por encima de las otras cabelleras que había allí. Cuando era completamente de día, Sam y el jefe, sentados en los lugares de honor del centro de la aldea, fumaron la pipa mientras Sam examinaba los rostros hostiles a su alrededor. Estando en territorio Crow nunca se atrevería a olvidar el pasado, porque hasta el final de sus días uno de los vengadores podría acecharlo.
Mientras los dos hombres hablaban y se preparaba el desayuno en las hogueras, el jefe miró a Sam con ojos que habían visto casi noventa inviernos y dijo «Dua-wici?» Sam pensó en Charley y Cy y trató de recordar qué significaban aquellas palabras. El jefe le preguntó con signos si tenía una esposa. Sam sacudió la cabeza, negando.
El jefe hizo una señal. Una ancianita, tullida por la artritis y la edad, cojeó hasta él y se inclinó para escuchar con oídos medio muertos; luego salió apresurada y regresó medio arrastrando cogida de las manos a una asustada muchacha. Miraba a Sam como una niña, pero era delgada y adorable y le recordaba un poco a Lotus. Esta, explicó el jefe, era su hija pequeña y no estaba en venta. Se la daría a Sam como garantía de la amistad y la paz que a partir de entonces existiría entre Garras Largas y los Sparrowhawks. A Sam le emocionó el ofrecimiento. Sabía que era una oferta de buena voluntad y extraordinario valor, ¡entregarle al asesino de su pueblo la única hija soltera del jefe! Era casi como si George Washington le hubiese ofrecido a su hija a Cornwallis en Yorktown.
Sam tardó unos instantes en sentir la magnanimidad del ofrecimiento. Se puso en pie y le dijo a la muchacha que se acercase a él. Ella avanzó avergonzada, tímida y hostil, y se detuvo ante él, mirando al suelo. Encorvándose, Sam colocó su brazo izquierdo bajo el trasero de la chica y se puso en pie; y allí se quedó ella sentada sobre el brazo, sus negros ojos mirándolo. Alguien que leyese a las mujeres más acertadamente que Sam podría haber pensado que su mirada era una mezcla fascinada de odio y admiración; odio porque aquel era el monstruo; admiración porque su padre había dicho que como luchador Garras Largas no tenía parangón en toda la tierra. «¿Esposa para mí?», le preguntó, pero ella sólo se le quedó mirando. Era algo más pesada que Lotus, pensó, y un poco más alta. Le gustaba su femineidad sobre su brazo y la presión que ejercía en su hombro. Le gustaba la inteligencia de sus ojos. La posó pero no la soltó al instante; sosteniéndola por la espalda con el brazo izquierdo y la negra melena llegándole al hombro, miró a su alrededor a los bravos y al humo de las hogueras del desayuno. No quería a la chica pero no quería ofender a su anfitrión. Ahora tendría que igualar la generosidad del jefe y le parecía que eso difícilmente lo conseguiría a menos que le diese todo cuanto tenía y se marchase. Pero entonces pensó en las alforjas rebosantes de cosas para Kate. ¡Eso era! El jefe creería que había comprado todas aquellas cosas para él y su pueblo. De modo que con palabras y signos le dijo que le había llevado regalos al gran jefe de los Sparrowhawks; y tomando a la muchacha de la mano, Sam se dirigió hacia sus mulos de carga. A la chica le dio, con una ligera inclinación, un rollo de tela de brillantes colores. No observó que ella se había quedado paralizada por la sorpresa y la alegría. Todo lo demás se lo dio al jefe, que casi se derritió de felicidad, porque creía que Garras Largas había comprado aquellas cosas para él en alguna posta.
Durante las horas que pasó con el jefe no se dijo una palabra sobre Kate Bowden. Pero el jefe sabía que Sam sabía lo que se había hecho, y Sam sabía que él lo sabía. El indio varón era en realidad un alma sentimental, pero desde la infancia le esperaba un modo de vida en el que debía ser valeroso, atrevido, implacable y conquistador. El jefe quería saber si los rostros pálidos que llegaban del sol naciente iban a seguir llegando hasta que llenasen toda la tierra y expulsaran al pueblo indio. Sam le dijo que lucharía por sus hermanos pieles rojas antes de tolerar que les robasen sus tierras ancestrales. Aquello complació al jefe, y se fumaron otra pipa. Sam le había dado dos kilos de tabaco y a los jóvenes guerreros que lo rodeaban les prometió tabaco y ron. El jefe dijo que ahora eran todos amigos. Su pueblo había tenido suficientes problemas luchando contra los Pies Negros y los Cheyennes; sólo quería paz con los tramperos.
Mientras Sam desayunaba con el jefe, la hija se mantuvo atrás, estudiando al hombre blanco con sus ojos negros. Quizá estuviese intentando imaginarse cómo sería la vida para ella siendo su esposa. Las mujeres Crow estaban poco consideradas, pero parecían bastante satisfechas con su suerte y fanfarroneaban con mayor ahínco sobre sus amos y señores que cualquier otra mujer que Sam hubiese conocido. Aquella chica, supuso, estaba pensando en que recogería la leña, encendería las hogueras, cocinaría, curtiría pieles, cosería y arreglaría la ropa, buscaría forraje para los caballos y bayas y raíces para su hombre mientras él, con su ropa de cuero con flecos y cuentas, se alejaba cabalgando arrogantemente para ir a matar a un enemigo o a un bisonte. Por lo que Sam sabía, ninguna muchacha india había preferido a un hombre blanco antes que a un piel roja. No sabía si alguna vez volvería para llevársela o si alguna vez querría tener otra esposa. Si podía estar en paz con todas las tribus que lo rodeaban, tendría la vida que quería; el mundo entero de valles, ríos y montañas, de olores naturales y música natural, donde los casis, los cerezos y los ciruelos inclinaban sus ramas hacia él y bebía agua pura y su lecho era la tierra. Si no lo mataba hombre o animal, algún día sería anciano, y como el viejo bisonte se marcharía a algún sitio para estar solo y esperar la muerte.
Pero tenía ante él, esperaba, veinte o treinta años de vida completa y millones de kilómetros cuadrados en los que vivirla; filetes calientes y gargantas de pájaros que le cantaban; y mañanas tan frescas como el primer lirio de montaña, y noches tan llenas de paz como la tierra que había bajo ellos. Girándose sobre una colina, volvió la mirada hacia los mil Sparrowhawks que lo observaban y les hizo una señal que decía que algún día volvería; y entonces galopó hacia el suroeste, hacia una brillante puesta de sol de Rubens. Quizá bajaría a ver a Jim Bridger, que estaba teniendo problemas con Brigham Young y sus mormones.
Cuando unos días más tarde se acercó al Camino de Oregón se detuvo, como otras veces, y miró la escena que tenía delante. Allí estaban, cientos o miles de ellos, que llegaban hasta donde las nubes de polvo le permitían ver; una gran fila gris de bestias chillonas, ejes chirriantes y lechos de carromato que crujían, a los que no les quedaba ni una gota de humedad. Allí estaban, avanzando y avanzando como ejércitos de hormigas rojas; y detrás de ellos habría otros miles, de camino o preparándose; y en el futuro los hijos de sus hijos se apelotonarían por aquella magnífica tierra, persiguiendo hasta la muerte al último uapití y el último ciervo, disparando a los últimos pájaros cantores, pisoteando el último arbusto de bayas; allí y por todas partes vivirían en sus casas, hoteles, salones y alcantarillas, en sus ciudades con aspecto de gigantescos nidos de urracas o cuervos; allí y por todas partes, proliferando, juntándose y dejándolo todo sucio y apestoso, gente chocando y tropezando para apartarse del paso de los demás. Todas las tribus indias se estaban inquietando cada vez más según aparecían las hordas y dentro de poco sin duda habría una guerra sangrienta entre los pieles rojas y los blancos. Durante la hora que estuvo contemplando aquella caravana serpenteante y llena de polvo de seis kilómetros de larga, se dio cuenta de que su modo de vida dejaría de existir algún día. Durante un tiempo breve quedarían retazos arriba, en Canadá, pero allí todo sería como había dicho Jim Bridger que sería, arracimadas masas humanas con los efluvios de sus olores corporales, y los hedores de la ciudad, y los miasmas de las máquinas elevándose hacia el cielo y tapando el azul. Sam no sabía si el Creador lo había planeado así o si sólo era la ciega manera del ciego. Recordó lo que un músico había escrito tras escuchar la obertura de Don Giovanni: que el terror se había apoderado de él mientras las escalas ascendentes y descendentes se desarrollaban tan carentes de respuesta como el destino y tan inexorables como la muerte. Sam supuso que ahora no iría a la posta de Jim sino que volvería con las alas de los pájaros y los alegres correcaminos y azulejos que derramaban versos salidos de la pura belleza azul de sus almas. Volvería a las mañanas de Breughel y a las noches de Rubens, y se acercaría a ver qué estaba haciendo Bill y qué hacía Hank; y encontraría un puñado de flores silvestres y las depositaría suavemente sobre los huesos de dos madres y un hijo.
Y así, tras una larga mirada a los emigrantes, se giró y se dirigió al norte, de vuelta a los valles y las montañas.