20

Sam se había abandonado de tal modo a un delicioso invierno de baños y comidas calientes, escaladas de montañas, música y sueños profundos que su cautela no era lo que había sido. Hizo un esfuerzo consciente para sacudirse la idea de que todo iba bien y para darse cuenta, tras entrar en los yermos del río Wind, de que estaba en territorio Crow y que era un hombre buscado en las tierras de cinco naciones y diez mil enemigos. En las aldeas Crow las squaws seguirían cortándose con piedras afiladas y aullándoles a los cielos por todos los bravos muertos que el Terror había asesinado. ¡Qué día sería para Sam Minard si alguna vez caía (herido, quizá) en las garras de las mujeres Crow! ¡Cómo le escupirían sus mocos a la cara y vaciarían sus vejigas y sus tripas encima de él! No habría nada que las enfurecidas y aulladoras lunáticas dejaran de hacer; le cortarían los testículos, pedacito a pedacito; le sacarían los ojos con agujas afiladas de espino; le traspasarían la punta de la lengua, tirarían de ella y se la cortarían en finas lonchas; le separarían las encías allí donde se juntan con los dientes con las puntas de los cuchillos; el espanto de sus crueldades y obscenidades, relatadas por aquellos que habían sido capturados y habían escapado, sólo podían conocerlo quienes las habían sufrido. Sam se estaba planteando esas cosas. ¿Aquellas eran hembras humanas y madres? Hacía que uno se acordase de su madre y se preguntara si de verdad la había conocido.

No tenía intención de que lo capturasen vivo. Así se lo había dicho a Bill y este se había llenado la pipa y había replicado que muchos hombres habían dicho lo mismo pero luego los habían capturao. Si tomaban a un hombre por sorpresa y se encontraba el cañón d’un rifle en la espalda, o si levantaba la mirada del plato o estaba despellejando un bicho y veía a una docena de guerreros con sus arcos y cuchillos preparaos, la esperanza destrozaría su mente y paralizaría su voluntad, y se rendiría y comenzaría a rezar por poder huir.

Sam cabalgó directamente hacia el corazón del territorio Crow mientras sus pensamientos saltaban de vez en cuando hacia el norte, donde los huesos de su mujer y su hijo estaban en un frío túmulo y una mujer estaba sentada junto a dos tumbas. Pronto empezaría a viajar sólo de noche; sus campamentos no tendrían fogatas y sus comidas serían frías hasta que llegase al Yellowstone. La única tarea en los siguientes días sería dejar su marca en el territorio Crow.

Era el séptimo día después de haber dejado a Bill y a Zeke. Iba cabalgando por el Cañón del río Wind cuando llegó a unos grandes manantiales termales justo al norte de las Montañas del Arroyo Owl. Quería darse un baño caliente, pero sabiendo que sería una necedad perder un momento allí, se dirigió al norte y al este hacia las estribaciones de las Bighorn. Aquel desolado territorio que ahora estaba cruzando se convertiría, no muchos años después, en lugar de famosas batallas entre pieles rojas y blancos.

Cabalgó durante las últimas horas de la tarde, el anochecer y gran parte de la noche, sin dudar ni por un momento que estaban siguiéndolo. De vez en cuando se apartaba repentinamente del sendero y se ocultaba con la esperanza de sorprender a su enemigo. Pero a aquel Crow no se le podía engañar. Quizá fuese Pico de Águila o quizá fuese Búho Nocturno. A Sam aquello no le gustaba nada: había permitido que superasen su estrategia, pues ahora se encontraba en terreno de colinas erosionadas con inclinados barrancos, derrubios profundos, grotescos promontorios de piedra: había incontables lugares donde un enemigo podía esconderse y acecharlo; desde una cresta, un montón de rocas, una cueva, unos cuantos árboles deformados. Se acordó de las palabras de un viejo trampero: «Cuando te sigan en terreno abierto cabalga p’a-trás, y así podrías ver lo que tienes detrás y tu caballo verá lo que hay delante». Oteando en el paisaje a la pálida luz de la luna, Sam se dijo que sería mejor que saliera de allí. Había cruzado aquella parte del yermo del río Wind sólo una vez y no le resultaba familiar; al norte podía ver grupos de montañas o de nubes, pero hacia el este o el oeste sólo veía los tremendos páramos erosionados por los vientos y el agua. El suelo era tan pedregoso y tan lleno de hoyos que pondría en peligro al caballo si trataba de superar en carrera a un enemigo; y no había sitios buenos donde pudiera esconderse y esperar.

Faltaban unas dos horas para la salida del sol. Acababa de subir por un barranco y había llegado a la cresta de una colina cuando sintió un golpe como un martillo pilón. En aquella fracción de segundo supo lo que cualquier hombre habría sabido: que le habían disparado y la bala lo había atravesado, o había destrozado el rifle o había alcanzado el mango de espino de su Bowie. En aquel instante tomó una decisión que fue prácticamente un acto reflejo; soltando las bridas, se dejó caer hacia delante, de cabeza, como si le hubiesen derribado del caballo; pero era una caída planificada. El caballo se quedaría quieto a pesar de cualquier provocación si tenía las riendas sueltas. Su vida, lo sabía, dependería de que cayese en tal posición que pudiese ver, aunque fuese con poco menos que el rabillo del ojo, la cabeza del bayo. Contra un enemigo que no había visto y que no podía estar a más de cien o doscientos metros, aquella parecía la mejor de sus opciones. Y así, en el momento de chocar contra el suelo y caer sobre él, Sam se dio media vuelta de modo que su ojo izquierdo mirase al bayo y observase las señales. Tendrían que ser señales mejores que las del chorlitejo o las del tordo sargento. Para cualquiera que estuviese cerca mirándolo parecía que hubiese caído de su caballo de cabeza y ahora estuviese muerto o inconsciente. Tenía ambas manos bajo las costillas inferiores, según había planeado, una a la derecha, la otra a la izquierda del esternón, con las palmas abiertas contra el suelo; tenía el trasero ligeramente levantado, como si le hubiesen acuchillado; la cabeza estaba enterrada entre los hombros y vuelta a un lado. Tenía una pierna estirada y la otra en ángulo recto apoyada en la primera. En aquellos instantes su mente había estado trabajando a toda velocidad.

Ahora sabía que un Crow que era un maestro del sigilo lo había rodeado a la derecha ligeramente por delante de él; y allí, apoyando su arma sobre una piedra o un morón, había apuntado cuidadosamente al torso de Sam Minard y había disparado. Dado que Sam se había tirado casi al instante como si estuviese mortalmente herido, el indio no tendría duda de que lo había alcanzado; pero al acercarse sería tan cauto como el lobo. Podría esperar media hora antes de moverse. Pero Sam estaba bastante cómodo y lleno de irónico desprecio hacia sí mismo: ¡Qué hombre tan idiota había sido al colgarse las pistolas alrededor del estómago y pensar que estaba seguro! Dado que su autoestima había sufrido un golpe así, se dijo que bien podía echarse una siestecita mientras el diablo rojo estaba decidiendo si su enemigo estaba muerto o fingía. Los amargos destellos de alegría iban y venían, porque sabía que tenía muchas posibilidades de estar muerto en menos de una hora. Podía haber una docena de indios ahí. O si sólo había uno podía acercarse a veinte metros de Sam y volver a dispararle. Ahora no estaba tan seguro de que haberse tirado de cabeza hubiera sido el mejor plan; podría haber sido mejor tratar de huir, aunque en aquel caso el indio habría disparado al caballo. Si era un bravo que no tuviera demasiada experiencia en la batalla no dispararía una segunda vez; se acercaría tan silenciosamente como el lobo, paso a paso, con el arma cargada, el cuchillo desenfundado; o a su letal y sigiloso modo se podía acercar con sólo el tomahawk en una mano y el cuchillo en la otra. No sabría que Sam estaba observando la cabeza del bayo ni que los movimientos de los ojos, las orejas y de toda la cara del animal le dirían con tanta certeza como podrían haberlo hecho sus propios ojos el momento en que el indio dejase su escondite y comenzase a avanzar. Los ojos, las orejas, los ollares, la posición de la cabeza del bayo y todas las sensaciones visibles del cuerpo entero del animal le decían a Sam en cada momento lo que el piel roja estaba haciendo y lo cerca que estaba.

Sam hubiera jurado que había pasado una hora entera antes de que un movimiento repentino en la cabeza del bayo le dijera que el enemigo era visible. Ahora Sam se planteó la posibilidad de saltar con su rifle y convertir aquello en un duelo, pero no estaba seguro de que su rifle fuese a disparar. Aunque lo hiciera, su enemigo tendría la ventaja del primer disparo. Si el indio era frío como el hielo, y algunos de los guerreros pieles rojas lo eran, el segundo disparo marcaría el fin de Sam Minard. O si el segundo disparo derribaba a su caballo y el indio tenía compañeros, Sam podía darse por muerto.

Decidió que su mejor opción era hacerse el muerto.

Las orejas, los ojos, los ollares y la cara del bayo le decían a Sam que el piel roja estaba avanzando. Sam no oía ruidos de pies. No esperaba oírlos. Tenía el ojo derecho tapado y no podía ver nada, pero con la parte superior del izquierdo tenía una vista clara de la cabeza, el cuello y los hombros. Ahora tenía las orejas levantadas y hacia delante; en los ojos destacaba algo de furia y miedo; tenía espasmos en los ollares y los músculos del cuello. Según la dirección de la mirada del animal Sam supo que el indio se acercaba por el frente desde la derecha. Sintió el deseo de examinar el mango del Bowie y la culata del rifle, porque estaba seguro de que la bala había alcanzado a alguno de ellos. No sentía herida alguna, no le parecía estar sangrando. ¡Qué necio afortunado había sido! Pero, como había dicho Jim Bridger, sólo se era verdaderamente afortunado una vez.

Sam no se atrevía a hacer el más ligero movimiento, pues la vista del indio era casi tan aguda como la del halcón. Sabiendo que el enemigo se acercada lentamente y que el más mínimo movimiento podría suponer una bala en la espalda, Sam apenas respiraba. Cuando vio que por un momento los ojos del bayo se abrían más y luego volvían a su posición normal, supo que el indio se había detenido. En la imaginación pudo verle allí, agazapado, silencioso, mirando, escuchando. ¡En qué recibimiento de héroe estaría soñando cuando, mostrando la cabellera del Terror, recibiese la aclamación de su pueblo! Sam sabía que no debía temer al tomahawk debido a que el héroe querría una cabellera perfecta, y el hacha, como el viejo Gus Hinkle gustaba de contar a los pisaverdes, estropeaba la cabellera.

Durante unos cinco minutos (le dijeron los ojos del caballo) el indio se quedó en pie y escuchó. Sam supo que el piel roja estaba estudiando el cuerpo buscando signos de que respirase. Debía de haber decidido al fin que su enemigo no estaba fingiendo, pues el bayo levantó la cabeza de repente unos buenos diez centímetros, resopló por los ollares y abrió más los ojos. Aquello le dijo a Sam no sólo que el indio estaba avanzando de nuevo, sino que avanzaba más deprisa. Aquello era bueno. Quizá ahora estaba andando a buena marcha, deseoso de arrancarle la cabellera y llevarse el caballo. Sabía que el indio volvería a detenerse cuando sólo estuviese a diez o quince metros y volvería a estudiar el cuerpo buscando señales de que respiraba. Si no veía ninguna, volvería a avanzar con la esperanza de hacerse con las bridas. Si el indio no tenía duda de que Sam estaba muerto y el caballo se apartaba, lo seguiría. Sam tenía las manos en tal posición que podía respirar ligeramente sin moverse; era su abdomen y no su diafragma lo que se movía un poco hacia dentro y hacia fuera.

Mientras esperaba no fue capaz de recordar ninguna ocasión en su vida en la que hubiese estado más tenso y ansioso. Trató de relajarse un poco, pues cuando llegase el momento de moverse tendría que hacerlo con lo que los tramperos llamaban velocidad de relámpago, que era casi como la velocidad del puma cuando saltaba desde el risco a los hombros del alce o el uapití. Lo que le inquietaba más a Sam era el hecho de que su enemigo estaba detrás de él; le provocaba carne de gallina. El ojo izquierdo, forzado, girado hacia arriba, le escocía y, parpadeando deprisa, trataba de mantener apartadas las lágrimas y la vista despejada para ver la cabeza del bayo. Pensó que cuando el enemigo estuviese a cinco metros o sin duda, a no menos de siete, al caballo se le saldrían los ojos de las órbitas, quizá resoplase un poco y diese dos o tres pasos hacia atrás. Aquel sería el momento en que Sam se movería, pues en aquel instante los movimientos del caballo y su tendencia a luchar distraerían la atención del indio.

Mirando hacia arriba, Sam vio que los ojos del bayo se abrían un poco más y se quedaban así. Eran una medida exacta de los movimientos del indio y de la distancia que lo separaba de Sam. Pero había otros registros en la hermosa y sensible cara del bayo: en las orejas, los ollares, en los nervios que recorrían el carrillo y el cuello. ¡Qué retrato componía! De pie sobre su amo caído y mirando con miedo, furia y pasmo a la silenciosa criatura que se movía sigilosa con pinturas de guerra y tocado.

El repentino resuello grave llegó un poco antes de lo que Sam había esperado. El caballo tiró hacia atrás subiendo la cabeza sus buenos quince centímetros y los ojos se le abrieron en una mezcla de ferocidad y terror. Al mismo tiempo dio dos rápidos pasos hacia atrás. Y en ese instante Sam se movió. Su cuerpo entero saltó hacia atrás alrededor de un metro, empujado por sus manos y brazos; y todos los músculos se le endurecieron y tensaron preparándose para el salto posterior. Al momento de saltar hacia atrás se puso en pie, llenando sus pulmones de aire; y lanzó un espantoso grito que en aquel ambiente seco pudo oírse a tres kilómetros. Fue un chillido de furia tan temible que el indio, a pocos metros del caballo con los brazos estirados, quedó paralizado; y antes de que su firme mano derecha pudiese levantar el cuchillo, Sam le había atrapado por la garganta con una poderosa presa y le había roto los huesos del cuello. Al tiempo que los huesos se rompían, Sam levantó el pie derecho y golpeó al piel roja en las piernas con una tremenda fuerza, lo que hizo que saliera dando tumbos. Un instante después Sam estaba sobre él para cortarle la oreja derecha y la cabellera, y al sacar su cuchillo fue cuando se dio cuenta de que el disparo le había arrancado el meñique de la mano derecha.

Tras una segunda mirada a su mano, Sam se giró sin arrancar la cabellera y se dirigió hacia su caballo. El animal se había retrasado unos veinte metros y allí estaba, resoplando por los ollares, su cuerpo entero temblando, los ojos desorbitados mirando a su amo. Sam se acercó hacia él lenta, cariñosamente, diciendo: «No pasa nada, viejo amigo, no pasa nada», y con la voz y las manos trató de calmarlo. Suavemente, con las palmas, le acarició la cabeza y el cuello; le tocó los duros carrillos; y, bajando por la testuz, con el índice le dio dulces golpecitos en el párpado. Situado a la izquierda de la cabeza, Sam colocó la mano derecha bajo los belfos y la pasó por el carrillo derecho, como había hecho Lotus aquella mañana en que se despidieron; y mientras le acariciaba el carrillo miraba al horizonte y no dejaba de hablar: «Me has salvado la vida, viejo amigo. ¿Lo sabes? Eres mejor que la ratona, que el correcaminos y la urraca…» Mirando al caballo, Sam vio que estaba cubierto de sudor. De modo que siguió hablando y acariciándolo hasta que el bayo dejó de temblar y tuvo una expresión normal en los ojos; y entonces fue cuando Sam miró la culata del rifle. El balazo había arrancado parte de la culata junto con su dedo. La bala se le había llevado el dedo, había golpeado en la culata, se había desviado y había abierto un surco en el estómago de Sam subiendo hacia las costillas. A cinco centímetros de la costilla había arrancado un pedazo de piel y de carne tan grande como su pulgar. Levantándose la ropa de cuero, estudió las heridas. No eran nada. Le dejaría una larga cicatriz por todo el costado y supuso que la llamaría su cicatriz de Lotus. Se cubriría las heridas con tabaco y savia balsámica cuando encontrase píceas. Durante unos momentos se miró el muñón ensangrentado del dedo y se preguntó si debería tratar de tirar de la piel hacia él. Supuso que no.

Acercándose al indio, trató de distinguir los rasgos, pero estaban disimulados por la grasa y la pintura roja. Los bravos, estaba pensando, eran sólo niños en el fondo; simplemente tenían que pintarse con grasa rancia, bailar en un puñado de rituales y chillar como lunáticos para animarse. ¿Era aquel Pico de Águila? En cualquier caso era uno de los veinte. Sam miró en su bolsa de medicina; en ella debería haber pedazos de su tótem: dientes, garras, picos o algo. Había un pico. Sam lo estudió y pensó que podía ser el pico de un águila dorada. ¿Había matado al más letal de sus enemigos? Esperaba que así fuera.

Mientras observaba el mundo que lo rodeaba, le quitó los mocasines pensando que quizá Kate podría utilizarlos; le arrancó la cabellera, sacudió la sangre y la colgó junto con la oreja en una cuerda de la silla de montar; mascó tabaco y se frotó los jugos en las heridas y en el hueso; y entonces montó sobre el bayo. Más al norte, en territorio Crow, colgaría la bolsa de medicina sobre un sendero muy concurrido para que lo viesen todos los bravos que pasaran. Mirando al guerrero muerto, pensó que sería una lástima dejar a un hombre tan valiente para los buitres y los cuervos.

Se quedó sentado, con el rifle atravesado sobre el brazo izquierdo, y miró a su alrededor. Aquel era un terreno dejado de la mano de Dios, si es que se podía decir que el Todopoderoso había renegado de alguna parte de Su obra: en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista lo único que había eran barrancos, quebradas, derrubios, riscos erosionados, eriales de lodo alcalino y plantas raquíticas. No creía que se encontrasen alguna vez los huesos de Pico de Águila allí. Sintiendo curiosidad por saber cómo le habían tendido una emboscada tan buena, Sam cabalgó en la dirección de la que había venido la bala. Encontró el punto exacto donde su enemigo se había arrodillado y disparado, y calculó que la distancia sería de unos doscientos metros. Era un buen disparo a aquella distancia. Recordó que la mayoría de los indios prefieren los disparos al vientre. Un buen disparo al vientre podía llevar tiempo, pero siempre mataba, mientras que un disparo en el pecho podía no ser mortal a menos que alcanzase el corazón o destrozase el hígado.

Ahora Sam se daba cuenta de cómo se le había acercado su enemigo. Abajo había un barranco profundo que se extendía cuarenta metros hacia el este, giraba bruscamente hacia el sur durante kilómetro y medio y luego iba hacia el suroeste. Sam había cruzado el principio de aquel barranco a tres kilómetros de allí. Pico de Águila, siguiendo su rastro, había subido rápidamente por el barranco a esperarlo. Sam se sintió rematadamente estúpido. Sólo un necio cabalgaría por una larga cresta teniendo un barranco profundo corriendo en paralelo a su camino. También podría haber entrado desnudo en una aldea Crow, meterse en la olla y decirles a las squaws que le echasen agua hirviendo por encima.

Bajando por el barranco, Sam encontró el caballo del indio en un matorral de enebro. Era un buen caballo. Los veinte guerreros seleccionados habían podido escoger a sus caballos de entre una gran manada. Cerca del caballo había una manta. Palpándola, Sam supo que dentro había munición y una bolsa de pemmican. No había silla. Después de atar la manta enrollada al poni, Sam montó en el bayo y, tirando del otro caballo, subió el barranco. El rifle del piel roja lo dejó en la piedra desde donde había disparado.

Tenía hambre, pero sus pensamientos estaban en el Musselshell y con el guerrero muerto. De camino al Yellowstone mató a cinco guerreros más, tres de los cuales, por sus caballos y su equipo, pertenecían a los veinte. Estaba un poco cansado de matar a aquella gente; se parecía demasiado a andar cazando gallinas tontas. Dos de los que mató eran simples chicos, con armas pobres, dedos nerviosos y una creencia infantil en la magia. Quizá debería ir a visitar a su suegro. A lo mejor encontraba allí otra Lotus.